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dilluns, 15 de desembre del 2008

17-12-1980

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Si tuviera que elegir un día para enarbolar la bandera de la infancia feliz el mío sería este: miércoles, 17 de diciembre de 1980. Ni la comunión ni demás zarandajas. Ni siquiera la noche de Heysel, donde hubo de todo: alegría, miedo, nervios y bastante extrañeza. En cambio, recuerdo ese miércoles de diciembre como lo más parecido a la perfección que puedo intuir para un niño de 9 años.

Por la mañana me dieron las notas, unas buenas notas, con notables y bienes; más que suficiente para ganarse unas buenas fiestas. Era el penúltimo día de colegio antes de las vacaciones de navidad y más allá de los consabidos villancicos y el festival de marras, el pescado ya estaba vendido hasta enero. Por eso, ese miércoles tenía el doble mensaje de lo inmediato y lo venidero. Lo inmediato era el partido de vuelta de la final de la Supercopa de Europa en Mestalla contra el Nottingam Forest y lo venidero los casi 20 días sin colegio, que en aquellos años representaban todo tipo de aventis y promesas: partidos interminables, incursiones clandestinas por las huertas aún a pie de calle y batallas a pedrolo limpio contra las huestes vecinas y temibles del barri de L'Amistat (nunca el nombre de un barrio resultó menos apropiado). Todo ello, en plan postal, a la sombra de Mestalla, con un Valencia que ese año tenía serias opciones de ser campeón de liga y que en aquel momento de la competición mantenía un codo a codo con el Atleti de lo más apasionante.

La mañana de aquel 17 de diciembre la pasé relamiéndome. Si un miércoles de fútbol europeo era el colmo de la felicidad, aquello lo superaba con creces. Ya de vuelta del colegio anduve por los alrededores de Mestalla para empaparme del ambiente. Creo que fue la primera vez que aproveché la cercanía del campo para ir a solas a curiosear por mi cuenta. Nada hacía presagiar que faltaban horas para jugarse una final, pero estar allí, merodeando por la avenida de Suecia, me colmaba de una manera absoluta. Después, ya de noche, fui con mi padre a cenar de bocata al bar Los Checas, desde cuya puerta se veía la silueta de Mestalla. Me encantaba ese instante puntual en que poco a poco se iban encendiendo las luces del campo. Primero los pasillos interiores y después, foco a foco, el desparrame total de luz blanca. Ya en la grada, sector 5 fila 17 asiento 12, nuestro sitio tras la reforma del 78'.

Lo demás está en las hemerotecas. El Valencia CF necesitaba ganar por 1-0 al menos y el gol llegó al inicio de la segunda parte, en la portería de la épica, la del gol norte. Un remate trabado de Fernando Morena que entró casi llorando. Recuerdo que el partido, pese a ser una final, no despertó mucha expectación y que tampoco fue televisado. Éramos unos 35.000 fieles aquella noche. Seguramente porque el VCF era el primer club en España en levantar ese trofeo. Tampoco me importaba demasiado si era o no importante para los demás. Lo era para mi padre y con eso bastaba. Al final, Saura recibió una copa de manos de Artemio Franchi que no era la oficial y el equipo dio la vuelta al campo mientras por megafonía sonaba el "per ofrenar". No hubo más festejos.

De regreso a casa entramos en el bar Los Checas otra vez. Mi padre se pidió una cerveza y yo una fanta de naranja. Mientras él alternaba con los de siempre yo jugué una partidita de Multivideo. 5 pesetas. Después salí a la calle y esperé un rato. Hacía frío pero no importaba. Las luces de Mestalla ya estaban apagadas y sólo quedaba el leve resplandor de los tubos fluorescentes de los pasillos interiores del graderío. Era tan feliz que ni siquiera pude intuir que esa iba a ser nuestra última gran noche juntos. Cuando volvimos a ser campeones él ya no estaba para verlo.


Rafa Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF
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