
Entre los hábitos menos saludables de Osvaldo Soriano, estaba el ser hincha de San Lorenzo: un “Cuervo Carasucia”. Y todo niño –no importa si tiene 50 años- que le guste el fútbol, después de encontrarse con su ídolo, lo primero que hace es salir corriendo a contarlo a los amigos. En una carta, Soriano le describe a Eduardo Galeano sus andanzas por un Carrefour; donde antes estaba el estadio del San Lorenzo, en compañía de su héroe de infancia: José Sanfilippo. Entre cabeceras de góndola, quesos, ristras de chorizos y driblando gordas que arrastran carritos, recuerdan un gol a Boca. La pelota acaba entrando por la escuadra, entre las pilas y las hojas de afeitar; mientras los clientes y las cajeras aplauden. “Casi me pongo a llorar”, termina Soriano. Rara vez lo que vemos tiene la fascinación de lo que imaginamos. Y rara virtud la de Soriano: saber cuándo llorar. En la noche del exilio parisino, buscando la solidaridad en la desgracia y la complicidad en el sufrimiento, intentó contarle a su socio y amigo el descenso a segunda del “Ciclón”. Cortázar nunca entendió de qué hablaba.
El gol del Carrefour argentino, viene a cuento de Mestalla. Me explico. Todos tenemos nuestra particular forma de ver el fútbol: personal e intransferible; como las corbatas, el DNI, y la vida. Luego volveré sobre ello.
Después de lo mucho que aquí se ha escrito, y bien, sobre la muerte de Mestalla, no es que ya no sepa uno qué escribir, sino que sabe que poco se puede aportar más a la mística. En tiempos de sátrapas del desierto y mafiosos rusos con dotes precognitivas, resulta hermoso y valiente, darles a los figurantes su verdadero valor en la historia. Parafraseando a Galeano, crecimos creyendo que sólo era un hermoso deporte espectáculo y resulta que también, es un cochino negocio. Y son esas miradas fugaces a nuestros recuerdos, lo que nos anima a seguir enfermos. Porque sólo estando enfermos, se le puede dar el valor que le damos al fútbol en nuestras vidas.
Descartada la mística, por agotada, qué decir –sin ser novelista o tertuliano- de un estadio que no conozco, en una ciudad que apenas intuyo. Podría adoptar el tradicional papel otorgado al pobre en el entierro del rico: plañidera. Va a ser que no. Escribir unas líneas sobre nuestros vínculos (Eloy, Pasieguito, Abelardo, Villa, Zurdi, L. Flores…). Contar algo de nuestra última victoria en Valencia, en la última jornada de liga, con el último gol de L. Enrique, nuestra última UEFA, (0-1; 9/6/91). No haré tal cosa. Podría acogerme a las estadísticas y analizar nuestros partidos en Mestalla. Lloraría yo solo: en treinta y cinco partidos de Liga, ganamos sólo en tres ocasiones. En fin, que cada uno sabe lo suyo, y el equipo visitante juega como le da la gana, o como le dejan. Por mi parte, lágrimas las justas. Ya que estamos, hay algo que ustedes nunca tendrán: al mejor equipo de su historia inmortalizado en una película Óscar.
Y la verdad sea dicha, sin gota de ironía: no creo en la mística de los templos. Ni del Molinón, ni de Anfield, ni La Bombonera, ni siquiera de Wembley. El viejo Wembley, ya se fue. Anfield desaparecerá en el 2011. Tener el más antiguo de España (100 años), le da a uno margen para ciertas licencias. Porque es ley de vida, nada es para siempre y no hay perfume eterno. Siempre he preferido los fieles a los templos y, mientras haya de los primeros, la reafirmación, la comodidad, las aclamaciones y el bienestar de los templos conocidos, son secundarios. Lo único esencial son los recuerdos, el presente y los figurantes. No sé si sobre Mestalla se levantará un hiper o un casino de alguien fugado de “Uno de los nuestros” ¡Qué más da! ¿Acaso importa? Dentro de treinta años le darán la importancia que hoy tiene para los culés el campo de Les Corts: ninguna. Ésa es la verdad: penosa, desfallecedora, casi siempre en contradicción con la realidad felizmente soñada y la imagen que tenemos de nosotros mismos. Pocas cosas más humanas que mentirnos a nosotros mismos y ninguna mentira mayor que afirmemos admirar la verdad.
Vuelvo al inicio, al gol en el hipermercado. A la personal manera de cada uno de ver el fútbol. Mucho se ha escrito, y de diversas maneras, sobre el porqué del fútbol. Desde la antropológica –sustitutivo de la guerra-, hasta la que aporta Valdano: mezcla de darwinismo y expansión de imperios -los mejores de la calle, los mejores del barrio, de la ciudad, del país- . No sé, quizá tengan razón. Creo que todo es más sencillo: una vuelta al partido siempre inacabado, aquel que no terminamos nunca porque nuestra madre nos llamó a cenar. Aquello que escribió Dylan Thomas: “La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque aún no ha tocado el suelo”. Una espera, un rezo, una ilusión para que la pelota nunca baje, para no pensar en que fuimos cumpliendo años y dándonos cuenta que la vida no era tal como habíamos esperado. De que muchos sueños se nos esfumaron. Y, quizá sea lo peor, siendo conscientes de que los únicos culpables fuimos nosotros.
Ya no lo pienso, ya no. Pero como Soriano y Sanfilippo, durante años, mientras los demás veían edificios, yo veía un viejo campo de arena. Allí estaba la pequeña barandilla en la que se apoyaban los espectadores. Aquella, era la banda izquierda, llena de barro hasta los tobillos todo el año. Justo más allá estaba la portería. Y veía aquel gol por la escuadra al pequeño de los Castro, y hubiera dado cualquier cosa por ver a H. celebrarlo como un loco. Ver a H. de nuevo. Con vida.
Termino y no he dicho nada sobre Mestalla. Lástima. Pero no importa. Mientras ustedes recuerden, todo estará bien. Porque ustedes son Mestalla. Carpe diem ches. Carpe diem. Y lo demás, lágrimas en la lluvi
a.
Miguel A. P.
Hincha del Real Sporting de Gijón