Paco Gisbert.
Socio del Valencia CF
·
Mireu atentament la foto que encapçala este text. És una foto de Mestalla a principis dels anys setanta, més concretament, en 1973. S'intuïx el fum d'una traca disparada per qualsevol bona raó i s'aprecia el lamentable estat de la gespa en l'àrea del Gol Gran. Un creïllar que s'estén invasor fins més enllà de la mitjana lluna de l'àrea. Esta imatge procedix d'un cromo de la col·lecció Fher de la temporada 1973-74. És una imatge que va perdurar en el temps i sempre em va produir una barreja d'intriga i estupefacció. Sent jo en aquells anys un principi d'estudiant curiós i inquisitiu, em preguntava què absurda raó evitava remeiar el fet que el nostre terreny fóra més lleig que el lleig dels Hermanos Calatrava. Considerant el fet provat que el futbol, en eixa època, es jugava sobre una superfície vegetal, vaig arribar a la brillant conclusió que els responsables eren els jardiners. No em servia l'argument fallit d'afirmar que a València era molt difícil mantindre la gespa en condicions. Bastava pensar en el camp de golf d'El Saler per a demostrar que allò era una fal·làcia inacceptable. Que el ritme de partits evitava la regeneració del terreny de joc tampoc em servia. Es podia substituir la superfície terrosa per “tepes” de gespa i atés que la competició tenia molts menys partits que en l'actualitat, el temps suficient perquè s'assentara el nou tapís apareixia en l'horitzó amb la mateixa claredat que l'estel del matí. Per tant, quina raó hi havia perquè el club seguira comportant-se com una Celestina animant els enamoriscaments entre la gespa i la terra? El meu diagnòstic era clar i despietat: els jardiners del València eren uns pèssims professionals. I ací doní amb la clau. Professionalitat. Una qualitat que no abunda en el món real, a pesar de botar de boca en boca com un cangur australià buscant menjar en el desert. Una paraula que, donada la seua longitud i positiu significat, ompli, sense deixar cap ocasió, les boques que la pronuncien. Com la de qui encara és (si els diners del Sr. Soriano no ho remeien prompte) l’accionista de referència J. B. Soler.
Cada partido en Mestalla es un ritual que libera los sentidos. Cada quince días se repite de manera idéntica una maravillosa liturgia. Pueden caer presidentes, técnicos y jugadores, sumergidos por la marea de lava que la acequia de Mestalla arrastra en su paso subterráneo por el estadio. La ceremonia es siempre la misma. Sostengo la teoría de que sería capaz de 'ver' un encuentro del VCF sentado en una de las terracitas de la Avenida de Suecia, contemplando entre martinis la vieja fachada de la tribuna, último trozo de memoria que une a todas las generaciones valencianistas, y guiándome únicamente por los rugidos de la grada. Y por sus tensos silencios, sus furtivos bròfecs y el aroma inconfundible de montecristos y caliqueños...
Si alguna vez os acercáis al campo vacío, sentaos en
La primera vez que percibí aquel rumor fue una tarde de domingo de principios de los sesenta. Mi proximidad vecinal permitía visitas sorpresa al recinto cerrado acompañado de un nutrido grupo de chavales de barrio en busca de emociones. Saltábamos por la tapia que recaía sobre la huerta que hoy ocupa la Avenida de Aragón. El objetivo era un botín: cascos vacíos de refrescos que en un bar cercano se pagaban a dos reales por envase. Un juego en el que el suspense por no ser descubierto por el vigilante creaba los alicientes necesarios para combatir la rutina escolar y semejarse a una hazaña, mucho más allá del pequeño reparto de unas monedas.
Nunca lo olvidaré. Asomándome con cautela por un vomitorio de la grada de la mar descubrí la inmensidad cautivadora del campo. La tarde caía. El sol se ocultaba tras la grada del anfiteatro. Ajeno a mis compañeros, sentí el murmullo incierto de algo que no supe precisar ni entender. La imagen que mi retina captaba engrandecía mis sentimientos y la belleza de las formas: el esplendor del césped, las sillas de enea vacías, la grada gris salpicada de formas lineales que dibujaban sectores y escaleras, el foso que conducía a los vestuarios, el marcador; aquel espectáculo hizo nacer un lazo de unión invisible que se simbolizó con unas gotas de sangre derramadas al salir por la tapia y arañarme con la alambrada metálica armada de espinas.
Vivir en aquel barrio de San José de los años 60' tenía grandes ventajas. De la magia que a tantos nos ha hipnotizado en el campo, algunos también podíamos gozar del inmenso resplandor luminoso de un Mestalla nocturno desde la ventana de nuestra casa, observar los tubos fluorescentes de los pasillos de acceso o la ansiada búsqueda de las banderas en los mástiles rozando el cielo luminoso en las sobremesas de invierno que anunciaban como trompetas de circo romano la proximidad de la contienda, sin olvidar el clamor rotundo del gol atravesando las huertas cuyo eco oíamos desde la calle o en nuestra habitación.
Sin duda, de aquellas primeras sensaciones nació una creencia y una militancia. De los variados adoctrinamientos en los que fuimos instruidos, esta religión, con nombre de acequia, es la única que finalmente nos ha hecho devoto de sus preceptos, alegrías y sufrimientos. Es cierto que el fútbol, como la vida, es sólo un juego. Y que a veces se gana y otras se pierde. Pero la historia de Mestalla es
Alfredo Cardona
Socio del Valencia CF