[19 de març de 1972; València CF 1 - Real Madrid 2: Llançament de coixinets davant l'actuació de l'àrbitre Sánchez Ibáñez.]
De nano siempre me fascinaban los aspectos más colaterales del ritual. Ganar o perder eran sucesos que ateñían a los mayores y por los que yo aún pasaba de puntillas. Por una extraña querencia a los callejones, heredada quizás de la calle Zurradores donde nací, el corazón se me desbocaba cuando entrábamos a Mestalla y recorríamos los pasillos interiores hasta nuestra localidad en el sector 6. La estrechez de los vomitorios dejaba ver jirones de verde pero lo que de verdad llamaba mi atención era la humedad algo hosca de las tripas interiores de aquel Mestalla anterior a la reforma de 1978. Pasillos atestados que impelían a las oscuridades subterráneas de las bodegas. Y el eco furibundo que provenía de golpear las almohadillas contra las paredes. Era como una costumbre anticipatoria: un ruido seco y cavernoso. Una especie de clave sonora que daba la bienvenida a los indígenas y servía para marcar el territorio frente a los forasteros.
Las primeras almohadillas que recuerdo eran azules con cordel y se alquilaban jornada tras jornada como un ritual previo dentro del propio ritual del partido. Después llegaron las marrones con la publicidad de Vifasa, que eran más plásticas y rectangulares y cuyo tañido contra las paredes resultaba mucho más potente. Pesaban lo suyo y caían a plomo desde las localidades más altas con el consiguiente peligro. Duraron 4 ó 5 temporadas. Eran momentos de cambio en lo social y la autoridad de los grises ya no imponía el pavor de antaño. Cada lance conflictivo acababa con lluvia de almohadillas, en un periodo fronterizo que convirtió en costumbre local lanzar naranjas al árbitro. También en eso Mestalla desarrolló su propio carácter, a medio camino entre la nostalgia rural y la metáfora reivindicativa. Lo cierto es que las almohadillas de Vifasa tuvieron su apogeo al son del mítico orfeón que se extendía cada vez que el Matador se disponía a lanzar una falta: aquel estremecedor y acompasado grito de Keeeeeeeeeeeeempeeeeeeeeees, Keeeeeeeeeeeeeempeeeeeeeeeees. Posiblemente, el rugido más atemorizante de cuantos ha escuchado Mestalla a lo largo de sus casi 90 años de historia.
Las primeras almohadillas que recuerdo eran azules con cordel y se alquilaban jornada tras jornada como un ritual previo dentro del propio ritual del partido. Después llegaron las marrones con la publicidad de Vifasa, que eran más plásticas y rectangulares y cuyo tañido contra las paredes resultaba mucho más potente. Pesaban lo suyo y caían a plomo desde las localidades más altas con el consiguiente peligro. Duraron 4 ó 5 temporadas. Eran momentos de cambio en lo social y la autoridad de los grises ya no imponía el pavor de antaño. Cada lance conflictivo acababa con lluvia de almohadillas, en un periodo fronterizo que convirtió en costumbre local lanzar naranjas al árbitro. También en eso Mestalla desarrolló su propio carácter, a medio camino entre la nostalgia rural y la metáfora reivindicativa. Lo cierto es que las almohadillas de Vifasa tuvieron su apogeo al son del mítico orfeón que se extendía cada vez que el Matador se disponía a lanzar una falta: aquel estremecedor y acompasado grito de Keeeeeeeeeeeeempeeeeeeeeees, Keeeeeeeeeeeeeempeeeeeeeeeees. Posiblemente, el rugido más atemorizante de cuantos ha escuchado Mestalla a lo largo de sus casi 90 años de historia.
[Empleats del València retiren els coixinets amb la col·laboració del fotògraf Manuel Sanchis "Finezas". Al fons apareix Luís Vidal amb la seua màquina.]
Con el tiempo, las almohadillas-orquesta de Vifasa dejaron paso a unas más livianas de color verde que volaban sin llegar nunca al campo. O que sólo llegaban de uvas a peras. Esas almohadillas sin 'chicha ni llimonà' ya no hacían ningún ruido al golpearlas contra la pared. Una señal de que el carácter bronco de la parroquia se desintegraba. Esas nuevas y fofas almohadillas sintetizaron el periodo más gris del VCF, como una metáfora siniestra de lo que se avecinaba, dando paso a una época aséptica e incolora de fundas y almohadillas de tono cada vez más light que todavía perduran para desdicha de quienes crecimos en tiempos de almohadillazo limpio contra todo lo que se movía. Sin duda, ese espíritu del almohadillazo y su degradación es un espejo que va más allá de lo anecdótico. Las estanterías de los supermercados se han llenado de productos sin sal, sin azúcar, sin grasas. Los niños ya no juegan en la calle ni llevan rodilleras en los pantalones y el mundo en general se ha convertido en un escenario de pieles tan sensibles y anodinas que cuesta entender como hemos podido llegar hasta aquí atravesando guerras, penurias y epidemias. La blandenguería y la mojigatería son emblemas de los nuevos tiempos, señas identitarias donde todo ha de ser políticamente correcto.
Quizás, defenestrar las almohadillas sólo fue un primer paso. El siguiente fue la prohibición de los festejos pirotécnicos en las gradas. Sin duda, en ese mismo instante debimos sospechar que acabarían echándonos de Mestalla en aras de la modernidad, las comodidades innecesarias y la vocación glamourosa de nuestra clase dirigente. Nos faltaron reflejos. Y ahora ya es tarde. Sólo nos queda este blog. Y el lejano eco de las almohadillas haciendo temblar los cimientos del viejo Mestalla.
Quizás, defenestrar las almohadillas sólo fue un primer paso. El siguiente fue la prohibición de los festejos pirotécnicos en las gradas. Sin duda, en ese mismo instante debimos sospechar que acabarían echándonos de Mestalla en aras de la modernidad, las comodidades innecesarias y la vocación glamourosa de nuestra clase dirigente. Nos faltaron reflejos. Y ahora ya es tarde. Sólo nos queda este blog. Y el lejano eco de las almohadillas haciendo temblar los cimientos del viejo Mestalla.
Rafael Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF
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