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dimarts, 8 de juliol del 2014

Alfredo DiStefano. In memoriam.

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Ens ha deixat Alfredo DiStefano. Per alguns president honorífic, per a altres l'origen de tots els seus mals per culpa d'un complot tramat pel règim franquista. Per a nosaltres, els valencianistes, simplement Don Alfredo.

Entrenador en tres períodes diferents del nostre València CF en el primer d'ells es proclamà campió de lliga la temporada 1970-71, la lliga dels Abelardo, Sergio, Paquito, Antón, Forment, Barrachina, Claramunt...

En el segon dels seus cicles a la banqueta ens deixa la Recopa d'Europa de l' any 1980, un torneig on vivirem eliminatòries més que vibrants contra el Barça, el Rangers i on els penals contra l'Arsenal ens feren de nou campions, amb jugadors com Kempes, Arias, Saura, Tendillo, Botubot, Solsona, Carrete...

El tercer periple per Mestalla va ser més amarg. Quan les coses no anaven gens bé, amb un club en descomposició i arruinat, quan el fantasma del descens era ja una realitat, de nou Don Alfredo agafà el timó de la nau valencianista per a intentar un impossible. Eixa temporada 1985-86 va acabar amb el primer descens del València a la Segona Divisió.

La temporada següent, amb un club marcat per les penúries econòmiques i les limitacions pressupostàries l'equip es va fer amb veterans com Subirats, Arías i Sempere, les incorporacions d'Alcañiz i de Bossio i jugadors jóvens, bàsicament del planter. Els Quique, Arroyo, Revert, Fenoll, Giner, Voro, Fernando... feren Don Alfredo campió amb el València una altra volta, i de segur el feren feliç per haver retornat al seu València al lloc que mai hagué de deixar.

Descanse en pau Don Alfredo, el mite i la persona.


Josep Bosch
Soci del València CF 
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dissabte, 8 de febrer del 2014

Un año de ensueño (Homenaje de un valencianista a Luis Aragonés)

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“El sueño de un hombre es parte de la memoria de todos”, dijo Albert Camus. Y Luis Aragonés tuvo la generosidad de hacernos partícipes a muchos hinchas de su sueño de una vida ligada al fútbol. Gracias por la parte que nos toca. 

Del futbolista, del entrenador, de la persona; de todo ello se ha hablado largo y tendido estos días. Pido turno ahora para esbozar las sensaciones, las de su paso por Valencia, puesto que un hombre –y su sueño- también es la impronta que deja. 

Luis nos regaló un año mágico. Una temporada, la 95-96, en la que los valencianistas volvimos a disputar realmente el título de Liga, algo que los de mi generación ni habíamos llegado a barruntar. Nos ayudó a reencontrarnos con el gen competitivo del bronco y copero en una campaña en la que Fernando y Mijatovic se doctoraron y el Real Madrid y el Barcelona se llevaron cuatro goles cada uno de Mestalla. 

Fue la temporada del roigismo en la que más se habló de fútbol y la única temporada de Roig que fue mejor que la pretemporada. Nadie podía imaginar, cuando el Espanyol nos ganó 2-0 en el penúltimo partido de la primera vuelta –con doblete del inefable Jordi Lardín-, que nuestro equipo protagonizaría una trepidante persecución al Atlético de Madrid, finalmente campeón. La que Luis resumió con el abrupto “Gil está acojonao”. 

La 95-96 representó la Primavera de Mestalla. La temporada en la que nos espolsamos los complejos de tres lustros y nos volvimos a poner el traje de gala para gritarle al mundo que el Valencia, ahora sí, había vuelto. La marcha ascendente del equipo convirtió las Generales de Pie en un lienzo permanente -blanco, negro, azul, rojo y amarillo- de banderas y todos los chavales nos compramos la sudadera Luanvi de entrenamiento. La identificación con jugadores como Poyatos, Gálvez o Mazinho era total; una plantilla entrañable en plena comunión con la afición. 

¿Que si tengo idealizada esa campaña? Posiblemente, pero es que la segunda vuelta la vivimos como si fuera la última. Entre victorias en casa que metían presión a los colchoneros y desplazamientos masivos que veía con envidia por televisión. 

Todo ello lo hicieron posible entre Luis Aragonés y aquellos futbolistas a los que Jesús Paredes dejó en perfecto estado de revista. Con profesionalidad, pasión y el apoyo de una afición entregada. La marca de la casa. 

Para la campaña siguiente pude conseguir mi primer pase -el de la foto de la final de Copa del Bernabéu- en la General de Pie Norte, cerca de la Penya Roberto Mislata. Pero para entonces a Luis ya le estaban empezando a hacer mobbing. La pretemporada volvió a importar más que la temporada y así nos fueron las cosas. En la presentación, Luis amagaba con la dimisión porque en el esquema del club el fútbol había pasado a segundo plano. Fuegos artificiales y peroratas de verano. El millor equip del món, deconstruído en el equipasso un año después. 

A partir de entonces todo fue a peor y la dimisión de Luis sólo quedó aplazada. Recuerdo perfectamente aquel partido de UEFA contra el Besiktas en el que se consumó. Las banderas ajedrezadas de los turcos, las bombers al revés en el fondo sur, el fallo garrafal de Amokachi en la portería del gol norte, la camiseta inédita con la publicidad de Ford Ka. Y, cómo no, la celebración del gol de Patxi Ferreira -mi amigo Patxi Ferreira, decía aquel cántico de Gol Gran-, la extensión de Luis sobre el campo, corriendo enrabietado hacia el banquillo para dedicarle el tanto al de Hortaleza. 

Emotivo epílogo. Sólo el interregno de Valdano separa el VCF de Luis del atinado desescombro de Ranieri, así que me permito, más allá de las discontinuidades en la plantilla, la licencia de vislumbrar la conexión atemporal y metafísica del bronco y copero. Del Valencia que supedita los nombres a los hombres. Aragonés la entendió a la primera. 

Del Luis futbolero está todo dicho. Como persona, me parecía que era pura cultura popular de Castilla La Nueva. Primero sarcasmo, después consejo. Por este orden. 

Contaremos a las nuevas generaciones de valencianistas lo bien que lo hizo aquí y cómo disfrutamos de aquella campaña 95-96. 

Seguro que para usted también fue un placer y un privilegio, gracias míster!


Simón Alegre 
socio del Valencia CF 
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dimarts, 6 de novembre del 2012

Mestalla, el nacimiento de un mito

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Cada vez que se oyen rumores sobre la posible reanudación de las obras del nuevo Mestalla, se me pone un nudo en el estómago, tengo sentimientos encontrados, el nuevo estadio está más cerca de donde resido, y en diez minutos andando estaré allí, pero como animal de costumbres, mi mapa de movimiento humano, es sencillo y reproducible, la proximidad del nuevo estadio, suplantará a las tertulias pre-partido en coche, a la satisfacción de encontrar aparcamiento legal a la primera, al peregrinaje originario desde la zona de la Mezquita y posterior desde el Paseo de la Alameda, a la llegada hasta los aledaños del viejo Mestalla, allí donde se respira el ambiente y el sonido inconfundible de la afición, la excitación antes del partido, los cánticos, el trago a la rubia, la caballería con su innegociable rastro, el asalto al monumento a la afición, la llegada de los contendientes, y siempre a un cuarto de hora del comienzo, el inicio de las rampas del particular Alpe D’Huez, por su vertiente más dura, por la Torre B, luego acceso a Vomitorio 469, bajada de vértigo a la tercera fila, con el campo de batalla de color verde como fondo, saludos a mis compañeros de armas, hasta encontrar el refugio de mi trinchera, el asiento nº140.  “THE SHOW CAN BEGIN”.

Mi consciencia sobre Mestalla y el fútbol nació a golpe de transistor, escuchando la cruel adversidad de un triste y anunciado descenso, los inicios parten del lastre de creerse mago inexperto e ilusionista en sueños de campeón, comprados a golpe de talonario, e impagados con economías quebrantadas, para mayor gloria de la ambición, de la dictadura fanfarrona y del ego desmesurado.

No os faltará razón para decirme que visteis a algunos de los mejores jugadores europeos y sudamericanos del momento, pero yo desde mi perspectiva inmadurez, os contesto, que esos éxitos si no tienen un equilibrio económico, se vuelven simiente en campos de fracasos futuros.

Al ritmo de timbales de Segunda División, empezaron los pobres de espíritu a abandonar el barco del Valencia CF, con la misma intensidad y a la voz de “El Valencia será lo que los valencianos quieran”, se subieron los valientes, a manadas, como nunca antes había sucedido, un ejército de optimistas, dispuestos a recuperar el orgullo perdido, y renacer de nuestras cenizas, cual Ave Fénix.

Crecí con la esperanza de un temprano regreso a la élite, forjado en la disciplina y austeridad económica, del primero de nuestros valientes, Don Arturo, que quiso, supo y pudo sacar la espada clavada de lo más profundo de nuestro escudo, rellenándolo de economías malabares, equilibrados presupuestos y amortizadas deudas.

Para redirigir el rumbo, continuamos confiando en la sapiencia de una leyenda del fútbol mundial, un argentino de los de tango de Gardel, un viejo amigo del Valencia CF, Don Alfredo y su ayudante Jesús Paredes, sus señas de identidad, trabajo, honestidad, parquedad en palabras, y ocurrentes respuestas, nunca dijo una palabra de más, no vino a ganar títulos,  pero con él conseguimos posiblemente el más trascendental del club “El Ascenso”, después en el retorno a primera, se sufrió como cualquier equipo recién ascendido, sin la suficiente experiencia, y afectado por las lesiones, llevó al equipo a desfondarse en el segundo tercio de la Liga de 1987-88, así que se hizo cargo del equipo, un valencianista de los de antes, de los de siempre, D. Roberto Gil, que consiguió mantenerlo en la máxima categoría.

Después del asentamiento en la categoría y en plena pubertad, apareció un uruguayo rígido, serio y trabajador, Víctor Espárrago (el antecesor del homo-Cúper), junto a su inseparable Modesto Emir Turrén “El Jefe”, su fútbol basado en el rigor táctico-defensivo y en la racanería de un fútbol escaso, amante del cuerpo a cuerpo y de la combatividad, pero efectivo. Un increíble 3º puesto, nos daba acceso (justo seis años y medio después) a lo impensable, el retorno a las competiciones europeas.

En lo deportivo se recurrió a una cantera igual de productiva que antaño, aderezado con exóticos fichajes, que elevaron al club, pese a la estrechez monetaria, a cotas insospechadas, hicimos nuestro el lema “nunca con tan poco se consiguió tanto…” añadiendo “…y especialmente en tan corto espacio de tiempo”.

Mi adolescencia se fue con Guus Hiddink, un holandés errante, de ida y vuelta, un exquisito cafetero de juego preciosista y escaso botín, que nos dejó duelos de altura entre el Dream Team de Cruyff, y la Naranja Mecánica, y… por desgracia de 2 noches de tren europeo, dos humillantes descarrilamientos en la Copa de la UEFA, el nombre de las estaciones, Nápoles y Karlsruher. Después, llegó el caos institucional y deportivo.

El paso a mi juventud, en la antesala de lo antiestético, trajo el rumor de lo incierto, la Ley de Sociedades Anónimas, la oportunidad de mentes ávidas de protagonismo, por hacerse con el poder accionarial del Valencia CF, desde la distancia en el tiempo, me resulta más fácil de entender, pero lo cierto es que todo pasó muy deprisa, y sin más, nos vimos con Paco Roig de presidente, creí que su incontinencia verbal sería transitoria, sí, no lo voy a omitir, le hizo un lavado de cerebro a una afición aletargada y anclada en la monotonía, y nos hizo ser partícipe de su Valencia campeón, nos hizo subir la autoestima, nos lo creímos y casi lo consiguió, un extraño e injusto subcampeonato de Copa y un excepcional subcampeonato de Liga, pero el peaje se me antojó excesivo, a nuestro D. Arturo, lo empujamos a marcharse por la puerta de atrás, la vorágine de las SS.AA. dejó obsoleto el viejo sistema, como antigua forma de club de fútbol, y se tragó a todo aquel que no quiso competir, utilizando como método, la chabacanería y el “bocachanclismo”. Las SS.AA nos dejaron para la posteridad, que el fútbol ya nunca sería lo mismo.

La era de Paco Roig (nada que ver con la de Aquarius), la recuerdo como una “mascletà” de sucesión de noticias extradeportivas, bochornosas la mayoría de ellas, el tiempo se me pasó rápido, tal vez por la continua retahíla de fichajes, no en vano, en dos temporadas nos trajimos a medio Logroñés, a casi una cuarentena de jugadores fichados en 4 temporadas, y en el mismo espacio de tiempo, se fichó a Parreira y su estilo de juego “El Parabrisas”, al tío Luis Aragonés con sus amiguetes, Patxi Ferreira, Moya, Otero y Engonga; a Jorge Valdano, el estilista del verbo, y su filosofía “Las perchas o la utilidad de las derrotas”, que vino aquejado de graves problemas de incontinencia verborreica, una trajeada variedad del mal que padecía su presidente.

Pero para mí, lo peor fue ver, uno tras otro, a jugadores como Quique, Giner, Robert, Penev, Eloy, Tomás, Sempere, luego Arroyo, y en otros períodos, Fernando, y finalmente Camarasa, dejar de pertenecer al club, y pasar a ubicarse para siempre en el “Hall of Fame” de mi memoria, pues con ellos el club fue creciendo y buscando su lugar, una búsqueda paralela a la mía, era como si mis hermanos mayores se fueran de casa, sabes que ya nada será igual, no en vano habían permanecido junto a mí, muchos años.

La Copa del 99, con el guiño a Camarasa, levantando la copa junto a Mendieta y el Piojo López, guarda un significado especial para mí, pues Camarasa no sólo estaba alzando la Copa, estaba en cierto modo, haciendo un homenaje generacional, los que no consiguió ganar ningún título, y los que ya empezaban a triunfar. Eso o, que en mi acusada bondad, creí conveniente repartir emocionalmente un trozo a Copa con ellos, se lo debía. Ostras, hubiera sido increíble ver a Fernando levantar un trofeo, y no menos increíbles las celebraciones del cachondo de Giner, o ver a Sempere cantar.

Parece un poco extraño, ahora que lo pienso, pero en aquella etapa, cuando el club sufrió más, y la máxima aspiración era entrar en UEFA, cuando se esfumaban las Ligas antes de llegar a Navidades, y conseguir un título, era una quimera, fue entonces cuando fui más del Valencia CF que nunca.

Al final la hoguera de las vanidades, exhumó su particular venganza, y donde antes el populacho aclamó al emperador, después pidió su cabeza hasta destronarlo. El resto, y lo que sucedió después, hasta el día de hoy, ya lo conocemos, todavía está muy reciente y pertenece a otra etapa de mi vida.

Si alguna vez vuelven los buenos tiempos económicos se abrirá la veda para que cualquier flautista de la palabra nos hipnotice y, con su melodía de la abundancia, nos confunda y vuelva a birlarnos nuestra dignidad y sentimiento: he llegado a la confusa conclusión de que es normal, cíclicamente necesitamos caer al fondo del abismo, y saber dónde estamos, para volver a resurgir. Deber ser el espíritu fallero que impregna esta tierra, que nos hace parecer como un monumento fallero, quemar y rehacer. Ahora que, como nos descuidemos, en una de estas no nos rehacemos.

Es por esto, que en el momento que se puso la primera piedra para el nuevo estadio, esa piedra tenía grabada la caducidad del viejo Mestalla, se podrá tardar más o menos tiempo, pero una verdad es inescrutable, su desalojo y derribo final.

Yo no sé si estaré preparado para ese día, el de su destrucción, pero procuraré estar cerca, no quiero que nadie me lo cuente, lo quiero ver con mis propios y seguramente vidriosos ojos, ese será el trozo de objeto que me lleve de él, su recuerdo de las tardes y noches allí vividas.

Cuando ya haya sido aniquilado, y en su espacio mortal, se realicen edificios, jardines o lo que urbanísticamente se decida, las generaciones de ayer y de hoy, sabremos que estuvo allí, con todos nosotros, gritando, animando, llorando, riendo, sufriendo, todos juntos, y será un deber de valencianista, no olvidar, y recordar a las generaciones de mañana, que y quien fue nuestro Mestalla, pues ese será el momento del nacimiento del mito, el lugar donde se reunió, al sufridor perenne de bufanda, al aficionado de bocata y pinganillo, al contertulio de lo blanco o negro, al come-pipas en envoltorio de opiniones maleables, al socio-accionista de alegres lágrimas, solemnes tardes y gloriosas noches, …  es ahora, cuando echando la vista atrás, me doy cuenta de cuánto te voy a echar de menos. “THE SHOW MUST GO ON”


José Luís Aguilar, “Pepelu”
Socio del Valencia CF
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dimecres, 5 d’octubre del 2011

Real, como la vida misma

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No tuve la ocasión de tratar a Paco Real ni de conocer de primera mano sus inicios en el mundo del fútbol. Sin embargo, sí que he grabado en mi mente algunos detalles de su corta e intensa etapa como entrenador del primer equipo y los quería compartir, como homenaje y reconocimiento.

De nuestra infancia valencianista solemos conservar una colección de momentos que hemos puesto a buen recaudo como patrimonio inmaterial ante el que echar mano cuando la incertidumbre nos asalta. Con once años y el germen de esta pasión en plena ebullición se cruza Paco Real en este relato personal.

Y como el fútbol no deja de ser una manida metáfora, más o menos fidedigna, de la vida, el paso de Paco Real por el banquillo de Mestalla también nos legó una enseñanza marca de la casa.

A veces el reflejo de los focos nos deslumbra tanto que no somos capaces de valorar en su justa medida todo lo fundamental que sucede detrás de ellos para que el tinglado luzca sus mejores galas.

Esta ceguera nos dura a los valencianistas más de lo deseable, pero confío en que nos estamos curando mediante nuestras particulares terapias.

A Paco Real le tocó en suerte, valga la contradicción, dirigir al equipo en una de las etapas más convulsas de su historia. El memorial de agravios pone los pelos de punta: conversión en SAD, desfeta de Karlsruhe, colapso del tuzonismo… Pero el entrenador acudió presto a cumplir con sus servicios al club con marcial disciplina y sin discutir la orden.

Donde el Valencia le requirió, una constante en su trayectoria.

Cuando eres un chaval enfermo de valencianismo y no convives con engorrosos problemas que te desvían de la vocación tiendes a magnificar todos los sucesos que envuelven el acontecer del club, por lo que el ínterin de Real lo seguí con verdadera ansiedad. Pero no todo iba a salir como a mí me gustaría. El Coronel ya lo sabría, que para eso llevaba años habitando los banquillos, yo empezaba a aprenderlo.

Parecía que ese año sí, pero tampoco. Aquel sábado en que nos acostamos líderes ganando 3-0 al Celta de Vigo, con doblete de Fernando y el broche de oro de Mijatovic de libre directo, se tornaba en frustración medio mes después. La secuencia de horrores ya la relaté antes. Parece mentira que en quince días se gestaran tales cismas, pero somos así de incontinentes.

Ante la adversidad sobrevenida se recurrió a la seriedad de Paco Real para poner freno a la debacle. Nuestra sinuosa singladura reservó un inicio triunfador para el Coronel que se trocaría en cruel decepción, merced al posterior devenir de los hechos. El 0-1 en el Sánchez Pizjuán con aquel estridente equipaje fucsia (como un vestigio del amanerado VCF de Hiddink) albergó esperanzas entre la parroquia de reconstruir los cimientos del proyecto. Apuesto a que al técnico también le desagradó esta casaca, pero aquella práctica y balsámica victoria tuvo su sello intransferible. El margen de confianza se agotó al final del siguiente partido en Mestalla. El 0-0 contra la Real Sociedad, con un equipo romo y desconcertado, nos devolvió a la realidad, la de un club que se disponía a emprender una serie de atropelladas reinvenciones en busca de su identidad. La derrota se instaló en el vestuario de un plantel que no estaba acostumbrado a lidiar con las artimañas del sótano clasificatorio y tuvimos nuestra dosis de sainete cuando el Barcelona de Cruyff nos machacó con un abrumador 0-4 y nuestra endeblez quedó de manifiesto ante el vocerío mediático.

El dedo acusador señaló sin piedad al eslabón más débil y Real, resignado, aguantó con hombría hasta que fue relevado. Un confuso informe sobre Hiddink y unas declaraciones opinables se utilizaron contra Real en un contexto ya de por sí ingrato por la coyuntura de la entidad. La crítica se convirtió en saña y fue años después cuando el rol de villano que se le hizo jugar a Real en el marco de aquella campaña se nos presentaría como el de esos antihéroes que pueden llegar a cautivarnos más que los protagonistas triunfadores de las historias más edulcoradas.

A su manera, Paco Real se rebeló contra el statu quo imperante y la Brunete mediática reaccionó bruscamente porque no toleró que se cuestionaran los fundamentos de aquel Valencia sobreprotegido y subalterno, que ejercía de paje en aquella España de la resaca del 92, metáfora balompédica del sano regionalismo bien entendido. Poco o nada dijeron aquellos indocumentados de los triunfos de Real en los banquillos del fútbol modesto, de su prolífica labor en el Mestalleta o de aquel fulgurante Torrent que llegó a Segunda B, en una época en la que integraba junto a Benito Floro y Quique Hernández la tríada de honor de aquella digna escena.

El Coronel volvió a pasar a la retaguardia, donde más cómodamente se desenvolvía, y siguió sirviendo al club con la prestancia de siempre, más allá del puesto encomendado. Con aquella gabardina inconfundible y tocado a veces con un sombrero que le daba un aire al instructor de La Chaqueta Metálica.

En definitiva, las temporadas nos revelan en el fútbol qué hombres son los imprescindibles y Bertold Brecht nos dijo que eran los capaces de luchar toda la vida.
Paco encarnaba ese ejemplo. Real, como la vida misma.


Simón Alegre
Socio del Valencia CF
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dimecres, 28 de setembre del 2011

El “Coronel” si té qui li escriga

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Paco Real ens ha deixat, un dels homes de la casa, home per a tot i per a tots.

En pocs mesos han faltat l’expresident Arturo Tuzón, Toni Companys i ara Paco Real, tres homes de la vella escola, de quan el futbol i les seues coses es vivien d’una manera molt diferent a l’actualitat, ni millor ni pitjor, eren altres temps i altres necessitats.

Trenta huit anys al servei del València on va fer de quasi tot: Entrenador de l’escola, director de la mateixa, entrenador del Mestalleta fins i tot a la nefasta temporada 1993-94 es va fer càrrec del nostre primer equip després la destitució de Guus Hiddink, debutant amb victòria front al Sevilla, encara que no va aconseguir redreçar la situació. L’uruguaià Héctor Nuñez l’acabaria substituint.

En eixos partits es var fer famós pels seus sistemes tàctics fonamentats en els “rombos”, pel fet de qualificar a Ronald Koeman com a “armari” (anys després eixe qualificatiu es quedaria molt curt davant la categoria com a entrenador que demostrà l’holandés a la nostra banqueta, però eixa és un altra història).

Una vegada allunyat de la banqueta va ocupar diferents ocupacions, entre elles les relacions externes i institucionals del club.

Descanse en pau un dels nostres.


Josep A. Bosch
Soci i accionista del València CF
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