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dijous, 23 de maig del 2019

HUELLAS ETERNAS



No sabía que aquel viaje iba a acabar por fundir del todo el escudo del Valencia CF en su corazón, y no por el resultado del partido. Se había dejado convencer para ir. No estaba siendo una buena época ni para el país ni para él, pero si algo le ayudaba a soportar las penurias era su club. Las ligas y las copas le habían dado fuerzas para seguir adelante los últimos años, pero últimamente su ánimo había decaído y parecía que la mala suerte rondaba al equipo. 


—Ya verás que esta es la buena, es la revancha. —Su amigo Tonet, que conduce en silencio desde hace un rato, intenta animarle. 

—Seguro —dice Vicent, no muy convencido. 

Ahora le ronda por la cabeza que en Quart de Poblet van a inaugurar en pocas semanas un colegio. Espera que el maestro tenga suerte y le dejen trabajar libremente. Sacude la cabeza para tratar de evadirse de todo, no está siendo un buen copiloto. Tonet sigue hablando, aunque no le está escuchando. 

—Ellos han tenido unas semifinales complicadas y nosotros no nos desgastamos mucho contra el Sevilla. ¡Nos los comemos, Vicent, nos los comemos! —La sonrisa del conductor empieza a ensancharse; está a nada de cantar «La manta al coll». 

—Mira que te emocionas enseguida y luego…, mira el año pasado… 

—¿Para eso te traigo? ¡No seas cenizo! —Ya pueden ver el estadio de Chamartín. 

—No me trae buenos recuerdos… —dice, señalando el campo de la capital. 

—¡¿Vols callar, collons?! 

Nada más bajar del coche, Vicent saca su pitillera. La mira por enésima vez mientras saca un cigarro. 

—Disculpe, ¿tiene fuego? —Detiene a un hombre de mediana edad por la calle que pasea con tres chicos más jóvenes. 

—¿De Valencia? —le pregunta el interpelado, que ha notado su acento. 

—Sí, venimos a la final. —Señala a Tonet, que ante el calor del verano está dejando la chaqueta en el coche y sacando unos banderines valencianistas. 

—¡Nosotros también! ¡Esta vez les ganamos! ¡Cuatro a cero, les vamos a devolver los cuatro! 

—¡Hala! Yo con ganar… —dice el más joven. 

—Patirem, però guanyarem, ja ho voràs... —añade otro dirigiéndose a Tonet, que se suma a la porra de resultados y se deja contagiar por la euforia valencianista. 

De repente, Madrid parece una extensión de Valencia, porque al ver los banderines se han acercado más aficionados. 

—¿Tiene cerillas? —insiste Vicent, que ha vuelto a desconectar de la situación. 

—¡Por supuesto! —El aficionado saca una caja de fósforos con el escudo de su equipo. Prende uno y se lo acerca—. ¡Quédate la caja entera! —le dice, animado. Se siente desprendido y sólo piensa en levantar la copa. 

Con el cigarro encendido respira más tranquilo. Tras dar un par de caladas deja que le invada el entusiasmo de los suyos. Empieza a pensar que se puede ganar, que Quincoces ya ha demostrado que puede hacerlo. 

Deciden ir todos juntos a comer a un bar cercano. La sobremesa se alarga y empiezan a rememorar goles y jugadores. Hasta los más agoreros se suman a la fiesta y creen en el equipo. Pero Vicent, pese a su renovada motivación, le da vueltas a lo último que le ocurrió en el trabajo. Su cabeza le dice que debe venderla, su familia agradecería muchísimo una ayuda económica, pero él no la cogió por eso, si no por lo que representa para él, por su valor sentimental. 

Encontrarla es lo mejor que le ha pasado en los últimos meses y le gusta tenerla. 

—¡Venga, o no llegaremos! 

Vicent puede ver, oír y sentir en su piel a la afición del Valencia, que con sus cánticos y con su fervor está adueñándose de la entrada del estadio. Se hace escuchar más que la culé. Hacen surgir su sentimiento valencianista como si fuera un ente, y lo llevan en volandas entre todos; flota y se respira en el aire. Sabe que el Valencia está por encima de todo. Mira a la gente que se ha desplazado, la alegría inundando los rostros. Es día de partido, es día de final y juega el Valencia. ¿Puede haber algo mejor? La emoción le hace gritar: 

—¡Venga, va! —Tonet le mira satisfecho y se frota las manos con ahínco. 

Se puede. Ya no hay miedo al Barça. El Barça es el que tiene que tenerlo, porque el Valencia y su afición han llegado. 

Antes de que empiece el partido, ya dentro del estadio, las dudas hacen zozobrar a Vicent una última vez al recordar la final de hace dos años. Sonríe; está acostumbrado a este tipo de vaivenes emocionales. Piensa que ahí está la gracia de pertenecer a un gran club como el suyo. Pese a todo y pese a todos, ahí están y estarán. 

—¡Vamos! —Tonet jalea al equipo. 

Vicent saca la pitillera. La mira pensativo mientras extrae un cigarro. Lo enciende. 

Los azulgrana comienzan dominando el partido y el temor empieza a adueñarse de algunos. Vicent ya va por el segundo cigarro cuando oye el primer «¡burro!». Nervioso, agacha la cabeza, pensando en el arqueo que hizo en Monte de Piedad. 

—¡Esa es, Seguí! —Tonet alza la voz. 

Cuando Vicent levanta la cabeza ve a Buqué jugar con Pasieguito. El rumor empieza a trasformarse en vítore cuando recibe Fuertes y, a la media vuelta, dispara con la zurda. 

—¡GOOOOL! —La marabunta valencianista se abraza. 

El éxtasis embriaga a Vicent de felicidad. Incluso cuando el colegiado pita el saque de centro, Tonet y él siguen celebrando el tanto de Fuertes. 

Vicent pierde la noción del tiempo. Cuando menos se lo espera, el árbitro señala el descanso. Los últimos treinta minutos han sido fugaces, algo que no le sucedía desde hacía mucho tiempo. Escucha a alguien deshacerse en elogios hacia Luis Casanova. Al oír el nombre del presidente, saca un nuevo cigarro y espera fumando a la reanudación. 

La segunda parte arranca de forma inmejorable. Tonet y Vicent gesticulan con cada acción, totalmente conectados y metidos en el partido. Son uno con los jugadores. 

—¡Fuertes! —Cabecea hacia delante Vicent al ver al jugador driblar. 

Se va de uno, de dos... Y da un pase atrás. 

—¡¡¡GOOOOOOL!! —estallan de júbilo una vez más. No sólo están ganando, si no que se están deleitando. 

Manuel Badenes ha enviado el balón al fondo de las mallas. Cuando acaban de saltar, Vicent tiene que darse la vuelta para secarse las ojos. Conforme están las cosas últimamente, estas lágrimas son un elixir para él. El equipo le ha devuelto el apoyo incondicional. David está venciendo otra vez a Goliat. Se siente grande. 

—¡Esto está hecho! ¡Esta noche...! —Pero el aficionado no acaba la frase, porque tiene los ojos clavados en el césped. Mañó y Badenes vuelven al ataque con una gran jugada. Vicent se da la vuelta a tiempo para ver como chuta Fuertes. 

—¡GOOOOOL! 

No se lo pueden creer, van tres goles ya. Vicent se siente fuerte. Siente que está ante algo memorable, ante un gran momento de la historia de un gran club. Su club. Que el instante tan mágico que están viviendo es a la vez algo pequeño en comparación con lo que es y será el Valencia como institución y como símbolo. Y entonces entiende algo. 

Deja de prestar atención al partido. Todos están eufóricos y parece que la vida les sonría de repente. La pelota ha entrado. Tres veces. Se han enamorado de cada gol. Se han sentido poderosos cada vez que Velasco no ha podido detener el esférico. 

—Oye, Tonet —dice casi al tiempo que el árbitro pita el final y los valencianistas se convierten en una masa homogénea perfecta. Su amigo le mira con las pupilas dilatadas de la emoción, y el blanco y el negro de sus ojos le parece una combinación perfecta. 

Como vestían al principio. 

Valencianistas de corazón y de mirada, piensa. 

—Dime. 

—¿Gorostiza volvió al norte cuando se marchó? —Tonet no entiende a qué viene esa pregunta, pero pocas veces comprende a su compañero de fatigas, así que no le da importancia. 

—Sí. —Conforme le contesta, varias personas se lo llevan a festejar el triunfo; le arrastran gradas abajo. 

En vez de seguir a todos, Vicent se aleja unos pasos, dispuesto a sacar otro cigarro. A lo lejos puede ver cómo un fotógrafo ayuda a subir a Quique Martín al larguero. La sonrisa le llega de oreja a oreja. 

—Al mejor extremo izquierdo del mundo de todos los tiempos —vuelve a leer la inscripción de su valiosa pitillera en voz alta—. Es hora de encontrar a tu dueño y de que vuelvas a casa. Esto es más grande que todos nosotros juntos.

Álvaro Coll.


dilluns, 22 de gener del 2018

UN SIMPLE REMATE DE CABEZA



Víctor tiene 16 años y se levanta del sillón cada vez que Guedes, Messi o Dybala se deleita con el balón. Comenta con sus amigos, después de cada partido, el gesto técnico de Neymar y se emocionan con el espectáculo que les brindan los jugadores. Es su pasión, las jugadas endiabladas les motivan, su niñez y su adolescencia está marcada, entre otros aspectos, por esos sentimientos futboleros que les transmiten ideas, conceptos y valores.

Su abuelo tendría ahora 71 años y disfrutaba hasta no hace mucho viendo las diabluras de Ronaldinho y las filigranas de Zidane. Como también se incorporó de su butaca para aplaudir a Cruyff, tras rubricar momentos para los anales de su deporte, o para ovacionar a Claramunt cuando ya hacía en los años sesenta lo que Iniesta ofrece hoy. Aunque Vicente, que vibró con Kempes y celebró cada pase y cada gol de Don Fernando Gómez Colomer, era más de jugadores como Ángel Castellanos o Fernando Barrachina.

Con un Celtas en sus huesudos dedos, con un halo de humo alrededor de su abundante pelo color azabache y tosiendo con fuerza previamente. Así empezaba mi padre sus historias. Solía irse por las ramas, algo que he heredado, pero cuando hablaba del Valencia se centraba. Un aficionado ejemplar, no era anti-nadie, criado por un maestro republicano.

Su niñez y su adolescencia no fueran tan laxas como las de Víctor. Ni de lejos. Pero lo que le excitaba del fútbol entonces, formó también su carácter dándole forma a sus valores. Las experiencias se transforman en recuerdos y anécdotas y, cuando nos marcan, las conservamos por mala memoria que tengamos. Y mi padre, mientras golpeaba el suelo con sus zapatos de forma rítmica, dejaba caer la larga ceniza acumulada en el cenicero y jugueteaba con su zippo entre sus dedos y la mesa, me contó en varias ocasiones una historia que siempre me gustó y hoy aprecio y entiendo aún más.

Yo alucinaba cuando mi padre hablaba de Ansola. Sin saberlo, Fernando Ansola –fallecido tristemente el año del descenso ché- nos imprimió a mi padre y a mi (gracias a la transmisión de su recuerdo) una huella en nuestra forma de ser.
  • ¡Y volvió a salir con la cabeza vendada y marcó un gol de cabeza!- decía mi progenitor, que acostumbraba a tener el semblante serio pero que sonreía ufano, con la cara iluminada, cada vez que contaba el relato de aquel tanto valencianista. Podía ver en sus ojos la repetición del gol.
El deporte, entendido como tal, no es más que otra expresión de la sociedad que nos puede formar tanto practicándolo como viéndolo. Puede transmitirnos superficialidad o coraje, perseverancia o soberbia, empatía o animadversión, honor o desidia. Y, como el arte, nos hace sensibles a un tipo de elementos u otros.

La garra de Ansola, el trabajo de aquel delantero tosco y fuerte, le llegó a mi padre desde bien joven. En 15 años de carrera (de 1960 a 1975), el vasco anotó en 130 ocasiones. Delantero centro puro, un tanque que llegaba a todos los balones y cuyo remate de cabeza era temido. No podías pedirle grandes cosas con los pies, pero cumplía con su labor de llevar por la senda del triunfo al Valencia.

El partido que me narraba mi padre, el que vio en Mestalla ante el Barça, bailaba por mi cabeza junto con los cuentos de El libro de la selva o Aladdín, hasta que hace unos años, documentándome, leyendo y buceando por Internet, di con noticias, crónicas e información sobre él. Me hubiera encantado volver a hablar con mi padre de aquel encuentro tras aquello. Hubiera sido un buen invitado para el programa de ‘El Museo’ que realicé en Amunt Radio. Más de una vez, hablando con coleccionistas en el estudio, acababa mentándole a él o a las historias que me ha legado, siempre tratando de no corromper el mensaje implícito que me trasladaba con la narración: lucha, honor, lealtad, trabajo. Por encima de lo vistoso, la entrega y el resultado. Porque dependiendo de cómo contamos algo podemos dar un mensaje u otro.

La historia de un club la hacen los aficionados y ambos estamos orgullosos de aquella frase del fotógrafo valencianista Finezas: “Cuando Ansola choca contra un poste, en lugar de los camilleros salen corriendo los carpinteros”.

1 de enero de 1967. Porque antes no había parón de Navidad. Cinco de la tarde en Mestalla. Mundo dirigiendo al conjunto local, Roque Olsen a los visitantes. Con el empate a cero Guillot se estampa contra una valla publicitaria tras chocar contra un defensa culé y sale malparado del encontronazo. Poco después Ansola se golpea contra el palo intentando rematar un balón y se lesiona. Se retira con la cabeza sangrando y la segunda parte tiene que empezar sin él.

Aquí mi padre hacía una pausa para explicar que en 1967 todavía no se podían hacer sustituciones (en el 69 se empezó a poder sustituir a un jugador en caso de lesión, en los 70, tras el Mundial, se amplió a dos jugadores y con la posibilidad de hacerlo por razones tácticas y ya en los 90 llegaron los tres cambios actuales. Aunque previamente fueron dos más portero). De esta manera hacía hincapié en que el Valencia tenía que jugar con uno menos contra el equipo de la ciudad condal.

Pero pasados ​​unos minutos del segundo tiempo, Ansola volvió a entrar al campo con la cabeza vendada y con manchas -secas- visibles de sangre en las vendas. Poli marcó el 1-0 y el vasco, pese a su lesión, no se amilanó y remató un balón colgado al área para marcar con la cabeza el segundo para los valencianistas. Un tercer gol, a falta de cinco minutos para el final, llegaría gracias a Waldo. 3-0. La historia dice que fueron dos puntos para el equipo de la ciudad del Turia, pero hay otras historias detrás de esa historia. La de un delantero que no hizo florituras, simplemente salió, saltó y remató pese a los puntos recibidos en la testa. La de una afición que se rindió ante el compromiso y la valentía del ariete.



Álvaro Coll. Periodista