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diumenge, 7 de juny del 2015

Kilometro cero

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Tuve la gran suerte de pasar ocho años de mi vida, lo que entonces duraba la EGB, en el modesto colegio público Primer Marqués del Turia.

Fue un privilegio recibir clases de maestros vocacionales, que se implicaban en el aprendizaje mucho más allá de las propias materias que impartían.

También lo fue convivir con compañeros y amigos de distinta índole y procedencia social, sin conservantes ni colorantes, como la vida misma más allá de las vallas del recinto.

Y fue un privilegio tener el colegio más cercano a Mestalla.

Desde una parte del patio se divisaba la silueta del fondo sur.

Cuando salíamos de clase, antes de regresar a casa, solíamos ir a jugar a las aceras del viejo estadio. Improvisábamos partidillos en los que las porterías (puertas de acceso al Campo) estaban paralelas unas a las otras.

Eran tardes de mil aventuras y anécdotas en el escenario que nos hechizaba, sin ser conscientes en ese momento, para toda la vida.

De vez en cuando, nos metíamos en las oficinas que daban a la Avenida de Aragón, la antigua sede social.

En la sala enmoquetada, una enorme mesa alargada rodeada de vitrinas donde se exponían banderines, trofeos y lo que a mí más me llamaba la atención, fotos de jugadores que nos hicieron grandes.

Entre todas ellas, majestuoso, luciendo Senyera y melena insurgente de rock, con el escudo bordado en el lado del corazón, Mario Alberto Kempes.

Aquella mirada seria y profunda parecía susurrarme: “Aguantad, volveremos a ser grandes”.

Vivíamos por entonces la peor época de nuestro Valencia, que tras varios amagos terminó con el descenso a segunda división.

Y para mí, para un chavalín para el que aquellas fotos parecían ciencia-ficción, testimonio y eco de un tiempo glorioso que mi generación no pudo vivir en primera persona, fueron esperanza y fe, fidelidad, compromiso, militancia y pasión que nos ayudó a perseverar muchos años duros, insípidos y tediosos, hasta que por fin llegó la etapa más laureada del club (1999-2004) de la que sí fuimos testigos, y por qué no, protagonistas privilegiados.

Nos lo merecíamos todos, pero principalmente aquella generación que empezamos a jurar amor eterno a este sentimiento llamado Valencia Club de Fútbol cuando pasaba por el peor momento de su historia. Nuestro particular kilómetro cero.

Pienso además, que nadie como nosotros saboreó luego cada segundo de aquellos cinco míticos años.

Durante la época dorada, ya desaparecida aquella sede social, siempre tuve recuerdo para aquellas fotos y aquel susurro del Matador que nos hizo grandes, enhebrando la esperanza y el sentimiento de generación en generación como nunca nadie lo ha sabido hacer.

Os lo digo con la certeza de quién lo vivió.

Si realmente la patria es la infancia, parte de la mía es Mestalla y alrededores.

Han pasado 30 años, y cada cierto tiempo necesito regresar a aquel kilómetro cero que ya no existe, para no perder la perspectiva de lo andado y quizá para buscar razones de aquel hechizo que aún me dura y con el que irremediablemente moriré.


José Carlos Fernández
Socio del Valencia CF



Audios:
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Agradezco de nuevo a los amigos de Ultimes vesprades a Mestalla, la invitación que me hacen a su blog, para muchos de nosotros brújula en tiempos confusos de este sentimiento llamado Valencia Club de Futbol.

Quiero compartir en forma de audio, el testimonio de aquellos años tan decisivos para nuestro Club, la temporada 1985-86 del descenso y la del regreso a primera, la 1986-87.

Años que nunca deberían quedar en el olvido. Aquel kilómetro cero de mi generación.

Con la perspectiva que da el paso del tiempo, me llama la atención como aquel pipiolo que era yo con los 12-13 años que por aquella época tenía, ya era consciente de estar inmortalizando en aquella cinta Sony de 60 minutos, un testimonio duro y trascendental en la historia de nuestro equipo y un resurgir de nuestras cenizas.

Se trata de diferentes audios, todas ellas extraídas del mítico programa deportivo local que en aquella época emitía en Antena 3 Radio, Paco Lloret, para mí el mejor cronista del Valencia Club de Fútbol, por profesión y vocación.

Siempre Amunt!!!

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dilluns, 20 d’abril del 2009

It must be love

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"Durante el descanso sonaron los Madness con su "It must be love", acaso como expresión de que lo que siente la afición valenciana por su equipo debe ser amor, pero un amor ciego, porque si no, no se entiende".

Juan Pablo G. de Quijano y José Ángel Crespo
Revista Don Balón, Año XII, nº 550, del 29 de abril al 5 de mayo de 1986

Lo recuerdo todo con bastante nitidez. El antes, con la manifestación de apoyo y el pasacalle de las peñas por el terreno de juego. El partido, con el triste gol de Roberto en la portería del gol norte. El final, con la camiseta de Sánchez Torres lanzada al viejo Yomus, paso previo a la invasión de campo de la Muchachada Nui. Y el colofón, ya en la calle, con la escena surrealista del paseo a hombros del hispano-holandés por la avenida de Suecia como si hubiéramos ganado la liga en lugar de descender a segunda división.

Fue la TARDE con mayúsculas. La de los Madness y su "It must be love". Ahí estábamos, 20.000 irreductibles. O 15.000. No sé. Seguro que ya sabes de que partido hablo y del sainete que hubo antes y después. Seguro que recuerdas la congoja de la penúltima jornada en Barcelona; ese 3-0 sin paliativos y la ignominia del Cádiz-Betis del día siguiente, con el Butano hurgando en la herida de Salvador Gomar hasta hacerle llorar en antena. Recuerdo la tarde en el salón de casa, recién llegados del Nou Camp, esperando el milagro del gol verdiblanco desde la ingenuidad de mis 14 años. Recuerdo a mi padre cada vez más desencajado, a punto de llorar, incrédulo ante lo que pasaba. En segunda división 55 años después. El primer y esperemos que último descenso de nuestra historia.

Pero bajamos y pasé la semana en trance, sin enterarme de qué iba la fiesta. Cuando llegó el domingo y enfilé hacia Mestalla para ese innecesario Valencia-Cádiz empecé a descubrir matices nuevos. Matices que sólo años después aprendí a verbalizar.

En el descanso del partido la casualidad puso por los videomarcadores el tema de los Madness “It must be love”, Debe ser amor. Y eso era, amor. La canción que nadie escuchaba en ese momento describía con veracidad lo que a todos atormentaba. El amor. El ciego y loco amor. Un amasijo de emociones y vivencias a pie de estómago. No un amor de balada romántica. Ni tan siquiera un amor imposible. Otra cosa. Posiblemente el único amor puro y honesto que un hombre puede permitirse sin que haya interferencias, vanidades enfrentadas, deslices, resentimientos, dudas u olvidos. Ese amor algo insensato pero definitivo por una realidad etérea y sin rostro. Una paradoja de nuestra condición: forofos de un club de fútbol que nada explica sobre nada sustancial pero que lleva implícito en su ADN el corolario de todas las pasiones. Ese secreto.

Cuando acabó el partido y saltamos de nuevo al terreno de juego me acosté con mi bandera en el círculo central. Una ráfaga de aire movilizó al vuelo cientos de papelitos en las gradas ya vacías. De manera súbita me invadió un escalofrío. Allí, tumbado sobre el césped, preso de una congoja lúcida y sonrojante a la vez. No debí comprender nada, pero el impacto del escalofrío ha perdurado hasta hoy. En ese temblor, estoy seguro, la vida almacena la naturaleza de la militancia que no pide nada a cambio. O que pide, en justicia, la posibilidad del relato eterno. Anónimo, pero eterno. Yacer para siempre en ese círculo central, a merced de las brisas y la épica de 90 años de sueños y expectativas no siempre cumplidas.

Lo bien seguro es que fue ese domingo de primavera, con los Madness de teloneros y el “It must be love” convertido en himno oficioso del descenso que supe que las lealtades no se eligen: nos atrapan. Llámenme enfermo. O exagerado. No importa. Todavía necesité algunos años más para articular de manera razonable la naturaleza de aquel temblor. Ser del Valencia CF y estar en Mestalla. Nada por lo que morir, nada de lo que sentirse orgulloso. Pero si he de explicar alguna vez en qué consiste la lealtad y el amor sin réditos sólo tengo a mano esta historia. La de aquel 20 de abril de 1986 en Mestalla.


Rafa Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF
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