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dissabte, 19 de març del 2016

19 de març de 1972

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Aquella temporada tenia 10 anys. Havíem guanyat la lliga la darrera temporada i encara estava en el menú record el gol de Forment al Celta o el d’Anton en la Nova Creu Alta. Aquella temporada arribàrem a dos punts del Madrid. Un dia amb pluja i tormenta. Darrer dia de falles. Unes falles en blanc i negre, grises com l’època, orfa de llibertats en el tardo franquisme. Els xiquets d’aleshores no teníem mes que una televisió - grande y libre- i els partits del diumenge a la vesprada a Mestalla eren de lo poc en color que desfruitàvem. Eixe dia després de dinar aní amb mon pare -que sempre ha mantingut el seu passe- a Mestalla, general del gol gran, a veure el partir. El resultat ja el sabem: VCF 1- Sánchez Ibañez 2 ( portada del dia següent al diari Deportes).

Malgrat total sempre en quedarà el record de Mestalla , de xiquet amb mon pare i el d’un sentiment indescriptible, que ara continua amb el menú fill.


Rafa Bejar (Tavernes Blanques, L’Horta Nord)
Soci del València CF
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dilluns, 9 de desembre del 2013

19 de març de 1972

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Aquella temporada tenia 10 anys. Havíem guanyat la lliga la darrera temporada i encara estava en el menú record el gol de Forment al Celta o el d'Antón en la Nova Creu Alta. Aquella temporada arribarem a dos punts del Madrid. Un dia amb pluja i turmenta. Darrer dia de falles. Unes falles en blanc i negre ,grises com l’època, òrfena de llibertats en el tardo-franquisme. Els xiquets d'aleshores no teníem mes que una televisió -grande y libre- y els partits del diumenge a la vesprada a Mestalla era de lo poc en color que desfruitàvem. Eixe dia després de dinar aní en mon pare -que ja ha complit 89 anys i encara manté el seu passe- a Mestalla, general del Gol Gran, a veure el partit. El resultat ja el sabem: VCF 1- Sánchez Ibáñez 2 ( portada del dia següent al diari Deportes). 

Malgrat total sempre en quedarà el record de Mestalla, de xiquet amb mon pare i el d’un sentiment indescriptible, que ara continua amb el menú fill. 


Rafa Béjar 
Soci del València CF 
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diumenge, 11 d’agost del 2013

Bajo el síndrome de Tendillo o bienvenido Bob

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"No sé si usted tiene 30 ó 40 años, no importa. Pero usted es un hombre hecho, es decir deshecho, como todos los hombres a su edad cuando no son extraordinarios"
-"Bienvenido Bob", Juan Carlos Onetti-
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Era el orgullo de su madre, viuda de militar, amantísima beata del viejo mundo, aparatosa reliquia de aquella otra España que empezaba a languidecer. Una mujer salazón. Él era el estudiante ejemplar, el hijo modelo, la envidia del vecindario. Algunas mañanas de finales de los años 70', cuando yo bajaba al obrador a despedirme de mi padre antes de ir al colegio, solía coincidir con él. Entraba sigiloso pero solemne, con un saquito tejido laboriosamente por una abuela castellana donde se leía la palabra pan. Su abuela era una mujer de peinado imposible y gesto rancio. La abuela salazón. Carmen Polo a este lado del Turia. Carmen Polo de paseo por Blasco Ibáñez. Carmen Polo en la iglesia de San Francisco Javier, junto a la plaza Xúquer, escuchando en trance la misa de don Valeriano. Carmen Polo sin entender a esos hombres que fumaban farias y bramaban en un idioma extraño en la terraza del bar Los Checas. La abuela del nieto ejemplar.

Nuestro héroe, metódico y rutinario, pedía siempre dos barras y un croissant y miraba sin mirar con el desdén ilustre de los que aspiran a todo. Estaba a punto de licenciarse en medicina, y nuestro barrio, aquel barrio recién nacido a espaldas de Mestalla y con las calles aún por asfaltar, se le quedaba pequeño.

A mí me llamaba la atención su gesto estreñido, su alopecia incipiente, la extraña manera de combinar camisas a rayas con sueters Lacoste, la fina montura de sus gafas de empollón sapientín. No sonreía, no participaba de la cháchara, era inmutable.

Pasó el tiempo, apenas 3 ó 4 años, una eternidad para un niño, y el estudiante modelo se convirtió en médico. Dejé de verle, y sólo en la gloriosa jornada del 1 de mayo de 1983 reapareció de nuevo por el barrio. Fue ese día en el que tantas y tan variadas emociones se concitaron, hasta el extremo de que sigo pensando que está por escribir el relato rollo "Vidas cruzadas" de Robert Altman que recoja de manera concisa el trazo y la furia de aquella fecha imborrable. Yo podría hablar de la mía, pero sólo era un niño de 11 años, y mi relato quedaría sesgado, cogido con pinzas, sin el aliento rotundo de los corazones a punto de estallar.

Lo dejaré claro. Con esa edad y con mi vicio por lo anecdótico, yo sólo podía aspirar a fijarme en el doctorcillo ya totalmente calvo, que horas antes del partido se paseaba ufano con una bandera del Madrid y una de esas ridículas cintas con la leyenda "Hala Madrid" que se pusieron de moda para el mundial 82 y que en su caso, calvo prematuro y contumaz, carecía totalmente de sentido práctico aunque le otorgaba sin duda un aspecto de forofo voluntarioso, de hombre que no es hombre pero que todavía puede reciclarse en hombre, aspirante quizás a mearse un día en la vajilla de su abuela. La abuela salazón. Carmen Polo en el Barrio de San José.

Y recuerdo aquella mañana luminosa. La del 1 de mayo de 1983. Y la sorpresa de encontrarme en la puerta del bar Los Checas con el ilustre vecino, ¡¡¡¡madridista!!!!, ¡¡¡coño!!!, ¡¡¡este es del Madrid!!!!, ¡¡¡¡hostia-puta, le gusta el fútbol....pero es del Madrid!!!! y verlo extrañamente feliz, sonriente como nunca lo había visto, confiado en su cinta de Eva Nasarre madridista, exultante por volver al barrio y mostrarse en todo su esplendor de madridista que hoy si, hoy puede decir bien alto "hala madrí y que os follen a todos, paletosdemierda, rojos, provincianos, que todavía andáis con alpargatas cogidas con cuerda y en el fondo queréis ser españoles pero sólo sois españoles de segunda. Y eso, cojones, que hoy os vais a segunda. Y coño, que buena está la cerveza, venga va, otra cerveza, un día es un día, y vaya monologuito me estoy echando, que parezco ya el mismísimo Martín-Santos escribiendo Tiempos de silencio, aunque la verdad es que yo soy más del rollo Sánchez-Mazas y a tiros con los rojos, un médico con cojones soy yo, y venga va, otra cerveza, me estoy poniendo tibio de cervezas, igual luego le meo la vajilla a mi abuela de una puta vez y que se vaya la vieja a tomarporculo con sus misales y sus estampitas de los cojones, eh tú, ponme otra cerveza". Y sonreía, cada vez más beodo, ciego, borrachuzo del halamadrí, con la cercana silueta de Mestalla articulando en silencio las aristas de una jornada que aún hoy me parece imposible. Sonreía el muy cabrón, era un madridista feliz, ajeno al drama en el que el xoterio local vivía la mañana. Yo mismo, en la iglesia de 10 a 12, rezando cuando todavía creía en Dios, paseando con un hueso de aceituna en el bolsillo por los alrededores de Mestalla, rezando sobre todo para que el corazón de mi padre aguantara lo que se avecinaba, más preocupado por él que por mí. Y el ilustre mediquillo ataviado de preultrasur de la movida, bebiendo cervezas y chascando altramuces en la misma mesa donde meses atrás Albano y Romina Power habían llenado de estupor y falso glamour la resaca del mundial 82.

Puede que fuera el día de la madre y es seguro que era el día del Trabajo pero yo sólo recuerdo el canguelo atroz, el miedo, el pánico, la tensión que veía en los caretos de todos los valencianistas veteranos con los que me encontraba. Apenas comimos y dos horas antes del partido ya estábamos en Mestalla, fila 17 sector 5. El culo bien apretado, la senyera de Heyssel, el cromo de Wilkes, el autógrafo de Claramunt en un pase del 72', la medallita de una virgen que nos había dado mi tía y 3 huesos de aceituna en el bolsillo del pantalón. De la previa soleada e histérica recuerdo la música agonista del "en vanguardia y siempre avanzando, Mishubishi Electric", esa música que parecía la banda sonora del desastre porque empezó a oírse en Mestalla justo entonces. Ya del partido, el minuto de silencio en memoria de Rafa, la protesta de la AFE, el gol de Tendillo, la galopada de Arias, el inconsistente Metgod convertido en policía urbano. Faltando cinco minutos mi padre dejó de ver el partido y escondió la cabeza entre los muslos gimoteando y superado por el drama. Los de delante, siempre cínicos y procaces, lloraban atascados, con lágrimas de vieja experta en duelos. Todos los resultados encajaban y entonces la peña se levantó. Con el último remate de Santillana mi padre ya estaba también de pie, desencajado, descompuesto, repentinamente envejecido. Tuvo un amago de desmayo que provocó una pequeña avalancha. En realidad fueron varias pequeñas avalanchas porque hubo varios desmayos, algún colapso, una carnicería de babas y abrazos que olían a tragedia de farias y cervezas derramadas sobre las banderas del infierno. Puedo decirlo. Ese partido fue mi bautismo en el drama de la militancia.

Cuando todo pasó y la certeza de la salvación era un hecho pasamos por el bar Los Checas camino de casa. Entonces volví a verlo. Ahí estaba, con las gafas rotas, la ceja abierta, la cinta del pelo convertida en una compresa de sangre y lodo, la camisa de rayas tal cual un guiñapo, la bandera del Madrí hecha un pergamino, medio quemada. Lo habían ahostiado a base de bien, seguramente por patoso, por bocazas, por esas cosas por las que suelen cobrar los forofos ocasionales que no saben beber ni entender el terreno que pisan. El ilustre nieto e hijo, el don ejemplar, vapuleado, lloroso, borracho, sentado de nuevo en la misma mesa de Albano y Romina Power, herido de sangre y humillado en algún akelarre de los muchos que hubo aquella tarde-noche en los alrededores del campo, bebiendo a duras penas las últimas cervezas de su experiencia mestallística. Alguien, el espontáneo de turno, dejó en el aire el epitafio: "eixe ja no tornará més a Mestalla". Y es posible que diera en el clavo, porque lo que vino después merece otro post, otra historia, un análisis más concienzudo. Pero no me creo capaz. Lo mío, entonces y ahora, son sólo las anécdotas. Y aunque a veces lo he pensado, tampoco creo que el gol de Tendillo tuviera la culpa de todo lo que vino después...


Rafa Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF
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divendres, 11 de desembre del 2009

"Crónica de un desencuentro"

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El periodista Paco Lloret, col·laborador habitual del nostre blog, presenta hui, 11 de desembre de 2009, a les 20:00h en l'Ateneu de València el seu llibre "Crónica de un desencuentro: Valencia vs. Real Madrid". Amb este motiu publiquem el següent text extret de la pàgina web www.pacolloret.com

Una rivalidad futbolística entre dos entidades históricas como son el Valencia y el Real Madrid está repleta de curiosidades, anécdotas y un largo capítulo de polémicas. También, por supuesto, de gestos amistosos. Ambos clubs han competido codo a codo en la última década y se han visto las caras en cuatro competiciones distintas. Además, hubo jugadores que defendieron una y otra camiseta mientras que algunos estuvieron a un paso del traspaso. Esos fichajes frustrados han avivado el fuego de la polémica en los últimos tiempos. Los seguidores de ambos clubs han ganado y han perdido, han sufrido y disfrutado en sus duelos directos. Este es un relato apasionante que recorre varias épocas y explica con detenimiento algunos hechos singulares. Este libro aporta la luz necesaria para conocer mejor la relación entre dos equipos de fútbol que levantan pasiones cada vez que se encuentran en un terreno de juego. El eco de sus batallas ha dado para un mucho y también promete fuertes emociones en el futuro.

El fútbol mundial asistió a un hecho sin precedentes en el último año del siglo XX. Dos equipos de un mismo país se enfrentaban por vez primera en una final de la competición futbolística de clubs más importantes. El último partido de la edición de la Liga de Campeones del año 2000 disputada en París fue el punto de partida para una enconada lucha entre ambos finalistas por dominar el fútbol español. El Real Madrid y el Valencia se repartieron a continuación de forma alternativa las cuatro primeras ediciones del campeonato de liga en siglo XXI.Una prueba evidente de su pujanza. Los madridistas vencieron en los años impares y los valencianistas en los pares. Esa hegemonía compartida resultó incontestable para el resto de equipos. El duelo sobre los terrenos de juego estuvo aderezado a su vez de una larga sucesión de enfrentamientos extra-deportivos que avivaron el fuego con una agria polémica. La relación entre ambas entidades y sus respectivas aficiones se ha resintido por un conflicto que aún permanece latente y que se ha venido alimentando de decisiones arbitrales, fallos de los comités sancionadores, cruces de declaraciones y acusaciones que han aumentado todavía más la resonancia del asunto, sin olvidar, por supuesto, los fichajes realizados o fracasados en ambas direcciones. En este contexto tan agitado de un tiempo a esta parte han intervenido múltiples factores. Uno de los que más ha contribuido al crecimiento y propagación del conflicto ha sido el papel de los medios de comunicación. Gracias a determinadas portadas y titulares, en cada enfoque editorial, en los comentarios vertidos a través de las cadenas de radio o en el tratamiento televisivo de algunos asuntos se ha logrado hinchar más el globo de una polémica que cada uno ve a de una manera diferente.

Tradicionalmente desde Madrid no se considera al Valencia CF. como un enemigo ancestral, más bien se le ha otorgado la consideración de club amigo.Esta visión paternalista pertenece a otra época que ha desaparecido. En tiempos recientes se ha vivido un profundo cambio que ha descolocado a quienes seguían anclados en esa óptica de la realidad. Las razones de esa metamorfosis tienen que ver con un pasado que empezó a cambiar a mitad de los años noventa. Mientras tanto, desde Valencia se ha contemplado la cuestión desde una perspectiva diferente por razones que este libro trata de explicar. No se ven igual las cosas y se ha acentuado el desencuentro con una sucesión de hechos que también quedan reflejados en esta obra. La relación entre dos entidades de la talla del Real Madrid y el Valencia después de tantos años de existencia es rica y compleja, ha vivido todo tipo de situaciones, ha sufrido altibajos y ha tenido gestos de complicidad mútua pero también de enfrentamiento. Todos estos vaivenes se merecen un análisis exhaustivo y la obligación de profundizar en las causas que los han provocado y en las consecuencias posteriores que han tenido.

A muchos les ha sorprendido que se pudiera escribir un libro en torno a una relación encasillada dentro de términos de normalidad. Desde ese punto de vista sostienen que entre el valencianismo y el madridismo no existen tantas cuentas pendientes que pudieran dar para tanto. Seguramente, si leen las siguientes páginas llegarán a la conclusión de que estaban equivocados. En ocasiones el fútbol devora su propia actualidad sin dar opción al reposo de una adecuada digestión. Este centrifugado permanente condena al olvido cuando no a la mala interpretación hechos del pasado que se hacen acreedores a una mayor relevancia. Esta amnesia colectiva se extiende por la grada y también por algunas redacciones. Se vive al día y no se examina la complejidad de determinadas situaciones. No se pasa de la superficie ni se profundiza en el contenido. Creo que algo de esto sucede en un asunto que tiene confundido en los últimos años a algunos analistas. Por supuesto que esta obra incide en los aspectos más ásperos y conflictivos recientes pero no olvida los momentos de buena sintonía ni deja de subrayar los gestos de amistad que se han dado ni a las personas que los han propiciado.

En definitiva, se pretende lograr un enfoque global y lo más completo posible que permita conocer con detalle una relación que va mucho más allá de lo estrictamente futbolístico. Un propósito que el autor desea conseguir desde el rigor y el máximo respeto pero sin evitar tampoco cuestiones que a algunos les puedan parecer escabrosas y que en ocasiones se evitan. A fin de cuentas, adentrarse en determinados asuntos implica no mirar hacia otro lado con el objetivo de mejorar el contenido y de cumplir con la obligación irrenunciable de ofrecer lo mejor a los lectores.


Paco Lloret
Socio del Valencia CF
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dimecres, 24 de juny del 2009

Acoso y derribo

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Article publicat a l'edició valenciana del diari El Mundo.

El Valencia CF. se merece un respeto. Parece algo obvio aunque a la vista de la feroz campaña orquestada desde Madrid conviene empezar por pedir lo evidente. La entidad de Mestalla se ha hecho acreedora a la máxima consideración por su trayectoria a lo largo del tiempo. Sin embargo, ese tratamiento ha brillado por su ausencia en el enfoque informativo que la inmensa mayoría de los medios nacionales han demostrado con el posible fichaje de Villa por el Real Madrid. La desconsideración ha estado a la orden del día y, salvo algunas contadas excepciones, al Valencia se le ha ninguneado sin miramiento. Todo recurso era lícito, desde informaciones tergiversadas hasta reportajes ofensivos con tal de ayudar a Florentino, empeñado en llevarse al jugador por un precio irrisorio. No se recordaba semejante acoso y derribo en los anales del fútbol español ni en el periodismo deportivo. Una vergüenza de tal calibre que merece la respuesta adecuada. Cuestión de dignidad.

Se han traspasado tantos límites y se han vulnerado tantos principios que han provocado una reacción airada entre el valencianismo, herido en su orgullo, y un replanteamiento de la estrategia. Florentino se ha puesto la piel de cordero y ha mostrado su cara más amable, consciente de que estaba jugando con fuego. En una maniobra repleta de cinismo ha asegurado que la culpa es del entorno mediático, el mismo, por cierto, que le ha hecho la campaña electoral a coste cero y le ha llevado en andas hacia la presidencia. No es la primera vez que recula el máximo mandatario madridista. Ya le tocó hacer marcha atrás en los actos del Centenario de su club cuando pretendía que todos participáramos del acontecimiento como si fuero de obligado cumplimiento. Logró como ahora el efecto contrario y la impopularidad de su figura y de la entidad del Bernabéu se disparó. El Valencia ha de mantenerse firme en la defensa lícita de sus intereses, de su reputación y en los derechos de sus aficionados. Lo único positivo de este asunto es que los valencianistas han cerrado filas y han tomado conciencia de la realidad, además claro, de ver cómo todo el mundo ha quedado retratado.


Paco Lloret
Socio del Valencia CF
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dimarts, 9 de juny del 2009

Elvis en Mestalla

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A Juanjo de Oro, que supo retirarse en el momento cumbre de toda esta historia. Con afecto y amistad.

Han pasado 10 años. Algunos, como Juanjo de Oro, no han vuelto a Mestalla. ¿para qué? suele decir cuando voy a verle a su garito de la calle san Jacinto. Juanjo, que siempre fue Elvis en Mestalla, dio alas al mito de San Marino con un comentario en el momento exacto que apenas medio minuto después ya era canción. Uno de esos cantitos memos y pueriles que acaban traspasando fronteras. Bien pensando, el fútbol y la canción del verano se nutren de similares emociones. Cultura popular. Seguro que Georgie Dann tendría algo que contarnos. Él y Gramsci. Mano a mano.

Pero vayamos a lo sustancial. Ese 6-0. Una ida de semifinales de copa. 20 años sin ganarla. Y la manifiesta sensación de que aquello no estaba sucediendo. Vi el partido entre algodones, con una contractura muscular, sin acertar a vindicar la mirada exacta. Sólo de madrugada, con todos los periódicos recién comprados en la Glorieta, empecé a darme cuenta de la machada. 6-0.

Durante meses, el titular de El País colgado en la barra de La Edad de Oro, aún en la calle Generoso Hernández: "El Valencia humilla al Real San Marino", fue la única certeza de que ese 6-0 había existido. Todavía hoy vuelvo a veces a los papeles para asegurarme. 6-0. Pero es extraño comprobar como las grandes goleadas inesperadas tienen menos impacto estomacal que las victorias agónicas. De ese 9 de junio recuerdo algo parecido a una irrealidad creciente con cada gol. Como si fuera un espectador neutral asistiendo a un partido entre el Oviedo y el Figueras. La misma sensación que, por otra parte, me ha sobrevenido en todas las grandes citas del VCF. Como si la tensión me aislara del acontecimiento a fin de salvaguardar mi propia integridad.

Siempre me he considerado un buen hincha de partidos ligueros; constante y animoso. Pero las grandes citas me superan. No las mastico hasta pasado un buen tiempo. Lo achaco a un mecanismo de defensa de mi propia psique, incapaz de codificar todos los mensajes envenenados que le lanzo desde horas antes del inicio del partido. Hay, por supuesto, una deriva literaria. El hecho claro de disfrutar a posteriori lo que en el momento no es tan perceptible. También, por qué no, la incapacidad de salir a la calle con una bandera a pegar saltitos y gritos inconexos: esa vergüenza ajena que sin embargo no me atrapa en la grada, donde si creo que la hinchada tiene un papel fundamental: el de saber leer el partido y estar con su equipo cuando más lo necesita. Posiblemente, en las grandes citas, sé que el equipo juega casi solo, a merced de sus impulsos y la motivación extra. Lo que cuenta, creo, es participar en los partidos de sobremesa dominical, en los 1/8 de final de la copa y en todos esos días donde la exigencia se relaja y el personal olvida lo que está en juego. O eso al menos me cuento a mi mismo para explicar mi manera de abdicar en los días señaladitos. Casi muerto. Aterrado. Con el culo prieto.

Por otro lado, y más allá de los Gauden Villas de turno, me cuesta entender que la gente aspire a ser feliz en el fútbol cuando todos sabemos que el material de la militancia no es el goce estético sino la superación de la propia batalla interior entre lo ridículo y lo necesario. Un hincha a solas es una bomba de relojería. Un cúmulo de ausencias, desequilibrios y trampas. Un cabalista con patas a merced de su locura. Todo lo que el inconsciente archiva aflora en esos días agónicos donde el fútbol es lo de menos. Los sortilegios, la búsqueda de motivos y la falta de razones son el material real del futbolerismo. Yo mismo acudo a Mestalla con el cromo de Kempes y dos pases de más cada partido: el de mi abuelo de 1962 y el de mi padre de 1971. Lo que pretendo conjurar con toda esa magia negra sobre mis espaldas es posiblemente el gran misterio al que me acojo: mi trauma fundacional. Detecto los síntomas, asumo la enfermedad, pero no encuentro los antídotos.

Lo cierto es que no fui muy consciente del 6-0 hasta que lo leí en la prensa. 10 años después, lo releo a menudo. 6-0. Estuve, seguro que estuve en Mestalla, pero todavía hoy sigo sin advertir el disfraz de mi conciencia aquella noche. Lo mejor, como casi siempre, fue verlo escrito en los periódicos de madrugada. Justo ahí, en esa ciudad que tampoco existe ya: con el viejo Ventura y sus extraños acólitos de termo e insomnio. En la Glorieta. 6-0 al Madrid.


Rafael Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF
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dimecres, 13 de maig del 2009

Les finals que no jugàrem: 21 de juny de 1936

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Abans d’aconseguir algun títol, Mestalla ja havia acollit tres finals de la Copa: 1926, 1929 i 1936. El 16 de maig de 1926 entre F.C. Barcelona i Athlètic Club de Madrid, amb la victòria del Barça per 3 a 2. El 3 de febrer de 1929, entre el Club Deportivo Español, de Barcelona i el Madrid F.C., que acaba amb la victòria dels pericos per 2 a 1, en la famosa final de l’aigua. I la que anem a recrear huí, la final del 21 de juny de 1936.

Tercera final disputada a Mestalla, tercera final que enfrontava equips barcelonins i madrilenys, però la primera vegada en què lluitaven merengues i blaugranes. Des de Madrid tres trens especials i 20 autocars. Des de Barcelona, barcos, trens, cotxes, autocars i fins i tot un avió. Per terra, mar i aire.

Peticions d’entrades des de tota Espanya. Revenda. Titulars exagerats en la premsa. La Federació Espanyola va gravar amb una taxa especial de 2.500 pessetes l’entrada a Mestalla amb “cámara tomavistas”. L’expectació va ser inusitada, i les dificultats per a adquirir entrades motiu de protestes per part de les aficions dels dos clubs i de l’afició valenciana. Federació i clubs es repartien el billetatge i això fou motiu de protesta generalitzada, i causa d’una nota de premsa de la Federació Espanyola de Futbol:

“La Federación Española de Fútbol ha hecho pública una nota en la que participa a la afición valenciana la imposibilidad de abrir taquilla para expender entradas del partido del próximo domingo, toda vez que lo asignado reglamentariamente a los clubs finalistas más las entradas de socio y abono del club propietario del campo, cubre con exceso las localidades de Mestalla. Calcúlase que de atender todas las peticiones y de abrir taquilla, se necesitaría un campo tres veces mayor que el terreno de Mestalla”.

Els aficionats valencians (“hállanse indignados”, segons la premsa), consideraren vexatòria la nota i davant el probable conflicte d’ordre públic causat pels “sense entrada”, el president i el secretari del València varen ser convocats a Govern Civil per tal d’intentar esmorteïr l’impacta de la presència d’aficcionats desplaçats a València a l’espera d’accedir en el darrer moment al camp de futbol.

El fet d’enfrontar-se per primera vegada els dos equips, la presència de Ricardo Zamora, els dubtes sobre l’alineació de Zabalo en el Barça, la cabuda de Mestalla…

La Vanguardia advertia: “Que nadie vaya a Valencia sin entrada”. La publicitat anunciaba els establiments locals: “El día de la final báñese y coma en las famosas PISCINAS DE LAS ARENAS DE VALENCIA”.
A més a més i com a mostra de que el món no ha naixcut huí i que les dificultats per adquirir entrada per a la final eren generalitzades, la premsa reflexava que a València només es parlava de la gran final. El Madrid, acompanyat de l’entrenador Paco Bru i del directiu Gonzalo Aguirre va pernoctar ja divendres a València a l’Hotel Inglés, i per tal de mantindre a l’equip allunyat de la passió de la final al llarg del dissabte va fer una excursió per distintes localitats, arribant novament a València per a fer nit el dissabte a El Saler.

El Barcelona, amb O’Connell d’entrenador i Casals com a responsable de l’expedició, després d’esmorzar a Tortosa aplegava en autocar a València la vesprada del divendres. Elegirà l’Hotel Internacional com a quarter general, i al contrari del Madrid, no moure’s de la ciutat. Un aspecte curiós és que el Barcelona va fletar un segon autocar com a premi per als empleats del club, i on destacarà la presència del “utiller” del Barcelona, el “barraquer” Torres.

L’emoció entre els aficionats locals era evident:

“Cuanto se diga de la expectación despertada por la final de la Copa de España de fútbol, entre el Barcelona y el Madrid, es pálido ante la realidad. La calidad de los contendientes es ya de por si sobradapara llenar con creces el campo valenciano, pero si a esto se añade que en Valencia no se han abierto las taquillas al público, se podrá sacar la consecuencia de la nerviosidad y malhumor existente, entre los miles de aficionados que vislumbran que se van a quedar sin ver una final de la Copa de España, que se juega en su casa”.

A València hi havia vaga de tramvies, i els hotels estaven plens de gom a gom. Tanta va ser l’expectació que els establiments habilitaren els corredors amb llits suplementaris, i els cafés decidiren no tancar en tota la nit acollint així a tot el públic que acudia sense habitació.

El comportament del públic valencianista

Mestalla ja havia viscut en dos ocasions la final, el València ja n’havia perdut una, però això no vol dir que el públic fóra neutral. Segons el corresponsal de El Mundo Deportivo, el clàssic cronista esportiu Josimbar, el públic valencià es decantava pel Barcelona:

“El pronóstico valencianista se halla incondicionalmente al lado de los catalanes, por razones de hermandad geográfica, similitud de habla y otras circunstancias de todos conocidas. Y ahora, ya no nos queda más que sentarnos a la puerta de la cabaña para ver de quién es el “cadáver” que mañana pasará ante la misma a las siete de la tarde, contando con que no haya prórroga”.

Eixes altres circumstàncies probablemente han d’dentificar-se en el fet de que com reconeixis Luis Colina, el secretari del Valencia F.C., els equips catalans havien elegit Mestalla com a camp més idoni per a la celebración de la final:

“Di que como valenciano considero que ha sido un honor para Valencia que los clubs catalanes hayan escogido el terreno de Mestalla para final y que por otra parte estoy satisfecho del comportamiento de nuestro público”.

És per això que fins i tot el president del Madrid, Rafael Sánchez Guerra es veia obligar a exalçar el comportament de la grada valencianista:

“Los valencianos sabrán hacer honor al encargo que se les ha confiado de ser testigos imparciales de la gran final. Nosotros, y me parece que los mismo el Barcelona, estamos seguros de que el gran público de Valencia asistirá gozoso al espectáculo, acogiendo por igual a catalanes y madrileños”.

Però el nerviosisme entre les aficions visitants augurava pronòstics de mal comportament:

“Se prevé que surgirá algún incidente por la falta de localidades, pues no son solamente los valencianos los que carecen de billetes, sino muchos forasteros de Madrid y Barcelona, que han adelantado el viaje a Valencia para ver si aquí podían obtener el billete que no pudieron conseguir en sus respectivos puntos de procedencia. Pero la decepción ha sido enorme, pues se han encontrado con que ni aun en Valencia hay billetes”.

A banda de la final amateur, es celebraren dos partits amistosos. A Vallejo entre l’equip amateur del Barcelona i un equip B del València, i al camp del camí Fondo entre l’equip “Turistas de Madrid” i l’amateur del Levante F.C.

Diumenge a les tres, el Zaragoza F.C. i el Sevilla F.C. disputarien la final amateur. L’equip aragonès alinearà a Inchausti, Arrieta, Iruretagoyena, Bustamante, Ramos, Eizaguirre, bastardés, Larrazábal, Bona, Escosa, Marcos, i com a suplents, Amestoy II, Dancausa i Garay. El Sevilla a Moreno, Badía, Jara, Félix, Duarte, Alfonso, Tejada. Fermín, Palencia, Salustiano i Benitez. El públic valencià es posarà clarament del costat dels aragonesos, que perden per 3 a 2 eixa final.

La final dels “professionals” va ser arbitrada pel col.legiat valencià Sanchis Orduña, i fou presenciada de forma massiva, ja que molts afeccionats entraven premàturament a Mestalla pels nervis i per tal d’assegurar la presència.

Arbitrat pel referee aragonès Julio Ostalé, ajudat en les bandes per Soliva i Ferragut, i com a jutges de goal, Juaneda i Pastos, tots del Col.legi Valencià.

22.000 espectadors acollirà Mestalla, quan la capacitat habitual estava xifrada en 19.000. En el palco el Ministre d’Agricultura Ruiz Funes, el subsecretari d’Hisenda senyor Osorio Tafalla, el director de Reforma Agrària Vàzquez Humasqué, el governador civil de València Braulio Solsa, l’alcalde de la ciutat José Cano Coloma, els presidents de Madrid i Barcelona Sánchez Guerra i Sunyol, etc.

El Madrid alinearà a Zamora, Ciriaco, Quincoces, Pedro Regueiro, Bonet, Souto, Eugenio, Luis Regueiro, Sañudo, Lecue i Emilín. El Barcelona formarà amb Iborra, Areso, Bayo, Argemí, Franco, Balmanya, Vantiolrà, Raich, Escolà, Fernández i Munlloch.

En els primers dotze minuts el Madrid es posa per davant gràcies als gols de l’extrem dret Eugenio als sis minuts i de Lecue als dotze. Als 29 minuts de joc Escolà bat Zamora,.però a pesar de la lesió de Souto en el Madrid des del minut 38 de la primera part, toos els esforços del Barcelona per empatar el partir seràn inútils

El Mundo Deportivo, titularà el dia següent, de forma tan narcòtica: “A Cañardo la Vuelta a Catalula…y, al Madrid, la Copa de España”. El comportament del públic de Mestalla va ser elogiat fins i tot pels perdedors:

“El público estuvo vehemente. No es para olvidado que cinco mil azulgrana y otros tantos madridistas se encontraban en el campo y esto siempre pesa. Sin embargo, ni hubo incidentes, ni notas francamente desagradables, y si durante el partido el Barcelona no tuvo, en verdad, motivo alguno para quejarse del público, la forma como al terminar fue ovacionado el Madrid dice bien a las claras la alta deportividad del público valenciano, una de las más destacadas y simpáticas características de esta final que, presentándose como única en su género en cuanto a expectación e interés, ha distado mucho de estar a la altura de lo que de ella se esperaba”.

En acabar el partit Zamora arreplega la copa i posteriorment s’adreça a tot el públic amb visques a València, al Barcelona, al Madrid i a Espanya. Per la nit, els actes de la final es tancaran amb el banquet oficial que reunirà tots els protagonistes, i on participa ja el president del Valencia F.C. Luis Casanova.

La recaptació arribà a 140.000 pessetes, batint el record de la final de l’aigua, xifrat en 102.000 pessetes.
El dia de la final, el president del Barcelona Josep Sunyol declarava en la porta del vestuari del Madrid on havia acudit a felicitar el campió:

“Como presidente del Barcelona le diré que me siento satisfecho por el esfuerzo que ha hecho nuestro equipo llegando a finalista. Claro está que esta satisfacción no es comparable a la que me habría producido volver a Barcelona con el campeonato. Pero todo se andará. Ahora descansarán los jugadores del equipo finalista y entrará en juego el “equipo” directivo”:

“Todo se andará”. 21 de juny de 1936. Tan sols un mes després esclatava la guerra. Josep Sunyol, el president del Barça de la final desapareixeria en els primers dies de la guerra afusellat en el front del Guadarrama.


Miquel Nadal Tárrega
Soci del València CF
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dimarts, 12 de maig del 2009

Campions de Copa a Mestalla. Real Madrid CF

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Cada gringo tiene su México

Crecí en el disimulo y la impostura; no mires a los ojos de la gente, que no sepan tu terrible secreto, que no huelan el miedo ni sepan lo que sientes. Ser del Madrid en Xàbia fue fácil, casi un desmayo aristocrático. Total Valencia estaba tan lejos, simbólica y físicamente, como Madrid o Barcelona, así que por ahí no había motivos. Tampoco familiares. Ser del Madrid era crear una distancia con mis compañeros del Valencia. Cuando se discutía de fútbol se discutía sólo entre Madrid y Barça, lo demás eran chiquilladas, monerías de patio y pantalones cortos que eran inmediatamente aplacadas. ¿Me creerán si digo que contra esas intromisiones se establecieron espurias hermandades entre blancos y blaugranas? Fueron años suaves; primero la quinta del Buitre, luego el Dream Team, luego Antena 3. Nos repartíamos los títulos y las afrentas, los 5-0 se fueron y se vinieron en puente aéreo con Laudrup a los dos lados, acabó la era Mendoza, llegó Lorenzo Sanz, Valdano sentó a Butragueño y de pronto eso era el tiempo. Entre medias sin noticias del murciélago.

Pero cada gringo tiene su México. Un día del lejano 1997 subí a un autobús de Alsa, entonces Ubesa, y crucé la barrera simbólica de la autopista para no volver nunca más. Ahora digo que soy de allí, pero no soy. Ahora niego ser de aquí, pero de algún modo soy.

Mi primer piso en Valencia estuvo en la calle Micer Mascó, a la altura del número 10, sobre un rugiente lavadero de coches que durante dos años veló por la puntualidad de mi despertar. Aquella casa perteneció a un jugador del Valencia CdF, pero no recuerdo cuál. Ninguno de los náufragos que armamos allí nuestra balsa y nuestra palmera estábamos interesados en saberlo. Frente a nuestra ventana, en aquel primer septiembre, las jovencitas más champán entraban y salían del colegio con la cartera al hombro y el corazón recién nacido bajo la falda. Qué mierda nos iba a importar. Pero Mestalla estaba cerca, demasiado cerca. También la marcha de Pedja Mijatovic. Muchas tardes de domingo en Valencia – sin novia para follar, sin dinero para salir, sin ganas de estudiar – la tristeza se vino en forma de rugido. Desde mi ventana se escuchaba el clamor de la grada de Mestalla y una tarde, creo que contra el Racing de Santander, me calcé los seis goles del Valencia, uno tras otro, mientras buscaba en vano un cigarrillo entre los cojines del sofá y al Madrid le daba por empatar en algún lejano campo. Malos tiempos.

No contento, me acerqué al monstruo. Mestalla es un campo feo. Querido para muchos, un pedazo de la historia de su corazón, un sagrado Kamchatka de su memoria, sí, pero feo. Me hacía pensar en una nave espacial derribada en alguna guerra remota, una vértebra de dinosaurio polvorienta, una cementera abandonada. Volví. Mi siguiente piso estuvo en Alfonso de Córdoba, perpendicular a la avenida de Suecia. Entonces era como estar allí dentro. Había que cerrar las ventanas para que el aliento de la grada no penetrase en el salón. Yo ya me había habituado a los domingos en la ciudad, y encontraba placentero pasear por los aledaños del estadio antes del partido. Decía la leyenda que a veces viejos solitarios invitaban a jóvenes solitarios a ver el fútbol a cambio de un poco de conversación. Nunca sucedió.

Después Mestalla me ha proporcionado momentos de secreta felicidad y perversiones que sólo ahora confieso. ¿Se acuerdan de Gracia Redondo? Yo sí. Fue el árbitro que robó al Real Madrid una de las ligas de Tenerife. Bien, años después, Vicent Chilet me invitó a acompañarlo a Mestalla a ver al Valencia contra cualquier equipo de la zona media baja de la tabla. Aquella tarde pitaba Gracia Redondo. Se equivocó en todo. En lo mortal y lo venial. Desquició a los dos equipos y de pronto todo Mestalla empezó a corear Gracia Redondo, hijo de puta. Me sumé a aquel grito. Grité más fuerte que nadie, sólo que yo esta fuera de aquel partido y aquel tiempo, gritaba a miles de kilómetros, en Tenerife, y el odio estaba intacto. Mestalla me brindó una revancha íntima y anacrónica.

También allí vi a Hugo Sánchez, despedí a Santillana, aplaudí a Zidane, me consternó Ronaldo, me maravilló Mendieta. Jamás vi ganar al Madrid en su estadio.

El episodio que sin duda me marcó con más fuerza fue casual. Casi casual. Desde la marcha de Pedja Mijatovic, y sazonado con el penalty de Marchena a Raúl en el Bernabéu – jamás un error arbitral se instrumentalizó de manera más efectiva – las posturas eran irreconciliables. También la pujanza del Valencia contribuyó a eso. Me juran que desde Paco Roig el Valencia alcanzó un grado de autoestima que divorció a sus seguidores de peligrosos coqueteos, más o menos privados, con las viejas oligarquías. La llegada de Florentino Pérez a la casa blanca lo empeoró todo. Aquel Madrid pudo haber sido algo maravilloso, pero se quedó en un intento antipático. A nosotros todo nos sabía a poco (tres Copas de Europa en cinco años pueden hacer más mal que bien al imaginario colectivo) y a ustedes todo les sabía a exceso. En esas llegó el centenario blanco. Que se pare el mundo, gritó Florentino. Pero ustedes no nos hicieron caso. Indecorosamente, unilateralmente, decidieron ganar la liga de la mano de un por entonces casi desconocido Benítez. La noche de autos yo había bajado con un amigo a tomar una cerveza. A la vuelta nos vimos envueltos en la marea de la avenida de Suecia. Madridista el que no bote, sentenciaron. Y no boté. Les hemos jodido el puto centenario, cantaron. Y canté. Todavía hoy no sé qué me pudo pasar. Pero aquellas seis palabras me subieron a la garganta sin que pudiera detenerlas. Síndrome de Estocolmo, diagnostiqué al día siguiente. Justicia poética mascullé más tarde. No se extrañen, si no fuera masoquista sería del Valencia en Valencia y no un soldadito que se mantiene en esta posición de vanguardia perdida hace tanto. Y sin que envíen mantas, munición ni alimentos desde la comandancia.

Y la Copa. ¡Ah, la Copa! La Copa del 93. Aquel verano yo tenía el brazo roto y vi el partido en un pequeño televisor con interferencias en casa de mis tíos. Mestalla nos acogió de buen grado, pero lo que pensábamos que sería una amante dócil y complaciente nos largó una factura que 16 años después aún seguimos pagando. Hay amantes arteras que te despluman una noche y hay mujeres sabias que te dejan sin nada.


Josep Vicent Miralles
Seguidor del Real Madrid
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divendres, 8 de maig del 2009

Banqueta visitant. Real Madrid CF

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El día en que dejé de ir a Mestalla

Me pide un amigo que escriba un artículo sobre el Madrid, que este sábado visita Mestalla, y acepto, pero después me hago el remolón. La soberana paliza en el Bernabeu y la falta de expectativas en lo que queda de Liga no invitan a sentarse a reflexionar sobre un equipo necesitado de cambios tan importantes que se acercan a la refundación. Sospecho que a ello se suma otra preocupación. He visto al Madrid ganar y perder en Mestalla. Lo he visto alzar su última Copa del Rey frente al Zaragoza (también recuerdo que esa victoria no logró quitarme el sabor amargo de una temporada, la 1992 / 1993, perteneciente al reinado del dream team de Cruyff, a esa larga travesía por el desierto del madridismo). He comprobado que el Madrid puede ganar en Valencia, pero también que para conseguirlo debe jugar con máxima intensidad porque, salvo excepciones, la exigencia del encuentro es absoluta. O se impone con claridad, o resulta arrollado, lo he visto muchas veces. Me cuesta creer que un equipo sin posibilidades de ganar títulos, que huele a renovación masiva, y en el que buena parte de la plantilla se pone repentinamente enferma, vaya a sacar pecho ante un Valencia que se juega la Champions, y que ha demostrado, a pesar de su temporada irregular, ser capaz de plantarle cara a cualquiera.

Es una lástima porque esa falta objetiva de interés desde el lado madridista (sí, es cierto, conviene salvar el honor dentro de lo posible; y sí, es cierto, la humillación puede provocar una reacción en los blancos que, por cierto, le sacan 20 puntos al Valencia) devalúa considerablemente el partido. Un choque que para un madridista valenciano es, en cierta forma, el más importante del año. ¿En qué forma? En el de la rivalidad directa. Un madridista valenciano descubre pronto, a qué colegio vaya ni en qué círculos se mueva, que la mitad de quienes le rodean (y están interesados por el fútbol) son del Valencia, y la otra mitad, digamos que a partes iguales (aunque esto daría para una tesis doctoral) del Barça y del Madrid. Resulta imposible escapar al magnetismo del clásico, y a la exagerada cobertura que despliegan los medios de comunicación madrileños y, en menor medida, de Barcelona. Pero a escala personal, la de llegar el lunes por la mañana a clase o a trabajar, la que importa, el Valencia-Real Madrid resulta mucho más importante.

No hace falta extenderse sobre el sentimiento anti-culé de buena parte del valencianismo. Pero personalmente creo que se habla poco del sentimiento antimadridista de, probablemente, el conjunto del valencianismo. Yo lo descubrí en toda su extensión la última vez que fui a Mestalla. Tenía unos 15 años, mi vecina de asiento se acercaba a los 60, el Madrid ganaba 0-1 y en un visto y no visto el Valencia remontó (escribo de memoria, pero creo que Nando, marcó el 2-1). Fue el delirio. En medio de los rugidos, la señora de mi izquierda me señaló con el dedo y me preguntó a gritos que por qué yo no lo celebraba. Me gusta recordar que aguanté estoicamente sentado, rodeado de la hinchada rival, desafiante, reivindicando mi derecho a no alegrarme. Pero ya saben cómo tiende la memoria a construir los recuerdos, así que probablemente sí que me levanté, y más tarde abandone con discreción el campo la última vez que visité Mestalla.


Ignacio Zafra
Seguidor del Real Madrid CF
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dimecres, 21 de gener del 2009

Cinefòrum. València CF 2 - Real Madrid CF 1 '91/92

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La nit dels gols de Fernando i Robert

Fa ja 17 anys d'esta màgica nit. Tot ha canviat molt des d'aquells moments que, per a tota una generació, significaren una reivindicació, un desig de tornar, de trencar amb un cert passat.

Amb el pretext d'estes magnífiques imatgens Últimes vesprades a Mestalla proposa un exercici de memòria amb l'objectiu de replegar les impressions que aquella nit, una de les més emocionants de la història del vell Mestalla, deixà en els valencianistes i en la trajectòria posterior del club.




Últimes vesprades a Mestalla
Socis del València CF
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dimarts, 19 d’agost del 2008

El día de la Virgen

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Seguro que no te acuerdas de aquel día. Seguro que no, porque tú eres de esos aficionados que se sacaron el pase cuando el Valencia empezó a ganar títulos y a sacar pecho, hace sólo unos años. Pero te juro que aquel día lo que pasó en Mestalla fue la más sabrosa de las victorias. No ganamos ningún título, mas fue como si hubiéramos conquistado la Liga de Campeones.

Fue el día de la Madre, pero, en realidad, debió haber sido el día de la Virgen. Nos jugábamos no bajar a segunda división por primera vez en nuestra historia, en el último partido de liga y contra el Real Madrid, que tenía que ganar para lograr el título. A nosotros no sólo nos servía ganar. Teníamos que esperar a que perdiera Las Palmas en casa ante el Athletic, que también pugnaba por el título, que el Celta perdiera en Valladolid, que el Racing no ganara en el campo del Atlético de Madrid y que el Osasuna le ganara al Barcelona en el viejo Sadar. Toda una carambola. Habíamos hecho una temporada desastrosa, algo así como si Koeman hubiera entrenado al equipo todo el año, pero el destino nos concedió una última oportunidad.

En aquellos tiempos, los madridistas todavía se atrevían a ir a Mestalla y se les podía distinguir porque, cuando marcaba su equipo, saltaban como un resorte, como si hubieran estado escondidos toda la tarde, para celebrarlo. Había 10.000 madridistas en un Mestalla a rebosar, donde se respiraba esa desagradable soberbia que tan bien saben expresar los merengues. Estaban convencidos de que el Madrid ganaría la liga y que nosotros nos iríamos irremediablemente a segunda.

Algo ocurrió cuando quedaban cinco minutos para terminar la primera parte. Saura sacó un córner, Pablo peinó la pelota en el primer palo y Tendillo remató a puerta para marcar un gol para el Valencia. Pero no fue él, que yo lo vi. Fue la Virgen de los Desamparados, que cogió a Tendillo por la cintura y lo aupó para poder darle al balón el impulso necesario con el que besara las redes madridistas. Te juro que lo vi, como si aquella aparición divina fuera una revelación de lo que más tarde iba a ocurrir. Te juro que también vi, en la segunda parte, cómo la Virgen desviaba el balón en dos ocasiones hacia los postes de la portería de Bermell. Y no sólo eso. Sé que habló con algunos amigos para que el Valencia pudiera seguir en primera. Habló con San Isidro para que ganara el Atlético de Madrid, con San Fermín para que venciera el Osasuna, con San Pedro Regalado para que el Valladolid se impusiera al Celta y con como coño se llame el patrón de Las Palmas para que los canarios no doblegaran al Athletic.

Aquel día vi llorar en Mestalla a más gente que nunca. A los madridistas, de tristeza, por haber tirado la liga en el último partido; a los valencianistas, de alegría, por haber salvado la categoría. Aquel día la Virgen nos dio una segunda oportunidad. Tres años después dijo que ya no se movía y nos fuimos a segunda. Pero no te puedes imaginar la alegría de aquel 1 de mayo de 1983. No, no te la puedes ni imaginar.

Paco Gisbert.
Socio del Valencia CF
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