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dimecres, 15 d’abril del 2009

La temporada sin X

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Desde el 24 de Marzo de 1963 y tras igualar en Mestalla contra el Elche 2-2 el Valencia CF no volvió a empatar un encuentro hasta el primer partido de la temporada 64-65 ante el Murcia. Treinta y cuatro partidos de la competición de Liga, un record no igualado y que le ha dejado a día de hoy, como el único equipo que estuvo toda una temporada la 63-64 ganando o perdiendo sus partidos, sin conocer el empate. Los apostantes a las quinielas tuvieron que jugar con un dado sin X cuando lanzaban al aire su apuesta con el Valencia en el casillero. No sé si a ustedes se les ocurre una explicación ante tan inusual hecho o son partidarios de la teoría decimonónica "caprichos del destino". La magia del fútbol hace acopio de datos y estadísticas para que la lógica impere sobre el azar, sin embargo mis conjeturas ante tan excepcional circunstancia diacrónica, me han llevado a buscar una causa al enigma. Con ese trance he vagado escaleras arriba buscando los vomitorios durante años con la inquietud de que alguien, de entre los muertos, destape la incógnita. Este es mi relato, ayúdenme.

En el verano de 1963, en pleno boom turístico, el ministerio de Información y Turismo lanzaba el slogan publicitario "España es diferente". El Valencia CF debió captar la esencia del mensaje y dejó para la posteridad su peculiar manera de contribuir al Régimen, que en pocos meses iba a celebrar los XXV años de paz. Nuestro debut en Liga, presagiaba un halo de nubarrones misteriosos. Era un sábado 14 de Septiembre contra el Barcelona en Mestalla; una tromba de agua dejó el campo impracticable y la tormenta fundió el alumbrado eléctrico. El partido fue suspendido, no hubo goles. Se repitió íntegro un día 13 de noviembre, con el resultado de 0-2. La siguiente jornada en Mestalla, tras el partido suspendido contra el Barça, supuso la primera ocasión de enfrentamiento contra el Levante UD en Primera.

Mi maestro, el Sr. Goñi, navarro y amante del fútbol daba clases de repaso a últimas horas de la tarde. Los lunes me convertía en alumno ejemplar. El resumen del partido de la jornada liguera por televisión, suponía un acicate suficiente para resolver con destreza cálculos matemáticos que alimentaran mis piernas para salir de estampida hacia casa. No era para menos ver en la delantera a Héctor Núñez, Waldo y Sánchez Lage, un triángulo americano, y la guinda de un valenciano, Guillot. Aquella plantilla tenía como guardameta titular a Zamora, hijo del legendario portero internacional Ricardo Zamora. Era un mocetón con una planta y facciones más propias de galán del celuloide que de jugador de fútbol. Con ocasión de una entrevista que le realizó mi hermana para una revista fallera, Festividades, llegaron a casa varias fotos grandes, alguna dedicada, para su publicación. Como portero, supo darnos a los valencianistas buenas dosis de suspense al alternar acciones brillantes con lapsos intempestivos con sus manos y pies.

Una noche de aquel mes de noviembre, mientras hacía los deberes del curso de Ingreso, sonó el teléfono, John F. Kennedy acababa de ser asesinado en Dallas. Aquel año del 63 daba sus últimos suspiros y con él se llevaba, entre otros personajes públicos, a el Papa Juan XXIII, J. Cocteau, Edith Piaf, Cernuda, Aldous Huxley; habían llegado a nuestras pantallas "Con faldas y a lo loco" de Billy Wilder, "Los Pájaros" de A. Hitchcock o el estreno del "El Verdugo" de Berlanga. El Valencia acababa un año más con el trofeo de la Copa de Ferias en su vitrina. Los empates no llegaban, pero sí más derrotas. Con el inicio del año 1964, nuevo entrenador, Mundo sustituía a Pasieguito; el equipo prosiguió su racha de no empates, aunque mejoró el número de victorias. En la clasificación final quedamos en sexto lugar a 14 puntos del campeón R. Madrid. En la Copa del Generalísimo, en dieciseisavos tuvimos un enfrentamiento fratricida, contra el filial CD Mestalla. ¿Alguna duda sobre resultado tan incierto?... No hubo empate. Aunque este llegaría contra el Betis en cuartos: 2-2 en Sevilla. Disputamos nuestra tercera final de la Copa de Ferias y perdimos contra el Zaragoza 2-1 con un arbitraje más que polémico, tromba de agua incluida. El Valencia de la temporada sin X estaba formado por Zamora, Ñito, Piquer, Quincoces, Mestre, Vidagany, Arnal, Chicao, Paquito, Roberto, Sastre, H. Núñez, Cabello, Mañó, S. Lage, Guillot, Waldo, Ribelles, Urtiaga, Suco, Ficha. También llegaron a jugar Martinez, Verdú, García Verdugo, y Totó. Aquel año del 1964, España ganaría a la URSS la final de la Copa de Europa, con gol de Marcelino, se celebrarían las Olimpiadas de Tokio sin opción a ninguna medalla de la escasa delegación española, los Beatles triunfaban al igual que la minifalda, y llegaba El Gatopardo de Visconti. Eduardo Cubells, al que tan excelente homenaje se ha realizado estos días en ultimesvesprades, se nos fue para siempre.

El 13 de Septiembre de 1964, prácticamente un año después de aquella tormenta que azotó Mestalla y nos dejó sin luz artificial, Valencia y Murcia firmaron la igualada en la Condomina. El record atípico continúa en las estadísticas de la Liga. Un misterio del medio azar de este juego de competición en los 90 años de historia del Valencia CF.


Alfredo Cardona
Socio del Valencia CF
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dimecres, 1 d’abril del 2009

El fútbol es la vida (Blues de Mestalla)

·Erase una vez cuatro hermanos; bueno, en realidad, eran cinco, pero dado que uno era una mujer y el fútbol femenino en los años 40 no se había popularizado aún, lo dejaremos en cuatro. Nacidos a caballo entre la década de los 20 y los 30, todos vivieron de primera mano la hegemonía futbolística del Valencia C. F. de la delantera eléctrica. El mayor Pepe, fue fotografiado en su quinto cumpleaños junto a un balón, probablemente su juguete más querido. Tras él iban Paco, Abraham “El Chato” y Luis. Los hermanos pequeños gustaban de llamar al mayor “El Sheriff”, dado que ejercía de primogénito y siempre tuvo un fuerte ascendente sobre todos ellos. Escolarizados a duras penas, cuando los primeros granos aparecieron en sus rostros, la calle se había convertido en su verdadera escuela. Y en la calle siempre había piedras de sobra, polvo omnipresente y muchachos ociosos, como ellos, a los que retar en un partido. En esa cancha borde e impía se fraguaron las primeras jugadas, aún recordadas en los paseos rutinarios hacia Mestalla los días de partido. La primera juventud, perlada con entradas furtivas al campo de Mestalla, coladas por los recovecos del gol sur, caídas de “El Sheriff” en la acequia que da nombre al campo y escapadas “in extremis” de la guardia civil, dio paso a una juventud plena de futuro. Los años 50 se instalaban en las vidas de estos muchachos ofreciéndoles bailes veraniegos y partidos de fútbol en los equipos de su barrio. De allí a la gloria del Olimpo futbolístico sólo les separaban algunos partidos y varios goles por la escuadra. Queridos lectores, como sospecháis, tened la certeza de que aquello nunca sucedió. Pero el fútbol, enfermedad o modo de vida, locura transitoria o felicidad completa, ya era una secuencia más del ADN de todos ellos. Paco, Paquito “Valor” cuando empezó a trabajar como representante de la marca de chocolates, jugaba allí donde le dejaban, incluso estuvo a prueba con el Oliva para jugar en tercera división. “El Sheriff” sabía que el fútbol no le daría de comer y contrajo nupcias con una rica heredera, pasando a formar parte del Imperio de la Lejía Valenciana. “El Chato” buscaba su lugar en el mundo y unió su destino al de Paco, vendiendo chocolate por toda la ciudad; durante su servicio militar, el Atlético Baleares lo quería fichar, pero una lesión de menisco le puso la zancadilla. Luis conoció Holanda, fue emigrante y luego volvió, y jugó al fútbol, aunque nadie confiaba demasiado en él, quizá por ser el benjamín. La calle ya estaba asfaltada por aquel entonces, eran los años 60 y el teatro de los sueños pasó a ser la playa. Nazaret primero y Las Arenas después. Los vestuarios de “El Áncora” emulando los de tantos campos de mala muerte en los que sus tobillos fueron golpeados. Como los pioneros del fútbol valenciano, en los meses de verano, todos los jueves, iban hasta unas casas cerca de las termas, sacaban unas porterías de hierro y las clavaban en la arena. Y jugaban. Como niños, como aquellos niños que conocían de memoria la alineación: ...Epi, Amadeo, Mundo, Asensi y Gorostiza. Los domingos del resto del año también se repetía esta liturgia pagana. Llegó el día en que mis primos y yo jugábamos haciendo castillos en la arena cuando Paco pasó a Abraham y éste dejó solo a Luis para marcar. Una muesca más. Unos minutos plenos de vida. Los mejores, estoy seguro. Rodeados de su gente: Belinda (a quien llamaban así por ser homosexual), Cuenca, “Pie Duro”, “el impresor” (a quien rompieron tibia y peroné en un lance del juego), el profesor Pardo, Congel (un militar muy moreno que jugó hasta los 50 años), Parra (que era dependiente de una tienda de moda femenina en Poeta Querol), Luis el pintor, Valero (un tipo que conducía un deportivo pero al que mi padre intentó colar en un partido contra el Atlético de Madrid en 1974 y al que pillaron), Amalio (que daba cuenta a los demás de lo bien que se la había mamado su mujer la noche anterior), “el culturista”, “el holandés”, Coco (homosexual y reventa), los hermanos Willy, el hijo de Iturraspe, los herederos de La Marcelina y decenas o quizá cientos que pasaron por allí y jugaron un partido o decenas de ellos. Sol, Suso Martínez y Kempes también. Maltrabajas, cierrabares, vividores, futbolistas, honrados trabajadores que tenían a bien celebrar la muerte del dictador jugando al fútbol un domingo ventoso. A los 12 años jugué con ellos. De portero. Toda una consagración para un chiquillo que veía, en las figuras de su padre y tíos, a verdaderos héroes vivos. Jugadores de fútbol primero, gerente de una fábrica de lejía y vendedores de chocolate en segundo lugar. Sí, porque Luis acabó vendiendo chocolate también. Mestalla seguía en sus vidas, entonces, de un modo más respetable. Socios del club de sus amores. Los cuatro hermanos viajando a la final de 1967, haciéndose un lugar en el mundo, viendo crecer a sus hijos y viviendo el fútbol día y noche. Los hermanos chocolateros saliendo de viaje de negocios hacia Asturias y volviendo una hora después, porque se les había olvidado el balón. “El Sheriff” siguiendo al Valencia por toda España y parte del extranjero, con mi prima, enamorada de Sol, recogiendo jornada a jornada en un álbum recortes y autógrafos, que quizá aún conserve o tal vez haya quemado en una pira esotérica. Paco yendo habitualmente al campo y “El Chato” y Luis esporádicamente.

Un día aquel panorama idílico se truncó. Y, por razones que aún no he comprendido, todo cambió. Cosas de familia, me dijeron. Las tumultuosas reuniones familiares, antes tan deseadas: el santo de Casimira (la madre de todos ellos), el día de Navidad (y las generosas estrenas de mi padrino el tío Pepe), y el de Año Nuevo (en casa de la hermana que nunca jugó al fútbol, pero que hacía unos mantecados manchegos de rechupete); se esfumaron. Del mismo modo y al unísono, los primos perdimos pie y contacto con la realidad de cada uno de nosotros. Hasta el punto de que ahora ya somos casi unos desconocidos. Aún veía, años después, a mi tío Pepe unas filas abajo, en tribuna, los días de partido, y él se giraba y me saludaba, e igual hacía yo. Si al salir nos cruzábamos, siempre comentábamos algo del partido, pero sin llegar a detenernos, ni besarnos. Pasaron muchos años. Muchos. Y la muerte llegó a la familia. Cuando se llevó por delante a Abraham, fue a traición, como un hachazo de Benito. Fui a verlo al hospital. Las últimas palabras que recuerdo haber intercambiado con él tenían que ver con el fichaje de un jugador que decían que era muy bueno. De Río Cuarto. Allí, en la U.C.I. del Dr. Peset, mis últimos instantes con “El Chato”, mi tío más divertido, fueron de ilusión y esperanza en que un nuevo jugador haría que nuestro equipo triunfara por fin. Después un cáncer de colon hizo cambiar el paso, siempre firme y autorizado, de “El Sheriff” y aún en esas condiciones, sin poder volver a pisar Mestalla, la actualidad del Valencia era la que le permitía escapar de sí mismo y del Alzheimer de su esposa. Aún quedan con vida dos de estos futbolistas míticos, valencianistas sempiternos y vividores natos. Paquito “Valor”, mi padre, que en esta temporada ha empezado a no poder caminar, pero que espera volver pronto a pisar Mestalla y mi tío Luis, de cuya vida no sé casi nada. Así que como comprenderás, querido lector, no necesito que Fernando Fernán Gómez me recuerde que el fútbol es la vida. Yo ya lo sé desde hace mucho, y de buena tinta.


Francisco García
Socio del Valencia CF

PD. El jugador de la foto es mi padre, Paquito "Valor", fotografiado en el Camp del Sagunt el 1 de noviembre de 1956.
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divendres, 20 de març del 2009

Le llamaban Zulú

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La historia del Zulú es la historia del viejo Yomus, aquella grada ácrata, gamberra y plural de los años 80'. El Zulú era un heavy de Burjassot. Un tipo carismático y singular. Alto, delgado, pálido, de melena ensortijada y tocha prominente. Venía a Mestalla en un vespino blanco, disfrazado de Rambo y cargado de banderas, muñequeras y todo tipo de abalorios valencianistas. Era barroco y tierno. De una ternura profunda y en ocasiones ingenua que pretendía ocultar con su disfraz hecho uniforme. No lo conseguía, y en las distancias cortas afloraba su verdadera personalidad: un niño grande. Un muy buen tío.

En aquellos tiempos difíciles donde el VCF languidecía, el Zulú era un islote de pasión y buen rollo. Inventaba canciones, arrastraba a sus fieles acólitos y enarbolaba la bandera del entusiasmo más sincero. Todo en él remitía a cierto surrealismo, como si la excentricidad lo hubiera elegido su representante en Mestalla. Era lo más parecido a una estrella de rock. Un icono de la general de pie atravesado por mil contradicciones. Humano: demasiado humano. Y siempre al quite. Todos le queríamos. Entre otras cosas, porque él se hacía querer.

Cuando el Valencia marcaba un gol se lanzaba desde el paravalanchas “calamariano” sobre la peña arremolinada al grito de MOSH. Por entonces, las avalanchas eran aludes de tarados en las que milagrosamente nunca pasaba nada. A veces, el Zulú rodaba 15 ó 20 filas abajo. "Se ha matao, se ha matao" gritaba el acólito de turno. En esas, aquel personaje tocado por el magnetismo del liderazgo natural emergía entre un amasijo de bufandas, banderas y petardos. Primero se oía su risa. Una risa contagiosa y expansiva. En cascada. Después veíamos su nariz. La mítica tocha enorme que él siempre comparaba con su polla. Porque el Zulú estaba muy pagado de su polla y de su éxito con las mujeres. No por guaperas, sino por su aura: ese halo que convierte en especial todo lo que toca. El Zulú.

Su año de gloria fue en segunda división, cuando una tropa de melenudos se hizo fuerte en las últimas filas del gol norte. El Tamama, Cheroki, Javi el Heavy, Sebas, Llargui, el Indio, Moncada, Auriculares, el Pirotécnic, Benito y los que sin ser heavies compartíamos escena: su primo Pere, Lino, el Culebro, Liante, Calavera, Pulmones, Tino, Mortadelo, Esponja... quizá fuera la temporada más divertida. La última en que la pólvora se desparramaba en la grada con absoluta libertad y aún se podía entrar de todo sin que la policía se tomara muy en serio el control.

El día del ascenso frente al Recreativo de Huelva el Zulú parecía un nuevo Mesías. Aquella noche, bajo la densa humareda provocada por decenas de tracas anudadas en un hueco central de la general comandado por el Berga y su lugarteniente el Bigotes, más otro buen puñado de bengalas distribuidas anárquicamente, el gol norte vivió una de sus jornadas más extremas y felices. Se hace difícil explicarlo desde la rigidez del presente pero las cosas eran así: caóticas, pelín salvajes, imprevisibles. Un barullo apasionante y colorista donde nadie ponía orden y todo estaba siempre a punto de estallar. Fue la última noche sin barrotes.

Tras el ascenso llegaron las prohibiciones. Primero las tracas, después las banderas y más tarde las bengalas. Ese corte motivó cambios. Y de alguna manera, el Zulú fue uno de los grandes damnificados. Todo jugó en contra. El nuevo clima de vigilancia, con la policía siempre encima y sus propias circunstancias familiares: tan peculiares como difíciles de afrontar para alguien como él. Poco a poco fue espaciando sus visitas a Mestalla. Y sólo algunos años después, con motivo de la final de copa contra el Depor, volvió a sacar las viejas pinturas de guerra. Prometió sacarse el pase para la temporada 95-96, ya en el Gol Gran, pero no hubo opción. Dos semanas después de la famosa final del agua un accidente de coche lo dejó en la cuneta. Sólo tenía 28 años.

En cada título, en cada momento de gloria vivido en los últimos años nunca he dejado de pensar en lo feliz que hubiera sido aquel heavy único y singular al que todo el mundo llamaba Zulú. Para los más íntimos, José Luis.


Rafa Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF
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