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divendres, 1 de novembre del 2019

RCD ESPANYOL-VALENCIA CF


Estadio de Sarriá, foto tomada en 1982.
El próximo día 2 de noviembre nuestro València CF rinde su cita anual al estadio de Cornellà-El Prat para medirse con el RCE Espanyol de Barcelona. Debido a mi residencia catalana desde que era un xiquet recién salido de la Comunión, ya he visitado el actual recinto blanquiazul en dos ocasiones, y en ambas salimos escaldados. Una de ellas con un sonrojante 4-0. 

Sin embargo, como bien sabéis, éste no ha sido el campo habitual del RCE Espanyol, sino que en las últimas décadas ha jugado como local unos años en el estadio de Montjuic y los más en el desaparecido estadio de Sarriá. En este recordado y desaparecido estadio tuve la ocasión de ver a mi equipo tres veces. 

El Espanyol es un equipo que en sus primeros años, y a pesar de que por poco nos levanta la Liga del 70/71, me caía en general bien, ya que era un equipo aguerrido que trataba de tú a los grandes (menos al Madrid en su casa) y actuaba como contrapeso en Barcelona del endiosado y ubicuo FC Barcelona, un club grandísimo, pero que siempre ha tenido tendencias barçacéntricas en las que todo el fútbol giraba en torno a ellos, que eran los que daban la energía solar necesaria para que funcionase el mundo del balompié. Y decía que me caía bien, justo hasta que nos corearon aquel infame “A Segunda, a Segunda”. Siempre ha habido un cierto pique en cuanto a su condición de clubes históricos y a las temporadas que han estado ambos clubes en Primera, pero, salvo en contadas ocasiones, siempre hemos estado un pequeño peldaño por encima. Ellos, a pesar de que ahora ya tienen un estadio en propiedad y están financiados por un empresario chino, siguen con estrecheces económicas y salvando los muebles gracias a su cuidada cantera y a su espiritu competitivo. Un Espanyol-València siempre ha sido sinónimo, si no de gran partido, al menos de muy competido. 

Aparte de un bolo de verano en 1979 disputando el trofeo Ciudad de Barcelona, como devolución de favores por participar en el trofeo Naranja, en que el València presentaba a su rutilante fichaje Orlando Giménez, que venía de hacer un temporadón con el Racing de Santander, y otros menos conocidos como Carlos Fabregat, goleador procedente del Vall d’Uxó, y que no pasó del 0-0, ganando el trofeo el equipo barcelonés en los penalties, la más cercana en el tiempo fue en la temporada 1989-90, jornada 12, con un València CF entrenado por Víctor Espárrago que había comenzado la temporada errático y se presentaba con 3 negativos (antes nos guiábamos más por los positivos –suma de puntos conseguidos fuera de casa- y por los negativos –suma de puntos que dejábamos escapar de casa- que por los puntos, como guía bastante aproximada de nuestra posición en la clasificación) como resultado de no haber sumado ni un solo punto en sus cinco partidos anteriores jugados lejos de Mestalla. 

El equipo estaba bastante compensado, con un Ochotorena en la portería que infundía bastante seguridad, una defensa granítica con Quique y Nando en los laterales y el trío Voro-Arias-Giner en el centro, con un centro del campo con el uruguayo Bossio y el asturiano Tomás reforzado por el regresado Roberto Fernández, y en la delantera el espigado Cuixart junto con nuestra estrella Lubo Penev. El partido fue un quiero y no puedo del Espanyol ante un València muy bien posicionado, que mereció más que un punto con una jugada final de tiralíneas en la que Lubo estrelló el balón en el palo corto de Biurrun. Recuerdo pasar muchos nervios por la importancia de los puntos y porque tocaba ya remontar el vuelo, con un Espanyol que dominaba, pero no lograba crear apenas peligro con chuts en su mayor parte desde fuera del área. El equipo tuvo una reacción fulgurante a mitad de temporada que lo llegó a llevar desde el puesto 18º al puesto 4º, acabando finalmente el 7ª posición en la Liga. 
Extracto de la crónica del diario El Mundo Deportivo del día 30-03-1981.
Extracto de la crónica del diario El Mundo Deportivo del día 30-03-1981.
Pero el partido que dejó más huella en mí fue en la temporada 1980-81, una soleada tarde invernal, semanas después de ganar la Supercopa de Europa ante el Nottingham Forest, en la que mi hermano Antonio y yo nos aventuramos a camuflarnos entre la afición españolista y reprimir todo lo que pudimos nuestras emociones para no sufrir un lifting facial intempestivo y amorfo. Situados en la General de Pie de la portería que defendía en la primera parte Urruticoechea (quien poco después desprendería de su apellido futbolístico el –coechea para no provocar esguinces de lengua) con el sol de frente, pudimos ver el primer gol de cabeza de Manolo Botubot a la salida de un corner, y un extraordinario tanto de Castellanos de zapatazo desde fuera del área. Hay que reconocer que el granadino metió pocos goles en el València, pero fueron vistosos y tremendamente útiles. La verdad es que tuvimos que contener nuestra alegría con ambos goles tanto como un traje de buzo contiene a duras penas un ataque de flatulencias intestinales. El público se mostró bastante fogoso, tomándola sobre todo con Manolo Botubot y su brega cuerpo a cuerpo con Fortes, al que hizo restregar su rostro en el césped en varias ocasiones. 

Decía más arriba que mi hermano y yo reprimimos bastante bien las emociones, eludiendo llevar encima ningún distintivo valencianista y celebrando los goles por dentro con rictus de poker por fuera. Hubo un inconsciente que no tuvo tanto éxito... El rudo Castellanos fue marcado en aquel partido por Fernando Molinos, un centrocampista con más dureza que técnica a quien Johan Cruyff, por ejemplo, conocía muy bien, y del que tenía un mueble repleto de innumerables tarjetas de visita. Tras marcar el golazo, Molinos la tomó un poco con él, y en un balón dividido por poco divide en dos su columna vertebral. Le pegó al bueno pero duro de Ángel una tarascada que voló por los aires mejor que Pinito del Oro. Sí... habéis leído bien: una tarascada de antología a Castellanos... Después del estético vuelo de nuestro barbudo centrocampista miré al palco a ver si puntuaban su pirueta con carteles numéricos al modo gimnástico, pero no se lo tomaron con tanto humor (algunos). Un (supongo que) valencianista del público que estaba unas filas más abajo inmerso entre la afición españolista, ante tamaña afrenta, no se le ocurrió más que gritar a Molinos un “¡¡Hijo de putaaaaa!!” que creo que se oyó por todo el campo. Inmediatamente fue rodeado por todos los lados por españolistas poco empáticos y simpáticos que le increparon conminándole a repetir, si todavía tenía los atributos viriles en su oquedad natural y no unos pisos más arriba, ante ellos lo que había gritado. Mi hermano y yo no dábamos crédito (como los bancos en tiempos de crisis) y comentábamos que, aunque pensábamos lo mismo que habia gritado el temerario, hacer lo que había hecho este sujeto era de ser muy gilipolllas. Al final su integridad física no salió muy mal parada (aparte de unos empujones e impactos salivares en su rostro), seguramente porque algún buen samaritano le auxilió ante una potencial tragedia, pero sí que nos enseñó que cuando eres antagonista de los intereses de una multitud, lo mejor es permanecer calladito y demostrar tus emociones cuando no corres peligro. Más que nada porque la cirugía facial y los funerales no corren por cuenta de la Seguridad Social. 

Lo importante es que al final ganamos 1-2, salimos igual que entramos de Sarriá, pudimos disfrutar de un buen partido, y no tuvimos que lamentar, más allá de un susto y unas risitas, la imprudencia de un valencianista que pretendía celebrar les Falles como ninot (insultat) en Sarriá. 

Y, respecto de mi presencia en el nuevo campo de Cornellà-El Prat, me debato entre seguir siendo gafe, o a la tercera va la vencida. Desde casa se ve mejor y puedes gritar los goles (moderadamente, que mi vecino es del Espanyol). Incluso gritar ¡hijo puta!, y si te dice algo el vecino decirle que un tal Latre, el árbitro, tiene afán de protagonismo con los blanquinegros... 

José Luis Brú.

diumenge, 14 d’octubre del 2018

EL MURCIÉLAGO DE MI CORAZÓN



Hace unos meses tuve que ir al cardiólogo por primera vez en mi vida. Parece un contrasentido que un valencianista no frecuente con más asiduidad a este profesional, pero será que tenemos el corazón hecho de una mezcla de cara de político acomodado y fuego valyrio.


Cuando me puso en pantalla a modo VAR me soltó de sopetón: “¡pero si tiene un murciélago en su corazón!”. Y se lo expliqué con unas pocas frases:

Desde bien pequeño, tutelado por mi hermano Antonio, hablar del València CF era tan habitual como hablar del procés en Catalunya (bueno…creo que me he pasado; no daba tanto la brasa…)

Mis escapadas con mi hermano a un Mestalla de principios de los 70 a ver al Mestalleta. Ese aguacero el día del Acero que tuvimos que refugiarnos todos en tribuna. Esos partidos contra el Soledad o el Constancia o el Atlético Baleares, bajando por el lado de la pista de baloncesto donde jugaba el Valencia. Entonces nos las veíamos en nuestro grupo de 3ª División contra un resto formado por valencianos y baleares.

¡Alirón, alirón, el València campeón! Vaya final de Liga. 15 últimos minutos de partido al borde del infarto, en que el título pendía de un hilo tras el gol de Lamata y el empate en el Manzanares del Atlético. Esto sólo le podía pasar al València. Era muy pequeño y pensé que vendrían muchas más Ligas. Sin embargo, el juego de poderes en el fútbol español y las malas gestiones directivas hicieron que lo anecdótico fuese eso: ganar una Liga.

Mi regalo de comunión en Mislata. Un buen amigo de mi padre, Antonio Asunción, quien llevó su levantinismo de La Malvarrosa a Manresa, me regaló una camiseta con el 8 de Forment a la espalda (entonces no se rotulaba el nombre, sólo aparecía el número) y unas botas de reglamento que apenas utilicé (a ver cómo jugaba en la calle con esas botas sin que me rehuyesen tibias y peronés).

Las semanas antes de partir a otras tierras vimos al Sporting de Gijón con el golazo de Adorno desde la línea de fondo o el susto final del uno contra uno de Lavandera contra nuestro Abelardo. O el día del Betis, en que Orife hizo temblar nuestro larguero, pero Pepe Claramunt nos regaló uno de los mejores goles de la historia. 

El adiós a València un 10 de octubre de 1971 en un expreso que venía de Granada. El día más triste de mi vida. Para amanecer en otra ciudad en que los valencianos éramos (entonces) rara avis. Nuevas palabras para denominar el mismo producto. No podías decir mallorquina (sobrasada), longaniza (fuet), pamplonés (chorizo), puromoro (regaliz), pica-pica (sidral), clóchina (mejillón), y tantas otras, sin que te escaneasen las retinas escandalizadas.

“El Valencia lo que tiene que hacer es no impedir que ganemos la Liga cuando el Madrid no está fino”, y otras frases del montón que denotaban panchacontentismo y miraralombliguismo culé inanes. Empezaba a comprobar el odio visceral por todo lo que oliese a madridismo.

Mi foto vestido de valencianista (pantalón y medias blancas) en la Plaza de la Infancia de La Verneda, mi evocación callejera del Mestalla valenciano. Jugué de delantero centro a pepinazo limpio estilo Scotta, hasta que el puño de un portero dejó mi ojo llorando de la hostia que me atizó al bregar por un balón por alto. 


Mis Ligas de fútbol a botones, donde mi Mestalla particular era un espacio de 4x3 rajoles de 40x40 cm., y donde tenía que poner reglas debajo de los muebles para que no se colasen los botones más pequeños bajo los armarios. No sé por qué, de 8 Ligas que jugué, haciendo de jugador, entrenador, utillero (rotulando los botones), locutor de radio y público a la vez, y transportista de los botones al terreno de juego y de allí a su hotel de descanso (unas cajitas rotuladas equipo por equipo que guardaba en una caja más grande), el València CF ganó al menos la mitad…

Mi camiseta de la senyera versión 1978. Qué calor daba la condenada. Ya en mi madurez apareció en casa de mi hermano y me intenté enfundar esa camiseta de tubo. Imposible… El contenido excedía en mucho ese continente. Me la puse pocas veces. Las más insensatas, haciendo footing en Alicante del Postiguet al inicio de la Albufereta, y en Barcelona el día siguiente a nuestra Recopa contra el Arsenal.

El espectáculo de ver las cabalgadas con melenas al viento de Mario Kempes y esos zurdazos que doblaban las manos a los porteros. Orgullo de ser el Pichichi dos temporadas, arrebatando el primero a Marañón en una tarde de celebración colchonera, y de ser máximo goleador en aquel Mundial argentino. Cuando las lesiones lo doblaron no supimos agradecerle los derroches que había mostrado en el campo.

Aquella Recopa ganada a golpe de penalty, especialidad en que no solemos destacar, precisamente. Aquel penalty de Castellanos en que el 95 % de los valencianistas veíamos el antecedente del de Sergio Ramos al Bayern. Por fortuna, el larguero nos favoreció, y Santi Pereira hizo el resto para ganar mi primer título europeo.

Mis minutos de extremo sufrimiento aquel primero de mayo de 1983 mientras trabajaba en la caseta de entrevías de la Estación de França, escuchando cómo reculábamos en el césped para aferrarnos a nuestro hábitat de la 1ª División. La felicidad que sentí al escuchar que había finalizado el partido no la volví a sentir hasta muchos años después.

Esa satisfacción después de mojarles la oreja en el Camp Nou. Y esa vergüenza cuando nos goleaban hasta con goles de culo, empalmes a la escuadra que no les salía ni en los entrenos, o que a Timo se los metían hasta sin querer.

Esa búsqueda de horchaterías por Barcelona tras leer que Roberto Fernández había encontrado una en la que hacían horchata valenciana genuina. Estaba hartito de Chufis y Ches que sabían a cualquier cosa menos a horchata. Al final hallé unas pocas. La primera horchata de cada temporada es un momento intenso de valencianía.

La pegatina trasera en mis primeros coches, y las caras burlonas tras hacernos un siete en tierras nibelungas. O la vergüenza que sentí tras leer aquellas declaraciones de un Paco Roig pagado de sí mismo (poco después pagado por los Soler su retiro dorado) tras llegar a la presidencia vestido de moro y diciendo que iban a valencianizar Catalunya brindando los triunfos con agua de València.

Esas bajadas por la A-7 o AP-7, como se llama ahora, una vez al año con mi hermano a visitar Mestalla, y la tradicional paella en el Pasqualet. Ha habido de todo, desde goles a mansalva al Oviedo, o celebración de la Liga ante er Beti con U-ha Anglomá, hasta baile carioca del Barça con cena en Los Bestias. No sé si fue más traumática la experiencia en el campo o en la mesa…

Ese orgullo de ir a comprar el Levante-EMV los domingos y los lunes, y de hacerse con los fascículos de la Historia del València CF de Jaime Hernández Perpiñá. Henchido de satisfacción al completar el lanzamiento completo y encuadernado. Esos fascículos de nuestra primera y exitosa temporada en Champions que todavía tengo por casa. Yo era ese tío raro que cruzaba la ciudad condal sólo para comprar un diario regional, y que brincó de alegría cuando le dieron el traslado laboral a Barcelona, porque sólo allí había kioscos donde podía comprar el Levante. 

Esa cara a cuadros cuando Alfredo le robó la cartera a Zubi y al chaparrón que frustró nuestra remontada, vengando la afrenta del penalti de Djukic.

Todos esos goles del Valencia y algunos del Mestalla que grabé en vídeo VHS durante varios años. Tengo al menos dos cintas de dos horas enteras. Paciencia infinita para esperar a que los emitiesen en cadenas a las que resbalaba el València, que no era ni el equipo valdanesco que animaba los campeonatos. Incluso esperaba a altas horas de la noche. Ahí están. Algún día tendría que pasarlos a otro formato.

Ese cabreo monumental un lunes por la noche que el València de Rinaldi jugaba en el Camp Nou y que tuve que aguantar al paliza de Frederic Porta en A3 y que el Barça nos golease aún jugando bien. Tras encajar injustamente un gol tras otro, mi sueño era mayor que las ganas de ver cómo nos goleaban, y cuando el Barça metió el tercero, apagué la tele intempestivamente. “Estoy no hay quien lo aguante. No tengo ganas de ver otro 6-1”. Cuando me levanté la mañana siguiente a las 5:30 para ir a trabajar, puse el teletexto y tuve que mirarlo varias veces para abrir bien los ojos: ¡¡me perdí la mega-remontada del 3-4!! Mi mayor cagada valencianista.

Esa sonrisa de oreja a oreja para comprar los diarios un domingo de finales de junio de 1999 con mi pantalón del València CF. Y algunos felicitándome por el partidazo y ese gol orgásmico de Mendieta en el estadio de La Cartuja de Sevilla. 

Ese grito desgarrador tras el segundo gol de Baraja al Espanyol aquel sábado por la noche en mi piso. Se enteró todo el vecindario. Era un grito con sabor a Liga treinta y tantos años después.

Esas fotos históricas de una decena de temerarios valencianistas festejando esas Ligas en ¡la Font de Canaletes y el monumento a Colón! Los guiris pasaban por al lado y no daban crédito (ya empezaba la crisis) a semejantes viñetas. Suerte tuvimos que no pasase ningún boix noi que no comulgase con tamañas afrentas sacrílegas. 


Esa punta de los dedos de Kahn que nos dejó sin Champions. ¿La merecimos? Lo que no nos merecimos fue al gordinflas holandés que pitó aquel infame penalti y nos chuleó durante el partido. Desolación. Con esa palabra se puede definir aquella final.

Esas primaveras, cinco o seis seguidas, de gran ilusión valencianista, en que a la vez que se alargaba el día, se alargaban nuestras posibilidades de conseguir algo grande, y que me sentía superorgulloso de que conocieran de mi valencianismo. No todas culminaron, pero estar ahí hasta el final era la hostia.

Esas semanas escribiendo cartas del aficionado para Foroché, y mis colaboraciones para Valenciafórum, precursor de Checheche. Menudo grupito hicimos. Saltaban chispas en nuestro foro, con genios como Bixent, Little, Pkdor, GAN, Rayador, Vicarlos o hg, y más trolls como Bernabeu, Antiblanco o Geta. 

Ese día que me enfundé la camiseta naranja de Terra Mítica tras ganar la Liga 2003/04. Todo el día con ella, en el trabajo, en el transporte público, en el programa de televisión de TV3 Gol a Gol, junto con miembros de la Penya de Barcelona. 

“Aquí sólo venís a dar patadas”, me soltó un culé tras empatarles a 2 en su santuario. “Sólo desactivamos a vuestras figuritas con orden y efectividad. Cada uno lucha con los recursos que mejor maneja“. Contestación clara y concisa.

Ese viaje temerario a València yo solo tras salir del trabajo para ver la final contra el equipo azulón del que se puso de parte nuestro más famoso cazador de elefantes (y de movimientos sexy de cadera). Fue en la Plaza de Toros de València, junto con muy buenos valencianistas. Y el regreso a altas horas de la noche (llegué a casa a las 5 de la mañana) con la sorpresa cuando salía de València de una mención en el programa radiofónico de JR March. 

Esas cervezas Turia con mis amigos exiliados Paquito Gisbert y JR March. Los toros desde la barrera se ven con más perspectiva, pero también con menos hiel. 

Esos años de travesía en el desierto que pagamos con intereses los años de estirar más el brazo que la manga, y en que la supuesta influencia valenciana en Madrid sólo nos sirvió como ensañamiento contra aquel que osa hacer frente a los privilegios de los poderosos.

En fin. Todos esos años durísimos de distancia. Ser valencianista en la lejanía entonces era una aventura propia del Doctor Livingstone (supongo). No llegaban a cocinarnos en un caldero caníbal, pero nos torraban a estímulos informativos blanqui-azulgranas. Era difícil buscar mi propio nicho informativo. Yendo incluso a València a hacerme con cualquier libro que tratase sobre mi equipo, y regresando cargado con 10 o 12 libros, ante la crispación conyugal. Internet transformó todo. Se hizo accesible progresivamente un cúmulo de informaciones impensable antes y permitía interaccionar con sujetos con intereses y gustos comunes. E incluso internet también ha cambiado, pues empezó a escribir sobre mi equipo gente con mucho trellat, pero ahora hay que separar el mucho polvo de la escasa paja (paradójico, con lo que abunda el porno en internet) de excelsa materia gris.

“Por eso, señor cardiólogo, mi murciélago, ni tocarlo; que al fin y al cabo es quien alimenta mis ilusiones y curte mi maltrecho corazón”.

José Luis Brú