dissabte, 30 de març del 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 29

BANDERAS PARA EL RECUERDO

Diciembre 1985. 

Tuve que ahorrar varias pagas semanales para comprar mi primera bandera del Valencia, la blanca con el escudo en medio. 

Quinientas pesetas me costó en el puesto del señor de bigote que montaba su tenderete en la acera del fondo norte de Mestalla. 

Curiosamente la compré al acabar el partido y no al comienzo, de aquel extraño Valencia 6 Deportivo Aragón 1 de Copa del Rey. 

Era finales de noviembre de 1985 y con trece años ya realizaba mis liturgias, quizá supersticiones, alrededor del club y su simbología. Quería hacer debutar aquella inmaculada bandera contra el Sevilla en el siguiente partido de Liga, cuatro días después. 

Aquel 1 de diciembre de 1985, jornada 14 de Liga, era la fecha escogida para el debut de lo que esperaba fuera una larga y laureada trayectoria. 

Nada me hacía prever lo que luego sucedió. 

Perdimos cero a uno con uno de los arbitrajes más lamentables que se recuerdan en la historia del club. Pes Pérez pitó un inexistente penalti fruto de un choque entre Ruda y Sempere, que materializó Montero. 

Dos horas le costó al árbitro abandonar el entonces Luis Casanova. Además lo hizo por una puerta falsa. 

Nada más finalizar el partido hubo una enorme concentración de valencianistas indignados (en aquella época se decía cabreados) en la Avenida de Suecia, frente a Tribuna. 

Allí estaba yo con mi bandera nueva y mi insolencia de trece años, gritando que aquello era un atraco y mentando a la madre del barbudo árbitro aragonés. 

La policía no tardó en hacer presencia y tampoco en actuar para dispersar la congregación. 

Botes de humo enturbiaban el ambiente y bolas de humo cortaban el aire. 

No recuerdo un episodio de violencia igual. En aquella época dejaban aparcar coches en la acera de enfrente de tribuna, lo que provocó un tapón entre la multitud que intentaba escapar y las pocas vías libres para hacerlo. 

Me recuerdo saltando de coche en coche, de capot en capot, intentando huir entre la histeria de la gente y el amenazador ruido de los disparos de las pelotas de goma. 

En medio del tumulto, mi recién estrenada bandera se enganchó entre los brazos de otra persona que también intentaba escapar, presa del pánico y se desgarró del palo. 

Ahí acabó su historia y palmarés, un partido me duró. 

Recuerdo a mi hermano burlarse de mí cuando me vio aparecer por casa únicamente con el palo. 

Podría haber sido peor, me dije para consolarme, podría haber vuelto sin el palo y con la marca de una bola de goma tatuada en la espalda como con la que al día siguiente acudió mi amigo Emilio al colegio. 

Mayo 2014. 

Sobre la alfombra, a sus seis años, Rober jugaba a construir palabras con las tapas de los Danoninos en cuyo reverso salían impresas letras del abecedario. 

Con orgullo de padre, me acerqué a ver qué había escrito y cuál fue mi asombro cuando descubrí que las dos palabras que había formado eran “Puta Sevilla”. 

Durante varios segundos, dudé si echarle una bronca o darle un abrazo. 

Cuando mi mujer asomó por la puerta ya no tuve elección. 

Bajo la mirada fija y expectante de Clara, expliqué al niño de la forma más didáctica que pude, que aquello que había escrito estaba muy mal, que no podía decir palabrotas y que había que respetar a los rivales. 

Se lo dije además en serio, no tiene sentido enemistarnos con un club que como nosotros intenta plantar cara a los dos de siempre, labor siempre respetable y meritoria. 

El nano, en su inocencia, no tenía ni idea qué significaba aquella palabra, simplemente había trasladado a la alfombra de casa, por inercia, lo que unos días antes había escuchado en Mestalla cuando M,Bia nos privó de jugar la final de la UEFA en el tiempo de descuento. 

Aquella noche, festivo del uno de mayo de 2014, fue la Confirmación a la militancia de Rober y de todos los niños valencianistas de su generación. Su primera gran hostia, de esas que no se esperan ni se olvidan. 

Durante el camino de vuelta, a lo largo del kilómetro y ochocientos metros que separan nuestra casa Mestalla de nuestra otra casa, la de residencia habitual, el nano, con su bandera blanca con el escudo en medio enrollada alrededor del cuello en forma de bufanda, no despegó palabra, se pasó todo el camino mirando al suelo, con gesto serio. 

Cuando llegamos, se fue directamente a su habitación a llorar desconsoladamente. 

Yo estaba triste por él pero a la vez orgulloso. Sabía de sobra, la experiencia me lo había enseñado en primera persona, lo que aquella noche de desilusión y desgarro infinito significaba, la forja de un sentimiento heredado a prueba de bomba, más allá de victorias o derrotas, militancia pura, de la buena, la que hace diferente y eterno este sentimiento. 

El Valencia había perdido jugar una final pero había consolidado una nueva generación de valencianistas, auténticos, irreductibles, como la de aquellos cinco mil valencianistas que estuvieron en el Camp Nou el 12 de abril de 1986 a los que se dedica La Balada que aquella noche del 1 de mayo de 2014 se comenzó a gestar. 

Marzo 2019. 

Pese al cansancio acumulado de Fallas y a que ayer trasnochamos, ni Rober ni yo tenemos sueño cuando a las siete de la mañana nos suena el despertador. Hoy es un día muy grande. Hemos quedado con nuestros amigos para homenajear los 100 años de historia que hoy cumple nuestro club. Lo haremos en forma de caminata, cada uno con su bandera blanca con el escudo en medio, por las calles de nuestra ciudad, Valencia, esa cuyo equipo de fútbol desde 1919 lleva su nombre. El próximo fin de semana no hay Liga y jugaremos el próximo partido, el primero como centenarios, en el Sánchez Pizjuán. 

José Carlos Fernández Haba.






dimecres, 13 de març del 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO

Jornada 28

EL NOSTRE HOMENATGE A ALGIRÓS EN LA MARXA DEL CENTENARI.


Quan caiguem en la temptació de la melancolia, en reflexionar sobre els defectes, les mancances de la celebració del Centenari, la sordina institucional. les innecessàries impostures, l’exhibició en primera plana dels nou vinguts a la memòria, hom té també la temptació de considerar el que podria haver estat el Centenari sense la constància, l’esforç i la discreció d’este grup militant que des de fa anys ens retrobàrem en la reivindicació de que no tot estava escrit. Més enllà d’inèrcies incomprensibles, cada etapa del club, cada dirigent, cada treballador tenia una història a recuperar. L’analfabetisme patrimonial, ningú millor que nosaltres ho sap, no ve d’ara ni és estranger. Eixa seria una disculpa fàcil. És nostre, ben antic, i amb notòria identitat valenciana. Els militants de la memòria, sempre els mateixos, però cada vegada, lentament, més nombrosos, hem aconseguit èxits confortants, figures retrobades, però també fracassos que són vergonya present, i vergonya retrospectiva, per tot el que no es va fer en el passat. Valga l’exemple de la incomprensible absència de la figura de Vicent Peris en el Centenari. I més coses que no cal recordar.

Però el balanç és positiu, i no només en una estricta perspectiva acadèmica o erudita, que ben poc importa. Hui en dia la nostra opinió és un valor cert i contrastat, generós, al qual ningú no ha estat capaç d’unir-lo a una mala acció o a un interés egoista, i que per tant, quan ha estat reconegut pels actuals dirigents, ningú no podrà dir que estava presidit ni pel mercantilisme, ni per la vanitat.

Tots som conscients que les mancances patrimonials podrien haver estat reparades d’una manera molt més intensa, i sense necessitat de despeses exagerades. Per a sufragar la major part de les qüestions que hem il·luminat no calia més que voluntat i entusiasme, virtuts de les que este col·lectiu té un superàvit contrastat i a prova de defeccions. Tots en som conscients que en este recorregut no hem de ser nosaltres els qui se separen del camí, perquè seguint aquella frase que hem fet una miqueta nostra, tenim la voluntat de voler arribar, i arribarem. Vicent Peris, el Museu, Algirós, i els centenars d’històries que esperen ser narrades, i que al final escamparem. El combustible de la memòria és inesgotable.

Per això este 18 de març de 2019, cal que tornem a l’inici del viatge, al lloc del futbol, a l’espai esportiu que en només 4 anys va demostrar la determinació dels pares fundadors, la seua capacitat de fer una entitat solvent i representativa de la nostra societat, competitiva, que en el seu èxit va fer necessària la construcció de Mestalla. Algirós és l’inici d’un viatge centenari que no pot quedar oblidat. 
En homenatge a Algirós, eixe camp tan pròxim a Mestalla i tan desconegut, eixe dia, a les 9 del matí, abans de la Marxa del Centenari, els membres d’Últimes Vesprades a Mestalla convoquem els valencianistes a retre eixe modest homenatge al camp on va començar tot. En el cantó de l’Avinguda d’Aragó amb el carrer de l’Enginyer José Edmundo Casañ. Imaginarem la restitució de la placa. Imaginarem dos estàtues de Montes i Cubells. Allí va començar el viatge centenari del València, i allí començarem la nostra marxa. Algun dia, també ho sabem tots, més prompte que tard, ho aconseguirem.


Miquel Nadal
Soci del València CF
Últimes vesprades a Mestalla


dissabte, 9 de març del 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO


Jornada 27

A FER LA MÀ, AMICS

Me he relajado. La clasificación para la final de copa me ha sacado de la realidad competitiva. De hecho, tras eliminar al Betis ni siquiera sentí euforia, más bien alivio. Volver a una final me parece una manera perfecta de cerrar un ciclo. Ya estoy preparado para otra travesía en el desierto, independientemente de que se gane o no en Sevilla. Lógicamente no espero ni comprensión ni apoyo, tan sólo que se me permita hacer mutis por el foro sin grandes reproches. No sirvo para el recurrente Ganar, ganar y ganar. En ese sentido soy un pésimo ejemplo, un hincha amortizado, alguien que sueña con el retiro dorado de la última fila, sin twitter, sin columnas en prensa, sin dramitas recurrentes cada vez que se pierde un partido. Soy un gran conformista, lo siento. Lo que me hace sufrir es la desafección, pero no las derrotas. Y nada engancha y fideliza más que jugar finales. Una final, volver a una final, será gasolina suficiente para los próximos años, tiempo suficiente para que se renueve la nómina de opinadores más o menos ilustrados que tiene el VCF. En ese sentido también estoy un poco cansado, fundamentalmente porque ya no tengo nada que aportar. 

Por sentido de la responsabilidad he mantenido cierta presencia pública, pero estoy agotado de repetirme. No quiero ser la viuda de La Balada del Bar Torino. Ese peso en la mochila desapareció el jueves pasado en Mestalla. Y con ese peso las ganas de escribir acerca del VCF. Me gusta que le vaya bien al Valencia para poder olvidarme del Valencia. Así que esta será la última jornada que escriba crónica. No tengo nada más que decir salvo una cosa: la marcha del 18 de marzo es el acto más importante del Centenario. Es un acto gratuito que sólo cobrará valor si la gente responde. Si el pueblo de Mestalla no está a la altura y llena las calles masivamente, todas las críticas vertidas hacia la propiedad por no haber invertido tiempo y dinero en un Centenario más vistoso y atractivo, carecerán de valor. Nos vemos en la calle el día 18. AMUNT

Rafa Lahuerta

dijous, 7 de març del 2019

NUESTRA PRIMERA FINAL



Puede que nos hayamos entendido por primera vez en tiempo, tras llevar años hablando diferentes idiomas. Puede que sea de las pocas veces que hemos coincidido en el espacio-tiempo, tras intentos e intentos en que uno llegaba antes de tiempo y el otro llegaba tarde. Puede que, además y sin que sirva de precedente, esta vez nos hayamos prestado atención el uno al otro de verdad. La comunicación, ah, ese bien tan poco preciado. Por eso me maravilla que hoy me escuches y me entiendas y, para asombro propio, me descubro a mí mismo haciendo algo idéntico, reparando en cada término que utilizas. Ambos sabíamos que este momento llegaría porque, por suerte, ya no somos los mismos de antes. 

Justo cuando más alejados estábamos, cuando menos daba nadie por nosotros, cuando la apatía comenzaba a reinar por doquier, la magia surgió de la nada; una chispa de luz tan brutal que me ha devuelto la fe en esto. Sí, la fe, porque sin una dimensión esotérica todo lo que hemos aguantado sería inexplicable, imposible de entender para alguien que no lo haya vivido. No ha sido una relación fácil, ha habido momentos mejores y peores, pero seamos sinceros: todo era mediocre salvo algún detalle bonito. Y tú y yo no estamos hechos para ser mediocres. Sé que no he sido una pareja de baile cómoda. Tú tampoco. Pero aquí estamos, celebrando que todas nuestras acaloradas discusiones han servido para hacernos mejores, para aprender. Celebrando que toda la frustración que hemos aguantado nos ha hecho más fuertes. Celebrando, por fin, que nuestra relación ha generado una sinergia que ha superado la suma de lo que somos. No, el Valencia no somos ni tú ni yo: el Valencia somos nosotros. 

Sin la comunión entre afición y equipo, entre Mestalla y los jugadores, sería muy difícil hacer entender a alguien que no ha visto nuestros partidos de Copa que estamos en la final. Parece sobrenatural que un equipo que está atenazado de tanto gatillazo en la Liga, que ha pasado con más pena que gloria por la Champions y que parecía en plena enésima crisis en la última década, ahora haya mostrado solvencia a la hora de enfrentarse a una semifinal de Copa frente a un rival fuerte como es el actual Betis. El factor afición es imprescindible para explicarlo. Mestalla ha levantado a un equipo de capa caída, un equipo plano y con pocas ideas más allá del orden defensivo; una afición que ha devuelto el color a una temporada que el equipo había tirado a la basura desde el mes de noviembre. En una temporada tan importante para la entidad como es el año del Centenario, ni desde la directiva ni desde el vestuario se ha estado a la altura para encararla, dando pocos motivos a la gente para apoyar y animar. Y, sin embargo, Mestalla no ha fallado. Tenemos fama de quemar la falla muy rápido, pero la realidad no para de demostrar que, aunque los valencianistas seamos de sangre caliente, somos un bien inestimable para explicar todo lo grande que ha conseguido este club y todo lo grande que pueda llegar a conseguir en el futuro. 

Y aunque en el pasado la afición ha animado y apoyado al equipo, esta temporada la comunión ha sido absoluta. Por primera vez después de mucho, equipo y afición se han sincronizado, llevándonos entre todos a la final. Una final que será la primera para la mayoría de jugadores de la plantilla, así como para el entrenador. La tan ansiada primera final. Una final que es la primera en esta década para el club. Una final que, además, tiene tintes generacionales para la entidad. Como ya varios han recordado, hay una generación de valencianistas cuyo último recuerdo (con suerte) es la Copa del 2008 – entre los cuales me incluyo. Todo lo demás ha sido miseria. Esta generación es una parte importante de la base social a la que es necesario motivar, a la que es necesario dar argumentos para llevar puesta la camiseta de Valencia al instituto o la universidad, a la que es necesario dar alegrías para que puedan decir orgullosos de qué equipo son, a la que es necesario captar para que se siga difundiendo el sentimiento valencianista a lo largo del tiempo, que no mengüe. Una base social para la que, pese a que esta sea su primera final, ha animado y apoyado a su equipo con vehemencia, como si ya hubieran visto ganar al club mil torneos. Esta será para muchos nuestra primera final. Pero además, esta será la primera final del Valencia que está por venir. 

Gracias por escuchar a la afición, equipo; gracias por estar ahí siempre, afición. 

Rodrigo Ramis Moyano / @8Rodri_rm 


dilluns, 4 de març del 2019

DE BORGES. EL OLVIDO Y SER VALENCIANISTA



Decía Borges que somos nuestra memoria, un museo de formas inconstantes añadía, y estos días en que por duras circunstancias personales me aterra la idea del olvido viene a mí desde Huelva un bote que aunque no sea salvavidas al menos me ha devuelto a la actualidad valencianista para que no me ahogue en mis penas. 

Es cierto que muchos de nosotros desconocemos la razón por la que somos valencianistas. A mí no me introdujo en esta pasión mi padre, ningún familiar ni amigo. Pero es casi imposible encontrar a alguien que no cuide de ese museo personal de formas inconstantes que son los recuerdos que el Valencia C.F. nos ha dado para hacernos lo que somos. 

De los inicios de mi museo conservo controles hipnóticos de Fernando, arrancadas de locomotora transiberiana de Penev y anticipaciones de mariscal de Arias. 

También en aquel museo conservo un 7-0 llegado de tierras germanas una tarde de jueves y el sonido del teléfono de góndola de casa de mis padres que anticipó a la voz de un compañero de EGB que quería reírse un rato a mi costa, porque saben ustedes que Borges no dijo que ese museo estuviera lleno solo de cosas agradables. 

También en mi museo está el sueño que vivimos aquella temporada que casi somos campeones de Liga representado por una imagen que todavía acude a mí si cierro los ojos. Un joven Mijatovic tras anotar gol en el Vicente Calderón andaba como si fuera nuestro mesías hacia el árbitro apoyándose de un mástil de bandera que le arrojaron desde la grada. Y a punto estuvo de serlo. Y lo habría sido de haberse quedado. 

No es necesario explicar los lloros, la impotencia, rabia y odio que sentí con su marcha. 

Pero es que mi valencianismo es mi memoria y ese museo tiene sensaciones de todo tipo. 

Lo tuvo todo a su favor, porque si te dirige desde el banquillo Luis Aragonés todo es más fácil. Y es que lo mejor que le dio el sabio al valencianismo no fue un subcampeonato o unas cuantas victorias, al igual que lo mejor que puede darte tu padre no son cosas materiales. Luis Aragonés nos regaló lecciones de las que no se estudian, como un padre, como mi padre ha estado enseñándome toda la vida de la forma más dulce. Con el ejemplo. 

Para mi el Valencia C.F. es eso. Un lugar de memoria y ejemplo. Un museo de recuerdos que nos enseña como lo hizo aquella noche en París donde no pudimos levantar una copa para la que hicimos todos los méritos menos el último. O aquella otra noche en Milán donde hicimos hasta el último y aun así no la levantamos. O en aquella copa que no celebramos porque no había cuerpo para ello. O la otra que perdimos en quince minutos tras el aguacero. O en aquellos cuartos en que Rodrigo marcó gol en el descuento y lo celebramos como si hubiéramos ganado el trofeo. Con la valentía de quién sabe que detrás hay mucha gente, muchas historias y muchos mitos. Con la valentía que da saber que mi padre se sentaba a mi lado cuando yo era un crio para que le explicara, yo a él, de qué color jugaba el Valencia, como se llamaba ese delantero bajito o ese defensa que ceceaba. Con la valentía que da saber que un chaval de mi misma edad por entonces andaba por las calles de Huelva con la camiseta de nuestro Valencia. 

El valencianismo son recuerdos, buenos y malos, pero siempre enseñanza. Ser valencianista es abrazar a un desconocido cuando un semáforo se pone en ambar porque así decidimos celebrar la copa de Sevilla. 

Ser valencianista es no olvidarnos de los nuestros, de los que son y siempre lo serán pero también de los que lo fueron aunque decidieran irse. Porque el Valencia C.F. es el museo de nuestra memoria. Porque nunca vi jugar a Waldo y sin embargo lo admiro. 

Porque el olvido solo podemos combatirlo entre todos, con la memoria de lo que somos, con el ejemplo que nos dejaron. 

En estos días difíciles cuando comienza una cuenta atrás sádica y yo me aferro a los recuerdos de mi padre comienzo a entender que somos memoria y recuerdo y ejemplo.

@cordevalenciacf


dissabte, 2 de març del 2019

BITÁCORA DEL CENTENARIO

Jornada 26

ABRIL DE 1984 

Justo ayer tarde anduve sin internet. No tener internet en casa ha sido durante mucho tiempo mi gran diapasón. Estar sin red me ha facilitado vivir al margen del ruido y la furia que genera la actualidad. Justo ayer, por algunas horas, volví a esa dimensión. Intentaba escribir pensando en los Valencia-Athletic de Bilbao vividos en Mestalla, pero era la vuelta copera contra el Betis la que concitaba todos mis temores. No fue un buen presagio. Lo primero que se me cruzó por la mente fue la final de copa de 1977, un Betis-Athletic que acabó 2-2, precisamente 2-2, como en la ida de hace 15 días en el Villamarín. Aquella final, de sobra lo sabes, la ganó el Betis por penaltis. El duelo Iríbar-Esnaola fue un western memorable que se decantó hacia el segundo. Recuerdo que vimos la final en el horno, en una pequeña salita donde hacíamos vida. Yo tenía 5 años y medio. Al piso, todavía sin amueblar, sólo subíamos para dormir. Había demasiadas facturas que pagar y lo primero era asentar el negocio. El único lujo, bendito lujo, era ese televisor en color que mi padre había comprado en otoño para poder ver el Barça-Valencia de infausto recuerdo, 6-1. Así anduvimos unos 3 ó 4 años. No era muy cómodo, pero yo lo recuerdo con enorme cariño. Algunas noches me quedaba dormido viendo la tele y mi padre me subía a la cama en sus brazos. Propuso hacer una escalera interior para ganar en confort y evitarnos salir a la calle en plena noche, pero mi madre se negó; era demasiado costoso. Sí recuerdo, con absoluta precisión, que la de 1977 fue la primera final de copa que vi. A mi padre le daba un poco igual quién ganara, y a mí también. Ese triunfo del Betis fue el punto de partida de la célebre Marcha Verde, libro de culto del beticismo durante lustros. Cuando lo leí a finales de los 90’, el fútbol ya era asignatura obligada en los colegios. 

Ayer, la tarde de las semifinales de copa crecía al otro lado del ventanal con algo parecido a la calma, una calma tensa, por supuesto. Intentaba escribir sobre esa imposición ilustrada del fútbol cuando me llamó un buen amigo para darme una mala noticia. A veces, las malas noticias tienen el poder de neutralizar la ficción avasalladora del fútbol. Me pasa mucho últimamente. El fútbol me atrapa pero la realidad me devuelve al lugar exacto de la trama. La trama es esta vida de mierda que nos obligan a llevar. No hay mucho espacio para la imaginación. Por supuesto, un partido de fútbol no tapa casi nada. Me quedé jodido. La tarde seguía siendo primaveral y la playa lucía colores de finales de abril. Que abril se imponga a finales de febrero tampoco es una buena noticia. Últimamente casi todo son malas noticias. El tiempo pasa veloz y nos volcamos en pequeños simulacros de salvación que no salvan a nadie. Por un momento dejé de sentirme hipnotizado por la fiebre de estos once años persiguiendo zanahorias en noches de poco fútbol y peor circo. Sinceramente, hubiera preferido seguir en esa noria. Vivir en la burbuja de los propios fraudes es una actitud de lo más saludable digan lo que digan los psicólogos de guardia. O te evades tú con tus elecciones o te evaden ellos con sus trampas. La lucidez no ayuda mucho. La crisis no es un lugar común, la crisis es ya el único lugar. La precariedad se ha impuesto como mantra canónico. Cada vez más regurgita la certeza de que no somos nada y no pintamos nada. Nos han arrollado en nombre de su ley mercantil. El mundo tal cual lo conocemos se sostiene sobre parámetros patológicos y deficitarios. Es la economía chalaos, es la economía. La felicidad es una tregua y una mentira hilvanada con palabras y momentos cada vez más efímeros. Sin poder evitarlo perdí algo de interés por el partido, el partido que llevábamos 11 años esperando. O lo que es peor, el interés se mezcló con cierto malestar, un malestar de naturaleza más adulta, menos infantil. Estuve a punto de quedarme en casa pero pensé que eso no ayudaría en nada a nadie. Ni siquiera los pequeños sacrificios encuentran ya el reflejo de los altares. 

Justo antes de partir hacia el Gol Gran recordé que mi amigo, el de la llamada telefónica, uno de los mejores cronistas que tiene esta ciudad, debutó en Mestalla con un Valencia-Athletic. Era abril de 1984 y la ciudad tomada por las huestes rojiblancas olía a azahar. El Athletic se jugaba la liga, era domingo de Resurrección y es muy posible que en alguno de los pasillos interiores de la vieja Numerada ambos coincidiéramos de la mano de nuestros respectivos padres. Él, apenas un niño de 6 años; yo, un preadolescente de 12. Esa tarde, lejana pero a la vuelta de la esquina, también es la magdalena de Proust. Si nos quedamos sin poder leer a los mejores en nuestros periódicos de referencia, apaga y vámonos. Y sí, estamos en la final de copa, pero eso ya lo sabes. 

Rafa Lahuerta