dimecres, 27 de maig de 2009

Yo la llamaba Mestalla (*)

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Yo la llamaba Mestalla. Desde aquel día de noviembre de 1936 cuando, entre la multitud, le pedí a Vidal que la fotografiara. Era la única mujer en un cónclave masculino que caminaba, jubiloso, a oficiar una ceremonia pagana en un templo sagrado. Su modo natural de mirar a la cámara le confería un aura cinematográfica que siempre me sedujo. Aún tengo la foto, enmarcada, en la pared de mi despacho, a golpe de vista; aunque todo el placer que me produjo mirarla antaño se ha tornado dolor. Sí, querido lector, dolor porque la que fuera mi amada morada, aquella en la mi amor se derramaba descuidadamente, de un modo loco y audaz, ya no es mi compañera. Estuvimos juntos hasta que no hubo más remedio. Cualquier recuerdo amargo que señale la senda de su pérdida huelga en estos momentos, en los que sólo deseo recordar lo bueno que tuvimos juntos. Las tardes de los domingos, con el sol melífluo huyendo hacia poniente, en las que me sentaba sobre ella. Siempre me entregó todo lo que tenía en aquellos momentos, lo mejor que me pudo dar en cada ocasión. Su apariencia inglesa, tal vez debida a su excelente esqueleto o a la ingente cantidad de té que bebía como si fuera agua bendita. Su solidez a prueba de bombas. Toda una personalidad, avanzada a su tiempo, pionera de alguna manera. Capaz de pasar del frío al calor como el acero. Recuerdo de un modo especial el momento álgido del clímax en el que sus piernas cálidas y sus cabellos despeinados me hacían saltar como un poseso. Puño en alto, mirada ida y voz apagada por todos los gritos semejantes que en el mundo ocurrían en ese mismo instante. No lo repetiré, yo la llamaba Mestalla, y nunca quise a nadie más de ese modo.

Haberla perdido me hace ver, volviendo la vista atrás, que si alguien fue culpable, fui yo, sin lugar a dudas. Tras nuestro enamoramiento inicial y vista la pasión que nos envolvía, nada era más práctico que vivir juntos. Pasamos la guerra en Valencia, bajando a los refugios a toda prisa y tomándonos las manos como infelices enamorados, pensando que aún era posible que aquello, después de todo, fuera mentira. Pasado el terror, volvíamos a nuestro hogar. No podría llamarlo de otra manera. Y seguíamos con una vida que desearía volver a vivir. En algún momento, todo cambió. La música, las costumbres, la forma de cocinar, los electrodomésticos, incluso la ropa interior… En ese nuevo mundo que se iba abriendo como una flor perezosa, caí en el hoyo. No vale la pena dar detalles, pero las mismas cosas de ella que antes convertían un día nublo en soleado empezaron a hartarme. De forma caprichosa, sin razonarlo, sin darme cuenta en qué consistía todo lo bueno que había disfrutado con ella, tomé un camino recto hacia nuestro adiós. Adopté decisiones inconvenientes, equivocadas, todas contrarias a la lógica, mermé mi patrimonio, hipotequé mi vida y la de mis descendientes, anulé otras actividades, que en su día me proporcionaron alegrías indescriptibles, pero que ahora no me interesaban lo más mínimo. No en mi carrera hacia la nada. Mi situación financiera era un castillo de naipes luchando por mantenerse en pie dentro de un barco a la deriva. Tuve que abandonar a Mestalla. No fui capaz de mirarla a los ojos por más tiempo sin que la mueca de la falsedad y la ambición insatisfecha convirtieran mi faz en la de un payaso. Ella y yo, que habíamos sido tanto el uno para el otro. Me consuela que tras ella, con la fidelidad de mi compromiso con ella liberada, otras moradas me esperen. Más jóvenes y bellas, seguro. Tan dulces y cálidas, seguro que no. Adiós, mi amor, a la que yo llamaba…


Francisco García
Socio del Valencia CF

(*) Este manuscrito fue encontrado entre las páginas de un libro de poemas de Rimbaud: Una temporada en el infierno. El libro llevaba una dedicatoria: “A mi Mestalla, 30 de mayo de 1987”. Un libro de segunda mano, comprado en una librería de lance del centro de Valencia, en 1999.
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dilluns, 25 de maig de 2009

El murciélago del escudo

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Son muchos los futbolistas a los que hemos visto repetir mecánicamente, tras cada gol marcado, el ademán de acercar el escudo del murciélago a los labios. Un gesto tan efímero como vacío de contenido que no dudan en trocar por la sonrisa de presentación y la cantinela “este es mi equipo desde que era pequeño” que escuchamos, atónitos, cuando se formaliza su traspaso a otro club.

En esta época en la que las declaraciones de amor a unos colores tienen como trasfondo infladas nóminas y una caducidad con fecha de 30 de junio, de murciélagos que vuelan para abandonar el escudo, resulta muy grato fijar la mirada en aquellos que mantuvieron viva la llama del valencianismo, muchas veces sin más recompensa que el calor de la grada y una asignación mensual inversamente proporcional a su amor por el Valencia. En este rincón de colores sepia y blanquinegro se ha abordado con detenimiento las trayectorias de Vicente Peris y Eduardo Cubels, dos hombres que establecieron su patria en Valencia y su capital en Mestalla. Pero no son los únicos.

Coetáneo a Cubells es Leopoldo Costa, Rino, el único jugador de la época fundacional que alcanzó la gloria de la Primera División en 1931. Rino, delantero de complemento que contribuyó al engrandecimiento de Montes, Picolín o Vilanova, rindió una década de extraordinarios servicios sobre el terreno de juego y, una vez retirado, atendió desde su droguería la llamada del Valencia siempre que esta se produjo. A la gran labor de Rino debemos, por ejemplo, la adopción del CD Cuenca como filial en una operación que daría a luz al entrañable Mestalleta. Tras aupar al recién nacido al Campeonato de España amateur, Rino fue requerido para conducir a los Mundo, Epi y Gorostiza tras la intempestiva salida del club de Encinas. Y así hasta su jubilación, estuvo disponible siempre que se le requirió.

Otro ilustre pluriempleado con alma mestallista fue Carlos Iturraspe. Llegó a Valencia procedente de Madrid y vivió, desde una medular granítica compartida con Bertolí y Lelé, la primera época de oro del club, entre las finales de Copa del 34 y el 46. En el interín bélico, Iturraspe había figurado como vocal en la Junta Directiva del Valencia FC, asegurando junto a Colina la continuidad del club durante el conflicto. Más adelante Carlitos se apuntaría un tanto al ejercer como cazatalentos de nivel en el fichaje de Puchades. Y firmaría su mejor logro con el ascenso, finalmente abortado, del Mestalla a la Primera División.

El nombre de Iturraspe, junto con el de sus compañeros, así como decenas de avisos y anuncios, salieron en innumerables ocasiones de los labios de Eugeniet, encargado de la megafonía de Mestalla a partir de los cuarenta. El sempiterno empleado del Valencia fue el encargado, por ejemplo, de comunicar, con su inconfundible hilillo de voz, los resultados finales de aquella Liga que el Valencia ganó “por teléfono”. Muy lejos queda hoy en día aquel antediluviano sistema del barullo que, pese a los esfuerzos del gran José Manuel Parra, ha contribuido a ensordecer a las nuevas generaciones de asistentes a Mestalla.

A partir de los sesenta, prácticamente durante tres décadas, observamos cómo en una esquina de las fotos del equipo asoma la figura, siempre modesta, de Ricardo de la Virgen. Heredero de Luis Miró y padre profesional de Españeta, ejerció de “hombre para todo” en Mestalla y desplazamientos. Fue un conseguidor de lo imposible, un maestro para resolver todo tipo de situaciones rocambolescas al que el maldito cáncer sólo pudo arrebatar el carnet del Valencia a comienzos de los noventa.

Y codo a codo con Ricardo trabajó, hasta su fulminante muerte, el preparador físico Rafa García. Alegre -todas las fotografías y vídeos lo retratan con una incontenible sonrisa de oreja a oreja-, trabajador, honrado, fue el principal culpable del excelente tono físico del Valencia campeón de los cursos 78/79, 79/80 y 80/81. Su muerte, en vísperas del trascendental Valencia-Real Madrid del 83, causó un hondo dolor al valencianismo y bien puede interpretarse, desde el punto de vista anímico, como el preludio del descenso a Segunda División y el cierre de una larga etapa.

Estos murciélagos del escudo jamás abandonaron Mestalla para atender a cantos de sirena ni tuvieron que besar la camiseta para demostrar gran amor por sus colores. Fueron, en el mejor sentido de la palabra, abnegados funcionarios del club, hombres de la casa a los que me gusta imaginar viviendo con intensidad las vicisitudes de su Valencia desde la parcela blanquinegra del cielo.


José Ricardo March
Aficionado del Valencia CF
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divendres, 22 de maig de 2009

Fiebre de Mestalla

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El primer partido, con cinco años, las sillas de paja y madera de la vieja tribuna, temporada 73/74. Váldez, Quino, Claramunt... Mis cromos en vivo, 6-1 al Sporting de un jovencito Quini. Flechazo a primera vista, el olor de la grada, el sol de la tarde en Valencia sobre el campo verde...Una foto en mi cabeza. Una pasión que nunca se curará.

Los partidos sentados entre mi padre y mi madre con mi pase infantil. Keita, Sol, Jara... El Barca de Cruiff y Neskens; un 7-0 al Granada en una noche de sábado, 4 goles a Iribar; un empate a uno con el Madrid de Pirri, Netzer, un día de fallas. Un gol de Juanito con el Burgos. Un gol de falta de Luís Aragonés ¡Como las tiraba!

Johnny Rep, mi primer ídolo reconocido, y esa tripleta que me hace soñar: Rep, Diarte y como no el "Matador" Kempes. Sus faltas, el grito de la grada "gol, gol gol...". Sus golazos: uno al Elche después de cruzarse todo el campo, otro al Sevilla en un fantástico zurdazo desde fuera del área, los del título de copa en Madrid con la camiseta de la "senyera" (¿por qué se ha perdido la senyera?).

Salir de casa con la bufanda, caminar por la Alameda, acercarse al campo por el "cuartel", los nervios en la barriga cuando llegas a las puertas. Bonhoff, Solsona ¡Que superclase Daniel! Que guante, que poco recordado, que cambios de juego. Un gol suyo de falta al Murcia por debajo de la barrera.

El fútbol antes de la televisión a todas horas, de las marcas deportivas omnipresentes, de los jugadores anuncio, de los fichajes mediáticos... en horario para niños (¿por qué no puedo llevar nunca a mis hijos a un partido a una hora normal?).

La Recopa del 80, el 4-3 al Barca el día de San José en cuartos de final, el golazo de Saura, el 4-0 al Nantes. Campeones.

La llegada de Morena. La marcha de Mario. El debut de Maradona en España. Schuster bordando el fútbol en un 2-5 del Barca. Llegan años negros y tristes. Desencanto. General de pie, Yomús, fondo Norte. Las noches europeas en la UEFA contra el Spartak de Moscú, el Anderlecht, el Göteborg...

La Real de Arconada, Lopez Ufarte, Satustregui... 1-2 con el Athletic de Clemente y el arbitraje de Soriano Aladrén, la impotencia de las derrotas.

La tarde del terror, el gol de Tendillo que todo Mestalla llora, los del Madrid la derrota, los del Valencia el alivio por lo que no se podrá evitar después.

El año en que nos mandan a jugar al mini-estadi, y por Mestalla pasan el Castilla, el Sestao, el Bilbao At... el, desde entonces, hermano Logroñés. Subirats, Quique, Arroyo... La vuelta por la puerta grande. Nuevas ilusiones.

Madjer debutando contra el Athletic. Futre marcando un golazo regateando a medio Valencia desde el corner. La vuelta a Europa. Los tres goles de Fenoll al Oporto que nos elimina. Lubo Penev, otro de los grandes. El 2-1 al Madrid remontando en 3 minutos de histeria colectiva con goles de Fernando y Roberto. La llegada de Pedja. Su gol al Logroñés desde el centro del campo. Laudrup y la lluvia. Gol de falta de Alvaro al Barca engañando a todo el mundo incluyendo al que luego será nuestro Zubi.

El debut de Carboni, expulsado a los 15 minutos contra el Barca ¿pero a quién nos han traído? ¡Que grande! el valenciano-italiano…

Las copa en la que Piojo se la lía al Barca y Vlaovic y Roche al Madrid en un 6-1 imborrable. El sueño de Sevilla en una tarde mágica con el golazo de Mendieta y los dos de Piojo. Lágrimas de alegría después de muchos años.

Las noches en que se escucha el himno de Champions: Killy Gonzalez, Anglomá, Djukic, Mendieta, Farinós, los tres goles de Gerard a la Lazio, el 4-1 al Barca en una semifinal mágica. Un sueño que muere en París y resucita al año siguiente. Carew de cabeza al Arsenal, Juan Sánchez contra el Leeds. El dolor de los penaltys. Las lágrimas de Cañizares y Pellegrino.

Ver en Mestalla, al Madrid, al Barca, al Depor, al Atleti, pero también al Inter, Arsenal, Bayern, Leeds, Liverpool, Ajax, Chelsea... Zidane, Ibrahimovic, Rooney, Effenberg, Owen, Beckam, Drogba, Ronaldo, Ronaldihno, Rivaldo...

El adiós de Mendieta y Piojo, la explosión de Vicente, Baraja (super-Pipo creciéndose siempre en los partidos grandes), Pablito Aimar el otro pibe inmortal, Albelda, Cañizares... y a mi treintena larga, después de 25 años en Mestalla pasear dos ligas en apenas 3 años. El orgullo. La ciudad luminosa y en fiesta permanente. Sonrisas. Amunt. La UEFA de Göteborg. Ayala, Mista...

La incomprensible marcha de Benítez, la llegada del último (hasta ahora) crack David Villa. Una copa con regusto extraño. Koeman en el banquillo devolviendo en parte una copa de las que nos eliminó en una noche triste con un gol de falta en el fondo norte hace años. Mata, Silva...

Y lo que queda por delante. Mis dos hijos conmigo de la mano acercándonos a Mestalla, otra vez el color, la estética del fútbol, las camisetas, los escudos, los sentimientos, el griterío, la música, el pitido inicial, los nervios y el círculo que se cierra, y sigue girando sin parar.

Mientras exista el Valencia, yo y otros muchos estaremos allí...


Chimo Calvo
Socio del Valencia CF
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dimecres, 20 de maig de 2009

Mudanza

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Lo imaginamos, pero nunca sabremos las sensaciones que nos producirá el mudarnos de casa, dejar el pisito incómodo y céntrico, pero cálido y acogedor, por un chalet en una buena urbanización, donde el lujo no se escatima y tenemos como vecinos a la jet set de una urbe en constante crecimiento.

Quizás nos inunde la nostalgia, los recuerdos de épocas de nuestras vidas, recuerdos de grandes tardes de fútbol, de calamitosos desastres y sobretodo recordaremos a quien ya no está entre nosotros, pues quizás para muchos el ir a Mestalla cada 15 días, no es más que una evocación de quien tantas y tantas veces nos ha ido instruyendo durante esta vida, a fin de terminar siendo un parroquiano más. Y a éstos les dedico estas palabras:

De la fauna de Mestalla se ha hablado mucho en este blog, pero es única. Ni mejor ni peor a la que acude a otros estadios, simplemente es distinta y quizás eso sea lo que la hace especial. La relación entre equipo-afición siempre ha sido singular: una afición quizás demasiado exigente con la plantilla, dotada de mal de altura en algunas ocasiones, pero que sabe leer los partidos mejor que nadie. Cuando el equipo realmente lo necesita sabe jugar bien su papel. Lástima que seamos una afición, permitiéndome el símil taurino "Curro romero", es decir, que solamente apoya cuando le viene en gana y le apetece, de una manera muy especial y con ese surrealismo y sarcasmo que solamente sabe hacerlo el aficionado de a pie valencianista. Entre pipa y pipa, se sueltan muchas paridas, muchos comentarios variopintos y jocosos que hacen aflorar las carcajadas a los presentes.

Nos mudaremos de casa, y algunos de los asiduos dejarán de serlo, bien por edad, por pereza o rencor a los dirigentes por abandonar nuestra casa de toda la vida, cambiar la nostalgia y la mística en pro de la comodidad y la modernidad, respaldada por el pelotazo urbanístico que palie nuestra débil economía, si las cosas salen bien.

Será hora entonces, de empezar de cero. Aunque las situaciones son bien distintas, será hora por un momento de hacer un pequeño viaje en el tiempo, trasladarnos a una lejana tarde soleada de un 20 de Mayo de 1923. Vislumbraremos las gradas y el césped modernos de un nuevo coliseo, donde intuiremos grandes hazañas y victorias casi heroicas de los nuestros, pero sin darnos cuenta, involuntariamente estaremos creando un nuevo mito, que quizás no sea tan nostálgico para nosotros: seremos los actores principales del comienzo del Nou Mestalla, su historia está por escribir y nosotros nos convertiremos casi sin desearlo en los principales protagonistas, al igual que lo hicieron nuestros ancestros hace 86 años, cambiando el solar de Algirós, por un amplio y acogedor campo de foot-ball.

Hasta que llegue ese momento, seguiremos disfrutando de ese vetusto, pero funcional pisito en el centro de la ciudad, y espero que le demos la despedida que se merece, pues con ello, se desvanecerán cantidad de recuerdos pasados, que nos evocan épocas anteriores, épocas teñidas de blanco y negro e interferencias, con el aroma de un farias y las críticas del abuelo renegón de al lado. Pero, no nos engañemos, la desaparición de Mestalla sólo hará que engrandecer su ya gigantesca mítica leyenda, y los más nostálgicos soñaremos en las noches lluviosas, nos despertaremos taquicárdicos recordando fielmente el sueño, de una tarde cualquiera de hace muchos años, toda la familia junta alrededor de la radio y saltando al unísono al escuchar en palabras de José Mª García...: GOL EN EL LUIS CASANOVA!!!


Mario Alberto* Barberá
Socio del Valencia CF
*Uno de tantos Mario Alberto nacidos entre final de los 70 y principios de los 80
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dilluns, 18 de maig de 2009

Creo, vieja, que la hemos cagado

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Lo reconozco. Yo creí en Valdano. Imagino que por el prejuicio pedantuelo del "lletraferit". Por ese discurso bien estructurado que desempolvaría de una vez por todas el relato oculto del VCF y esa necesidad algo pueril de tener un slogan, una frase, una doctrina a la altura de nuestras expectativas de forofos semicultos: ese pozo sin fondo.

Como les pasa a muchos, entre el fútbol y la vida, yo también embarrancaba en la trampa de la literatura. La llegada del argentino supuso un subidón de metáforas. Por semanas, el sector más lírico del valencianismo anduvo de enhorabuena. Teníamos columna en El País y después de muchos años los focos alumbraban las profundidades menos venéreas de la red fluvial de Mestalla. Era entonces, a mediados de los 90'. De cuando el Valencia festejaba subcampeonatos. Yo militaba, por prudencia, en el vagón de los escépticos. Dudaba de las posibilidades reales a nivel deportivo de mi equipo, así que buscaba consuelo en las evidencias escondidas del relato del club. Vacunado ya de delirios y fracasos, sólo quedaba la mística. Una mística por reinventar tras muchos años de adocenamiento y nula responsabilidad para con la historia.

A todas horas me desvelaba la pregunta ¿para qué intentar competir con Barça y Madrid teniendo un relato poderoso pero oculto? Pero ni por esas. A fin de cuentas, la literatura está llena de conformistas. El fútbol, por contra, es el ámbito del inconformismo por excelencia. Yo, que soy de natural perruno, era de los acomodados. Prefería un club cosido a un relato que una entidad histérica detrás de una zanahoria. Con la llegada de Valdano todo pudo cambiar. Si bien, el sector ágrafo y contumaz de siempre le puso *la pierna encima* a las primeras de cambio. Cosas de llamarse Jorge. Pero Valdano, no nos engañemos, fracasó con estrépito, dejándonos el sabor amargo pero realista de que lo nuestro no eran las metáforas, sino el costumbrismo de hormigón y los chistes de Arévalo.

El sueño del club elegante y sobrio duró 2 pancartas del Gol Gran, una entrevista en la Turia y una noche en vespa cruzando la Peineta después de ver "El Paciente inglés". Coincidimos en el semáforo con el argentino y de la emoción algo debió caérseme. Quizás un libro de bolsillo. Valdano, presto y educado, nos advirtió del desliz con un pequeño gesto de su dedo índice mientras el esbozo de su sonrisa pretendía negar algo parecido a la compasión de quien conduce un Mercedes y se topa en la medianoche con una joven pareja a lomos de una moto desvencijada. "Qué atractivo es" dijo mi acompañante. Fue una premonición. Apenas tres meses después era pasto de la trituradora roigista tras un arranque desastroso precipitado por la lesión de Romario en el Naranja.

A nadie, como a Valdano, le sienta tan bien ese epitafio que Joan Fuster dejó escrito no sé muy bien donde: "Tant de bó es encertar com provocar que altres encerten". Algo de eso debió pasar, sin duda. Tras el cese vino Ranieri. Por pura chamba. Pero ahí nació un equipo campeón. Y después de muchos años en busca de la mística perdida, los escépticos volvimos a levantar el estandarte del palmarés. Nos olvidamos de la metafísica y acabamos, algunas temporadas después, ahorcados con los restos de una peluca naranja. Fue bonito soñarnos cultos y del bar Torino. Como cuando Valdano. Pero fue mucho mejor levantar títulos y vivir La Edad de Oro.

Ahora que todo ha pasado y el regreso a las catacumbas parece un hecho, sólo tenemos la metodología de las ruinas, el talento necesario y nunca suficientemente reconocido de Checheche: "No hay amor sin ironía ni ironía sin amor" y la obligación inevitable de esperar en un discreto segundo plano a que escampe la entronización del mito estomagante de Guardiola y la bipolaridad venidera que tanto excita a mesetarios y catalinos.

En el tránsito, algo he aprendido. El optimismo insensato y fanfarrón del valencianismo no puede ser descrito. Es el carácter. Y quien tiene carácter no necesita doctrina. Siempre sobrevive. Un día de estos, y a lo peor pasan 20 años o incluso más, volveremos a tocarles el morrito. Es lo que nos ha tocado. Y no es un mal destino. Entre el fútbol y la vida, yo me quedo con el Valencia.


Rafael Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF
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divendres, 15 de maig de 2009

Sábado, sabadete, partido bueno y polvete

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Hace ahora medio siglo Mestalla vio la luz por primera vez. La artificial, la que irradian los focos y permite jugar partidos nocturnos sin que el espectador pierda detalle. Poco después de aquel avance tecnológico, el Valencia instauró la sana costumbre de disputar sus partidos, en verano, primavera y principios del otoño, a las diez y media de la noche de los sábados. Mestalla se convirtió, gracias a aquella medida, en el único estadio del mundo en el que los partidos comenzaban un día y acababan al día siguiente, aunque el margen de tiempo que traspasaba el umbral de los días fuera digno de “Los cronocrímenes”.

Tan curioso horario ha gozado de un gran predicamento entre los aficionados valencianistas. Un encuentro a esa hora era equiparable a ir al cine con la pareja. Con una diferencia: al fútbol, en la mayoría de los casos, no se va con la pareja, sino con los amigos. Así que el plan era el perfecto. Comenzaba a las ocho de la tarde, hora prudente para salir de casa, y continuaba con la tradicional ingesta de alimentos ricos en colesterol (bocadillos de blanco y negro con habas y patatas, de calamares con all-i-oli o de sepia con chorreante mayonesa) regada con vino peleón o cerveza a granel, el imperdonable carajillo y un purito barato para experimentar la sensación de ser un ocupante de la tribuna del estadio. El partido venía después, con la bochornosa noche valenciana cayendo con toda su humedad sobre las gradas y el espíritu vivo de creer que esa temporada podríamos ganar algo.

Los partidos a las diez y media de la noche crearon alrededor de Mestalla una infraestructura de ocio singular. No en vano, los avispados empresarios valencianos entendieron muy pronto que cada dos semanas se reunían en el coliseo valencianista más de 30.000 personas ávidas de diversión. Bastaba esa cita quincenal para amortizar la inversión. Primeros fueron los bares, luego las tabernas y cafeterías, más tarde los restaurantes y ahora hay también locales donde ofrecen cenas para llevar. No tengo ninguna evidencia empírica, pero me atrevería a afirmar que ese horario nocturno también propició la apertura de locales donde se podía disfrutar del sexo a cambio de dinero.

Los puticlubs forman parte del paisaje de Mestalla desde que la noche se hizo valencianista. Si los clientes habituales de esos locales son casados insatisfechos, separados con poca suerte, jóvenes con pocas ganas de perder el tiempo ligando, noctámbulos enfarlopados, ejecutivos con canas voladoras, viajantes solitarios y pandillas de amigos con ansias de aventuras fugaces, ¿por qué no podían serlo también quienes salían de ver un partido de fútbol? Si el Valencia había ganado, la mejor forma de celebrarlo era con unas copas en el cuerpo y un polvo como reedición de los goles del equipo. Si había perdido, el aficionado buscaría el calor y la comprensión de una mujer anónima que no preguntaba y ayudaba a olvidar las penas con su cuerpo.

Durante años, las calles adyacentes a Mestalla acogieron dos o tres locales de alterne dispuestos a acoger a aquellos aficionados que buscaban diversión y sexo después de los partidos. Para muchos valencianistas, nombres como Las Divinas, Isa Divina o Bunny's han estado tan ligados al recuerdo de las noches de fútbol como los goles de Kempes, las carreras por la banda de Valdez o la templanza de Pepe Claramunt. Y mucho más que los resbalones de Welzl, las patadas de Aliaga o la desesperación que provocaban las “voltetas” de Castellanos.

La Liga de Fútbol Profesional y las televisiones mataron el sexo cerca de Mestalla. Los absurdos e impredecibles horarios de los partidos que se juegan ahora han fulminado una tradición que hacía buena aquella máxima popular de que el sábado es el día indicado para liberar los impulsos seminales. Sólo queda un local, el Bunny's, que ni siquiera abre muchos de los días en que hay partido.


Paco Gisbert
Socio del Valencia CF
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dimecres, 13 de maig de 2009

Les finals que no jugàrem: 21 de juny de 1936

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Abans d’aconseguir algun títol, Mestalla ja havia acollit tres finals de la Copa: 1926, 1929 i 1936. El 16 de maig de 1926 entre F.C. Barcelona i Athlètic Club de Madrid, amb la victòria del Barça per 3 a 2. El 3 de febrer de 1929, entre el Club Deportivo Español, de Barcelona i el Madrid F.C., que acaba amb la victòria dels pericos per 2 a 1, en la famosa final de l’aigua. I la que anem a recrear huí, la final del 21 de juny de 1936.

Tercera final disputada a Mestalla, tercera final que enfrontava equips barcelonins i madrilenys, però la primera vegada en què lluitaven merengues i blaugranes. Des de Madrid tres trens especials i 20 autocars. Des de Barcelona, barcos, trens, cotxes, autocars i fins i tot un avió. Per terra, mar i aire.

Peticions d’entrades des de tota Espanya. Revenda. Titulars exagerats en la premsa. La Federació Espanyola va gravar amb una taxa especial de 2.500 pessetes l’entrada a Mestalla amb “cámara tomavistas”. L’expectació va ser inusitada, i les dificultats per a adquirir entrades motiu de protestes per part de les aficions dels dos clubs i de l’afició valenciana. Federació i clubs es repartien el billetatge i això fou motiu de protesta generalitzada, i causa d’una nota de premsa de la Federació Espanyola de Futbol:

La Federación Española de Fútbol ha hecho pública una nota en la que participa a la afición valenciana la imposibilidad de abrir taquilla para expender entradas del partido del próximo domingo, toda vez que lo asignado reglamentariamente a los clubs finalistas más las entradas de socio y abono del club propietario del campo, cubre con exceso las localidades de Mestalla. Calcúlase que de atender todas las peticiones y de abrir taquilla, se necesitaría un campo tres veces mayor que el terreno de Mestalla”.

Els aficionats valencians (“hállanse indignados”, segons la premsa), consideraren vexatòria la nota i davant el probable conflicte d’ordre públic causat pels “sense entrada”, el president i el secretari del València varen ser convocats a Govern Civil per tal d’intentar esmorteïr l’impacta de la presència d’aficcionats desplaçats a València a l’espera d’accedir en el darrer moment al camp de futbol.

El fet d’enfrontar-se per primera vegada els dos equips, la presència de Ricardo Zamora, els dubtes sobre l’alineació de Zabalo en el Barça, la cabuda de Mestalla…

La Vanguardia advertia: “Que nadie vaya a Valencia sin entrada”. La publicitat anunciaba els establiments locals: “El día de la final báñese y coma en las famosas PISCINAS DE LAS ARENAS DE VALENCIA”.
A més a més i com a mostra de que el món no ha naixcut huí i que les dificultats per adquirir entrada per a la final eren generalitzades, la premsa reflexava que a València només es parlava de la gran final. El Madrid, acompanyat de l’entrenador Paco Bru i del directiu Gonzalo Aguirre va pernoctar ja divendres a València a l’Hotel Inglés, i per tal de mantindre a l’equip allunyat de la passió de la final al llarg del dissabte va fer una excursió per distintes localitats, arribant novament a València per a fer nit el dissabte a El Saler.

El Barcelona, amb O’Connell d’entrenador i Casals com a responsable de l’expedició, després d’esmorzar a Tortosa aplegava en autocar a València la vesprada del divendres. Elegirà l’Hotel Internacional com a quarter general, i al contrari del Madrid, no moure’s de la ciutat. Un aspecte curiós és que el Barcelona va fletar un segon autocar com a premi per als empleats del club, i on destacarà la presència del “utiller” del Barcelona, el “barraquer” Torres.

L’emoció entre els aficionats locals era evident:

Cuanto se diga de la expectación despertada por la final de la Copa de España de fútbol, entre el Barcelona y el Madrid, es pálido ante la realidad. La calidad de los contendientes es ya de por si sobradapara llenar con creces el campo valenciano, pero si a esto se añade que en Valencia no se han abierto las taquillas al público, se podrá sacar la consecuencia de la nerviosidad y malhumor existente, entre los miles de aficionados que vislumbran que se van a quedar sin ver una final de la Copa de España, que se juega en su casa”.

A València hi havia vaga de tramvies, i els hotels estaven plens de gom a gom. Tanta va ser l’expectació que els establiments habilitaren els corredors amb llits suplementaris, i els cafés decidiren no tancar en tota la nit acollint així a tot el públic que acudia sense habitació.

El comportament del públic valencianista

Mestalla ja havia viscut en dos ocasions la final, el València ja n’havia perdut una, però això no vol dir que el públic fóra neutral. Segons el corresponsal de El Mundo Deportivo, el clàssic cronista esportiu Josimbar, el públic valencià es decantava pel Barcelona:

El pronóstico valencianista se halla incondicionalmente al lado de los catalanes, por razones de hermandad geográfica, similitud de habla y otras circunstancias de todos conocidas. Y ahora, ya no nos queda más que sentarnos a la puerta de la cabaña para ver de quién es el “cadáver” que mañana pasará ante la misma a las siete de la tarde, contando con que no haya prórroga”.

Eixes altres circumstàncies probablemente han d’dentificar-se en el fet de que com reconeixis Luis Colina, el secretari del Valencia F.C., els equips catalans havien elegit Mestalla com a camp més idoni per a la celebración de la final:

Di que como valenciano considero que ha sido un honor para Valencia que los clubs catalanes hayan escogido el terreno de Mestalla para final y que por otra parte estoy satisfecho del comportamiento de nuestro público”.

És per això que fins i tot el president del Madrid, Rafael Sánchez Guerra es veia obligar a exalçar el comportament de la grada valencianista:

Los valencianos sabrán hacer honor al encargo que se les ha confiado de ser testigos imparciales de la gran final. Nosotros, y me parece que los mismo el Barcelona, estamos seguros de que el gran público de Valencia asistirá gozoso al espectáculo, acogiendo por igual a catalanes y madrileños”.

Però el nerviosisme entre les aficions visitants augurava pronòstics de mal comportament:

Se prevé que surgirá algún incidente por la falta de localidades, pues no son solamente los valencianos los que carecen de billetes, sino muchos forasteros de Madrid y Barcelona, que han adelantado el viaje a Valencia para ver si aquí podían obtener el billete que no pudieron conseguir en sus respectivos puntos de procedencia. Pero la decepción ha sido enorme, pues se han encontrado con que ni aun en Valencia hay billetes”.

A banda de la final amateur, es celebraren dos partits amistosos. A Vallejo entre l’equip amateur del Barcelona i un equip B del València, i al camp del camí Fondo entre l’equip “Turistas de Madrid” i l’amateur del Levante F.C.

Diumenge a les tres, el Zaragoza F.C. i el Sevilla F.C. disputarien la final amateur. L’equip aragonès alinearà a Inchausti, Arrieta, Iruretagoyena, Bustamante, Ramos, Eizaguirre, bastardés, Larrazábal, Bona, Escosa, Marcos, i com a suplents, Amestoy II, Dancausa i Garay. El Sevilla a Moreno, Badía, Jara, Félix, Duarte, Alfonso, Tejada. Fermín, Palencia, Salustiano i Benitez. El públic valencià es posarà clarament del costat dels aragonesos, que perden per 3 a 2 eixa final.

La final dels “professionals” va ser arbitrada pel col.legiat valencià Sanchis Orduña, i fou presenciada de forma massiva, ja que molts afeccionats entraven premàturament a Mestalla pels nervis i per tal d’assegurar la presència.

Arbitrat pel referee aragonès Julio Ostalé, ajudat en les bandes per Soliva i Ferragut, i com a jutges de goal, Juaneda i Pastos, tots del Col.legi Valencià.

22.000 espectadors acollirà Mestalla, quan la capacitat habitual estava xifrada en 19.000. En el palco el Ministre d’Agricultura Ruiz Funes, el subsecretari d’Hisenda senyor Osorio Tafalla, el director de Reforma Agrària Vàzquez Humasqué, el governador civil de València Braulio Solsa, l’alcalde de la ciutat José Cano Coloma, els presidents de Madrid i Barcelona Sánchez Guerra i Sunyol, etc.

El Madrid alinearà a Zamora, Ciriaco, Quincoces, Pedro Regueiro, Bonet, Souto, Eugenio, Luis Regueiro, Sañudo, Lecue i Emilín. El Barcelona formarà amb Iborra, Areso, Bayo, Argemí, Franco, Balmanya, Vantiolrà, Raich, Escolà, Fernández i Munlloch.

En els primers dotze minuts el Madrid es posa per davant gràcies als gols de l’extrem dret Eugenio als sis minuts i de Lecue als dotze. Als 29 minuts de joc Escolà bat Zamora,.però a pesar de la lesió de Souto en el Madrid des del minut 38 de la primera part, toos els esforços del Barcelona per empatar el partir seràn inútils

El Mundo Deportivo, titularà el dia següent, de forma tan narcòtica: “A Cañardo la Vuelta a Catalula…y, al Madrid, la Copa de España”. El comportament del públic de Mestalla va ser elogiat fins i tot pels perdedors:

El público estuvo vehemente. No es para olvidado que cinco mil azulgrana y otros tantos madridistas se encontraban en el campo y esto siempre pesa. Sin embargo, ni hubo incidentes, ni notas francamente desagradables, y si durante el partido el Barcelona no tuvo, en verdad, motivo alguno para quejarse del público, la forma como al terminar fue ovacionado el Madrid dice bien a las claras la alta deportividad del público valenciano, una de las más destacadas y simpáticas características de esta final que, presentándose como única en su género en cuanto a expectación e interés, ha distado mucho de estar a la altura de lo que de ella se esperaba”.

En acabar el partit Zamora arreplega la copa i posteriorment s’adreça a tot el públic amb visques a València, al Barcelona, al Madrid i a Espanya. Per la nit, els actes de la final es tancaran amb el banquet oficial que reunirà tots els protagonistes, i on participa ja el president del Valencia F.C. Luis Casanova.

La recaptació arribà a 140.000 pessetes, batint el record de la final de l’aigua, xifrat en 102.000 pessetes.
El dia de la final, el president del Barcelona Josep Sunyol declarava en la porta del vestuari del Madrid on havia acudit a felicitar el campió:

Como presidente del Barcelona le diré que me siento satisfecho por el esfuerzo que ha hecho nuestro equipo llegando a finalista. Claro está que esta satisfacción no es comparable a la que me habría producido volver a Barcelona con el campeonato. Pero todo se andará. Ahora descansarán los jugadores del equipo finalista y entrará en juego el “equipo” directivo”:

Todo se andará”. 21 de juny de 1936. Tan sols un mes després esclatava la guerra. Josep Sunyol, el president del Barça de la final desapareixeria en els primers dies de la guerra afusellat en el front del Guadarrama.


Miquel Nadal Tárrega
Soci del València CF
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dimarts, 12 de maig de 2009

Campions de Copa a Mestalla. Real Madrid CF

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Cada gringo tiene su México

Crecí en el disimulo y la impostura; no mires a los ojos de la gente, que no sepan tu terrible secreto, que no huelan el miedo ni sepan lo que sientes. Ser del Madrid en Xàbia fue fácil, casi un desmayo aristocrático. Total Valencia estaba tan lejos, simbólica y físicamente, como Madrid o Barcelona, así que por ahí no había motivos. Tampoco familiares. Ser del Madrid era crear una distancia con mis compañeros del Valencia. Cuando se discutía de fútbol se discutía sólo entre Madrid y Barça, lo demás eran chiquilladas, monerías de patio y pantalones cortos que eran inmediatamente aplacadas. ¿Me creerán si digo que contra esas intromisiones se establecieron espurias hermandades entre blancos y blaugranas? Fueron años suaves; primero la quinta del Buitre, luego el Dream Team, luego Antena 3. Nos repartíamos los títulos y las afrentas, los 5-0 se fueron y se vinieron en puente aéreo con Laudrup a los dos lados, acabó la era Mendoza, llegó Lorenzo Sanz, Valdano sentó a Butragueño y de pronto eso era el tiempo. Entre medias sin noticias del murciélago.

Pero cada gringo tiene su México. Un día del lejano 1997 subí a un autobús de Alsa, entonces Ubesa, y crucé la barrera simbólica de la autopista para no volver nunca más. Ahora digo que soy de allí, pero no soy. Ahora niego ser de aquí, pero de algún modo soy.

Mi primer piso en Valencia estuvo en la calle Micer Mascó, a la altura del número 10, sobre un rugiente lavadero de coches que durante dos años veló por la puntualidad de mi despertar. Aquella casa perteneció a un jugador del Valencia CdF, pero no recuerdo cuál. Ninguno de los náufragos que armamos allí nuestra balsa y nuestra palmera estábamos interesados en saberlo. Frente a nuestra ventana, en aquel primer septiembre, las jovencitas más champán entraban y salían del colegio con la cartera al hombro y el corazón recién nacido bajo la falda. Qué mierda nos iba a importar. Pero Mestalla estaba cerca, demasiado cerca. También la marcha de Pedja Mijatovic. Muchas tardes de domingo en Valencia – sin novia para follar, sin dinero para salir, sin ganas de estudiar – la tristeza se vino en forma de rugido. Desde mi ventana se escuchaba el clamor de la grada de Mestalla y una tarde, creo que contra el Racing de Santander, me calcé los seis goles del Valencia, uno tras otro, mientras buscaba en vano un cigarrillo entre los cojines del sofá y al Madrid le daba por empatar en algún lejano campo. Malos tiempos.

No contento, me acerqué al monstruo. Mestalla es un campo feo. Querido para muchos, un pedazo de la historia de su corazón, un sagrado Kamchatka de su memoria, sí, pero feo. Me hacía pensar en una nave espacial derribada en alguna guerra remota, una vértebra de dinosaurio polvorienta, una cementera abandonada. Volví. Mi siguiente piso estuvo en Alfonso de Córdoba, perpendicular a la avenida de Suecia. Entonces era como estar allí dentro. Había que cerrar las ventanas para que el aliento de la grada no penetrase en el salón. Yo ya me había habituado a los domingos en la ciudad, y encontraba placentero pasear por los aledaños del estadio antes del partido. Decía la leyenda que a veces viejos solitarios invitaban a jóvenes solitarios a ver el fútbol a cambio de un poco de conversación. Nunca sucedió.

Después Mestalla me ha proporcionado momentos de secreta felicidad y perversiones que sólo ahora confieso. ¿Se acuerdan de Gracia Redondo? Yo sí. Fue el árbitro que robó al Real Madrid una de las ligas de Tenerife. Bien, años después, Vicent Chilet me invitó a acompañarlo a Mestalla a ver al Valencia contra cualquier equipo de la zona media baja de la tabla. Aquella tarde pitaba Gracia Redondo. Se equivocó en todo. En lo mortal y lo venial. Desquició a los dos equipos y de pronto todo Mestalla empezó a corear Gracia Redondo, hijo de puta. Me sumé a aquel grito. Grité más fuerte que nadie, sólo que yo esta fuera de aquel partido y aquel tiempo, gritaba a miles de kilómetros, en Tenerife, y el odio estaba intacto. Mestalla me brindó una revancha íntima y anacrónica.

También allí vi a Hugo Sánchez, despedí a Santillana, aplaudí a Zidane, me consternó Ronaldo, me maravilló Mendieta. Jamás vi ganar al Madrid en su estadio.

El episodio que sin duda me marcó con más fuerza fue casual. Casi casual. Desde la marcha de Pedja Mijatovic, y sazonado con el penalty de Marchena a Raúl en el Bernabéu – jamás un error arbitral se instrumentalizó de manera más efectiva – las posturas eran irreconciliables. También la pujanza del Valencia contribuyó a eso. Me juran que desde Paco Roig el Valencia alcanzó un grado de autoestima que divorció a sus seguidores de peligrosos coqueteos, más o menos privados, con las viejas oligarquías. La llegada de Florentino Pérez a la casa blanca lo empeoró todo. Aquel Madrid pudo haber sido algo maravilloso, pero se quedó en un intento antipático. A nosotros todo nos sabía a poco (tres Copas de Europa en cinco años pueden hacer más mal que bien al imaginario colectivo) y a ustedes todo les sabía a exceso. En esas llegó el centenario blanco. Que se pare el mundo, gritó Florentino. Pero ustedes no nos hicieron caso. Indecorosamente, unilateralmente, decidieron ganar la liga de la mano de un por entonces casi desconocido Benítez. La noche de autos yo había bajado con un amigo a tomar una cerveza. A la vuelta nos vimos envueltos en la marea de la avenida de Suecia. Madridista el que no bote, sentenciaron. Y no boté. Les hemos jodido el puto centenario, cantaron. Y canté. Todavía hoy no sé qué me pudo pasar. Pero aquellas seis palabras me subieron a la garganta sin que pudiera detenerlas. Síndrome de Estocolmo, diagnostiqué al día siguiente. Justicia poética mascullé más tarde. No se extrañen, si no fuera masoquista sería del Valencia en Valencia y no un soldadito que se mantiene en esta posición de vanguardia perdida hace tanto. Y sin que envíen mantas, munición ni alimentos desde la comandancia.

Y la Copa. ¡Ah, la Copa! La Copa del 93. Aquel verano yo tenía el brazo roto y vi el partido en un pequeño televisor con interferencias en casa de mis tíos. Mestalla nos acogió de buen grado, pero lo que pensábamos que sería una amante dócil y complaciente nos largó una factura que 16 años después aún seguimos pagando. Hay amantes arteras que te despluman una noche y hay mujeres sabias que te dejan sin nada.


Josep Vicent Miralles
Seguidor del Real Madrid
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dilluns, 11 de maig de 2009

Campions de Copa a Mestalla. RCD Espanyol

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Una noche de mayo, en Mestalla

Debo ser de los pocos que vieron la jugada completa. No sé por qué giré la cabeza hacia la izquierda (si total era un saque de puerta) y entonces le vi. Estaba detrás de la portería atento al más mínimo detalle, arrancó desde la línea de fondo, esperó a que su ex compañero botara el balón y en ese preciso instante, metió la cabeza para robarle la cartera a quien hacía menos de un año había sido su portero, era en aquel momento su rival, y desde ese momento su enemigo manifiesto. Después sólo hizo falta un pequeño regate y empujar el esférico hacia el fondo de la red. Todo esto, que parece mucho, ocurrió en apenas 5 segundos. En ese breve espacio de tiempo Raúl Tamudo acababa de perder un amigo, mientras nosotros entrábamos en éxtasis. Era el 27 de Mayo de 2000, en Mestalla y nunca lo olvidaré.

Nací, me crié y crecí en un ambiente perico, sin fanatismos, pero muy espanyolista. Siendo un crío me llevaron a Sarrià y allí descubrí un mundo nuevo. Eran tardes de marcador simultáneo Dardo, de transistores pegados a las orejas, de ‘rico bombón almendrado’... Vivía convencido de que aquello era la normalidad, que Barcelona, España y el mundo entero eran sólo blanquiazules. Muy pronto me di cuenta de que estaba equivocado. Ser del Espanyol supone sentirse forastero algunas veces en tu propia tierra, despreciado muchas más y ridiculizado casi siempre. Fuera de Catalunya ese problema no existe y dejas de sufrir las bromas de los compañeros, simplemente se te ignora o, como me ocurrió a mí al llegar hace 15 años a Valencia, pasas a convertirte en el bicho raro del grupo.

Habían transcurrido sólo 2 minutos y allí estaba yo, abrazado a mi buen amigo Fernando, ilicitano y también perico, en uno de los laterales de Mestalla. Sólo 2 minutos y ya ganábamos 1-0, dos minutos y una eternidad por delante. Ser del Espanyol conlleva asumir un grado de masoquismo extremo. Somos sufridores por naturaleza, la experiencia nos ha demostrado que el dicho:”poco dura la alegría en casa del pobre” en nuestro caso se cumple y, para muestra más evidente, la vuelta de la Final de la Copa de la UEFA de 1988: una ventaja de 3 goles a 0 desperdiciada en apenas 20 minutos. Ahora quedaban 88, ¡cómo no íbamos a estar nerviosos! Ni el hecho de que el Atleti fuera carne de Segunda ni de que hubiera llegado a esta Final de la Copa del Rey por descalificación del Barça en la semifinal nos tranquilizaban. Aun así, pero con muchos nervios, llegamos al descanso.

La Final del 2000 me pilló en una época de convulsa relación sentimental y después de un largo período de apatía futbolística. Era tal mi falta de motivación que, a pesar de la posibilidad de ganar un título, de tratarse del año del Centenario, y de que familiares y amigos se trasladaban a Valencia para presenciar el partido, ni siquiera había tenido la previsión de comprar una entrada. Y además necesitaba dos. Así que, cuando aquella mañana de sábado llegué a las taquillas de Mestalla y las encontré cerradas, el pánico se apoderó de mí. Deambulé como alma en pena por los alrededores del Estadio y ni siquiera encontré a los reventas, removí cielo y tierra, busqué entre todos mis contactos, quemé el móvil, incluso apalabré un pase con un viejo conocido, periodista de TV3, pero al final, casi a la hora de comer di con la persona adecuada. Pagué el precio justo, adquirí mis dos entradas, respiré aliviado y me enfundé la bufanda del Espanyol

La ubicación era casi perfecta, a media altura, frente a la grada principal de Mestalla, en una zona que podríamos considerar mixta, en la que nos encontrábamos mezclados con otros muchos ‘pericos’ y otros tantos ‘colchoneros’. El clima era de relativa cordialidad y respeto mutuo, pero quedaban 45 minutos y podía pasar de todo. Y pasó casi de todo. El Atleti salió a dejarse la piel y puso a prueba en más de una ocasión a Cavallero y a los nervios de los 23 mil espanyolistas desplazados a Valencia. Para más inri, en el minuto 77, nos quedábamos con 10 por expulsión de Nando y, de nuevo, el pesimismo que nos caracteriza se hizo más patente que nunca. Fueron los peores momentos, lo reconozco, el reloj parecía detenerse y no querer avanzar. Una vez más volví a pensar en todas las injusticias del fútbol y de la vida, y entonces, cuando todo presagiaba la desgracia, llegó el gol de Sergio y con él pareció acabarse el mundo. La rabia del eterno perdedor estalló de repente. Sólo el 2-1 consiguió enmudecer nuestras gargantas y apagar nuestros cánticos por unos instantes. Afortunadamente, era ya el minuto 90. Aquella noche de mayo, no queríamos abandonar Mestalla, tuvieron que echarnos de allí. Gritamos, reímos y también lloramos y mucho, porque éramos unos afortunados, porque pudimos vivir aquel momento después de 60 años sin títulos, porque nos dolía tanto (siempre nos dolerá, al igual que la de Glasgow) aquella final de Leverkusen, porque muchos de los nuestros se quedaron en el camino sin sentir jamás lo que nosotros estábamos sintiendo, porque aquella noche de mayo, en Mestalla, el mundo, mi mundo, volvía a ser blanquiazul.


Txema Millán
Periodista y Socio del Espanyol
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diumenge, 10 de maig de 2009

Campions de Copa a Mestalla. FC Barcelona

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De copas con el Barça

16 de maig de 1926. Primera final de Copa disputada al Camp de Mestalla. FC Barcelona 2 - Club Atlético de Madrid 1.

Antes que nada, me gustaría explicar porqué soy fanático nervioso pero tolerante del FC Barcelona y no del Recreativo de Huelva (un equipo que me gusta porque tiene nombre de bar de periferia), ni del Hércules (cuya mitológica y masculina sonoridad me recuerda a un antro gay) ni del Levante (al que sólo le falta una sílaba, dado mis problemas actuales de disfunción eréctil, para estimularme: Levántate.)

Hijo de exilado valenciano, emigré a España en 1979, procedente de la fría Bogotá (Colombia) para estudiar en la Facultad de Filología en la rama de Literatura Española. En mi país de origen era seguidor del Santa Fe (algo así como el Arsenal o el Atlético de Madrid, un equipo sin suerte, muy de bohemios dipsómanos, artistas fracasados e intelectuales amargados) y acérrimo enemigo de Millonarios (donde jugó Di Stéfano en los cincuenta, el equipo de los nuevos ricos, convertido en Millonarcos, cuando el boom de la coca). Prefería Santa Fe porque vestía de rojo (como el Arsenal) y detestaba a Millonarios porque su uniforme era azul (como el Getafe o el Chelsea). Una simple cuestión estética. Al llegar a Valencia y por mis orígenes familiares, lo lógico es que me hiciese fan del Valencia, pero el equipo de la capital no me convenció: vestía de blanco inmaculado de lavadora en aquel entonces, sus dirigentes eran en su mayoría unos carcamales y sólo me entusiasmaba la presencia de Kempes. Desde el principio, me gustó el Barcelona, pero no porque hubiese sido bastión simbólico contra el franquismo durante décadas o porque fuese la opción futbolística de muchos de aquellos incautos que proclamaban aquello de “¡Pais Valencià, lliure i socialista!” Me hice del Barça, porque me gustó el uniforme blaugrana, aunque estoy convencido de que la combinación cromática de rayas en rojo y azul no la firmaría Giorgio Armani. Otra vez, una cuestión estética. Mi inclinación por el Barça se convirtió en fanatismo después de la final de la Recopa de 1982 que ganó el equipo catalán contra el Stándard de Lieja por 2-1, con goles de Quini y el pigmeo danés Simonsen. El Barcelona jugaba bien y lo sigue haciendo.

En aquellos años ochenta, creo que el Barça ganó tres Copas del Rey, pero ya ni me acuerdo, porque posiblemente debí ver los partidos en alguna tasca universitaria y en época de exámenes, bien aderezado de cervezas y ginebras con tónica. Curiosamente, tan sólo recuerdo la que perdió contra el Athletic de Bilbao en 1984, con la gresca aquella en la que intervino Maradona-Metadona. Más nítido recuerdo tengo de las finales de la Copa del Rey que jugó el F.C Barcelona durante los años noventa en Mestalla (otro nombre que me gusta, porque me recuerda a mis momentos de mi más álgida excitación erótica: me estalla), porque ya no era un estudiante alocado sino un probo funcionario. La final en Mestalla de 1990 contra el Real Madrid, que ganó el Barça 2-0, la recuerdo porque eran los inicios del Dream Team de Cruyff y porque lo vi en un bar de Benimaclet lleno de barcelonistas empapados en alcohol. Lo que no recuerdo es quienes metieron los goles ni tampoco el número de cervezas que entraron en mi portería. Sí que recuerdo, ocho años después, una final con prórroga del Barça contra el Mallorca. La recuerdo por aquello de las penas máximas y el exceso de cervezas a las que te obligan partidos tan prolongados.

Tanto en la final de 1990 como en la de 1998 no se me ocurrió ir a Mestalla a ver a mi equipo. En realidad, tan sólo he acudido en una ocasión a Mestalla y porque fui de gorra con unas invitaciones gratuitas de Antena 3. Fue en una semifinal del Valencia contra el Real Madrid, que más bien me pareció un alocado partido de tenis, ya que los valencianos le endosaron a los de la meseta un humillante 6-0. No recuerdo el año, pero me parece que fue el mismo en el que el Valencia perdió luego la Copa en un partido interruptus por la lluvia contra el Deportivo de la Coruña. A mí es que me gusta ver el fútbol en la tele y con una barra cercana. Es que siento tanto los colores que me deshidrato con el sufrimiento. Ahora, creo que el Barça vuelve a jugar en Mestalla contra el Athletic de Bilbao (también me gusta su uniforme a rayas y los apellidos cacofónicos de sus jugadores). Tan sólo espero que no acaben a tortazo limpio como en el 84 y que por supuesto gane el Barça, que tantas copas me ha deparado en esta vida.


Lucas Soler
Aficionado del FC Barcelona
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divendres, 8 de maig de 2009

Banqueta visitant. Real Madrid CF

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El día en que dejé de ir a Mestalla

Me pide un amigo que escriba un artículo sobre el Madrid, que este sábado visita Mestalla, y acepto, pero después me hago el remolón. La soberana paliza en el Bernabeu y la falta de expectativas en lo que queda de Liga no invitan a sentarse a reflexionar sobre un equipo necesitado de cambios tan importantes que se acercan a la refundación. Sospecho que a ello se suma otra preocupación. He visto al Madrid ganar y perder en Mestalla. Lo he visto alzar su última Copa del Rey frente al Zaragoza (también recuerdo que esa victoria no logró quitarme el sabor amargo de una temporada, la 1992 / 1993, perteneciente al reinado del dream team de Cruyff, a esa larga travesía por el desierto del madridismo). He comprobado que el Madrid puede ganar en Valencia, pero también que para conseguirlo debe jugar con máxima intensidad porque, salvo excepciones, la exigencia del encuentro es absoluta. O se impone con claridad, o resulta arrollado, lo he visto muchas veces. Me cuesta creer que un equipo sin posibilidades de ganar títulos, que huele a renovación masiva, y en el que buena parte de la plantilla se pone repentinamente enferma, vaya a sacar pecho ante un Valencia que se juega la Champions, y que ha demostrado, a pesar de su temporada irregular, ser capaz de plantarle cara a cualquiera.

Es una lástima porque esa falta objetiva de interés desde el lado madridista (sí, es cierto, conviene salvar el honor dentro de lo posible; y sí, es cierto, la humillación puede provocar una reacción en los blancos que, por cierto, le sacan 20 puntos al Valencia) devalúa considerablemente el partido. Un choque que para un madridista valenciano es, en cierta forma, el más importante del año. ¿En qué forma? En el de la rivalidad directa. Un madridista valenciano descubre pronto, a qué colegio vaya ni en qué círculos se mueva, que la mitad de quienes le rodean (y están interesados por el fútbol) son del Valencia, y la otra mitad, digamos que a partes iguales (aunque esto daría para una tesis doctoral) del Barça y del Madrid. Resulta imposible escapar al magnetismo del clásico, y a la exagerada cobertura que despliegan los medios de comunicación madrileños y, en menor medida, de Barcelona. Pero a escala personal, la de llegar el lunes por la mañana a clase o a trabajar, la que importa, el Valencia-Real Madrid resulta mucho más importante.

No hace falta extenderse sobre el sentimiento anti-culé de buena parte del valencianismo. Pero personalmente creo que se habla poco del sentimiento antimadridista de, probablemente, el conjunto del valencianismo. Yo lo descubrí en toda su extensión la última vez que fui a Mestalla. Tenía unos 15 años, mi vecina de asiento se acercaba a los 60, el Madrid ganaba 0-1 y en un visto y no visto el Valencia remontó (escribo de memoria, pero creo que Nando, marcó el 2-1). Fue el delirio. En medio de los rugidos, la señora de mi izquierda me señaló con el dedo y me preguntó a gritos que por qué yo no lo celebraba. Me gusta recordar que aguanté estoicamente sentado, rodeado de la hinchada rival, desafiante, reivindicando mi derecho a no alegrarme. Pero ya saben cómo tiende la memoria a construir los recuerdos, así que probablemente sí que me levanté, y más tarde abandone con discreción el campo la última vez que visité Mestalla.


Ignacio Zafra
Seguidor del Real Madrid CF
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dimecres, 6 de maig de 2009

Entradas “Medias” o de “Señora”

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Allá por los 80 el club se preocupaba por motivar a la gente a ir a Mestalla, había abonos y entradas para jóvenes, entradas mas baratas para señoras, sin duda un cultivo que recogió sus frutos en los años siguientes.

Es a principios de los 80 cuando empieza mi peregrinaje de Puzol al Santuario de Mestalla, camino que aunque ha cambiado la manera de ir, sigo religiosamente cada día de partido.

Mucho ha cambiado desde que con más de dos horas de antelación, esperaba el autobús en la carretera de Barcelona para ir al cap y casal. Tenia que llegar pronto para conseguir una entrada, ya que hasta 1985 no tuve mi pase.

Bufanda, banderón y unos palos desmontables de hierro para que cupiesen en el autobús formaban parte del equipaje, todo ello aderezado de la ilusión que afortunadamente hoy todavía conservo. Una vez en Valencia me esperaba una larga caminata desde la calle Sagunto hasta Mestalla y por supuesto el mismo recorrido para la vuelta, que por cierto si el resultado no había ido bien se hacía muy pesada.

Ya en Mestalla, el objetivo era conseguir una entrada “Media”, entradas que por supuesto eran mas económicas y que estaban destinadas para los mas jóvenes, y si ya no quedaban por que se agotaban enseguida había que buscar la segunda opción que era comprar una de “Señora” en cuyo caso teníamos que contar con la complicidad del taquillero que dicho sea de paso siempre gozamos de ella.

Por supuesto mi destino era la añorada “General De Pie”, siempre me ha gustado ver el fútbol de pie, de hecho, no se otra manera de ver el fútbol, todavía hoy me refugio en la grada joven de Gol Gran para animar al Valencia y poder disfrutar los partidos de pie, aunque lo de “joven” cumplidos ya los 40…. en fin, por ilusión no será, sigo llevando mi bufanda y el banderon, aunque sin palos claro (ahora es impensable poder entrar a un campo de fútbol con unos palos de hierro pero recuerdo un desplazamiento a la Romareda donde los palos fueron conmigo en el pasillo del autobús y los entre al estadio sin ningún problema).

Poco puedo decir de la grada de general que no se haya dicho ya, para mi tenia una magia especial, siempre abarrotada de la afición mas pasional, como llegaras un poco tarde debías de hacer verdaderos equilibrios para poder llegar a tu sitio, que aunque te podías poner donde quisieras formaba parte del ritual llegar a tu zona de siempre.

En fin Mestalla, has llenado mi vida de recuerdos imborrables, de imágenes, de tensión, de nervios, de lágrimas de alegría, de lágrimas de tristeza, de euforia, de locura, de abrazos, de amigos, de conocidos, de sentimiento, de amor, de pasión. TE AÑORARE


Juan Sebastiá Esteve
Socio del Valencia CF
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