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dimarts, 19 de febrer del 2019

¡OSTRAS! ¡QUÉ FRÍO!


Mestalla, el viejo Luis Casanova, un estadio poco weather friendly porque, como todo el mundo sabe: en la capital del Turia, no llueve nunca.


O mejor dicho, CASI nunca, sempre plou quan no hi ha escola y es cierto que, aunque los datos pluviométricos que arrojan los climogramas de la capital nos hablan de un territorio tirando a seco y que, en los últimos años, se aproxima peligrosamente a la aridez, también es cierto que aquí, algo, aunque sea poco, llueve… y la lluvia moja, y cala porque aquí, Plou poc però per a lo poc que plou, plou prou.

Y aquí hace sol, y humedad, en combinación peligrosa (que se lo digan al bueno de José Luis Gayá). El frío, la lluvia, el sol, incluso el aire están bien, uno puede más o menos protegerse de ellos pero, ¡ay, amigo! La humedad es la parca de nuestra atmósfera, a todos alcanza, hasta los huesos.

Y allá por otros barrios, los estadios están bien cubiertos y protegidos, (cierto que a veces las columnas y pilares que sujetan esas cubiertas interfieren en la visión del verde), aunque el viejo estadio recogido y cubierto de caire británico o norteño ya es una especie en extinción frente al estadio moderno, animal tecnológico donde la comodidad vence a la humanidad… fríos estadios donde no hay calor, porque el más intenso de esos calores, el humano, ha sido extinguido bajo luces de neón, pantallas led y barras automatizadas. Pero eso es otra historia.

Mestalla no está cubierto, no al menos la mayor parte de su aforo si exceptuamos, claro está la cómoda y vetusta tribuna / anfiteartro.

Y muchas gentes, tanto aficionados, contables y directivos argumentan que es así lo lógico, ya que en Valencia no llueve nunca y que más que el Sol, el problema es la humedad, y eso lo sabemos bien en noches de veraniegas de Naranjas intempestivos y bochornos asfixiantes.

Hace algunos años (…) se debatió incluso, la oportunidad y necesidad de realizar en pleno la cubierta de un posible (…) nuevo Estadio valencianista: Mucho dinero y tiempo para cuatro gotas.

Y sin embargo, en Valencia, a veces, llueve. En Valencia a veces hace mucho frío, por una humedad pertinaz que trae el viento y en Valencia, también hace un sol que en ocasiones se convierte en fuego abrasador.

Es cierto que son cuatro días en la temporada, pero también es cierto que son esos cuatro días en que nuestros pequeños se quedan en casa secuestrados por una mamá que aplica la necesaria dosis de cordura. Sumemos otros cuatro días en que, o crema solar o cangrejo asado. Y nos da que en algunas zonas de Mestalla, salvo algunos agradables entretiempos (los otros cuatro días y cada vez más escasos) se ha ido, tradicionalmente, las clases populares, a gallineros varios… a sufrir.

Y escribo con cierto conocimiento de causa: no es el mismo frío el de una tribuna resguardada que el de una Grada la Mar a la interperie, tampoco el mismo Sol el de numerada cubierta que el de General de pie Norte. No, no es lo mismo. Tampoco es el mismo precio, es natural, pero, no, no es lo mismo.

Se ha dicho que, en Valencia, ciertas cosas no son necesarias, permítanme que lo discuta, cuatro días de suplicio, no curten: enferman.

Y viajamos atrás en el tiempo, seguro que todo lector de estas líneas tiene su recuerdo de empatía hacia estas afirmaciones, en mi caso recuerdo dos especialmente:




Aquel Valencia - F.C. Barcelona de 1991 que se saldó con un épico 2-2. Llovió, llovió mucho y caló, caló mucho y hasta los huesos. El cemento helado de aquella esquina de General de pie norte fue testigo de un tormento agotador que dejó a alguna decena de mil de Valencianistas más de una semana en cama y con la sensación de haber superado con vida (los afortunados que lo hicieron) una de las pruebas físicas más exigentes que puede tolerar un cuerpo humano.




La primera temporada en la Champion’s League también vivió también una noche de tortura atmosférica en un Valencia – Bayern que se saldó con un apañado 1-1. Fue la noche en que Adrian Ilie inauguró su peculiar y algo grotesca danza goleadora, aunque muchos de los allí presentes, en el palomar de grada la mar, sólo suplicábamos por una cama cubierta por un edredón calentito y un estómago repleto de caldo hirviente. Aquella noche, los linces que compraron aquella noche acciones de farmacéuticas especializadas en antipiréticos y antigripales, consiguieron amasar una pequeña fortuna.

Noches de frío en Mestalla. 

Unas cuantas, seguro que recuerdas alguna. 

¡Ostras! ¡Qué frío!


Sergi Calvo
Llueva, nieve o truene…Mestalla

Pd.
Llovía, mucho. VCF-FCB 1991

Octubre, abrigos en las gradas, el baile de la Cobra congelada VCF-BM 1999





dijous, 4 d’octubre del 2018

ETERNES VESPRADES A L'ALGIRÓS


I



Nunca es agradable presidir un funeral, pensaba el joven sacerdote, al tiempo que recogía con cuidado el utillaje litúrgico. Joven, aunque sin ínfulas de grandeza y lleno de ganas de hacer un buen trabajo en ésta, su primera vicaría; pensaba, al menos, que la ceremonia de hoy había sido pausada y contenida. La familia mantenía la serenidad propia de los que asumen que la vida es algo finito y que, como un cirio, lentamente el brillo vital se va consumiendo hasta desaparecer.

-Bon dia, Senyor Retor, disculpe vosté que el molestem però volíem agrair les seues paraules, mon pare era un bon home, sap vosté?- dice la mujer.

Un hombre y una mujer, ya mayores, hermanos e hijos del difunto, habían entrado con respeto reverencial en la sacristía. Las miradas serenas y las manos, estrechadas con el sacerdote con suma educación, gastadas y callosas, síntoma de una vida dura y trabajosa.

-Sí, estem molt agraïts, gràcies. -Continúa el hermano que parece algo menor -. Si necessita vosté qualsevol cosa més, si no, nosaltres ja marxem cap al cementeri.

-No, no gracias, acabo de recoger y salgo yo también para allá. -Responde amablemente el sacerdote.

-Per cert, senyor retor, una cosa que hem oblidat de dir-li i que és una curiositat: sap vosté que mon pare va ser, segurament, l’últim que quedava, dels que construïren la parroquia?

El sacerdote arqueó levemente las cejas, siempre había sido un apasionado de las historias y el anecdotario popular de la ciudad.

-I segur que vosté no sap, perquè és molt jove, d’on venen les rajoles de la construcció dels murs, veritat?

-No, no sabia jo res d’això… 


II

Los nudillos crujen de dolor, fuertemente estrechados por la mano del padre, aunque el pequeño no llora, de hecho, aún conserva la sonrisa traviesa por haberse librado de una más que segura azotaina. Los campos están llenos de piedras, huecos de acequia y otras trampas que podrían haberle hecho caer, de ahí que la instrucción, no cumplida, fuera severa: “Res de correr i agarra´t a la má de ton pare”. En cuánto la madre desapareció tras la puerta cerrándose de la barraca, nuestro pequeño, como si fuera una comadreja, había salido disparado, con habilidad innata, hacia su objetivo: el vecino muro de acceso al lugar de ensoñación.

-Jugarà Montes, pare? I Cubells?, guanyarà el València? Sempre guanya, veritat pare? Guanyarem? Montes farà un gol? Qui és millor, Pare? A mi m’han dit que Montes? Però a que Cubells també és boníssim? Guanyarem?.....

El padre sonríe mientras aprieta con fuerza la mano del hijo impetuoso que no ha podido evitar escapar, corriendo como un relámpago por la huerta, para llegar el primero al campo. Le ha costado más de un favor y esfuerzo conseguir una entrada para ir al campo del Valencia FC. Siempre le atrajo el Football desde que contempló, hace ya algunos años, por vez primera en una demostración junto al próximo cauce del río. Pero nada que ver con la emoción de su pequeño que, pese no haber nunca visto rodar un balón de verdad y no de trapos viejos, suspiraba de emoción y ansiedad cada vez que pasaba junto al tapiado de ladrillo amarillento del campo de juego. Mucho más interesado por las aventuras que contaban caminantes y transeúntes del lugar, que de aprender los rudimentos básicos del oficio de labranza propio del vecindario.

Minutos después, el pequeño asoma la cabeza entre la algarabía de los espectadores y curiosos allí reunidos; ya está en la tierra herbosa del solar tapiado el equipo rival, del que sólo se reconoce una camisola abierta azulada oscura con unas rayas negras y un pantalón y medias igualmente oscuras. Esperan brazos en jarra en el silencio del estallido previo al clamor de la afición local.

-Mira pare! El València!... mira, mira, mira, mira! Montes! I eixe ha de ser Cubells! Mira pare, els veus… són els jugadors del València!

Mientras, el padre sonríe , los ojos del pequeño retendrán para siempre esa imagen de felicidad e ilusión absoluta. Unos ojos vivarachos y alegres, que habrán de ver todavía muchas cosas en la vida que sucederá. 

Unos ojos azules. De un azul casi polar.


III

El viejo sacerdote siente que la providencia le ha abandonado. Desde siempre aprendió y aplicó aquello de “A Dios rogando y con el mazo dando” y en ésta, la que era su gran obra, había golpeado muy fuerte con el mazo de la persistencia. Había conseguido, a cambio de un responso, reducir el precio de la portada, de piedra antigua, que habría de dar lustre a la construcción del templo definitivo. Había bordeado la afonía en más de un despacho y estaba a punto de conseguir las losas sobrantes de la reforma de la plaza de la Virgen para el atrio parroquial… cuando la riada, tragedia terrible y drama y dolor en la ciudad, se había llevado por delante los pocos materiales de construcción disponibles aparte de, más importante aún, las ilusiones y esperanzas de sus humildes parroquianos.

La acequia de Mestalla baja todavía crecida y el sacerdote mira el cielo, aún plomizo, preguntándose qué nueva plaga bíblica iba a recibir su templo aún no construido, cuando una voz recia y calmada le resuena por detrás en un impostado castellano.

-Senyor Retor, tenga usted cuidado, ahí hay mucho barro y puede resbalar y caer al agua.

Quien habla es un labrador parroquiano, de unos aparentes cuarenta años. Aunque avejentado por la dureza del trabajo en el campo próximo, se mantiene erguido y fuerte. En sus manos, pies y cuerpo la marca del duro trabajo y el barro persistente del que ha ayudado en todo lo posible a sus vecinos, amigos y hermanos a sobrevivir al drama reciente provocado por el agua indómita y criminal.

-Más me valdría, hijo mío. – El sacerdote necesitaba desahogar sus penas y frustración-. No hay manera… salvo que usted sepa dónde podemos encontrar ladrillos suficientes para construir la parroquia… más me valdría caer al agua, sí.

El labrador queda pensativo por un momento. El sacerdote le observa y por un momento parece percibir un rayo de luz en su mirada.

-¿Rajoles?… digo … ¿piedras dice, padre?... Escuche, yo sé dónde hay piedras, un montón.

-Pero… -dice el sacerdote.- tienen que ser de aquí cerca, para transportarlas con carretilla, y levantar la iglesia, y…

-Mire padre, yo le puedo traer a usted rajoles para construir una catedral si lo desea….de hecho –pensó en voz alta el labrador.-En ningún sitio mejor que aquí podrían acabar esas piedras.

El sacerdote alzó la mirada esperanzado y se topó con una leve sonrisa, que contrastaba con unos ojos cansados y melancólicos , que habían visto muchas cosas, demasiadas para una sola vida. 

Unos ojos azules. De un azul casi polar.

IV

El mes de julio está siendo tórrido y asfixiante, no vendrían mal unos ejercicios espirituales en alguna casa de Groenlandia, piensa el joven sacerdote mientras arranca el vehículo y se incorpora al camino que conduce al cementerio. A pocos metros, en el semáforo, el conductor del vehículo funerario saca su codo por la ventanilla, indolente.

En su interior un humilde féretro aguarda su último viaje a la eternidad, en el espejo retrovisor una fachada de iglesia avejentada y unas piedras que necesitan inminente restauración. 

Piedras algo más viejas que el templo que ahora protegen de la intemperie. 

Ocultas por una enredadera infinita que, a modo de velo, guarda el secreto de su origen.

En su viaje, tal vez el último, hacia la eternidad de la que fueron, un día y para siempre, testimonio.

Sergi Calvo





divendres, 7 de setembre del 2018

PEDJA


Soy perfectamente consciente de lo que supone escribir un artículo evocación de Pedja Mijatovic en su vinculación a Mestalla. Mijatovic es, seguramente, el más grande supervillano de la historia reciente del club. En un tiempo donde aparecen las primeras camisetas nominales, aún hoy, veinticinco años después, todavía asoma por Mestalla alguna camiseta, ya gastada, con el número 8 del montenegrino y una impresión añadida con el nombre del apóstol traidor. 


Asumo esa responsabilidad y toda respuesta a estas líneas que, sólo pretenden, poner en valor para nuestra historia centenaria la trayectoria de un jugador, que antes de villano fue el héroe predilecto de una afición que todavía tuerce el gesto cuando escucha su nombre. 

Recordaremos a nuestro protagonista a través del revelado de algunas instantáneas, esperando ajustar al máximo el tiempo, ya pasado desde aquellos acontecimientos y que debe dar una perspectiva que adecue la temperatura y suavice la agitación. 

Cámara oscura, luz tenue, comencemos. 

Instantánea primera. 

Lentamente aparece en el papel una primera imagen, es la fotografía de un jugador en lo que parece su presentación en el viejo Luis Casanova. Un muchacho en el que destaca un pelo largo y enrevesado con aparente fijador, una nariz del genotipo balcánico, entre aguileña y ganchuda y mirada desafiante. En la imagen intenta controlar el balón que vuela por el aire en filigrana ante una grada de Mestalla semidesértica con, apenas, algunos muchachos transeúntes que se han asomado a la curiosidad de ver la puerta del viejo estadio abierta. 

Su nombre es Pedrag (Pedja) Mijatovic y es uno de los nuevos fichajes para la temporada 1993-94. Su origen será durante mucho tiempo “yugoslavo” aunque los más cultos del lugar, atendiendo a la dramática situación de su lugar de origen se apresuran a precisar que es Montenegrino. Su origen es un club de Belgrado pero no el rutilante y reciente campeón europeo Estrella Roja sino el llamado Partizan. Su coste no es de ganga, 350 millones de pesetas es dinero importante para un jugador del cual se desconoce absolutamente todo y que incluso parece difícil su presencia en el once titular. Su aval es Pasieguito, con los antecedentes del bueno de Pasiego, muchos han dado crédito a su contratación pero parece una apuesta menor, un nombre anónimo más, si acaso por la peculiaridad balcánica, no tan habitual en aquellos tiempos en el Valencia… ja vorem. 

Pronto la fotografía adquiere color. En tiempos dónde, de muchos partidos, sólo se conoce la crónica del diario posterior, comienza a correr boca a boca una evidencia: Ese “tal Mijatovic” es muy bueno, corre, pelea y es un puñal inesperada, mete goles, muchos, de todas las formas y es… imparable. 

Imparable. 

Instantánea segunda. 

Poco a poco, en la noche de un estadio centroeuropeo, en Alemania seguramente, aparece un equipo vestido de azul muy oscuro y pantalón blanco. El Valencia europeo. 

Mijatovic era imparable y pronto lo había demostrado ante su afición y en una Europa que comenzaba a conocer cómo se las gastaba el montenegrino. 

Goles de todas las formas, electricidad, liderazgo… y un Valencia que parecía florecer: Los Fernando, Quique, Penev y compañía habían encontrado en aquel 8 el percutor que necesitaban para atemorizar el mundo. 

Con Hiddink al mando aquel Valencia jugaba de manera espectacular. La primera eliminatoria del curso europeo había sido finiquitada, con Pedja en modo estelar, ante el evocador Nantes de un tal Pedrós, de origen valenciano. Y en la ida ante el aparentemente débil Karlsrhue (“Un Osasuna” alguien dijo) parecía que el equipo, líder por aquel entonces en liga, iba a cabalgar con igual éxito por los campos europeos. 

Si. En la foto de aquella noche está, grabado para la historia, Pedja Mijatovic. 

Creímos que con Pedja en el campo éramos invencibles, que el momento de por fin, volver a levantar trofeos era inminente… Nos equivocamos. 

Instantánea tercera. 

Por un momento la imagen parece borrosa y errada pero no lo es, es la lluvia la que distorsiona la imagen. 

Lo que algunos creían primavera, era en realidad un tiempo cambiante y desquiciante que llenó de espejismos el imaginario colectivo de Mestalla. 

Pero Pedja seguía, como una constante, tirando del carro. Menos goles en esta segunda temporada pero el 8 seguía siendo la pesadilla de los rivales de aquel equipo. La liga había discurrido desapacible y gris, como si avisase de la tormenta, esta vez real, que se avecinaba en aquella tarde que, sin embargo, comenzó bajo un sol de justicia en Madrid. 

El once de aquella final guarda nombres evocadores. Zubizarreta, Penev, Fernando, Mijatovic… pocos imaginaban que una de las (Discutidas en su política) lonas legendarias que décadas después adornarían la fachada de tribuna de Mestalla, iba a ser asignada con, total merecimiento, al joven y rubio lateral derecho por aquel entonces y que todos consideraban jugador anónimo e intrascendente… pero ésa es otra historia. 

Bajo la lluvia, los jugadores corren extasiados, al frente de ellos Mijatovic abre sus brazos con su gesto de triunfo habitual, puños cerrados, chicle y mirada de depredador mientras se lanza al césped mojado para celebrar el gol que empata aquella final copera. Un golazo de falta. El éxtasis ché en las gradas del Bernabéu. 

Creímos que era inminente…nos volvimos a equivocar. 

Instantánea cuarta. 

Pantaloneta negra; aquella tercera temporada de Mijatovic se recordará por el Sabio que moraba en el banquillo del Valencia. También los jugadores creyeron que era inminente. Creyeron y por muy poco se equivocaron, aunque ésta vez, fue lo de menos, el camino mereció la pena. 

El Valencia ha arrasado al FC Barcelona y aparece ante el mundo como la supernova que pone en peligro el título del At. de Madrid. De hecho, en su visita al Calderón, los blanquinegros demostrarán quien ha sido, realmente, el mejor equipo de la segunda vuelta de aquella temporada. 

No, aquel Valencia no aparecerá en lo alto del cuadro de honor, tampoco lo hará Mijatovic, superado, paradojas, por su ex compañero Pizzi en la tabla de goleadores. 

Pero Mijatovic se convertirá en la súper estrella de aquella temporada. Imparable, demoledor… su chicle, su pelo largo, desordenado pese a la gomina y sus brazos abiertos son fotografía constante en la prensa del lunes donde, sus compañeros se han convertido en escuadra temible y amenazante. Luis, con su chándal en el banquillo, contempla su obra… una de las mejores del viejo sabio. 

La foto ya está plenamente revelada: Mijatovic levanta sus ojos al cielo con gesto de sorpresa e impresión mientras su boca muestra una mueca de felicidad y sorpresa, el cuello ladeado y el gesto de impresión por el ruido, atronador, que se intuye en la instantánea, de un Mestalla a sus pies. 

Es una de las ovaciones más impresionantes que se recuerdan el estadio Ché. Mijatovic es el héroe absoluto, ni tan siquiera Pedja espera un aplauso y unos vítores tan atronadores. 

Pedja es el héroe, el elegido. 

Instantánea final. (No válida). 

La réflex que inmortaliza el tiempo ha fallado en este último disparo, parece que se ha encasquillado. 

El carrete no parece haber corrido lo suficiente y se han agolpado, en una misma instantánea, varias imágenes que pierden su nitidez por su sobre-exposición. 

Una noche en la agrupación de Peñas, un Rolex de oro, unas camisetas de aficionadas rasgadas y sobreimpresas, Mijatovic en Mestalla de azul y de morado, el propio Pedja en un acto de centenario pero del otro equipo de la ciudad… Imágenes borrosas, sueltas, distorsionadas. 

De un accidente. 

De una traición. 

Creo que finalmente voy a contemplar con calma las primeras cuatro imágenes, a ellas el tiempo se va encargando, poco a poco, de poner en su sitio. Hay muchas más, siempre que contengan el escudo de Valencia en el pecho, son fotos de un héroe, un futbolista extraordinario, anárquico y diferencial, voraz e imparable, una supernova que iluminó una noche tenue y salpicó con su brillo a otras estrellas que buscaban su lugar en el firmamento. 

Me quedo, en éste centenario con ése Pedja, el de la foto de su casi anónima presentación, el de los goles desde el centro del campo, el de los puños cerrados y el chicle, el de la cara de sorpresa, como la de un niño ante la ovación de Mestalla. 

Sí me quedo con ese Pedja; el de después no me interesa. Seguramente la traición es incurable y nunca se podrán cerrar las heridas de aquellos días, luego semanas y meses y al final años en la que todo, absolutamente todo, se hizo y se dijo mal. 

Me quedo con el Pedja héroe que nos hizo soñar y olvido a la caricatura súper-villanesca en la que se convirtió después. 

Y recuerdo, ahora que el escudo del murciélago cumple cien años que, durante tres años, un montenegrino atravesó, como un rayo, el césped de Mestalla. Eso no quiero olvidarlo porque es también parte de nuestra historia, que el tiempo, que todo lo puede, tal vez algún día, coloque en su lugar. 

Sergi Calvo 
Socio y Accionista del Valencia CF 

dimarts, 29 d’agost del 2017

LA VEZ PRIMERA





Mamá cierra la puerta del coche, su gran preocupación es que mi pequeño no pase frío.

Daniel olvidará todo esto. No recordará las últimas instrucciones… con cuatro años y medio, las palabras de mami quedarán diluidas en el pozo de los no-recuerdos: “abróchate bien la chaqueta”, “Si tienes hambre pídele a papá el bocadillo”, “si te cansas, se lo dices a papi y él me llama y vengo a buscaros en seguida, ¿eh?”…

Pero mi pequeño no escucha nada de esto, no está prestando atención a estas vitales instrucciones, sus ojos miran a otra dirección: es de noche y entre los edificios casi sin luz, se intuye una silueta casi mágica, pintada de negro y naranja.

 Los ojos de Daniel sólo miran Mestalla.

Daniel olvidará el paseo por los alrededores…
-¿Quiénes son esos, papi?
-Son jugadores muy, muy buenos del Valencia… mira “El Piojo” (Daniel sonríe “¿un piojo?”) y ése es Mundo que metió muchísimos goles y Cañizares que era un portero muy bueno y ése es Kempes (“ooooh, Keeempes, ése era buenísimo, ¿verdad?”).

Daniel olvidará que tampoco hoy hay un ambiente extraordinario, Daniel no recordará porque apenas le importa, que el partido es algo más que intrascendente, un partido de vuelta de Copa del Rey en una eliminatoria muy preliminar y prácticamente sentenciada. Sólo hay una curiosidad interesante en el partido: La primera visita del Leganés a Mestalla...Pero a un pequeñajo de cuatro años y medio, eso le importa más bien poco.

Daniel olvidará la rampa de subida hacia la localidad, fila tal, asiento cual. Seguramente nunca recuerde que hoy el papi no va dónde siempre, sino que aprovechando una desesperada oferta del club, vamos a una localidad más calentita y protegida del frío… Daniel no sabe nada de esto, (ni tampoco que era condición obligatoria por parte de mamá para poder ir)…

Daniel ya ha olvidado que no es la primera vez que pisa Mestalla: el césped, en una feria de marketing, pero ya no se acuerda… por eso, cuando atraviesa la puerta del vomitorio, abre los ojos muy fuerte… ”!!!Halaaaa… qué grande… y que verde... ostraaas!!!”

Daniel olvidará al murciélago-mascota que anima los prolegómenos y las conversaciones de los (pocos) vecinos de localidad. A Daniel no le importa en absoluto saber ni de la intrascendencia del partido ni de la delicadísima situación del Valencia, al borde del colapso institucional y en una situación deportiva tan desastrosa que sólo los más viejos del lugar atisbamos a recordar…

Daniel no sabe nada de ésto, porque, básicamente, no me lo ha preguntado, porque, básicamente, no le importa en absoluto, a él sólo le importa ver al Valencia jugar en Mestalla.

Suena la banda de música que toca los acordes del pasodoble y los jugadores saltan al campo… “¡Mira, Papi! ¡Es el Valencia!” sonríe mientras aplaude con timidez…

                                     



Yo lo he olvidado.

Olvidé la azarosa razón por la que yo, a punto de cumplir seis años, pude utilizar el pase reservado en riguroso turno a mis dos hermanos. Sospecho que fue una varicela, oportunamente contagiosa la que me permitió entrar, por primera vez en la mágica rotación.

Confieso que he olvidado el camino aquella tarde hacia el Luis Casanova, supongo que andando por Jacinto Benavente primero y por los cuarteles de Aragón luego, hasta la Avenida de Suecia… supongo que haría sol y la tarde sería templada y calurosa. Es más que probable que al entrar alquiláramos una almohadilla, de color verde oscuro. Seguro que mi madre me dijo que luego habría que devolverla a la salida (aunque había gente que la había comprado y la traía desde casa) y mi padre sonreiría, sabiendo que esa almohadilla muy probablemente íba a ser devuelta, ciertamente, pero al vuelo en otra dirección…

No me importaba nada más que jugábamos contra Las Palmas. No tenía ni la más remota idea, del hecho, que veníamos de una apasionante eliminatoria Europea contra el Manchester United y que el equipo estaba concentrado en otros menesteres… Todo eso lo supe muchos años después, sólo me preocupaba ese extraño olor a puro que respiraba en el viejo estadio y los murmullos de nuestra localidad acerca de si hoy jugaría o no un tal “Kempes”.

He olvidado que era 20 de Septiembre, sí recuerdo el año: 1982. Olvidé la alineación aunque sí recuerdo que los nombres de aquellos jugadores que ya habitaban en mi imaginario, pronunciados en la megafonía y ahora encarnados frente a mí, me resultaron de una impresión más que notable… ¡mi primera alineación en el Luis Casanova!: Sempere, Carrete, Botubot, Tendillo, Arias, Castellanos, Saura, Solsona, Roberto, Idígoras y Kempes.

Pero nunca olvidaré
y mi hijo Daniel tampoco lo hará, pues lo veo reflejado en sus ojos…

La sensación de una primera vez en el viejo Luis Casanova.

El verde del césped, el sonido del balón al ser golpeado.

El silencio, el murmullo, el eco del aplauso que rebota contra la grada de cemento.

El “uuuyyyy” al unísono, el comentario chillón, la protesta excesiva.

La camiseta, blanca, con un escudo de color y un murciélago en el pecho.

Lo grande,

Lo enorme

Que es Mestalla.

Sergi Calvo
Socio y accionista del Valencia C.F.