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dissabte, 12 d’octubre del 2013

Tributo a Saura, el Orzowei de Onda

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A finales de agosto coincidí en la sala de espera del Clínico con Enrique Saura. Nada más verlo supe que era él y eso que el tiempo le ha conferido un aspecto que poco o nada tiene que ver con su recordada estampa de Orzowei juvenil.

 Ese mismo día se cumplían exactamente 28 años de su partido homenaje, un triste 0-0 contra Peñarol. Estuve a punto de comentárselo pero me pudo la timidez y la pesadumbre del lugar, así que me limité a saludarle con el reverencial respeto que exigen los mitos. Después me arrepentí, claro. El miedo a parecer un psicópata a lo "Holden Caulfield" Chapman, el asesino de John Lennon, me hizo olvidar que el verdadero homenaje era precisamente ese, que alguien le recordara con exactitud la fecha de su último partido como jugador del Valencia CF después de tanto tiempo.

Como este año, aquel 26 de agosto de 1985 también cayó en lunes. Recuerdo que anticipé una semana mi regreso desde las playas de Mazarrón sólo por estar en ese partido. Me entristeció mucho que sólo fuéramos 15000. Saura merecía más. Fue siempre un jugador de brega y pundonor no exento de calidad. Nadie mejor que él para provocar penaltis y nadie mejor que él para soltar latigazos contundentes desde fuera del área como aquel fantástico gol al Barça en los 1/4 de final de la Recopa de 1980, festividad de San José. 

Saura se convirtió en leyenda al levantar la Recopa en aquella mágica noche de Heyssel. Capitán meritorio y de verdad, de la estirpe de los jugadores-enseña con 10 ó más temporadas en el club, ese dato que la modernidad ha convertido en quimera pero que hasta hace relativamente poco era muy común en Mestalla. Que nadie lo olvide. Sobre esa base de jugadores-emblema, que sin ser figuras han marcado época, se sustenta en verdad la idiosincrasia auténtica del Valencia. Saura es uno de ellos. 

Con su adiós comprendí que el fútbol nos envejece y rejuvenece sin importar la edad. Fui viejo aquella noche del 26 de agosto de 1985, como he vuelto a ser un niño en muchas ocasiones posteriores en las que mi edad ya no rozaba ni siquiera la adolescencia.

Sirva este post como tributo al gran capitán, caballero de honor de la legión valencianista, como le gusta decir a otro indispensable de nuestra historia, Hernández Perpiñá. 


Rafa Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF
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dilluns, 6 de febrer del 2012

Pena máxima

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La ejecución del penalti ha simbolizado en el universo futbolístico el alfa y el omega del juego, la suerte suprema y, en definitiva, todo un ritual metafórico, trasunto sobre el césped del baile entre la vida y la muerte. No en vano, abundan las traslaciones literarias y cinematográficas de este lance, el más poético del fútbol con diferencia.

La singladura del Valencia C.F. no ha resultado ajena a los avatares acaecidos desde el punto de penalti. Sin ir más lejos, el momento culminante de toda esta historia se produjo en aquella tanda milanesa que propició el duelo en la cumbre de dos gigantes de la escena: Kahn y Cañizares. Más allá del duro encaje de la derrota, abogamos por la revisión optimista de aquel desenlace. El tiempo y los triunfos venideros, sin margen para una frustración paralizadora, evidencian que nuestra divisa es vivir al día.

Y por ese filo de la navaja se deslizan las luces y sombras de una trayectoria cuajada de catarsis. Que se lo pregunten al Flaco Pellegrino, que meses después de fallar el postrer penalti en San Siro tuvo que convertir el más decisivo en el infierno de Celtic Park. O al Deportivo de La Coruña, al que nuestro reserva González le inoculó una maldición fatalista asociada a nuestro club.

Sin estos sinsabores, no concederíamos el valor suficiente a gloriosas paradas como la de Pereira a Rix en Heysel´80.

No obstante, del tiempo de la mercantilización galopante del fútbol a esta parte, se ha trivializado el arte del penalti; no así sus efectos, igualmente letales. A principios de los noventa, previamente a la introducción de toda la mercadotecnia relativa al fútbol-negocio, resultaba sencillo identificar a los lanzadores de penaltis de los equipos punteros. Esta seguridad iba ligada a un elevado porcentaje de acierto y rara vez marraban alguna pena máxima jugadores como Koeman o Garitano. Siempre pensé que figurar en el listado del entrenador como el especialista en la materia te eximía de la responsabilidad que la discrecionalidad y las arbitrariedades interponen entre el punto de cal y el guardameta. Con el tiempo, se ha ido imponiendo entre la doctrina la máxima de que debe patear el que mejor predisposición psicológica muestre, sin establecer tantas gradaciones a priori entre los favoritos. Indiscutiblemente, aunque no deberíamos soslayar las variables analítica y tecnológica, se fallan más penaltis que veinte años atrás. Incluso, futbolistas reputados como especialistas y que marcaron una época en sus clubes (Tamudo, Torres, Raúl), no destacaban por su infalibilidad en estas lides.

Pero volvemos a nuestro Valencia para incidir en que, precisamente nuestra mejor escuadra contemporánea, la que aleccionó Rafa Benítez, fue quizás la que erró más penaltis, debido al ejercicio coral de esta suerte. Como ejemplos de esta desdicha, aquella eliminación copera contra el Alicante, las dos penas máximas que el celtista Caballero atajó en el mismo encuentro a Baraja o el fallo de Rufete en las postrimerías de un VCF-Athletic de Bilbao, como frustrado desagravio tras su gol de Cardeñosa de la jornada anterior en Anoeta.

Afortunadamente, tenemos ejemplos recientes en los que rastrear la pauta del éxito. Como Gaizka Mendieta, que aprendió de Salenko a hipnotizar cancerberos, con unas brillantísimas marcas y un estilo heterodoxo, lánguido pero efectivo, como su carácter. David Villa también demostró una resolución implacable. Ambos se erigieron en la garantía que se precia en este crucial apartado.

Desde el prisma defensivo, Cañizares fue el último gran cerrojo, todo un dragón que acomplejaba al rival con su avasalladora personalidad. Otro de nuestros imprescindibles coetáneos, Zubizarreta, quedó siempre estigmatizado por no despuntar especialmente en esta disciplina. Sin embargo, Andoni, un tipo sereno y garantía de rendimiento, guardó para la afición tres hermosos regalos con doble de retranca en forma de penaltis parados: Klinsmann, Penev y Mijatovic.

Durante las últimas temporadas, ni César Sánchez, ni Moyà, ni Guaita nos han deparado la alegría de detener una pena máxima en partido oficial, así que hacemos votos por el dichoso estreno de nuestro guardameta autóctono y nos congratulamos por el final de este particular maleficio, felizmente roto por los felinos reflejos y la sangre fría de un Alves que aspira a seguir doctorándose desde los once metros a costa de nuestros contrincantes.

Entretanto, que los once metros nos sean leves.

Amunt València!


Simón Alegre
Socio del Valencia CF
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