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dimarts, 29 de juliol del 2014

FC Porto’s Blues (Un valencianista en el Campo del Dragón)

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Hace algunos años, en este mismo blog, escribí una crítica dura sobre el Mestalla Forever Tour. Afortunadamente, aquello ya es historia. El club supo reaccionar a tiempo y darle valor y contenido a una vía de ingresos atípicos, pero que son norma en todos los recintos deportivos del mundo. Sé que la actual experiencia del tour de Mestalla es sobresaliente y que la gente que ha acudido en los últimos tiempos sale gratamente satisfecha y con cierto orgullo y emoción al contemplar tanta historia impregnando las vetustas instalaciones de Mestalla.

Sirva esta breve introducción para enmarcar lo que viene a continuación, que no es otra cosa que mi experiencia de primera mano, de no hace aún ni una semana en la visita al campo y recién inaugurado museo del F. C. Porto (Oporto, será que lo del vino nos tira más, para los amigos futboleros).

El metro de Oporto te deja en las mismísimas puertas del estadio, en esto no les vamos a la zaga, la estación de Beniferri, que espero FGV acabe renombrando como Estació de Mestalla, también nos deja delante del esqueleto de nuestro futuro estadio, empate a uno, pues. La entrada al estadio se hace por una puerta grande que enfrenta a la tienda, una cafetería y las taquillas donde comprar las entradas para ver el estadio o para ver el estadio y el Museo. Estadio solo: 8 euros, Museo solo: 12 euros, Estadio y Museo: 15 euros. Optamos por la segunda (mi sufrida esposa me acompañó, ¡hagámosle la ola!), todo bien. Los precios son disuasorios, por solo 3 euros vemos algo que valoran en 8 euros, así que la sensación de “pelotazo” es más que satisfactoria. Pero ¡ojo! Aquí se acaban las alegrías. Ofertaban la visita al estadio en portugués e inglés. La visita empezaba a las 16 horas, hasta aquí ningún problema, pero ¡ay! que para acceder a un aparcamiento (una aparcamiento que circunda las entrañas del estadio) desde el que se inicia la visita, un lugar feo de cojones, por mucho estadio 5 estrellas que sea, se debe subir en un ascensor de 10 en 10 personas, dado que éramos unas 60 en el tour, la visita arrancó en el aparcamiento casi a las 16:15, debiendo esperar allí coche va, coche viene, a que todos subieran el piso (un solo piso, sí, pero a velocidad da caracol) en el que estaba el aparcamiento. Una simpática empleada “falaba portugues” y su compañero, no hacía nada, solo miraba. La empleada preguntó que cuantos hacían el tour en inglés, 4 manos se levantaron, para mi sorpresa, dos de ellas eran de unos españoles catalanes que al parecer preferían escuchar la explicación en inglés que en portugués. Nada que objetar, salvo que a partir de aquí la visita fue lamentable. En cada punto de explicación: un mural conmemorativo de la inauguración, el palco VIP, la grada presidencial, el rincón de homenaje a los nombres ilustres, la sala de prensa y el vestuario visitante, la explicación se escuchaba a duras penas (la empelada era menudita, no una soprano a lo Caballé), pero tras la pertinente letanía en portugués, 56 personas esperaban a que los 4 anglófonos recibieran su explicación. Pocas preguntas del respetable y nula respuesta de la empleada. Francamente, una visita que de no ser por la diferencia en el precio, no le recomiendo a nadie. En esto, el nuevo Mestalla Tour le da mil vueltas, con audio-guías en diferentes idiomas y un sistema mucho más moderno e intuitivo, aparte de que los recintos que nos mostraron, más allá de ser muy nuevos, no ofrecían atractivo alguno. Gol por la escuadra de los nuestros. Pasemos a lo serio.

El Museo del Oporto es una maravilla. Enorme, grandioso, con elementos interactivos y un discurso sencillo e inteligible que te lleva desde los orígenes a los éxitos logrados, a los grandes jugadores y, por último, al impacto social y mediático de una entidad más que centenaria en los medios de comunicación. Me pareció especialmente brillante la gran sala donde además de las decenas de trofeos conseguidos aparecían 7 paneles compuestos por video, y una vitrina conmemorativa de cada título europeo conseguido. Es verdad que ellos cuentan con una Copa de Europa y una Champions League, pero el Valencia C. F. podría crear algo igual de enorme y fantástico que lanzara a los cuatro vientos la idea de que una vez fuimos los mejores. Aquí marcan un gol claro y nos empatan, o quizá nos sacan un poquito de ventajas y nos ganarían por penalties, pero que quede claro: si queremos, podemos. ¡Vaya que si podemos! Lo tenemos todo: la historia, los jugadores, las hazañas y solo nos falta convertir la determinación en realidad, sin interferencias, desde lo más hondo de este sentimiento irracional que nos gobierna y alimenta.


Francisco García
Socio del Valencia CF 
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divendres, 3 de juliol del 2009

Tour Mestalla per sempre

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23 de junio de 2009. Mi hijo pasa a recoger sus excelentes notas de 4º de E.S.O. y yo le espero en el coche enfundado en la camiseta del doblete. Él, cosas de la adolescencia, ha ido a recoger las notas con una camiseta de los Minnesota Twins y una vez dentro del coche, la cambia por la camiseta de la temporada pasada, la de la Copa frente al Getafe. Estamos felices. Mi orgullo paterno se mezcla con lo que, sin duda alguna, es una de las herencias que mi único vástago recibirá: valencianismo en estado puro. Mi manía por tenerlo todo controlado me hizo reservar por internet dos plazas en la visita guiada por Mestalla hace casi una semana, reserva que me fue confirmada y que no hizo sino animarme más aún si cabe. Llegamos con casi 15 minutos de adelanto a la tienda oficial del club, junto al campo. Me presento y la dependienta, muy amable, me llama por mi nombre sin que yo me haya presentado, lo cual evidencia que no seremos muchos en la visita. Me cobra un precio especial para accionistas y abonados. No me pide documento alguno, parece ser que nuestras camisetas son una prueba irrefutable y más que suficiente. Sella dos entradas y nos las da. La visita está programada para las doce de la mañana. Nos dice que una chica vendrá y nos llevará hasta el campo. A las doce y cinco sólo estamos en la puerta de la tienda diez personas. Un par de amigos de Barcelona, uno culé y el otro xé. Un turista italiano despistado. Un matrimonio canario con tres hijos gafudos, todos madridistas confesos. Mi hijo y yo. A las doce y diez viene la guía, con su teléfono móvil a pleno rendimiento susurrándole decibelios en la oreja izquierda. Nos dice que la sigamos y nos lleva hasta la verja de acceso a la rampa, a la derecha de la fachada del campo. Más que guía parece un sherpa. No abre la boca, simplemente nos conduce, rampa arriba, hasta el piso donde están los palcos de empresa. Abre uno. Lacónicamente dice: “este es un palco de empresa, el de Estrella Damm”. Nuestra perspicacia holmesiana ya había extraido esa información de un simple vistazo a la estancia. Un botellón publicitario enorme de plástico de la cerveza en cuestión está sobre la mesilla baja que preside la parte diáfana de la estancia. Nos lleva hasta la sala de prensa. Sus palabras, memorables. “Esta es la sala de prensa”. Había un cartel en la puerta de entrada que decía lo mismo. De allí, por una ruta en caída libre, hasta la zona mixta y el vestuario del Valencia. Es hierática y fría, pero casi parece también muda. Es una verdadera putada. Le pregunto por los bancos en los que se sientan nuestras jugadores, bancos de gimnasio, de los de toda la vida. Me resulta extraño dado que sé que en el vestuario visitante hay unos cómodos sillones para cada jugador. Me dice que Benítez no quería que se relajaran demasiado los jugadores antes de salir al campo, y ordenó retirarlos. Su explicación es como agua de mayo pero, tras esa brisa, su boca se obtura como la válvula pilórica de Ignatius Reilly. Salimos por el túnel de vestuarios hasta el borde del terreno de juego. Nos dice: “podéis haceros fotos en los banquillos”. El banquillo del Valencia tiene el suelo mojado. Los sillones llevan unas horribles fundas que debieron ser de color naranja hace años. Tal vez los forran para protegerlos del riego por aspersión. Es un hipótesis apresurada que me formulo a mí mismo para entender lo kafkiano de la situación. Los tres últimos están forrados con bolsas de basura negras. Los tres niños gafudos quitan las bolsas de basura y quedan a la vista tres asientos del banquillo. Ahora sí merece la pena hacerse la foto. Nos lleva hasta la capillita y el vestuario de los árbitros. Es un detalle significativo. El culé no sabe qué virgen es la que está en la capillita. “La geperudeta” dice nuesta heroica guía. Nos lleva hasta “el Casal” y el palco VIP. Le pregunto si la bandera que hay en la vitrina es la fundacional (bandera que creía extraviada), la que fue paseada en 1923. Me dice que cree que sí, que es vieja y que está sucia; cosa que salta a la vista. Nos saca al palco y nos permite ser presidentes en la fotografía tópica que todos llevamos en mente hacernos. Punto y final. Nos baja por la escalera de la puerta cero y adiós muy buenas. En un momento de su “performance” su móvil sonó y sin intención alcancé a escuchar: “acabo ahora mismo”. Son las doce y cuarenta minutos. La visita ha durado media hora escasa. Nadie sabe nada sobre qué significa Mestalla, sobre las distintas fases de construcción o remodelación del estadio. Ni de los trofeos que el Valencia ha ganado en 90 años de historia y que están tristemente expuestos en “el Casal”, ni de las costumbres locales en los días de partido: la banda en el campo, los orígenes y fines de muchos de los momentos mágicos que se han vivido y vivirán en ese recinto. Bueno, yo sí estoy al tanto, pero es que yo soy del Valencia, ya sabeis. Volvemos hacia la tienda. El aficionado culé me mira extrañado y no puedo hacer más que una cosa: disculparme. Le explico por qué el campo recibió el nombre de Mestalla y con un pesar que va acrecentándose en mi interior le doy la mano. Las entradas a la visita guiada te garantizan un 20% de descuento en cualquier compra que hagas ese día. Solo si el artículo no está rebajado. Todos lo están. No hay opción de usar ese descuento para nada. Miro el sello de la entrada. Un viaje en el tiempo. Hemos vuelto al pasado. El sello es del 21 de junio de 2009. ¡Qué vergüenza!


Francisco García
Socio del Valencia CF
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