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dijous, 31 de desembre del 2015

Primeres vesprades, nits i migdiades a Mestalla

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A diferència del títol d’esta iniciativa d’Últimes Vesprades a Mestalla em decidisc a escriure per a contar-vos les meues vivències valencianistes que podríem anomenar com les meues primeres vesprades a Mestalla, encara que em sembla que en el fons no van en contra de l’esperit d’uvaM.

Per les coses de la vida, el meu germà Blai i jo vam nàixer a Bocairent al sí d’una família gens futbolera. La distància que ens separa de València i la falta d’un referent parental futboler fa que puguem desplaçar-nos a Mestalla molt de tard en tard. Jo encara recorde la meua primera vegada que vaig entrar al nostre santuari, un VCF – Oviedo de finals dels 80 i immersos en la setmana fallera. El resultat, victòria còmoda per 3 a 0 amb gols de Penev, Fenoll i Toni. I com no, des de l’antiga General de Peu del Gol Nord on es barrejaven els aromes de Fàrias, els primers canuts de marihuana i pólvora. On Lubo era Déu i a la Policia Nacional se’ls preguntava “esos de marrón ¿de qué equipo son?”.

El meu primer Mestalla imaginari fou el Seat 124 color groc de mon pare, des d’on tenia sintonitzat a José Mª García i on vaig tindre la meua primera experiència onírica total com a aficionat valencianista: el gol de Tendillo al Real Madrid i la salvació miraculosa del descens a segona divisió. Eixa vesprada el virus valencianista va estar per complet inoculat al meu organisme i ja no me’l podria traure de damunt . El VCF i la meua persona vam convertir-nos en un mateix ésser, una mateix cor, una mateixa passió, una mateixa forma de viure.

Però principalment les nostres vesprades a Mestalla consistien en tancar-nos el meu germà i jo els diumenges de vesprada en la nostra habitació de Bocairent amb la ràdio en marxa per escoltar la retransmissió íntegra del partit. Eixe era el nostre Mestalla imaginari. Des d’allí vam “vore” la patètica escenografia contra el Cadis quan vam baixar a Segona divisió, la tornada a Primera, el debut de Madjer, els 4 gols de Toni “Lambada” al Celta en Copa o el gol de Pauleta...

I mira per on que quan va arribar la televisió ens vam haver de traslladar a Alacant a començar els nostres estudis universitaris. Mestalla encara més lluny! I de primeres, la desfeta de Karlsruhe o els 10 minuts de la final de l’aigua. I va ser quan el meu germà i jo vam reinventar el nostre particular Mestalla a un pis d’estudiants d’Alacant amb Ràdio 9 sent els ulls amb les veus i comentaris de Jaume Tamarit i Pep Claramunt … Eixe gol del “Burrito” Ortega davant el FC Barcelona...

Al nostre intemporal Mestalla, la gent també s’abraçava amb els gols, s’insultava a l’àrbitre, es patia amb el descompte i com no, també hem plorat (per les derrotes la major part de les voltes). I també renegàvem … “la setmana que ve, passe, ja no l’escolte, que facen el que vulguen!”. Mentida, diumenge rere diumenge amb el botó de “ON” engegat de l’aparell de ràdio.

Amb el pas dels anys, amb una vida laboral i sentimental estable han canviat les coses. Visc a 10 minuts a peu de Mestalla i soc soci des de fa 4 anys. Acudisc amb regularitat al camp i és per açò que vos deia al principi que per a mi són les primeres vesprades, nits i migdiades a Mestalla.

Una hora després del fatal segon “M’Bia”, plorava de ràbia a casa per la nostra eterna fatalitat i patia pel meu germà i el meu cosí que van assistir al costat meu al fatal final i que com molts van haver d’agafar carretera i manta, tragar-se les llàgrimes i fer 100 Km al volant de tornada a casa. És a ells i als milers de valencianistes que com nosaltres viuen, ploren, riuen i pateixen pel VCF en silenci i des de la distància al caliu de la llar del seu Mestalla imaginari a qui vull homenatjar amb estos humils paràgrafs. Al cap i a la fi, Mestalla no hauria de fer bons i roïns, hauria de ser la casa de tots.


Paco Belda i Pastor (@pacorellotger)
Soci del València CF 
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dilluns, 24 de març del 2014

A propósito de Penev y el teatro

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Fui a ver Penev al teatro “Ultramar”, en la calle Alzira. Valió la pena. Dos actores en estado de gracia sostienen una trama que arranca sonrisas y puñetazos a partes iguales. La sobriedad del escenario hace el resto. Posiblemente el talento consista en eso, en desarmar las mentiras del poder en un cuarto a oscuras. El Valencia CF no es el hilo de la obra pero si su trasfondo sentimental más llamativo. “La vida es una puta mierda salvo cuando rueda el balón o se abre el telón” escribe en un texto paralelo Xavo Giménez, director y protagonista de la obra. Razones no le faltan. Penev es eso. Aquella fuerza poderosa que pinchaba balones con el pecho y se buscaba la vida hasta llegar a la portería rival. Un poco como nos pasa a todos. En el mejor de los casos, un sueldecillo de mierda para sobrevivir y algo de frescura para no dejarnos engañar en exceso por la rabiosa actualidad que todo lo degrada. La grandeza de Penev está en atacar al poder sin perder el aroma de la inocencia. El fútbol es el opio del pueblo pero también es la luz que nos hizo soñar y aprender a vivir. Puede que haberme asomado a las mismas ventanas que Xavo me ayude a comprender mejor su magnífico texto. O es sólo la  vanidad, que me hace sentir dentro de la trama con más elementos biográficos a mi favor. 

Cuando  Penev llegó a Valencia yo ya no iba al colegio pero conservo en la memoria esas tardes afiladas mirando por la ventana del aula el orden de las banderas en la grada de mar. Años de plomo en el corazón de Mestalla. El descenso, el ascenso, el regreso a Europa. Todo está ahí. En esa inocencia. En esa desesperación. En esa incapacidad para saber lo que sucede de verdad y como  contarlo. Xavo lo logra con aparente sencillez. La difícil sencillez del actor en su momento de plena madurez vital. La ciudad se derrumba, las madres se mueren,  el Valencia se vende, los hijos son idiotas, todo parece irse a la mierda. O casi todo. 

Aún hay esperanza en los cuartos clandestinos donde algunos hombres lúcidos escriben la historia que nunca aparecerá en los telediarios que ya no podemos ver. Porque Penev también va de eso. De sueños rotos, de televisiones cerradas, de países expoliados, de ciudades arruinadas, de muchas vidas gastadas y a punto de estallar. Tampoco sé si esa es la única certeza del presente. Puede que siempre haya sido así y sólo con los años uno descubre que el argumento de la trama es el que es: envejecer y morir. Descubrir, en útlima instancia, un cromo gastado en el bolsillo de la chaqueta. Cubells. Puchades. Valdez. Kempes. Penev. Paco Alcacer quizás. Cada cuál el suyo. Cada cual con su Penev personal e intransferible. 

Pd: La obra sólo tiene un pequeño e intrascendente desliz. Viola nunca le marcó 4 goles al Celta. La hazaña le corresponde a Toni. Fue el último partido de copa que mi padre vio en Mestalla. Noviembre de 1989. Pero eso, en todo caso, ya es otra obra. Otro texto. Otro post. La temporada de los anómalos hat-tricks. Fenoll. Toni. Cuixart. Porto en Uefa. Celta en copa. Logroñés en liga. 


Rafa Lahuerta Yúfera 
Socio del Valencia CF 
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diumenge, 23 de setembre del 2012

Llámenme Lubo


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Creo que esa fue la frase que más nos caló a todos pues, a partir de ese momento, así fue como llamaríamos a aquel búlgaro desconocido con melena un tanto gitanesca recién aterrizado desde uno de los países miembros del pacto de Varsovia. Recuerdo que el Valencia meditó bastante el fichaje pues la alternativa de Polster, de similares características físicas y técnicas, estuvo presente hasta que las cartas se repartieron adecuadamente. Penev al Valencia, Polster al Sevilla y el compatriota del búlgaro, Stoichkov, otro en la agenda del gran Pasieguito, acabó en el Barça. Pasiego ya había traído a Kempes después de verlo jugar en Rosario Central tras una gira por aquellas tierras. Lubo fue el segundo grandísimo acierto (el tercero sería Mijatovic) de ese hombre que tanto dio por el Valencia. Penev no pudo ser partícipe en la vuelta del Valencia a Europa pues ya había empezado esta competición con su anterior club. Así pues disfrutamos de él con los goles ante el Barça en la eliminatoria copera.  Siempre recordaré  un penalti que le hizo Koeman en ese partido donde el búlgaro cayó como un plomo. Sus altura y su portento físico le hacían blanco fácil, aunque sudando lo suyo para derribarlo, de los defensas “killers” españoles (como al atlético súper López que casi lesionaría de por vida a Nando en un partido en el Calderón de la 91/92.

Lubo Penev fue, sin duda alguna, el ídolo de todos los chavales de principios de los 90. Todos queríamos ser Penev cuando jugábamos partiditos de patio de colegio, de igual manera que los chiquillos de finales de los 70 querían emular a Kempes o, hasta hace poco a Villa. Todos necesitamos ídolos. Yo no estoy muy seguro de esto pero diría que Lubo Penev fue el ídolo más mediático que tendría el Valencia desde la marcha de Kempes. Fue el hombre que necesitaba Mestalla. El que hacía que la afición coreara su nombre y que, prácticamente, toda la ciudad conociera su nombre, y no sólo por sus proezas en los terrenos de juego. Transmitía una seguridad en sí mismo que se salía del césped. Era lo que llamaríamos un tanto chulo. Pero nos gustaba tener un jugador así. Respecto al posible fichaje de Romario, Lubo se limitó a decir “conociendo este club sólo me lo creeré cuando lo vea con el escudo del Valencia en el pecho”.

Después vino su caída en picado a raíz del cáncer que le apartó del equipo durante casi un año. Pero Lubo lo superó. Su físico le ayudó a ello. Durante su ausencia, Mijatovic ocuparía el corazón de la afición ché. Aquí siempre hemos necesitado tener un ídolo, un líder, alguien al que admirar e idolatrar, lo cual ha sido un craso error bajo mi opinión.

Su despedida fue triste. A mí no me gustó lo que pasó. Una historia de enfrentamientos personales y peleas con sabor barriobajero con el presidente de aquel momento. Después visitó Mestalla con dos camisetas diferentes pero ya nadie coreó su nombre ni agradeció sus servicios. Cosas del fútbol. Amor y odio, fina línea en los sentimientos futbolísticos.


Fernando Tomás Puchades
Antiguo socio del Valencia CF
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dilluns, 6 de febrer del 2012

Pena máxima

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La ejecución del penalti ha simbolizado en el universo futbolístico el alfa y el omega del juego, la suerte suprema y, en definitiva, todo un ritual metafórico, trasunto sobre el césped del baile entre la vida y la muerte. No en vano, abundan las traslaciones literarias y cinematográficas de este lance, el más poético del fútbol con diferencia.

La singladura del Valencia C.F. no ha resultado ajena a los avatares acaecidos desde el punto de penalti. Sin ir más lejos, el momento culminante de toda esta historia se produjo en aquella tanda milanesa que propició el duelo en la cumbre de dos gigantes de la escena: Kahn y Cañizares. Más allá del duro encaje de la derrota, abogamos por la revisión optimista de aquel desenlace. El tiempo y los triunfos venideros, sin margen para una frustración paralizadora, evidencian que nuestra divisa es vivir al día.

Y por ese filo de la navaja se deslizan las luces y sombras de una trayectoria cuajada de catarsis. Que se lo pregunten al Flaco Pellegrino, que meses después de fallar el postrer penalti en San Siro tuvo que convertir el más decisivo en el infierno de Celtic Park. O al Deportivo de La Coruña, al que nuestro reserva González le inoculó una maldición fatalista asociada a nuestro club.

Sin estos sinsabores, no concederíamos el valor suficiente a gloriosas paradas como la de Pereira a Rix en Heysel´80.

No obstante, del tiempo de la mercantilización galopante del fútbol a esta parte, se ha trivializado el arte del penalti; no así sus efectos, igualmente letales. A principios de los noventa, previamente a la introducción de toda la mercadotecnia relativa al fútbol-negocio, resultaba sencillo identificar a los lanzadores de penaltis de los equipos punteros. Esta seguridad iba ligada a un elevado porcentaje de acierto y rara vez marraban alguna pena máxima jugadores como Koeman o Garitano. Siempre pensé que figurar en el listado del entrenador como el especialista en la materia te eximía de la responsabilidad que la discrecionalidad y las arbitrariedades interponen entre el punto de cal y el guardameta. Con el tiempo, se ha ido imponiendo entre la doctrina la máxima de que debe patear el que mejor predisposición psicológica muestre, sin establecer tantas gradaciones a priori entre los favoritos. Indiscutiblemente, aunque no deberíamos soslayar las variables analítica y tecnológica, se fallan más penaltis que veinte años atrás. Incluso, futbolistas reputados como especialistas y que marcaron una época en sus clubes (Tamudo, Torres, Raúl), no destacaban por su infalibilidad en estas lides.

Pero volvemos a nuestro Valencia para incidir en que, precisamente nuestra mejor escuadra contemporánea, la que aleccionó Rafa Benítez, fue quizás la que erró más penaltis, debido al ejercicio coral de esta suerte. Como ejemplos de esta desdicha, aquella eliminación copera contra el Alicante, las dos penas máximas que el celtista Caballero atajó en el mismo encuentro a Baraja o el fallo de Rufete en las postrimerías de un VCF-Athletic de Bilbao, como frustrado desagravio tras su gol de Cardeñosa de la jornada anterior en Anoeta.

Afortunadamente, tenemos ejemplos recientes en los que rastrear la pauta del éxito. Como Gaizka Mendieta, que aprendió de Salenko a hipnotizar cancerberos, con unas brillantísimas marcas y un estilo heterodoxo, lánguido pero efectivo, como su carácter. David Villa también demostró una resolución implacable. Ambos se erigieron en la garantía que se precia en este crucial apartado.

Desde el prisma defensivo, Cañizares fue el último gran cerrojo, todo un dragón que acomplejaba al rival con su avasalladora personalidad. Otro de nuestros imprescindibles coetáneos, Zubizarreta, quedó siempre estigmatizado por no despuntar especialmente en esta disciplina. Sin embargo, Andoni, un tipo sereno y garantía de rendimiento, guardó para la afición tres hermosos regalos con doble de retranca en forma de penaltis parados: Klinsmann, Penev y Mijatovic.

Durante las últimas temporadas, ni César Sánchez, ni Moyà, ni Guaita nos han deparado la alegría de detener una pena máxima en partido oficial, así que hacemos votos por el dichoso estreno de nuestro guardameta autóctono y nos congratulamos por el final de este particular maleficio, felizmente roto por los felinos reflejos y la sangre fría de un Alves que aspira a seguir doctorándose desde los once metros a costa de nuestros contrincantes.

Entretanto, que los once metros nos sean leves.

Amunt València!


Simón Alegre
Socio del Valencia CF
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dimecres, 4 de febrer del 2009

El último Valencia clásico. La era Espárrago.

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El actual Valencia que amamos, no el de los carruseles incesantes de expectativas ficticias ni el de la locura constante, sino el que nos recuerda a nuestra infancia, por el cual noventa minutos a la semana nos convertimos en niños de nuevo, tiene algunos pilares indiscutibles, que, la historia, si es justa, algún día habrá de ubicar en su merecido lugar. Me gustaría referirme, en especial, en estas líneas, a don víctor Espárrago, director técnico del “último Valencia clásico”, gobernado entonces por otra viga maestra de nuestra historia reciente: Arturo Tuzón.

Los partidos de la llamada “Era Espárrago”, me vienen a la memoria como los últimos del “Valencia Clásico”. A bote pronto cabría argumentar que son las últimas memorias de un Valencia en blanco total. Pero la justificación de “último clásico” alcanza aún al reducido número de fichajes (aumentando la parte de ilusión en cada uno de ellos), y a un Mestalla viejo y hogareño que era refugio de un club grande que volvió a serlo.

De Víctor Espárrago recuerdo muy especialmente su primera temporada, aquellas tardes en que Mestalla volvía a quedarse pequeño, con la frescura de una ilusión renovada. Su llegada es fiel reflejo de la línea de discreción y cordura propia del Sr. Tuzón y vino acompañada del primero de una larga y provechosa línea de porteros nacionales brillantes, Ochotorena en competición bajo los palos con un ya veterano Sempere. El portero vasco, con su inseparable camiseta Rasán gris fue la piedra angular de un Valencia renovado. Por la izquierda Zurdi, extremo desgarbado y un pelo a lo Cipriá Ciscar y también desde Asturias el eslabón mexicano de las eternas esperanzas blancas frustradas, un nuevo 9 interruptus: Lucho Flores y su simpático bigotito. Y, capítulo aparte, el gigante disfrazado, que era el gran Eloy Olaya, cuya dupla con Penev, debe entrar con letras de oro en nuestra historia.

Aquella temporada, mi primera como Socio del Club de pleno derecho, fue la del 1-0 casi eterno, partidos trabados, bien medidos tácticamente, victorias, peleas… sin más ambiciones que “Volver”…La tercera posición a final de liga fue, en aquellas circunstancias, un logro descomunal y que puso en órbita europea al valencia de los Quique, Fernandos, Arroyos y compañía…

El segundo año fue más que el “año Penev” (“llámenme Lubo” decía el talludo búlgaro ante el jocoso juego de palabras que provoca su apellido en castellano). La primera parte de la temporada estuvo, en realidad, sostenida por Toni y Fernando, además de los sempiternos Arroyo, Quique y Ochotorena. Lo del brasileño es un caso a analizar: 12 goles en la primera parte de la liga (y sus apasionadas y jolgoriosas celebraciones) merecen un análisis más profundo que aquella noche contra el Celta…

Vendría el Subcampeonato (la tarde de Cuxart contra el Logroñés) y una tercera campaña más discreta y olvidable pusieron fin al trabajo del mezcla doctor, mezcla alfarero, que fue Espárrago en nuestro club.

Del uruguayo se recuerda su chubasquero, su gorra, el balón blanco con triangulitos negros, a Modesto Emir Turren, alquimista de lo físico, la defensa Ochotorena-Quique-Voro-Giner-Arias primero, Camarasa después- Revert. Las gafas de culo de vaso y el cañón en la pierna de Tomás, El mundial de Italia con ¡Tres! Valencianistas, un Quique espléndido que no llegó, injustamente, a participar, un Fernando en la tradición del 10 (pocos minutos ante Corea) y Ochotorena.

Capítulo aparte merece el REGRESO A EUROPA, aquella noche europea, la primera de mi vida consciente, contra el Vitoria de Bucarest (3-1, estreno goleador, celebrado como era habitual en él, del brasileño Toni) y la épica ya trillada contra el Oporto, en aquel 3-2 que, los que lo vivimos, nunca olvidaremos.

Ver aparecer a los rumanos, con su equipaje azul, sus nombres casi impronunciables y la tensión de una eliminatoria europea, despertó del letargo europeo al viejo cemento que aún habría de ver noches de gloria infinita…Pero por aquel entonces, ganar a un equipo rumano, en UEFA era un triunfo más que memorable.

Aquel Valencia era peleón, serio, como su entrenador. Grande, pero sin delirios, rebosante de humildad, festejando toda victoria como se merecía, peleando cada balón como si fuera el último.

El “Último Valencia Clásico”… Como en una espiral del tiempo, llegó Hiddink y Mijatovic, la delirante era Roig y el nuevo cemento sobre el antiguo, la gloria europea… pero ya sin dorsales por titularidad, con foráneos comunitarios y Ligas de Campeones… El fútbol antiguo, el de toda la vida murió con los ochenta y, en Valencia, gracias a Espárrago y Tuzón, le dimos un entierro digno y, para siempre, memorable.


Sergi Calvo
Socio del Valencia CF
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