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divendres, 15 de juliol del 2016

Cuestión de genética

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Lamentablemente, al contrario que la mayoría de ustedes, yo no recuerdo mi primera tarde en Mestalla. La primera tarde (en este caso tarde-noche de verano) en la que yo visité Mestalla fue la del debut de “El Matador”. Aún no tenía 5 años cuando a mi padre y a mi abuelo materno -valencianistas de pro (bueno, mi abuelo un poquito también del Hércules, que para eso era de La Marina)- se les ocurrió que había que llevar al chiquillo cuanto antes al fútbol. “No vaya a ser que se haga de otro equipo”, me cuentan que decían.

A partir de ese momento, fui visitando de forma más o menos asidua el templo de Mestalla. No obstante, no acabé de cogerle el gusanillo al Valencia CF. De mi paso por Mestalla durante aquellos años, sólo tengo vagos recuerdos del librito que entregaban a la entrada, de la almohadilla o del famoso turrón de Viena de Mivel. En el plano estrictamente futbolístico me llegan a la mente algunas pitadas y aplausos -a partes iguales- a Castellanos y ver pasar por la banda a Carrete pegado al extremo del equipo contrario.

Curiosamente, debo decir que me enganché antes al plano social del Valencia CF, que al estrictamente futbolístico. En efecto, tras la dimisión de D. José Ramos Costa, un amigo de mi padre, mi admirado D. Vicente Mira, se presentó a las elecciones para sucederle. Vicente era (y es) un gran aficionado del Valencia y un tipo muy conocido entre el valencianismo, con muchas ganas de levantar a aquel Valencia que había mamado desde pequeño. Él veía venir lo que otros no veían o no querían ver, aunque no se cansara de contarlo durante una dura campaña. El proceso electoral lo recuerdo problemático y con algún que otro despreciable incidente, como la rotura de los cristales del coche de Vicente, pero también apasionante, como cuando visitaba el cuartel de operaciones de la candidatura en el despacho, que por aquel entonces, compartían mi padre y Vicente. Siempre repleto de amigos, simpatizantes, azafatas recogedoras de firmas y, supongo, que algún que otro cliente, pero esto lo recuerdo menos.

Aquellas tardes en las que a la entrada se repartían octavillas con su nombre, me hacían creer que yo mismo formaba parte de aquella candidatura. Vicente, cariñosamente, me decía: “tú podrías ser directivo infantil”. Sin duda, despertó mi atención por la parte social de nuestro equipo, que tan prolífica ha sido en los últimos años. Tenía una ilusión enorme porque Vicente fuera presidente. Lamentablemente, no ocurrió así, perdió las elecciones y, por suerte, mi desilusión se vio superada por aquel gol de Tendillo que nos salvaba de perder la categoría, pero que no presagiaba nada bueno.

Indudablemente, lo que de verdad me enganchó al Valencia CF y a visitar Mestalla domingo sí, domingo no, tras estos inicios, fue el descenso. En efecto, como alguno de ustedes seguro recuerdan, se formó un resurgir del aficionado y unas ganas que llevaban en volandas al equipo. La culpa de este “enganche” la tuvieron mis  amigos y compañeros de clase, en aquel momento, Migue, Vicent y Carlos. Ellos se habían sacado el pase el año anterior y yo decidí que ya era el momento de tener mi propio carnet de socio y abono. Hasta la fecha, mis padres me habían sacado entradas puntuales -como las conocidas “medias”- y me sentaba junto a ellos y mis abuelos. Mis padres aún conservan su pase, aunque hace varios años que ya no visitan Mestalla. Desde ahí hasta hoy, he pasado del sector 29 a Gol Gran, pero la atracción que Mestalla ha ejercido en mi no ha cambiado.

He pasado, de hacer el previo en el Bar Penalty, con mis padres y abuelos, primero, y después sólo con mi padre, a hacerlo con algunos amigos a los pies del Monumento a la afición valencianista, situada en la confluencia entre la calle Mícer Mascó y la avenida de Suecia. También recuerdo ocasiones en las que, con algunos amigos de La Cañada, como Joselito o Sergio, íbamos a recibir al autobús del equipo, aunque tengo que reconocer que éstas fueron las menos. Nunca he sido muy de idolatrar jugadores, sino de valorar al equipo, al conjunto. Esto, a lo largo de los años, me ha servido para evitarme muchos disgustos. Sólo en una ocasión he puesto el nombre de un jugador en una de mis camisetas del Valencia, ha sido el de “Milla”, pero éste, más que por admiración personal fue -como habrán advertido ya- por compartir apellido con Luis.

No obstante, poco o nada ha cambiado de esos bonitos prolegómenos en la avenida de Suecia. Para mi, aunque mi entrada natural al estadio es la avenida de Aragón, no dejo pasar un partido sin dar una pequeña vueltecita por la avenida de Suecia. Por si alguien lo duda, yo soy uno de tantos a los que les costará –si alguna vez se materializa el cambio- acostumbrarse a la localización del nuevo estadio.

Para seguir la tradición, y cumplir con mi compromiso con Mestalla, se me ocurrió llevar a mi hijo al estadio lo antes posible. Lo llevé con 2 años. Dejé el carrito a la entrada de la torre B, con la ayuda de un amable empleado, y subí la rampa con gran ilusión. Como era de esperar, tras todo este prolegómeno, mi hijo no se enteró de nada. Nos fuimos en la media parte, con la mirada cómplice del empleado del club, como queriendo decir: “Lo has intentado”. A pesar de esta primera desilusión, yo, erre que erre, lo llevé otra vez al año siguiente y, a base de embutirlo de gusanitos, conseguí que llegara al pitido final. No contento con las experiencias anteriores, lo seguí llevando 2 años más a algún que otro partido y tampoco conseguí nada. No parecía gustarle el ambiente (o eso pensaba yo). Ni siquiera se interesaba por la mascota o la banda de música durante el descanso e incluso, se sentía incómodo con el volumen de los aplausos o de los pitidos. Esto último también me pasa a mi.

Finalmente, llegó mi última vesprada a Mestalla. Aquella que se fraguó en una tarde durante la semana previa al partido en la que, ya con 6 años, mi hijo me pidió acompañarme a Mestalla. Y con la liga que llevamos…, pensé yo. Era el partido contra el Español. Nada hacía presagiar un buen resultado. A pesar de todo, la experiencia fue todo un éxito. Hicimos el previo a los pies del Monumento a la afición valencianista, compartimos bebida y pipas, y nos dirigimos hacia la torre B en busca de nuestro asiento. Él utilizó el de mi madre, que puede ser que no acuda a Mestalla desde que se retiró Juan Cruz Sol, pero que no deja de renovar su abono año tras año.

El equipo ganó (no sé si convenciendo o no, pero eso tampoco importa) y mi hijo se enganchó. ¡Lo he conseguido! Bastante más tarde -debo reconocer- que lo consiguieran algunos de mis amigos como Migue, Pepe o Javi. Cuestión de genética, no cabe duda. Pero, finalmente, esa agresiva “publicidad subliminal” practicada durante estos años, en forma de partidos en la tele, fotos, camisetas, pegatinas, cromos, etc. ha surtido efecto. Ahora aún queda algo más por hacer, aunque nada sencillo: tratar de transmitirle a mi hijo los valores de este club y hacerle comprender el carácter “bronco y copero” de este equipo, aunque en estos momentos parezca que los hemos olvidado.


Jorge Milla Ibáñez
Socio del Valencia CF 
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diumenge, 9 d’agost del 2015

95 Minuts

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A voltes no ens adonem dels canvis ràpids que succeïxen a l’entorn nostre. Ens acostumem a coses que pensem que tenim i que realment es mouen, varien. No és tan ferm davall dels peus, menys encara parlant de sentiments. Les conviccions dels aficionats no són sempre inamovibles i sòlides i a voltes variegen almenys segons quines vibracions se li transmeten i quina la implicació de l’individu. Al camp del València CF açò es també conegut sobradament i em viscut canvis de tendència, èpoques de retraïment i d’expansió il·lusionada. 

Tenia 8 anys la primera volta que mon pare em dugué a Mestalla. Va ser un partit davant de la Real Sociedad que guanyàrem 2 a 1 amb gols –ho he buscat— de Robert Fernàndez. Aquell dia jugaren Subirats, Kempes, Saura, Carrete, Castellanos… Recorde poques coses del partit, la veritat —ha calgut recórrer al vídeo—, però sí que en eixir del camp ens creuàrem amb una xiqueta d’edat semblant que duia una bandera de la Real, l’equip de moda que havia guanyat les dos lligues precedents. Vaig sentir un orgull potser simple —nascut no des del resultadisme efímer sinó des del convenciment— per ser del València.

Ser-ho, per a mi, era molt fàcil. Primer perquè a casa la valencianitat era una cosa assumida, més en aquella època tan convulsa, i no hi havia lloc per a ambigüitats: l’equip de casa era el València. A l’escola també era fàcil ser-ho. En una classe de trenta —majoritàriament de descendents de valencians, andalusos i manxecs— tots teníem eixa preferència. Bo, tots no, Dámaso era —és— de l’Athletic Club i de l’Albacete, però la resta sí i, de fet, quatre de nosaltres —Siurana, Vivó, Orient i jo mateix— mantenim la fidelitat com a socis del Club. Ho hem raonat estos dies: llavors a escola la cosa normal és que tots férem costat al València CF. 

Aquella identificació natural es voria refermada en acabant pels fets; una vesprada de Tots Sants a Mestalla davant del Porto, amb Emili Fenoll erigit en protagonista, va segellar una pertinença indefugible. Després vingueren els primers partits a Mestalla amb la colla d’amics, el primer passe, els primer desplaçament, la primera final… Ser del València, per a mi, fon la cosa més natural del món; però les coses ja no són tan senzilles com eren.

Llavors a puntes penes se televisaven partits i només es podia vore els gols a l’Aitana i l’Estudio Estadio. Se sentíem coses d’altres equips —aquell Milan de Gullit i Van Basten—, però eren referències llunyanes, informació a l’abast de privilegiats i gent afecta. Ara, al contrari, l’accés a eixa informació és lliure, immediat; quasi és més fàcil seguir certes lligues i certs equips que assabentar-se de les notícies de l’equip de la teua ciutat. Aquella pertinença quasi inevitable per proximitat, per arrelament, per desconeixement de la resta, s’ha esvaït; s’ha reequilibrat la llengüeta de la balança. En eixe ventall d’opcions possibles, visibles més bé, som u més sense el redòs d’aquell avantatge primari.

En este panorama, ser de l’equip que guanya, ser de l’equip del qual tots parlen bé, de l’equip que pareix exemplificar tots els valors imprescindibles d’un bon equip, sembla més atractiu i més inexcusable que el simple fet de ser de l’equip de la terra, de la casa o dels pares. S’ha canviat de joc, cal reconéixer-ho. Ara calen uns altres al·licients, potser eixos en els quals el nostre Club reculà a poc a poc, com ara la competitivitat front el conformisme, els jugadors implicats, l’esperit bronco y copero que ens enorgullix i recorda les etapes daurades. En eixe procés de decadència perdérem potser molt més que uns partits i unes opcions de trofeus: deixàrem de ser un referent per a la preferència a ulls de possibles futurs aficionats.

Ho conte perquè ho he viscut en carn pròpia, en el cas d’un xiquet amb qui he compartit huit anys de la seua jove vida. A ell mai no li mancà un objecte del València, ni una samarreta, ni una gorra, ni una tassa on fer-se la llet; des que el vaig conéixer amb quatre anyets mai no ha faltat fins ara a una presentació o partit estiuenc en Mestalla, mai li faltà algú que li transmetera els valors —pressuposats— del Club. No obstant això, potser deixat anar per un equip reiteradament incapaç de donar-li una sola alegria que reballar a companys d’altres equips més exitosos, un dia ens sorprengué amb la demanda d’una camiseta de Pirlo, del capità de la Juve. La intrahistòria era ben fàcil: la colla d’amics s’entretenia veent vídeos d’eixe jugador tan bo d’eixe equip tan bo. No havia calgut res més que això per a desfer-ne el camí.

Hi hagué una etapa d’avís a força d’oportunitats desaprofitades per a anar a Mestalla per vore en directe el partit —ja no érem un equip atractiu—, que en acabant donà pas a una etapa de preferència per vestir la samarreta bianconera —ja no érem un equip del qual enorgullir-se tant—. Sortosament, però, hi hagué també l’ocurrència feliç d’anar —acompanyat de la mare— a vore la semifinal de l’Europa League contra el Sevilla FC. Estaríem en grades diferents, però potser valdria la pena; a la ciutat molts tenien la curiositat de saber què passaria aquell dia, si seríem capaços de fer la segona reAmuntada en pocs dies.

Se’n recordarà el desenllaç, el més trist que he viscut en viu al Mestalla, però caldrà recordar-lo també per moltes altres coses més oportunes. Difícilment serà oblidable l’ambient mentres anàvem en bus a Mestalla, eixa atmosfera de partit gran i de ciutat bolcada amb el seu equip que es respirava en cada desig expressat espontàniament per desconeguts perquè l’equip ho fera possible. Més difícil encara serà oblidar la rebuda a l’equip en la porta del camp, mentres el prenia dels muscles i el notava vibrar per l’emoció incontinguda en l’espectacle insospitat. Era el primer dia gran seu al vell Mestalla, el primer de veres, i tremolava i —vaig saber després— tremolà tot el partit.

A l’eixida de l’estadi recorde el silenci i el soroll de paper de diari arrossegats a força de colps de frustració i impotència. Recorde retrobar-lo mut, recolzat en un quiosc, en mig d’eixe remoreig somordo que acompanya els moments de tristor. Eixe silenci ja m’era conegut, el vaig conéixer just acabada la final de Milà, baixant de l’amfiteatre de l’avinguda de Suècia de la mà de ma germana Noèlia. Ni els xanglots del moment posaven so a aquell silenci deixat caure sobre la ciutat. Tardàrem a parlar.

Poques voltes un gol en contra tan dramàtic com el de M’Bia causarà tanta espenta a favor. Ausades podria haver-ne causat més d’haver passat a la final, però provocà molt més del que calia esperar d’un colp com eixe. Primerament la identificació de la grada amb l’equip, d’un equip que es retroba amb l’esperit combatiu que el conduí als seus èxits més notables i segonament el revifament d’un esperit positiu capaç d’acostar el públic de nou a les grades. Des del València campeó de Roig no havíem viscut una cosa semblant. A Roig se li podrà acusar de moltes coses, però també caldrà reconéixer-li que fon ell qui ens sorollà les penses i ens convencé que sí, que podíem ser campions i devíem intentar-ho. En eixos moments de la nostra història on l’afició es reconnecta, Roig fon un dels qui ho aconseguí i el València de Salvo després del Sevilla també. Això em pareix indiscutible.

Després d’aquell partit també ell canvià. La mutació va ser així de senzilla; només calia un equip del qual enorgullir-se, alguns jugadors referents —Alcácer al capdavant— amb qui arborar de nou el positivisme, la il·lusió i els valors de Club. Això i una nit com aquella per dissoldre qualsevol dubte de pertinença, per donar pas a una etapa de retornar la camiseta nostra al lloc principal de l’estima, per sostindre la bandera del Club com a emblema propi, per voler anar a Mestalla sempre.

Després del canvi evident que es mostrava als meus ulls diàfan, palés, em donà per pensar que devem estar en el moment de recuperar el lloc que ens pertoca, de posar recapte en el tracte al soci i en la imatge que el Club projecta a l’exterior, d’entendre alhora que la parròquia ja no és a soles la d’ací, és tota la que hi ha ahí fora. L’hora de definir un model atractiu que puga bastir un Club i un equip capaç de fer-nos sentir orgullosos, broncos y coperos, un exemple a seguir capaç de redreçar la llengüeta desequilibrada de la balança. Ara, quan cal gestionar com pot arrelar un sentiment de pertinença cap a una Entitat que ja no és —fa uns anys que ja no ho era— sencerament nostra, és potser el moment de posar fonaments a un Club modern, perquè els temps ja no són com eren; ara les fidelitats —sembla— es forgen de manera ben distinta.


Rafa Pastor i Cantizano
Soci del València CF
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diumenge, 7 de juny del 2015

Kilometro cero

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Tuve la gran suerte de pasar ocho años de mi vida, lo que entonces duraba la EGB, en el modesto colegio público Primer Marqués del Turia.

Fue un privilegio recibir clases de maestros vocacionales, que se implicaban en el aprendizaje mucho más allá de las propias materias que impartían.

También lo fue convivir con compañeros y amigos de distinta índole y procedencia social, sin conservantes ni colorantes, como la vida misma más allá de las vallas del recinto.

Y fue un privilegio tener el colegio más cercano a Mestalla.

Desde una parte del patio se divisaba la silueta del fondo sur.

Cuando salíamos de clase, antes de regresar a casa, solíamos ir a jugar a las aceras del viejo estadio. Improvisábamos partidillos en los que las porterías (puertas de acceso al Campo) estaban paralelas unas a las otras.

Eran tardes de mil aventuras y anécdotas en el escenario que nos hechizaba, sin ser conscientes en ese momento, para toda la vida.

De vez en cuando, nos metíamos en las oficinas que daban a la Avenida de Aragón, la antigua sede social.

En la sala enmoquetada, una enorme mesa alargada rodeada de vitrinas donde se exponían banderines, trofeos y lo que a mí más me llamaba la atención, fotos de jugadores que nos hicieron grandes.

Entre todas ellas, majestuoso, luciendo Senyera y melena insurgente de rock, con el escudo bordado en el lado del corazón, Mario Alberto Kempes.

Aquella mirada seria y profunda parecía susurrarme: “Aguantad, volveremos a ser grandes”.

Vivíamos por entonces la peor época de nuestro Valencia, que tras varios amagos terminó con el descenso a segunda división.

Y para mí, para un chavalín para el que aquellas fotos parecían ciencia-ficción, testimonio y eco de un tiempo glorioso que mi generación no pudo vivir en primera persona, fueron esperanza y fe, fidelidad, compromiso, militancia y pasión que nos ayudó a perseverar muchos años duros, insípidos y tediosos, hasta que por fin llegó la etapa más laureada del club (1999-2004) de la que sí fuimos testigos, y por qué no, protagonistas privilegiados.

Nos lo merecíamos todos, pero principalmente aquella generación que empezamos a jurar amor eterno a este sentimiento llamado Valencia Club de Fútbol cuando pasaba por el peor momento de su historia. Nuestro particular kilómetro cero.

Pienso además, que nadie como nosotros saboreó luego cada segundo de aquellos cinco míticos años.

Durante la época dorada, ya desaparecida aquella sede social, siempre tuve recuerdo para aquellas fotos y aquel susurro del Matador que nos hizo grandes, enhebrando la esperanza y el sentimiento de generación en generación como nunca nadie lo ha sabido hacer.

Os lo digo con la certeza de quién lo vivió.

Si realmente la patria es la infancia, parte de la mía es Mestalla y alrededores.

Han pasado 30 años, y cada cierto tiempo necesito regresar a aquel kilómetro cero que ya no existe, para no perder la perspectiva de lo andado y quizá para buscar razones de aquel hechizo que aún me dura y con el que irremediablemente moriré.


José Carlos Fernández
Socio del Valencia CF



Audios:
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Agradezco de nuevo a los amigos de Ultimes vesprades a Mestalla, la invitación que me hacen a su blog, para muchos de nosotros brújula en tiempos confusos de este sentimiento llamado Valencia Club de Futbol.

Quiero compartir en forma de audio, el testimonio de aquellos años tan decisivos para nuestro Club, la temporada 1985-86 del descenso y la del regreso a primera, la 1986-87.

Años que nunca deberían quedar en el olvido. Aquel kilómetro cero de mi generación.

Con la perspectiva que da el paso del tiempo, me llama la atención como aquel pipiolo que era yo con los 12-13 años que por aquella época tenía, ya era consciente de estar inmortalizando en aquella cinta Sony de 60 minutos, un testimonio duro y trascendental en la historia de nuestro equipo y un resurgir de nuestras cenizas.

Se trata de diferentes audios, todas ellas extraídas del mítico programa deportivo local que en aquella época emitía en Antena 3 Radio, Paco Lloret, para mí el mejor cronista del Valencia Club de Fútbol, por profesión y vocación.

Siempre Amunt!!!

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diumenge, 25 de gener del 2015

El regalo de la complicidad

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El dimarts 27 de gener a les 19:00h es presentarà al Complex Esportiu Petxina de la ciutat de València "Somiar gols", una adaptació al món del futbol de 13 contes de la literatura clàssica universal feta per Miquel Nadal, cofundador i col·laborador habitual del nostre blog. Volem celebrar-ho amb la publicació d'este post de Rafa Lahuerta.
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La primera vez que Miquel Nadal me habló de su libro de cuentos infantiles pensé en la voz cascada de Gloria Fuertes. El césped es verde, el balón es redondo, el fútbol es así. Después comprendí que iba en serio. Y Miquel Nadal escribió “Somiar gols”, un libro que, por encima de todo, desprende amor, ternura y originalidad. Un libro diferente, que se aleja del registro habitual del autor. Nadal es como Moriggi, un todocampista de la literatura. Lo mismo escribe un ensayo sobre el socialismo valenciano que un relato de ficción anclado en un imposible bar de carretera; un discurso que un pregón, un poema que una obra de teatro, un documento oficial que una columna de prensa.

La literatura infantil me parece un cable de alta tensión donde perder el equilibrio es lo habitual. No es el caso de “Soñar Goles”. Al autor le avala su capacidad intelectual, su amplitud de miras y muy especialmente en este caso su condición de padre afectivo y responsable: motor real de este libro tan insólito como generoso. Y digo generoso porque Nadal nos regala la intimidad ya vencida por el paso del tiempo de unas complicidades que sin duda han dejado huella en sus hijos, como deberían dejarla en todos aquellos niños que tengan la fortuna de ser oyentes-lectores de estos cuentos futboleros que esconden una filosofía vital noble y honesta. No es el fútbol de los padres codiciosos que ven a sus hijos como inversiones andantes. Nadal escribe un libro contra eso. Pero lo hace con un tono tan amable y preciso que apenas necesita evidenciar su rechazo hacia ese fútbol infantil ya contaminado por los excesos del mercantilismo. Sin duda, esa es su virtud más elogiable. Ha escrito una fábula a favor del compañerismo, del respeto y de la épica que nace de la humildad y no de la prepotencia. Un libro moral sin moralismo, con un tono sencillo pero rico en matices y ramificaciones, que confirma algo que Miquel Nadal sabe perfectamente: el fútbol es sólo la excusa para que padres e hijos puedan empezar a dialogar sobre lo que de verdad importa: la buena vida.

“Soñar goles” es el libro que me hubiera gustado leer/escuchar cuando era niño. Para quienes crecimos con la enfermedad del fútbol como hilo argumental de nuestras anómalas infancias, este libro hubiera sido una fiesta y un tesoro. Casi todos los cuentos esconden un matiz que los hace necesarios, pero hay dos que me parecen sobresalientes: “El capitán feliz” y “El clarinete de Benimaclet”. Creo que me gustan tanto porque de alguna forma se acercan con extraña precisión a una realidad que tiene mucho que ver con el Valencia CF.

El libro tiene otra rara virtud que a mí personalmente me parece capital: hace visible la ciudad de Valencia como escenario de ficción en un ámbito, el infantil, donde casi todos los narradores apuestan por lugares irreales u oníricos.

Me gusta pensar, así lo creo, que la gran novela de la ciudad de Valencia la escribirá un niño que ahora escucha por primera vez como su ciudad existe más allá de rutinas, apariencias y banalidades. Una ciudad de niños que cruzan el río para visitar a sus abuelos, intercambiar cromos en los alrededores de la Plaza Redonda o sacudirse el frío en abandonados campos del extrarradio. Para ese escritor del futuro, Miquel Nadal ha sembrado un camino repleto de migas de pan. Sólo falta que Pulgarcito se haga mayor y nos lo cuente.


Rafa Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF
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dilluns, 26 d’agost del 2013

Un temps que mai més tornarà

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Parlar de Mestalla és parlar d'una part molt important de la meua vida. Els vincles amb la figura paterna no seríen els mateixos, ni molt menys, de no haver-se preocupat en portar-me des dels tres anys a l'estadi on jugava aquell equip que vestía de blanc-i-negre. L'objectiu del meu pare era que el València Club de Futbòl fora tant important en la meua vida com ho era per a ell. I ho aconseguí totalment.

Mestalla es l'olor de la barreja de pipes, puro i gespa mullada. Es escoltar a Pepico, un home al qual recorde amb bigot, que s'assentava a la filera de davant i es girava a dir-me: “Pere, has portat els cerealitos?” Jo callava i em reia. Es reviure aquell ambient que m'envoltava i mirava bocabadat.

Aquell lloc no el podía comparar amb cap altre; els meus pares van cometre una errada portant-me abans a Mestalla que al circ, perquè mai he arribat a valorar al segon. 

Per a mí un espectacle era veure com corría aquell argentí que anomenaven “Piojo” López, o com un jove valencià anomenat Farinós era capaç de llançar unes faltes des de quasi el mig del camp que a poc a poc s'enverinaven i acabaven dins la portería. Eixa portería del fons sur en la que els meus ulls van vore tants desitjos complits.

El meu seient, que moltes vegades era el braç del meu pare, em calmava i anulava les meues inquietuds d'infant per a convertir-me en un aficionat més. Cridaner, patidor, valencianista...

Recordant ara ixos dies em fa l'efecte que Mestalla sempre estava ple. Tal volta era així o, quasi segur, els meus borrosos records em fan recordar-ho d'aquesta manera. 

És increïble que, passats més de quinze anys, recorde perfectament aquelles voltes que tenía que prendrem el brick de llet a les quatre i mitja de la vesprada perquè no podía accedir amb ell a la grada. Quantes agressions s'han estalviat amb eixa prohibició!

El cas és que ara tinc quasi vint anys i seguisc anant a Mestalla a veure al meu equip, però el meu pare ja no ve. Diu que es posa molt nerviós i que preferix escoltar el partit per la ràdio. Ara vaig amb tres amics, molt valencianistes, com jo, però no sé per qué ja no és el mateix. La il•lusió per anar a l'estadi no puc ni comparar-la amb la d'aquells temps. Tampoc m'assec ja on em sentava de menut i de Pepico fa molt de temps que no sé res.

El sabor del futbòl a Mestalla s'ha perdut, almenys per a mí, i donaría molt per poder tornar enrere, agafar amb una mà els cerealitos i amb l'altrà al meu pare, posar-me la bufandan i gaudir una vegada més d'aquelles primeres, però a la vegada, últimes vesprades a Mestalla. 


Pere Alapont 
Soci del València CF 
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divendres, 25 de gener del 2013

Los pasos olvidados

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ORFANATO/REFORMATORIO INTERNADO SAN FRANCISCO JAVIER
AVENIDA DE CAMPANAR
DOMINGO 11 DE ABRIL DE 1954 

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Serían poco más de las dos de la tarde, y la luz grisácea del frío mediodía dominical, asomaba por la vieja ventana que tenía más cerca, tratando de vencer al hambre, hice el esfuerzo de dormir un poco en la escasa media hora de siesta, agazapado en mi cama, con los ojos cerrados, sin poder dormir, pero mentalmente despierto, era capaz de visualizar la amplitud de toda la sala, la pesadez somnolienta del ambiente, se vio alterada, por un lejano eco, eran unos pasos que se iban acercando hacia la estancia, eran firmes y acompasados, en pocos segundos se detuvieron delante de la vieja puerta de madera, un  giro al pomo y la enérgica apertura de la puerta, hizo aparecer la corpulenta figura del celador, Navarro.

Se detuvo ante la puerta, casi todos los niños nos incorporamos al mismo tiempo, sentándonos  sobre las camas, entonces, el celador levantó la mano y extendió su dedo índice y apuntando hacia el resto de la estancia, fue señalando aleatoriamente, uno a uno, a varios niños.

El celador era un hombre fuerte y corpulento, no en vano había servido en la Legión, las malas lenguas decían que había renegado, o más bien, lo habían devuelto, porque tenía un carácter demasiado blando, para el servicio al que pertenecía.
-    Tú, tú, tú… - así hasta completar trece niños. - Vendréis esta tarde conmigo de paseo.

Cuando ya se marchaba, me miró fijamente, y dejando escapar una leve sonrisa, que creí interpretar de complicidad, me dijo:
-    Toni, hoy te vienes también de paseo. - Trece me parece mal número.

A todos los elegidos se nos quedó cara entre, angustiados y asustados, puesto que era la primera vez que nos elegía y no sabíamos exactamente que iba a sucedernos, yo, en concreto me quedé helado, sobre todo de que supiera mi nombre, pues éramos muchos como para acordarse en particular del mío.

Antes de cerrar la puerta, Navarro se giró sobre sus pasos y con tono amenazante nos dijo:
-    Recordad, que tenéis que estar impecablemente vestidos y aseados, os espero formados en el patio de juego, en quince minutos, el que venga un segundo tarde, pagará las consecuencias, pues no vendrá de paseo ni él, ni los compañeros que tenga inmediatamente delante y detrás.

Esta última advertencia, hizo  que los más mayores fuesen solidarios con los más pequeños, con el fin de poder estar todos a la hora exacta en el patio de juegos y en formación.

Aún recuerdo el primer día que entré en el internado, estaba sentado en un banco de cemento, merendando un bocadillo de tortilla de patatas, cuando se me acercaron varios chicos que estaban jugando al fútbol, y uno de ellos, el más mayor me dijo:
-    Si me das el bocadillo te doy esta pelota.

Yo accedí, y le di el bocadillo, lo devoró en poco más de dos minutos, entonces comprendí, que iba a pasar mucha hambre, al final jugamos todos con el balón y yo hice de portero, ese día me gané su amistad.
-    Rápido, Toni, tienes que vestirte con el uniforme limpio, hoy es un día grande – me dijo mi nuevo amigo, mientras me ayudaba a abotonarme la camisa blanca.
-    ¿Tú sabes a donde vamos? – le dije mientras me ajustaba el suéter rojo.
-    Sí, pero no te lo voy a decir, sólo sé que no olvidarás nunca este día – dijo mirándome a los ojos, justo donde a mi me pareció observar cierto brillo en los suyos.

No insistí más, me quedé más tranquilo con sus palabras, no me pareció que pudiera ser nada malo.

Los elegidos hicimos cola para lavarnos la cara, las manos con jabón, y el que tenía cepillo de dientes, se los limpiaba, mientras el resto terminábamos de peinarnos.

 Íbamos a toda prisa por los pasillos, pasamos por delante de las aulas, presididas como no, por los crucifijos, y donde se podían ver encima de los pupitres, las Enciclopedias Álvarez.


Un vez formados todos en fila de a dos, y de que nos hubieron revisado, salimos del recinto por la puerta principal, situada en la Avenida de Campanar, en fila de a dos, con el Director en cabeza, y Navarro el celador, vigilando detrás, para que no hubiera ningún desorden en la fila.


Todo alrededor nuestro era huerta, pequeños ribazos y ramales de acequias, el inmediato destino era atajar atravesando las serpenteantes sendas, que teníamos justo enfrente del internado (lo que hoy sería el hospital La Fe antigua), hasta alcanzar el comienzo de la Avenida de Burjasot (así es como se escribía entonces), junto al viejo cauce del río Turia, el cual nos iba acompañando todo el camino, con el suave murmullo del agua, avanzando hacia su irremediable final, la desembocadura al mar. Que poco nos imaginábamos, la tragedia que aconteció algunos años después.


A la altura del Llano de Zaidía, hacía su aparición el tranvía, el nº23 llamado Godella, la ruta única era Torres de Serranos, Puente de Serranos, Orilla del Río, Llano de la Zaidía, Avenida Burjasot, Benicalap, Burjasot, Godella.


El Llano de la Zaidia, dejó paso a la Calle Sagunto, una zona que conocía bien, pues era donde me había criado y en el cual estaban los amigos de mi infancia (de la otra vida fuera de los muros del internado), así que hice un exhaustivo reconocimiento visual a la plaza Santa Mónica, a ver si podía avistar algún amigo, y poder saludarlo, pero no, lo intempestivo del horario lo hacía imposible. En ese instante, me imaginé cuando jugaba al fútbol con los amigos del barrio, allí nos imaginábamos que éramos figuras del balompié como Gento, Di Stéfano, Kubala, César, Basora, Carmelo, Zarra, Gaínza, Pahíño, Luis Suárez, Puchades, Pasieguito, Seguí, Fuertes y como no Wilkes, para ello, unas veces utilizábamos unas pequeñas pelotas de trapo que nosotros fabricábamos, y otras veces con pelotas de goma, a las cuales les hacíamos un agujero con un alambre al rojo vivo, así la pelota perdía su aire y dejaba de botar, con lo que eliminábamos el riesgo de que cruzase a las vías y nosotros tras ella, ya que el desnivel del terreno hacía que se fuera a la zonas de tránsito del tranvía, que bajaban del Puente de Serranos hacia la Calle Sagunto, o a la Estacioneta, donde los trenes, salían hacia los poblados marítimos… en definitiva, allí perdíamos la noción del tiempo, el futbol era nuestra pasión.

A la otra parte del río, justo enfrente, emergían las Torres de Serranos, la puerta de entrada por excelencia, a la Valencia medieval, allí seguían vigilantes, firmes e imponentes, testigo de excepción de una época lejana.

 Mientras avanzábamos, Navarro llamó nuestra atención.
-    A ver, chicos, escuchadme.
-    El que resuelva el  acertijo, estará cerca de  adivinar hacia donde nos dirigimos.
-    ¿Qué animal contiene las 5 vocales?
Todos a la vez empezábamos a repetir en voz baja varios nombres de animales, hasta que saltó uno y dijo:
-    Ya lo sé, es el rinoceronte.
-    No, es el hipopótamo, dijo otro.
Navarro se tronchaba, a la vez que movía la cabeza con un claro gesto de negación.
-    En efecto, tienen cinco vocales, pero debe contener las 5 vocales. Seguid pensando un poco más.

Después venía el puente de madera…

… y al lado la estación, con el campo de Vallejo detrás,

 …los Jardines del Real…


…hasta llegar al Palacio de Ripalda, que era un edificio neogótico de toque romántico, coronado por una elegante torre redonda, que le hacía concebir el aspecto  de un chateau francés, sin precedente en Valencia, su construcción se situaba entre los años 1889 y 1891, y su demolición en 1967, en su lugar se construyó el edificio conocido como La Pagoda.

No habíamos avanzado ni doscientos metros cuando, al fondo vi aparecer un trozo de edificio extraño y pintoresco, no parecía la Plaza de Toros, ni tampoco un mercado, ni un edificio oficial, lo que sí que se apreciaba con claridad era el continuo movimiento de personas de un lado para otro, era como un hormiguero.

A medida que nos acercábamos, sentí un escalofrío, acompañado de un dolor abdominal, eran los nervios, cuando me di cuenta de donde estábamos y donde íbamos…. a Mestalla. A ver a mi Valencia C.F.

El estadio continuaba en fase de remodelación, aún así, el aspecto era espectacular y majestuoso.

Miré a los demás chicos que venían, tenían una cara entre sorprendidos y alegres, me vi reflejado en ellos, tiritábamos todos de los nervios y la emoción.

En las afueras del estadio habían “paraetas” ambulantes, en los cuales habían castañas, panochas de maíz, boniato, cucuruchos de chufas, de altramuces, y de pipas, también había regaliz y trozos de coco rancio, y las castañeras, con su delantal blanco voceando -¡a la rica castaña calentita!

Sin perder la formación, Navarro nos guió hacia una de las puertas de acceso al campo, de su abrigo extrajo un fajo de entradas, que se las enseñó al portero, este preguntó si teníamos todos 12 años, después de la afirmación del director, comenzó el recuento de entradas, las contó dos veces, y en ambas el número se repetía, dieciséis, acto seguido fuimos entrando uno a uno, mientras el portero nos contaba en voz alta.

El Director, esperó a que todos entráramos y se puso en cabeza, nos fue guiando con cierta soltura por dentro del estadio.

No recuerdo si subí o bajé escaleras, ni cuantas, que creo que fueron muchas, ni por donde, las piernas me iban solas, estaba flotando, lo único que conscientemente mi cerebro podía controlar eran los ojos, los cuales no se perdían ningún detalle de aquel laberinto, finalmente llegamos a la última escalera, y al asomarnos, nos quedamos petrificados y boquiabiertos, ninguno de nosotros estaba preparado para ver una imagen de aquella alfombra verde, era hipnótico, yo no había visto nada igual en mi vida.

 Mientras avanzábamos por el frío cemento, hasta nuestra ubicación en la General de Pie Sur, me fije en otro detalle que me llamó mucho la atención, era la visera que le estaban construyendo a la Tribuna, aquel voladizo de hierro era enorme, una auténtica obra de ingeniería, aunque todavía estaba por terminar.

Y bueno, allí estaba yo, dentro del Mestalla, por primera vez, apenas podía creer que yo formara parte de aquel partido, con mi equipo el Valencia C.F., era como un sueño, que en la época que me tocó vivir, se hacía inalcanzable.

El partido se jugaba pronto, sobre las 4 de la tarde, puesto que había que aprovechar la luz natural, al no existir la luz artificial.

El duelo era un Valencia-RCD Español, jugaban por el Valencia, López, Díaz, Paquito, Sócrates, Pasieguito, Puchades, Seguí, Wilkes, Gago, Fuertes y Buqué. La jornada era la número 28 de 30, eran las postrimerías de la Liga de la temporada 1953-54, y ambos equipos luchaban por la tercera plaza de la Liga.

Ni que decir tiene, que me sentía un afortunado de poder ver jugar juntos a un grupo de jugadores extraordinarios, y de reconocido prestigio. El sistema de juego seguía siendo un 1-3-2-2-3, conocido en la época como la WM, una copia del sistema de juego que había puesto de moda el San Lorenzo de Almagro, que lo utilizó en su gira de partidos amistosos por toda la geografía española, allá por el año 47.


 Cuando el Valencia, de un blanco inmaculado, hizo su aparición, toda la Tribuna se puso en pie aplaudiendo a rabiar, igual que el resto del estadio, los que estábamos en la General de Pie, no nos incorporamos, puesto que era una evidencia, que ya lo estábamos. Yo estaba nervioso, pero cuando vi aparecer a mi equipo, mi corazón parecía que iba a salirse del pecho, fue algo inolvidable que recordaré mientras viva.

Del partido, no lo recuerdo todo, lo que sí recuerdo, es que fue un partido vibrante, de ida y vuelta, lo más importante para nosotros, era distinguir a los jugadores favoritos de cada uno, el rubio era Tonico Puchades, ese era inconfundible, hay que ver lo que imponía en el campo, estaba en todas partes, a su lado siempre Pasieguito, en la parte de arriba cinco jugadores de lujo, Fuertes, Buqué, Gago, Seguí y Wilkes.

Yo sólo tenía ojos para un jugador, Servaas Wilkes, alto, fino, que iba al trote cuando no tenía la pelota, pero, ay amigos, cuando le llegaba la pelota a sus pies, el público lo acompañaba con un murmullo de admiración, eso era lo que le diferenciaba de los demás, que era un jugador distinto, único e irrepetible, se pasaba la pelota de un pié a otro con una rapidez endiablada, el público contaba los driblings que hacía en cada jugada, sentaba a los defensas que salían a su paso, uno… dos… tres…. cuatro…, un regate en seco, una finta, un centro, un chut, su juego de cintura era un desafío a las leyes de la física.

 En el descanso, el estadio parecía que iba a arder, venga a fumar puros, nosotros lo aprovechamos para escuchar las opiniones de los más mayores.

El último gol del partido fue imborrable, faltando unos minutos para acabar el partido y con 3-1 en el marcador, Wilkes cogió la pelota y avanzó como una flecha hacia la portería rival, empezó a regatear rivales, hasta tres o cuatro, se paraba, arrancaba, avanzaba, los defensas no sabían cómo pararlo sino era con faltas, definitivamente enfiló hacia la portería, y de tiro colocado puso el 4-1 en el marcador.

 El público, como un resorte se levantó de sus asientos, y comenzó a sacar pañuelos blancos agitándolos al aire, era algo insólito en la época, pues el flamear de pañuelos estaba reservado para los toreros en las tardes de gloria.

Cuando marcó el gol todos sus compañeros fueron a abrazarlo, y una vez lo dejaron libre, me pareció que miraba hacia donde estábamos nosotros, y creí por un instante, que nos dedicaba el gol, fueron un par de segundos mágicos.


 Uno de los chicos preguntó que quien era ese, y yo le dije que era el holandés Wilkes, entonces el chico, en voz clara dijo:
-    Pues es como un mago, el Mago de “Holandia”.
Creo que nos pasamos un par de minutos riendo todos a carcajada limpia.

Al acabar el partido, la ovación pues atronadora para los dos equipos, pero especialmente para nuestro Valencia.

El viaje de regreso, pese a las continuas indicaciones de Navarro de ir en formación, fue un jolgorio, estábamos extasiados, contentos, no parábamos de comentar y gesticular las incidencias y situaciones del partido, con las piedras con las que nos íbamos topando por el camino, intentábamos copiar los imposibles regates de Wilkes.

En un momento del viaje, los ojos de Navarro se encontraron con los míos, quería darle las gracias, pero no me salían las palabras, él se dio cuenta, y con una satisfecha sonrisa, entrecerrando los ojos, asintió con la cabeza, un gesto que fue su forma de expresar, que sabía lo que quería decirle.

La verja del orfanato se cerró detrás de mí, volvía a la dura realidad del internado, giré la cabeza, con la única e ingenua idea de que la puerta se volvería a abrir, y escapar de mi realidad, pero ya no se abrió, necesitaba que pasaran quince días más, para que, con un poco de suerte, estuviera entre los elegidos para otro paseo en domingo por la tarde.

Todos los demás niños que no fueron al partido, se arremolinaban alrededor nuestro y nos preguntaban cómo había sido el partido, nosotros contábamos muchas cosas del partido, las jugadas, los goles, los remates, las paradas, y que por supuesto las exagerábamos, así nos hacíamos los importantes, por unos momentos éramos el epicentro de sus sueños.

Después de la cena, y cuando apagaron las luces del internado, me acurruqué en la cama, y no tengo reparos en contar que lloré en silencio, mis pequeñas manos, secaban las lágrimas, no en vano había sido el mejor día de toda mi corta vida, y necesitaba dar las gracias a quien fuera, pero no sabía muy bien a quien dárselas, si al caprichoso destino o azar de un celador legionario, a la escasez económica de mi padre zapatero de profesión, que le hizo internarme, o tal vez a mi madre, a la que nunca llegué a conocer, pero me gustaba pensar que me guiaba, cual Ángel de la Guarda.

Abrí muchas veces más, junto a Navarro, la verja de la entrada del internado, los domingos por la tarde, para volver al Mestalla, repitiendo el mismo camino, exactamente hasta 1960, año en que a la edad de 16 años, se acababa nuestra formación, así que lo de entrar gratis al Mestalla se acabó, y fui yendo de vez en cuando a ver a mi equipo, no todo lo que me hubiera gustado, pero ahorraba para verlo varios partidos al año.

Los Puchades, Pasieguito, y Wilkes, dejaron paso a los Waldo, Guillot, Sánchez Lage, Paquito, Roberto Gil, y estos dejaron paso a Claramunt, Abelardo, Sol, Valdez, y estos a Roberto, Saura, Solsona, Bonhoff, Kempes… y así cíclicamente, hasta tres décadas. Que se solapaban con mi boda, el nacimiento de mis hijos y un trabajo estable y absorbente.

Hoy, ya casi han pasado 58 años de aquel primer partido en Mestalla, y aunque la vida inevitablemente se me va escapando, entre hojas de calendarios, casi puedo respirar aquel día, el ambiente de Mestalla, la salida de los jugadores, la celebración de los goles, en aquel partido en el cual Faas Wilkes se vistió de “Mago de Holandia”, y de cómo fui testigo en primera persona de la calidad de un único y extraordinario jugador.

Curiosamente el último partido al que acudí al viejo Mestalla (en un trofeo Naranja contra el FC Barcelona, justo en el verano del 87), fue el primero de mi hijo, que tenía la misma cara que yo, entre alegría y sorpresa, que en aquel frío y lejano abril de 1954.

A nosotros, que llegamos tarde a todo: a la infancia,
a la adolescencia, al sexo, al amor, a la política…
A nosotros, que nos quitaron, año tras año,
el significado de cuanto nos rodeaba,
aunque fueran las cosas más pequeñas,
menos importantes…
Y a quienes nos hicieron así: nuestros
padres, que también llevaron lo suyo; (José Luis Garci)

A Roberto Alcázar y Pedrín,
al Guerrero del Antifaz,
el Capitán Trueno, El Jabato,
a los seriales radiofónicos,
a las anónimas cantantes de copla
de patios y plantas bajas.

A los desconcertantes y terribles secretos de familia,
a Navarro, a la hermana Pilar, y a mi tío María,
a la banda de cornetas y tambores,
a Luis, Matías, Bartolo, Pepín,
Clemente, Lucio, Zúñiga, Faustino
y Caballero, los últimos del internado.

A las Revistas Musicales con sus “varietés” en el Teatro Alkazar,
al cine Boston, y en verano a la terraza Rosaleda.
a los ansiados domingos por la tarde,
a los guateques y los discos de vinilo,
a los primeros bailes agarrados, gracias al son de
Los Milos,  Dúo Dinámico, Pantalones Azules,
Antonio Machín, Gelu, Lita Torelló, Los 5 Latinos,
Juan Pardo, Adriano Celentano, Enrique Guzmán, Adamo,
Los Beatles, el gran Elvis y por supuesto a Bruno Lomas.

A los primeros amores, y todo lo que ello conlleva.
A la juventud….la mejor época de nuestras vidas.
A la peseta, el céntimo y los duros.

A Abel, Onsurbe y Luisito, y el significado de la amistad.

A los que luchamos en silencio por la libertad,
y a los que silenciaron por luchar por ella.

A mi Valencia Club de Fútbol, y a los jugadores que
nos hicieron disfrutar, Wilkes, Puchades,
 Waldo, Guillot, Claramunt, Paquito, Roberto Gil,
 Kempes…y mi Liga del 71. Esa no me la quita nadie.

Y por  supuesto a mi esposa y nuestros descendientes,
que recuerden y no se olviden de sus pasos,
 pues también forman parte de los míos.

A mi cuñado Toni, nos vemos en tu montaña.
ANTONIO AGUILAR FERRER, el padre de PEPELU.

José Luís Aguilar, “Pepelu”
Socio del Valencia CF 
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dissabte, 4 d’agost del 2012

Su primera visita a Mestalla

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Elegí mal día para llevar a mi hijo a Mestalla por primera vez. Quizá debí esperar a que fuera más mayor, pero hace unas semanas acudí con él para ver el Valencia - Sevilla. Perdió nuestro equipo y el partido fue de los peores que le he visto jugar al Valencia.

Yo tampoco tuve suerte la primera vez que visité Mestalla: empate a un gol frente al Atlético de Madrid (12 de Abril de 1981). Pero nunca olvidaré la sensación que experimenté al ver el césped de Mestalla por primera vez en mi vida.

Quizá un día mi hijo recuerde también su primera visita a nuestro viejo estadio. Tal vez ese día ya haya sido demolido y el Valencia esté jugando en el nuevo estadio aún paralizado.

Quizá debí esperar a que mi hijo fuese un poco más mayor pero no importa, volveremos. Y a ver si la próxima vez el Valencia gana.

Aunque sólo hay una primera vez. 


Jose Vicente Pascual Fuentes
Socio del Valencia CF 
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diumenge, 8 de gener del 2012

De la posesión de Mestalla

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Hui tornem a publicar este article del nostre amic i col·laborador Miquel Nadal com a mostra d'afecte cap a ell i la seua família.

Al contrario de lo que les sucedía a otros niños, uno de los principales atractivos del Valencia y Mestalla es que yo podía agregar posesivos en cada una de mis afirmaciones. El Valencia era “mi” Valencia. El Valencia era “nuestro” Valencia. De alguna forma, Mestalla me pertenecía. Y los niños del Madrid y del Barcelona no podían decir lo mismo, de una forma tan preciada como la mía. Desde la distancia, claro está. Desde la lejanía de la carencia del pase Mestalla era algo mío: un terreno de juego intuido y deseado. En aquel tiempo infantil “cruzar” el río me parecía una peripecia. Atravesar el puente de Peris y Valero y pasar a la Avenida de Primado Reig un trayecto con el que llegaba a otra ciudad diferente, con otras fachadas y letreros.

En aquel momento de las definiciones y los cromos vivíamos más allá de Tránsitos, en la calle Plus Ultra, perpendicular a la Carrera de San Luis y paralela a la calle Porvenir. El autor del nomenclátor debía ser un cínico. Calles sin asfaltar. Acequias. La huerta cercana. Solares y maleza. Todo un mundo de talleres menestrales, bodegas, tiendas de ultramarinos y bares como El Parral o Casa Toribio. Una toponimia de periferia, de casas de campo, sendas y acequias: Casa Tronaes, la Barraca de Maldeventre, la casa del Pedrapiquer, la de Voro el Xurro. La onomástica del mundo que me rodeaba: los Alabau, Arce, Gimeno, Puchades o Mocholí. No sabíamos que cada nuevo paso en el estudio nos alejaba de aquel espacio.

Con el nacimiento de mis hermanos nos cambiamos a la Carrera de San Luis, a escasos trescientos metros, al lado del Cine Lido y mucho más cerca del Colegio de los Salesianos en el que jugaba el Don Bosco. En el fondo fue un cambio entre distintas modalidades de la estrechez inmobiliaria. Pisos pequeños, tabiques que parecían amplificar los ruidos, habitaciones compartidas y literas. El campo de fútbol del Don Bosco, de tierra claro está, acogía durante los recreos casi una docena de partidos simultáneos. Asociaba esa estrechez futbolística y vital con la casa de mi abuela que era, todavía, una casa con corral, geranios, murcianas y una tortuga. Dos casas más allá vivía una familia con el apodo “els dels carros”. El señor Enrique era carretero y tenía cuadra con caballos. Aficionado al vino, llevaba faja y alpargatas y cuando se achispaba cantaba la misa en latín porque había estudiado en el Patronato de la Juventud Obrera y en el Seminario. Era del UDELAGE. Del Gimnástico. Tres casas más allá había una planta baja en la que se guardaba el material de las funciones y revistas del teatro Ruzafa. En la calle Bernia vivía mi tío Gasolina, trabajador de la CAMPSA, del Levante F.C. del Camino Hondo del Grao y lector de El Caso. Yo elegí Mestalla.

En aquel tiempo, en el año 1972, mi padre me llevó a Mestalla. Y Mestalla ya fue para siempre el lugar amplio, verde, sin tabiques ni estrechez en el que circulaba el aire, el espacio en el que yo podía elegir los detalles necesarios para tatuar un posesivo y poder hablar de mi Valencia, de mi Mestalla, el Mestalla de Warons y Danone, el Mestalla del barrio de General Pando, el de la calle Pintor Ricardo Verde. El Mestalla de mi primer pase infantil en 1974 y de la muerte de Vicente Peris. Después vinieron más de tres décadas. Con mi Mestalla y mi Valencia. Aprendí la cercanía de Algirós y la Gran Pista de la Exposición. Montes y Cubells. Fechas, datos y temporadas. Pero también las acciones que han herido de muerte mis posesivos. Mis últimas tardes en Mestalla.


Miquel Nadal
Socio del Valencia CF
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dimecres, 30 de desembre del 2009

General de pie

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Mi primera visita a Mestalla se remonta a la temporada 82-83, lo recuerdo perfectamente ya que además de ser el año del Mundial, por cierto nefasto para nuestra selección o mejor dicho para la “roja” como se empeñan en llamarla ahora los periodistas deportivos, fue el nacimiento de mi hermano, otro valencianista de pro.

Cada domingo que nuestro Valencia jugaba como local era todo un ritual, me levantaba y acompañaba a mi padre a comprar la prensa del día y de paso me obsequiaba con un paquete de cromos, pero no éstos que venden ahora autoadhesivos, sino los de cartón, ésos que tenías que pegar con pegamento “Imedio” o si me apuras con agua y harina, después íbamos a visitar a mis abuelos, que para mi goce y disfrute me tenían preparada mi ración de regaliz de palo y 50 pesetas “esa moneda gigante que no cabía en mi mano” y que evidentemente yo invertía en una nueva remesa de cromos, los cuales, y si ya los tenía repes, me jugaba en el patio del colegio a pantalones y camisetas.

Después de comer y con los nervios en el estómago acudía a Mestalla de la mano de mi padre con mi regaliz en la boca, emulando a los hombres que veían el partido puro en ristre, subíamos a General de pie y fue allí donde mi sentimiento valencianista afloró, entre esa marea humana, que cuando nuestro equipo marcaba un gol tenía que agarrarme fuertemente a la pierna de mi padre para no ser llevado por el gentío, fue allí donde empecé a admirar a tantos y tantos jugadores que han pasado por Mestalla, fue allí donde disfruté y padecí con las alegrías y las penas de nuestro Valencia, el descenso a segunda división y su correspondiente ascenso, la mítica remontada al Real Madrid con goles de Fernando y Roberto en los minutos finales y por supuesto con los éxitos conseguidos en estos últimos años.

Aunque hoy en día pueda parecer extraño a las nuevas generaciones de valencianistas, podías acudir al fútbol y verlo de pie sin tener que pasar por tornos ni registros de mochilas. Claro está que cada vez son más estrictas las normas de seguridad en los estadios de fútbol, pero esa sensación de cercanía y familiaridad que había en la grada de “general de pie” ya no se volverá a repetir.

Pero si tengo que quedarme con el mejor recuerdo de mis visitas a Mestalla es sin dudarlo el ir acompañado de mi padre a disfrutar y padecer juntos del sentimiento valencianista.


José Vicente Ferrer Ballester
Aficionado del Valencia CF
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dimarts, 9 de setembre del 2008

Dos reflexions: Manolo Mestre i el futur en els ulls dels xiquets


Manolo Mestre, un dels nostres.

[Sol, Mestre i Roberto en les celebracions de la Copa de 1967]

Ja havia visitat el blog. Vaig tornar a fer-ho per llegir paraules d’homenatge a Manolo Mestre, un home al que vaig veure jugar, de xiquet, a Mestalla.

Ara, a la seua mort, el recorde com al jugador valencià que va ser. Una figura especial per a la colla d'amics que hi anàvem al camp. No sabria ben bé dir el perquè, atés què la meua memòria està contaminada per moltes experiències de tants anys com han passat. Segurament, Mestre era un dels jugadors que millor representava el València amb el qual ens voliem identificar, el València que ens encoratjava a sentir-nos valencians.

Mestalla era l'espai on, -això ho he comprés molts anys després-, ens identificàvem com a valencians sense que això generara cap problema. Parle dels anys seixanta del segle passat, quan la dictadura encara era forta i el nostre valencianisme era un sentiment senzill, poc elaborat, que, políticament parlant, era tan ingenu com innocent.

Des d’aquesta innocència, Manolo Mestre era, així ho enteníem, un dels nostres. Per què? Doncs perquè a més dels diners que l'home guanyara, com ne guanyaven altres jugadors, en ell donàvem per descomptada la seua identificació sentimental amb els colors del club i amb la nostra terra.

Ara que Mestre ha marxat, pense que potser en algun moment de perill per a la nostra porteria, jo també vaig dir-li a un amic a cau d’orella: “No passes pena, Manolet està allí” .


El futur en els ulls dels xiquets.

[Pepito Cubells, probablement el primer orgullós xiquet que xafà Mestalla acompanyant el primer equip,
junt a son pare i baix la bandera del club el dia de la benedicció de la mateixa el 1924]


Segurament no és possible ser massa festius quan ens convoca una consigna com Últimes vesprades a Mestalla. Al remat, es tracta del comiat d'un espai que desapareixerà per sempre més, emportant-se la possibilitat -si més no- d'evocar els nostres records futbolístics in situ. La desaparició física de l'estadi ens parla també de la nostra edat, dels anys que hem passat sent aficionats més o més fidels a l'equip. Ens fa memòria, a més a més, d'aquelles persones volgudes i admirades que ja no hi són; aquelles que, de menuts, ens van fer identificar-nos amb l'equip i estimar els seus colors.

En qualsevol cas, trobe que si ens quedem amb la cara trista de l'assumpte, malament anem. Hem de posar-li, crec, una miqueta d'optimisme i de tendresa. Si ens abandonem a la realitat real, i posem el futbol en el seu context tangible, estem perduts. Si ens deixem arrossegar per les accions i les malifetes de tant de tocacampanes i de tant de furtamantes com n'hi ha en el món del futbol, estem cardats. Si ens quedem amb la manipulació política i amb l'especulació econòmica, que a Mestalla assoleix nivells nocius per a la salut, val més que ho deixem córrer. Cal mirar els ulls dels xiquets que van al camp, de la mà del pare, amb la seua samarreta, i amb l'emoció de participar en un espectacle que, a diferència d'altres, -la qual cosa el singularitza-, exigeix una implicació afectiva per a gaudir-lo de veritat. Eixa emoció dels xiquets és l’emoció i la il.lusió que sustenta el futbol, i cal fer el possible perquè no es malbarate.

Crec que les "Ultimes vesprades..." ha de possibilitar anar més enllà de l'enyorança per un passat -un espai físic, un estadi- que, amb les seues llums i les seues ombres, de la mà de l'alegria i de la mà de la tristesa, ja no tornarà. Forma part de la nostra història, individual i col.lectiva. I en ella n'hi ha d'episodis, -esportius i socials-, que en són heroics, èpics, que formen part de la llegenda; i d'altres que en són, sens dubte, taques negres i brutes que voldríem poder esborrar. Però, eixe espai que té els dies comptats, també forma part del nostre futur, perquè amb els records del vell estadi haurem de continuar construint la il.lusió dels nostres fills i dels nostres nets.

Joan del Alcázar
Soci del València CF
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dissabte, 2 d’agost del 2008

Mestalla: Una educació sentimental

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Me'n vaig a Mestalla! En estes senzilles, quasi inofensives, paraules residix l'essència i raó de la pertinença a l'afició d'un equip de futbol. Vaig escoltar eixes paraules sent molt xiquet. No sabria dir a quina edat. Quatre, cinc anys tal vegada. La seguretat i aplom en la veu de mon pare, tancant la porta darrere d'ell, un diumenge després d'haver dinat, un dissabte de primavera a la nit, d'eixos de berenar-sopar, o un dia laborable de tardor, quan les competicions europees ho exigien, sempre em van fer sentir segur. Mestalla. Sonava bé. Rotund, fort, colorista, enorme... Però com sabria jo a què es referia mon pare? Els meus primers pensaments em feien concloure que Mestalla era nostre. Sí, com el dos cavalls en què ens portava al Saler a enfilar per les dunes i tombar-nos al sol com una sargantana. O com nostre era també les tovalles d'hule i els gots de Duralex que presidien, humils, les nostres col·lacions diàries. Més avant vaig ser conscient que Mestalla no sols ens pertanyia a nosaltres. Baquer, un amic de mon pare, també solia freqüentar Mestalla, acompanyant-se mútuament ambdós. Resultava indesxifrable per a un xiquet tan xicotet (i egoista com tots els xiquets ho són a eixa edat) que una cosa poguera ser de dos persones al mateix temps, però més indesxifrable encara va ser el fet de comprovar que Mestalla tinguera centenars d'amos, tal vegada milers. Un dia la qüestió no va poder ser eludida per més temps. Necessitava saber què era Mestalla. Saber què estrany atzar ens feia posseir alguna cosa, intangible per a mi, que al mateix temps posseïen moltíssimes persones més. Em vaig atrevir a preguntar-li'l a ma mare. Ella em va respondre mentres amb una mà pegava voltes a una futura melmelada de taronja i de reüll no perdia corda de l'episodi diari de Bonanza. És el camp del València. Ostres, Pedrín! El València, l'equip de futbol de què sempre parlava mon pare. El de Waldo, Guillot, Abelardo i Sol. Herois. Déus, pensava jo. Els havia vist en alguna revista i en la Hoja del Lunes, però ignorava tot sobre ells, llevat que després de la meua família, ells eren la meua gent. Ells eren dels nostres.
Un dia mon pare em va pentinar. Fet inusual per dos raons. La primera era que sempre ho feia ma mare i la segona és que era un diumenge en acabant de dinar. Ja havíem anat a missa al matí i no entenia bé per què havíem d'anar de nou a la vesprada. Mon pare va pronunciar les paraules màgiques, que tantes vegades havia escoltat abans, esta vegada ampliades en nombre. Ens n'anem a Mestalla! El vaig mirar des de la meua infantil alçada amb uns ulls incrèduls i una emoció incontenible. Mestalla seria meu també, eixa vesprada, dins d'un estona, per sempre... Recorde la gentada que s'arremolinava en les voltants del camp, els revendes (que mon pare identificava perfectament després d'anys i panys de veure rondar), xiquets com jo, amb la mateixa cara d'il·luminats, puros enormes en les boques de senyors amb bigot, els porters que retallaven el número triat per al partit d'eixe dia i la major emoció de totes: el verd del terreny de joc. El soroll, els colors, el rellotge i el marcador. Mestalla ja era meu per sempre, però en la meua innocent mentalitat era incapaç d'adonar-me que en realitat era jo qui seria seu per sempre. Tirant la vista arrere no em cap més que designar aquell dia com un dels més feliços de la meua vida, encara que gran part d'eixos records no siguen meus, sinó de mon pare. Conta mon pare que em va traure a la gespa en la mitja part i jo vaig córrer fins al centre del camp, on solien deixar un baló en el punt central durant els descansos, i li vaig donar un xut. Que Waldo va patir un xoc i va haver de jugar amb el cap embenat. I que el València, eixe equip que ja era el meu, va guanyar. Anys després vaig acompanyar un dia d'abril al meu amic Juan Carlos a Mestalla. Ell entrenava en l'equip cadet i jo desitjava veure l'entrenament perquè pensava que potser podria unir-me a l'equip. Mentres els futurs jugadors de futbol es canviaven i botaven als terrenys de darrere de numerada, on s'exercitaven habitualment, vaig accedir a les graderies d'un Mestalla buit i banyat per una tènue llum daurada. Els meus pensaments van córrer per la gespa, es van desmarcar, van sobrepassar diversos contraris i van afusellar el porter en una jugada calcada a les que Kempes solia fer. I eixos pensaments em van produir una satisfacció plena. Em van fer sentir a casa, en la meua, en la de tots els que com jo van obtindre esta educació sentimental de la mà dels seus majors. Estava en el millor lloc que podia desitjar, el cresol dels meus somnis, la praderia de la victòria i la derrota, el camp en què la nostra vida ho és amb més força i veritat. Vaig pensar en aquell moment, i encara ho faig, que havia de considerar-me afortunat per ser del València i tindre una llar com el camp de Mestalla. Compartir eixe sentiment amb tots aquells que, al llarg dels anys, han animat, patit i disfrutat amb el joc del València, suposa una filiació vitalícia que és un dels més grans valors que em van ser transmesos. Quan tanque la porta després de mi, inclús quan la casa està buida, per a assistir a un partit del nostre equip, sempre ve als meus llavis eixa expressió triomfal i vibrant que em va portar fins allí. Me'n vaig a Mestalla!

Francisco García
(àlies Cisco Fran)
Soci del València CF
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dissabte, 26 de juliol del 2008

De la posesión de Mestalla

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Al contrario de lo que les sucedía a otros niños, uno de los principales atractivos del Valencia y Mestalla es que yo podía agregar posesivos en cada una de mis afirmaciones. El Valencia era “mi” Valencia. El Valencia era “nuestro” Valencia. De alguna forma, Mestalla me pertenecía. Y los niños del Madrid y del Barcelona no podían decir lo mismo, de una forma tan preciada como la mía. Desde la distancia, claro está. Desde la lejanía de la carencia del pase Mestalla era algo mío: un terreno de juego intuido y deseado. En aquel tiempo infantil “cruzar” el río me parecía una peripecia. Atravesar el puente de Peris y Valero y pasar a la Avenida de Primado Reig un trayecto con el que llegaba a otra ciudad diferente, con otras fachadas y letreros.

En aquel momento de las definiciones y los cromos vivíamos más allá de Tránsitos, en la calle Plus Ultra, perpendicular a la Carrera de San Luis y paralela a la calle Porvenir. El autor del nomenclátor debía ser un cínico. Calles sin asfaltar. Acequias. La huerta cercana. Solares y maleza. Todo un mundo de talleres menestrales, bodegas, tiendas de ultramarinos y bares como El Parral o Casa Toribio. Una toponimia de periferia, de casas de campo, sendas y acequias: Casa Tronaes, la Barraca de Maldeventre, la casa del Pedrapiquer, la de Voro el Xurro. La onomástica del mundo que me rodeaba: los Alabau, Arce, Gimeno, Puchades o Mocholí. No sabíamos que cada nuevo paso en el estudio nos alejaba de aquel espacio.

Con el nacimiento de mis hermanos nos cambiamos a la Carrera de San Luis, a escasos trescientos metros, al lado del Cine Lido y mucho más cerca del Colegio de los Salesianos en el que jugaba el Don Bosco. En el fondo fue un cambio entre distintas modalidades de la estrechez inmobiliaria. Pisos pequeños, tabiques que parecían amplificar los ruidos, habitaciones compartidas y literas. El campo de fútbol del Don Bosco, de tierra claro está, acogía durante los recreos casi una docena de partidos simultáneos. Asociaba esa estrechez futbolística y vital con la casa de mi abuela que era, todavía, una casa con corral, geranios, murcianas y una tortuga. Dos casas más allá vivía una familia con el apodo “els dels carros”. El señor Enrique era carretero y tenía cuadra con caballos. Aficionado al vino, llevaba faja y alpargatas y cuando se achispaba cantaba la misa en latín porque había estudiado en el Patronato de la Juventud Obrera y en el Seminario. Era del UDELAGE. Del Gimnástico. Tres casas más allá había una planta baja en la que se guardaba el material de las funciones y revistas del teatro Ruzafa. En la calle Bernia vivía mi tío Gasolina, trabajador de la CAMPSA, del Levante F.C. del Camino Hondo del Grao y lector de El Caso. Yo elegí Mestalla.

En aquel tiempo, en el año 1972, mi padre me llevó a Mestalla. Y Mestalla ya fue para siempre el lugar amplio, verde, sin tabiques ni estrechez en el que circulaba el aire, el espacio en el que yo podía elegir los detalles necesarios para tatuar un posesivo y poder hablar de mi Valencia, de mi Mestalla, el Mestalla de Warons y Danone, el Mestalla del barrio de General Pando, el de la calle Pintor Ricardo Verde. El Mestalla de mi primer pase infantil en 1974 y de la muerte de Vicente Peris. Después vinieron más de tres décadas. Con mi Mestalla y mi Valencia. Aprendí la cercanía de Algirós y la Gran Pista de la Exposición. Montes y Cubells. Fechas, datos y temporadas. Pero también las acciones que han herido de muerte mis posesivos. Mis últimas tardes en Mestalla.


Miquel Nadal
Socio del Valencia CF
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