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dissabte, 4 d’abril del 2015

Aquella primavera de 1971

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Recordem el gol d'Antón al Sabadell en el dia que fa 44 anys que es va produir amb este article de Joaquín Rios-Capapé que repassa tot el que va passar aquella primavera des del punt de vista de la seua vivència personal.
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Hay cosas que nunca se olvidan. Y aquellas semanas del  año 1971 quedaron marcadas por cuatro partidos del VCF que siempre perdurarán en mi memoria. Partidos que afianzaron mi Valencianismo, más aún si cabe de lo que ya lo estaba en mi corazón. Que marcaron a fuego, en mi piel y en mi alma, para siempre, el amor por mi Club y el orgullo de ser parte de él.

Yo empecé a ir a Mestalla varios años antes. A principios de los sesenta. Con aquel Valencia de Guillot y Waldo. Aquel de las dos Copas de Ferias. El Presidente, un Señor de pies a cabeza, D. Julio de Miguel y Martínez de Bujanda, hizo directivo, entre otros, a su amigo, a mi abuelo materno: Don Sebastián Carpi Vilar. Eran otros tiempos. Tiempos que, por desgracia, nunca volverán. Eran tiempos de hombres que siguieron la estela que marcó D. Luis Casanova Giner y los suyos. Eran gente que regalaban su tiempo, su cariño, su “saber estar” y su dinero (a fondo perdido) por el Club de sus vidas. Y yo mamé eso en mi casa y en la de mis abuelos Carpi.

Comencé a ir a Mestalla, con apenas seis años, acompañado de mi madre o de mi padre, y turnándome con mi hermano Jacobo, a un pequeño palquito con cuatro sillas de enea, (justo detrás del palco de autoridades), del cual a mi padre, por mor de su cargo (delegado de información y turismo) le correspondían dos de ellas.

Unos años más tarde cambiamos de localidades. Dos de ellas estaban a nombre de de mi abuelo Sebastián y mi abuela Maruja, que son las que desde el año 92, están a mi nombre y al de mi hermano Miguel. Las otras dos estaban a nombre de mi padre y mi madre. Y allí íbamos, partido a partido, mis padres, mi hermano Jacobo y yo.

Y desde aquellas sillas de enea, grité como un poseso con el gol de Forment, al Celta. La gente se abrazaba, aplaudía, reía y lloraba. Y no era para menos. Llegó en tiempo de descuento y fue un momento mágico. Se mantenía el liderato. Y no solo nos abrazábamos en la grada, los jugadores en el campo hacían lo mismo, locos de contento. Y Mestalla se inundó de aquellas almohadillas de entonces que la gente lanzó al césped, aportando un toque de locura más a la enajenación que durante minutos provocó el gol del de Almenara. Lo recuerdo como si fuera ayer. Aquel fue el primero de aquellos cuatro partidos de aquel año que se quedaron grabados en mi memoria para siempre. Estaba a punto de cumplir 14 años.

El segundo de ellos, no lo vi. Lo escuché por la radio en casa de mis abuelos, a la que habíamos ido a comer. Nos enfrentábamos al Sabadell F.C., dirigido, curiosamente, por Bernardino Pérez Elizarán, el irrepetible Pasieguito. Ese día, mi hermano pequeño, Miguel, de apenas siete meses, “volvió a nacer”. Recuerdo la tensión de casi todos, reunidos en el salón, alrededor de aquella Zenith trans-oceanic Royal (pedazo de radio, en todos los sentidos), haciendo fuerza, con el corazón en un puño porque la liga se nos escapaba. Una amiga de la familia, Lolita Aliño, ¡qué grande eras, Lolita!, valencianista hasta la médula, seguía, como todos, con el alma en vilo la retransmisión, en pie, con mi hermano en brazos. Y de repente, como de la nada, surgió aquel zapatazo de Antón, ¡con la derecha!, que nos hizo saltar a todos levantando los brazos, jubilosos, con el corazón a mil por hora. Lo curioso del momento, fue que la buena de Lolita hizo lo mismo. Y mi hermano Miguel cayó a plomo para acabar, gracias a Dios, encima de un sofá, en vez de aterrizar sobre la mesa de cristal o el mismo suelo. Recuerdo el rapapolvo de mi madre a Lolita, el susto que todos nos llevamos y el pelotazo de anís del Mono que ella se arreó, no sé si para celebrar el gol o para aplacar su sobresalto. Tenía 14 años. Los había cumplido el día anterior, 3 de abril. Y el mejor regalo de cumpleaños, sin duda alguna, me lo hizo Antonio Martínez Morales, Antón.

El tercero de ellos, más que del angustioso partido, recuerdo aquella vuelta hacia la grada de Alfredo Di Stéfano, con los dos índices levantados, como preguntando si era verdad que el Atleti y el Barça había empatado a 1 y, a pesar de haber perdido en Sarriá, éramos campeones de Liga. ¡Y vaya que sí, lo éramos! 24 años después éramos, de nuevo, los mejores. Como decía, más allá de todo eso, recuerdo con si fuera hoy, la acogida al equipo en Mestalla, cuyos jugadores paseaban el trofeo conquistado alrededor de todas las gradas, a reventar de una afición enardecida y loca de alegría. Ese día, mi abuelo Sebastián, me cogió de la mano y me llevó, con él, al palco de autoridades, desde el que me emocioné como el chaval que era y donde acabé, entre sollozos de alegría, en un llanto irrefrenable, cantando el himno regional y jurándome, que siempre sería parte de la afición de ese Club, a la cual miraba, entre lágrimas, asombrado, estupefacto y orgulloso de ser parte de ella, absolutamente entregada a su equipo y a su gesta. Aún me emociono cuando lo recuerdo y, aún más, ahora que lo escribo.

Y el cuarto partido, que nunca se me olvidará, fue la final de copa de ese año en el Bernabeu, contra el Barça. Fui hasta allí con mis padres, no recuerdo ahora si mi hermano estaba o no. Y pasamos de la euforia al desengaño, a la rabia. Ante un desplazamiento masivo de Valencianistas (aún recuerdo los gritos continuos de Valencia, Valencia, Valencia….). Aquellos goles de Claramunt, de penalti, y de Paquito, remontados después por los de Fusté y Zabalza,  la extraña expulsión de Sol, con aquel penalti a Sergio que el incalificable trencilla Sáiz Elizondo sacó al borde del área, señalando falta en lugar de lo que era (hay cosas que nunca cambiarán). Aquella prórroga con un jugador menos, en la que de nuevo Zabalza, adelantó a los blaugranas, tras rechazar Abelardo prodigiosamente un remate a bocajarro de Asensi y los rugidos de júbilo de miles de Valencianistas cuando Valdez empató de cabezazo cruzado al primer palo, peinando el balón, a lanzamiento de saque de esquina de Claramunt II. Y el último gol de Alfonseda que nos dejó a todos helados. Y aún así, el Valencia siguió luchando y Forment estuvo a punto de volver a marcar de cabeza, lo cual impidió Reina con un paradón. Yo lloraba de rabia, pero lo hacía también de emoción, por el orgullo, por el coraje, por el pundonor del equipo, que aquel día, inmerecidamente no consiguió, “no se le dejó” conseguir el ansiado doblete. De derrotas como aquella también se aprende a comprender la GRANDEZA del Valencia Club de Fútbol.

SEMPRE AMUNT!!


Chimo Ríos-Capapé Carpi
Socio y accionista del Valencia CF, desgraciadamente SAD
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dilluns, 3 de novembre del 2008

La foto sin Antón

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Mi madre prepara los bocadillos para mi padre y para mí y los envuelve en papel de periódico. Nos da un beso y al coche, corriendo. Nos acercamos con el Gordini hasta el Mestalla, nadie lo llama Luís Casanova, qué difícil encontrar aparcamiento, al fin un hueco, vamos al bar de Micer Mascó en el que hemos quedado con los amigos de siempre. Un doble para mí y una Mirinda de limón para mi hijo, por favor. Bueno, ya estamos todos, vamos ya. La marea de gente nos comprime y nos empuja, todos queremos entrar al mismo tiempo, a última hora, tradición local. El portero nos revisa los pases, entramos y subimos por las escaleras que suben hasta el cielo. Al fin la grada, sector 28, las luces de los focos que lo iluminan todo, el perfume maravilloso de la hierba, de los bocadillos que lleva todo el mundo para la cena en el descanso, nos sentamos entre los demás, la almohadilla está casi tan dura como el cemento de la grada. La voz de siempre canta la alineación y nosotros la jaleamos, con las gargantas estremecidas, Abelardo... ¡bien!, Sol... ¡bien!... El Valencia sale por fin al son del pasodoble, la hinchada ruge, yo rujo, yo uno más, mi grito uno más.

Mi padre me dice que no me entretenga. Ya me he quitado el pantalón que he traído y bajo corriendo por las gradas hasta llegar al campo. Busco a Finezas, el fotógrafo del club, mi padre lo conoce y ya ha hablado con él, es mentira que el corazón no alcance las mil pulsaciones. Ponte aquí, chaval, en este lado, así, no os mováis que el chiquillo tiene mucha ilusión, es un momento. Abelardo me pone la mano en el hombro, nos ilumina el flash de la cámara, los jugadores me sonríen y se preparan para la foto oficial, la que saldrá en los periódicos de mañana. Corro otra vez por las escaleras. La gente me aplaude y me dice cosas mientras subo otra vez a mi asiento, me dirá más tarde mi padre; yo estoy, sin embargo, en otro mundo. Tengo nueve años, tendré nueve años desde ese momento y para siempre en esa foto, y aún creo que la vida va a ser eternamente así, que esa emoción, esa sensación embriagadora, se irá repitiendo misteriosamente a lo largo de los años. Qué tonto. Qué niño.

Septiembre del 71. No era un partido cualquiera. Mestalla asistía, por primera vez en su larga historia, a un encuentro de la Copa de Europa, contra un equipo luxemburgués. Hubo goleada del Valencia, 6-0 o 6-1, no estoy seguro. Ya sé que los conocéis, pero me encanta nombrarlos. De pie: Abelardo, Sol, Aníbal, Martínez, Videgany y Claramunt. De rodillas: Sergio, Lico, Forment, Paquito y Valdez. No jugó Antón, mi ídolo de entonces, estaba lesionado, qué pena la foto sin él.

Javier Cerdán San Pedro
Socio del Valencia CF
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dimecres, 8 d’octubre del 2008

Con el debido respeto... señor Antón

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Hubo una época en la que se podía llegar a Mestalla desde lugares tan dispares como Monteolivete, la Cruz Cubierta o El Saler. Incluso en aquella época de la que hablo, Mestalla (entendida como un profundo y auténtico setimiento valencianista) estaba, en cierto modo, repartida por toda la ciudad, fundiéndose de modo natural e ingenuo con rincones prohibidos, cines que programaban películas de destape, voces discrepantes con el régimen y carreras delante de los grises. Para mí en esa época, coincidente con mi adolescencia y primera juventud, Mestalla estaba también en mi lugar de veraneo: El Saler. En este caso de un modo algo más real que imaginario. En las pretemporadas era habitual ver a los jugadores y cuerpo técnico evolucionar en el interior de la pinada del poblado de El Saler. Ermelo quedaba entonces tan lejos que ni siquiera era más que una entelequia y el Parador Nacional aún estaba haciendo su meritoriaje como centro de alto rendimiento. El paraje parecía de lo más adecuado, pues la cercanía al mar aliviaba, sobre todo en las primeras horas de la mañana, los rigores estivales y la hierba mezclada con la arena permitía que los músculos de nuestros jugadores se tonificaran convenientemente. Veraneaba en esos tiempos Manolo Mestre, junto a su familia, en los apartamentos Proval, a escasos 300 metros de donde yo residía, y era habitual verlo pasear de vez en cuando entre los pinos, así como era habitual ver a su hijo Manolo verbeneando y jugando partidillos que se organizaban entre las urbanizaciones. Más adelante llegó Marcel Domingo que, mientras entrenó al Valencia, residió en mi bloque de apartamentos y al cual saludábamos con marcial respeto cada vez que pasaba por delante de nuestra desidia estival. Casi simultáneamente desembarcó la familia Barona, cuyo patriarca José Barona había sido jugador del Mestalla y del Mallorca y que emparentaba por matrimonio con el gran Boro, portero del Gimnástico y del Levante. Su hijo Sergio, compañero de Fernando Gómez en las categorías inferiores del Valencia, se hizo gran amigo mío (aún lo es, que conste) y el fútbol y nuestro querido Valencia estaban siempre presentes en nuestras conversaciones. Pasaron unos pocos años (dos o tres, no más) y aparecieron en el horizonte Antón y Valdez. Se compraron unos coquetos bungalows en la urbanización Gavines I y III, con lo que verlos por allí pasó de ser excepcional a habitual. Esta presencia rubricó un creciente sentimiento de pertenencia y orgullo valencianista en mi persona. Kempes ya campeaba en Mestalla y fuera de ella. Pichichi, campeón del mundo, pichichi mundial, campeón de la Copa del Rey, de la Recopa, de la Supercopa de Europa… Valdez había sido mi preferido cuando empecé a ir a Mestalla, pero cayó cual ídolo pagano con la llegada de la K. De Keita primero, de Kempes, para siempre. Corría el año 1980, era verano, yo había acabado el COU, aprobado la selectividad, tenía claro que estudiaría matemáticas y el verano se extendía plácido ante mí, ofreciéndome un tiempo de total libertad. Con Sergio, recordad: el que jugaba en el Valencia con Fernando, y algunos amigos más de mi urbanización montamos un equipito para jugar en un campeonato que se organizó con el único objetivo de entretener los calores y el dolce far niente con lo que mejor se nos daba: jugar al fútbol. Cuando se supo que Valdez y Antón formarían parte del equipo de Gavines I y III estuvo claro que tendríamos muy pocas posibilidades de campeonar. A nosotros nos importaba poco. Se planificó una competición por eliminatorias, copera, en la que progresamos adecuadamente hasta enfrentarnos en semifinales contra Gavines 2, otro de los gallitos del torneo. En un vibrante y disputado partido logramos vencer y llegar a la final, donde nos esperaban Antón y Valdez. La liga de la temporada 1970-71 fue el primer título del Valencia del que fui consciente. Para ayudar a recordar aquella gesta aún tengo el álbum de esa temporada, el primero que coleccioné. Y saber que iba a enfrentarme a dos de los héroes de aquella liga no suponía más que un regalo enorme para mi filia valencianista. Tendría delante a Antón, el mismo hombre hirsuto y grande que ganó con su gol el partido frente al Sabadell y al fibroso y veloz Óscar Rubén Valdez Ferrero, zurdo cerrado (como yo), que marcaría dos de los tres goles del Valencia en la penúltima jornada, frente al Elche en Mestalla. Sergio y los otros amigos de mi equipo sabían, como yo, que era imposible ganar ese partido, pero decidimos jugar como sabíamos, ¿qué otra cosa podíamos hacer? El partido fue más disputado de lo que esperábamos. Nos sorprendimos nosotros mismos. Jugábamos con rapidez y precisión y el tanteo era ajustado. Ya no recuerdo con exactitud, pero podía ser un 2-2. Recuerdo que Pepe Císcar y Sergio marcaron y que en el centro del campo la lucha era cuerpo a cuerpo. Faltando poco para acabar, con el marcador ya en contra (perdimos por un gol tan solo) recibí el balón en la banda derecha y empecé a correr hacia la portería. En mi cabeza sólo cabía el gol como redención posible. Con el balón controlado levanté la vista buscando la meta rival; a pocos metros y avanzando a la misma velocidad de mi carrera pero en sentido contrario topé con Antón. Un coloso campeón de liga convertido en un valladar inexpugnable, que no lo fue. Con un desparpajo que rememoro cuando las piernas dejan de responderme en los partidillos que juego con mis alumnos adolescentes, le hice un túnel magistral al gran Antón. No recuerdo qué pasó después, seguramente algún defensa hizo una cobertura y debió arrebatarme el balón, pero lo que sí recuerdo es la voz de mi padre diciendo: “¿Pero qué haces? Te va a matar”. Antón fue un caballero. En los minutos que quedaban no fue a por mí. Salí vivito y coleando del campo con una sonrisa estampada en la boca. Al acabar nos dimos la mano con Antón y Valdez. Me sentí como un verdadero jugador de fútbol por primera y única vez en mi vida. Aquel partido y mi túnel a Antón se convirtieron en el mojón indispensable para evocar la primera liga del Valencia que vieron mis ojos. Quiero ahora, desde esta tribuna, y con el debido respeto, pedir perdón a Antón. Sólo mi juventud e irresponsabilidad me llevaron a probar en él una de las suertes futbolísticas más humillantes. Debieron pesar más entonces los laureles y la historia, pero al final eso poco importa cuando son los sueños los que espolean una carrera desesperada hacia el gol. Con el debido respeto…, señor Antón.

Francisco García
Socio del Valencia CF
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