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divendres, 1 de novembre del 2019

RCD ESPANYOL-VALENCIA CF


Estadio de Sarriá, foto tomada en 1982.
El próximo día 2 de noviembre nuestro València CF rinde su cita anual al estadio de Cornellà-El Prat para medirse con el RCE Espanyol de Barcelona. Debido a mi residencia catalana desde que era un xiquet recién salido de la Comunión, ya he visitado el actual recinto blanquiazul en dos ocasiones, y en ambas salimos escaldados. Una de ellas con un sonrojante 4-0. 

Sin embargo, como bien sabéis, éste no ha sido el campo habitual del RCE Espanyol, sino que en las últimas décadas ha jugado como local unos años en el estadio de Montjuic y los más en el desaparecido estadio de Sarriá. En este recordado y desaparecido estadio tuve la ocasión de ver a mi equipo tres veces. 

El Espanyol es un equipo que en sus primeros años, y a pesar de que por poco nos levanta la Liga del 70/71, me caía en general bien, ya que era un equipo aguerrido que trataba de tú a los grandes (menos al Madrid en su casa) y actuaba como contrapeso en Barcelona del endiosado y ubicuo FC Barcelona, un club grandísimo, pero que siempre ha tenido tendencias barçacéntricas en las que todo el fútbol giraba en torno a ellos, que eran los que daban la energía solar necesaria para que funcionase el mundo del balompié. Y decía que me caía bien, justo hasta que nos corearon aquel infame “A Segunda, a Segunda”. Siempre ha habido un cierto pique en cuanto a su condición de clubes históricos y a las temporadas que han estado ambos clubes en Primera, pero, salvo en contadas ocasiones, siempre hemos estado un pequeño peldaño por encima. Ellos, a pesar de que ahora ya tienen un estadio en propiedad y están financiados por un empresario chino, siguen con estrecheces económicas y salvando los muebles gracias a su cuidada cantera y a su espiritu competitivo. Un Espanyol-València siempre ha sido sinónimo, si no de gran partido, al menos de muy competido. 

Aparte de un bolo de verano en 1979 disputando el trofeo Ciudad de Barcelona, como devolución de favores por participar en el trofeo Naranja, en que el València presentaba a su rutilante fichaje Orlando Giménez, que venía de hacer un temporadón con el Racing de Santander, y otros menos conocidos como Carlos Fabregat, goleador procedente del Vall d’Uxó, y que no pasó del 0-0, ganando el trofeo el equipo barcelonés en los penalties, la más cercana en el tiempo fue en la temporada 1989-90, jornada 12, con un València CF entrenado por Víctor Espárrago que había comenzado la temporada errático y se presentaba con 3 negativos (antes nos guiábamos más por los positivos –suma de puntos conseguidos fuera de casa- y por los negativos –suma de puntos que dejábamos escapar de casa- que por los puntos, como guía bastante aproximada de nuestra posición en la clasificación) como resultado de no haber sumado ni un solo punto en sus cinco partidos anteriores jugados lejos de Mestalla. 

El equipo estaba bastante compensado, con un Ochotorena en la portería que infundía bastante seguridad, una defensa granítica con Quique y Nando en los laterales y el trío Voro-Arias-Giner en el centro, con un centro del campo con el uruguayo Bossio y el asturiano Tomás reforzado por el regresado Roberto Fernández, y en la delantera el espigado Cuixart junto con nuestra estrella Lubo Penev. El partido fue un quiero y no puedo del Espanyol ante un València muy bien posicionado, que mereció más que un punto con una jugada final de tiralíneas en la que Lubo estrelló el balón en el palo corto de Biurrun. Recuerdo pasar muchos nervios por la importancia de los puntos y porque tocaba ya remontar el vuelo, con un Espanyol que dominaba, pero no lograba crear apenas peligro con chuts en su mayor parte desde fuera del área. El equipo tuvo una reacción fulgurante a mitad de temporada que lo llegó a llevar desde el puesto 18º al puesto 4º, acabando finalmente el 7ª posición en la Liga. 
Extracto de la crónica del diario El Mundo Deportivo del día 30-03-1981.
Extracto de la crónica del diario El Mundo Deportivo del día 30-03-1981.
Pero el partido que dejó más huella en mí fue en la temporada 1980-81, una soleada tarde invernal, semanas después de ganar la Supercopa de Europa ante el Nottingham Forest, en la que mi hermano Antonio y yo nos aventuramos a camuflarnos entre la afición españolista y reprimir todo lo que pudimos nuestras emociones para no sufrir un lifting facial intempestivo y amorfo. Situados en la General de Pie de la portería que defendía en la primera parte Urruticoechea (quien poco después desprendería de su apellido futbolístico el –coechea para no provocar esguinces de lengua) con el sol de frente, pudimos ver el primer gol de cabeza de Manolo Botubot a la salida de un corner, y un extraordinario tanto de Castellanos de zapatazo desde fuera del área. Hay que reconocer que el granadino metió pocos goles en el València, pero fueron vistosos y tremendamente útiles. La verdad es que tuvimos que contener nuestra alegría con ambos goles tanto como un traje de buzo contiene a duras penas un ataque de flatulencias intestinales. El público se mostró bastante fogoso, tomándola sobre todo con Manolo Botubot y su brega cuerpo a cuerpo con Fortes, al que hizo restregar su rostro en el césped en varias ocasiones. 

Decía más arriba que mi hermano y yo reprimimos bastante bien las emociones, eludiendo llevar encima ningún distintivo valencianista y celebrando los goles por dentro con rictus de poker por fuera. Hubo un inconsciente que no tuvo tanto éxito... El rudo Castellanos fue marcado en aquel partido por Fernando Molinos, un centrocampista con más dureza que técnica a quien Johan Cruyff, por ejemplo, conocía muy bien, y del que tenía un mueble repleto de innumerables tarjetas de visita. Tras marcar el golazo, Molinos la tomó un poco con él, y en un balón dividido por poco divide en dos su columna vertebral. Le pegó al bueno pero duro de Ángel una tarascada que voló por los aires mejor que Pinito del Oro. Sí... habéis leído bien: una tarascada de antología a Castellanos... Después del estético vuelo de nuestro barbudo centrocampista miré al palco a ver si puntuaban su pirueta con carteles numéricos al modo gimnástico, pero no se lo tomaron con tanto humor (algunos). Un (supongo que) valencianista del público que estaba unas filas más abajo inmerso entre la afición españolista, ante tamaña afrenta, no se le ocurrió más que gritar a Molinos un “¡¡Hijo de putaaaaa!!” que creo que se oyó por todo el campo. Inmediatamente fue rodeado por todos los lados por españolistas poco empáticos y simpáticos que le increparon conminándole a repetir, si todavía tenía los atributos viriles en su oquedad natural y no unos pisos más arriba, ante ellos lo que había gritado. Mi hermano y yo no dábamos crédito (como los bancos en tiempos de crisis) y comentábamos que, aunque pensábamos lo mismo que habia gritado el temerario, hacer lo que había hecho este sujeto era de ser muy gilipolllas. Al final su integridad física no salió muy mal parada (aparte de unos empujones e impactos salivares en su rostro), seguramente porque algún buen samaritano le auxilió ante una potencial tragedia, pero sí que nos enseñó que cuando eres antagonista de los intereses de una multitud, lo mejor es permanecer calladito y demostrar tus emociones cuando no corres peligro. Más que nada porque la cirugía facial y los funerales no corren por cuenta de la Seguridad Social. 

Lo importante es que al final ganamos 1-2, salimos igual que entramos de Sarriá, pudimos disfrutar de un buen partido, y no tuvimos que lamentar, más allá de un susto y unas risitas, la imprudencia de un valencianista que pretendía celebrar les Falles como ninot (insultat) en Sarriá. 

Y, respecto de mi presencia en el nuevo campo de Cornellà-El Prat, me debato entre seguir siendo gafe, o a la tercera va la vencida. Desde casa se ve mejor y puedes gritar los goles (moderadamente, que mi vecino es del Espanyol). Incluso gritar ¡hijo puta!, y si te dice algo el vecino decirle que un tal Latre, el árbitro, tiene afán de protagonismo con los blanquinegros... 

José Luis Brú.

divendres, 25 de gener del 2013

Los pasos olvidados

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ORFANATO/REFORMATORIO INTERNADO SAN FRANCISCO JAVIER
AVENIDA DE CAMPANAR
DOMINGO 11 DE ABRIL DE 1954 

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Serían poco más de las dos de la tarde, y la luz grisácea del frío mediodía dominical, asomaba por la vieja ventana que tenía más cerca, tratando de vencer al hambre, hice el esfuerzo de dormir un poco en la escasa media hora de siesta, agazapado en mi cama, con los ojos cerrados, sin poder dormir, pero mentalmente despierto, era capaz de visualizar la amplitud de toda la sala, la pesadez somnolienta del ambiente, se vio alterada, por un lejano eco, eran unos pasos que se iban acercando hacia la estancia, eran firmes y acompasados, en pocos segundos se detuvieron delante de la vieja puerta de madera, un  giro al pomo y la enérgica apertura de la puerta, hizo aparecer la corpulenta figura del celador, Navarro.

Se detuvo ante la puerta, casi todos los niños nos incorporamos al mismo tiempo, sentándonos  sobre las camas, entonces, el celador levantó la mano y extendió su dedo índice y apuntando hacia el resto de la estancia, fue señalando aleatoriamente, uno a uno, a varios niños.

El celador era un hombre fuerte y corpulento, no en vano había servido en la Legión, las malas lenguas decían que había renegado, o más bien, lo habían devuelto, porque tenía un carácter demasiado blando, para el servicio al que pertenecía.
-    Tú, tú, tú… - así hasta completar trece niños. - Vendréis esta tarde conmigo de paseo.

Cuando ya se marchaba, me miró fijamente, y dejando escapar una leve sonrisa, que creí interpretar de complicidad, me dijo:
-    Toni, hoy te vienes también de paseo. - Trece me parece mal número.

A todos los elegidos se nos quedó cara entre, angustiados y asustados, puesto que era la primera vez que nos elegía y no sabíamos exactamente que iba a sucedernos, yo, en concreto me quedé helado, sobre todo de que supiera mi nombre, pues éramos muchos como para acordarse en particular del mío.

Antes de cerrar la puerta, Navarro se giró sobre sus pasos y con tono amenazante nos dijo:
-    Recordad, que tenéis que estar impecablemente vestidos y aseados, os espero formados en el patio de juego, en quince minutos, el que venga un segundo tarde, pagará las consecuencias, pues no vendrá de paseo ni él, ni los compañeros que tenga inmediatamente delante y detrás.

Esta última advertencia, hizo  que los más mayores fuesen solidarios con los más pequeños, con el fin de poder estar todos a la hora exacta en el patio de juegos y en formación.

Aún recuerdo el primer día que entré en el internado, estaba sentado en un banco de cemento, merendando un bocadillo de tortilla de patatas, cuando se me acercaron varios chicos que estaban jugando al fútbol, y uno de ellos, el más mayor me dijo:
-    Si me das el bocadillo te doy esta pelota.

Yo accedí, y le di el bocadillo, lo devoró en poco más de dos minutos, entonces comprendí, que iba a pasar mucha hambre, al final jugamos todos con el balón y yo hice de portero, ese día me gané su amistad.
-    Rápido, Toni, tienes que vestirte con el uniforme limpio, hoy es un día grande – me dijo mi nuevo amigo, mientras me ayudaba a abotonarme la camisa blanca.
-    ¿Tú sabes a donde vamos? – le dije mientras me ajustaba el suéter rojo.
-    Sí, pero no te lo voy a decir, sólo sé que no olvidarás nunca este día – dijo mirándome a los ojos, justo donde a mi me pareció observar cierto brillo en los suyos.

No insistí más, me quedé más tranquilo con sus palabras, no me pareció que pudiera ser nada malo.

Los elegidos hicimos cola para lavarnos la cara, las manos con jabón, y el que tenía cepillo de dientes, se los limpiaba, mientras el resto terminábamos de peinarnos.

 Íbamos a toda prisa por los pasillos, pasamos por delante de las aulas, presididas como no, por los crucifijos, y donde se podían ver encima de los pupitres, las Enciclopedias Álvarez.


Un vez formados todos en fila de a dos, y de que nos hubieron revisado, salimos del recinto por la puerta principal, situada en la Avenida de Campanar, en fila de a dos, con el Director en cabeza, y Navarro el celador, vigilando detrás, para que no hubiera ningún desorden en la fila.


Todo alrededor nuestro era huerta, pequeños ribazos y ramales de acequias, el inmediato destino era atajar atravesando las serpenteantes sendas, que teníamos justo enfrente del internado (lo que hoy sería el hospital La Fe antigua), hasta alcanzar el comienzo de la Avenida de Burjasot (así es como se escribía entonces), junto al viejo cauce del río Turia, el cual nos iba acompañando todo el camino, con el suave murmullo del agua, avanzando hacia su irremediable final, la desembocadura al mar. Que poco nos imaginábamos, la tragedia que aconteció algunos años después.


A la altura del Llano de Zaidía, hacía su aparición el tranvía, el nº23 llamado Godella, la ruta única era Torres de Serranos, Puente de Serranos, Orilla del Río, Llano de la Zaidía, Avenida Burjasot, Benicalap, Burjasot, Godella.


El Llano de la Zaidia, dejó paso a la Calle Sagunto, una zona que conocía bien, pues era donde me había criado y en el cual estaban los amigos de mi infancia (de la otra vida fuera de los muros del internado), así que hice un exhaustivo reconocimiento visual a la plaza Santa Mónica, a ver si podía avistar algún amigo, y poder saludarlo, pero no, lo intempestivo del horario lo hacía imposible. En ese instante, me imaginé cuando jugaba al fútbol con los amigos del barrio, allí nos imaginábamos que éramos figuras del balompié como Gento, Di Stéfano, Kubala, César, Basora, Carmelo, Zarra, Gaínza, Pahíño, Luis Suárez, Puchades, Pasieguito, Seguí, Fuertes y como no Wilkes, para ello, unas veces utilizábamos unas pequeñas pelotas de trapo que nosotros fabricábamos, y otras veces con pelotas de goma, a las cuales les hacíamos un agujero con un alambre al rojo vivo, así la pelota perdía su aire y dejaba de botar, con lo que eliminábamos el riesgo de que cruzase a las vías y nosotros tras ella, ya que el desnivel del terreno hacía que se fuera a la zonas de tránsito del tranvía, que bajaban del Puente de Serranos hacia la Calle Sagunto, o a la Estacioneta, donde los trenes, salían hacia los poblados marítimos… en definitiva, allí perdíamos la noción del tiempo, el futbol era nuestra pasión.

A la otra parte del río, justo enfrente, emergían las Torres de Serranos, la puerta de entrada por excelencia, a la Valencia medieval, allí seguían vigilantes, firmes e imponentes, testigo de excepción de una época lejana.

 Mientras avanzábamos, Navarro llamó nuestra atención.
-    A ver, chicos, escuchadme.
-    El que resuelva el  acertijo, estará cerca de  adivinar hacia donde nos dirigimos.
-    ¿Qué animal contiene las 5 vocales?
Todos a la vez empezábamos a repetir en voz baja varios nombres de animales, hasta que saltó uno y dijo:
-    Ya lo sé, es el rinoceronte.
-    No, es el hipopótamo, dijo otro.
Navarro se tronchaba, a la vez que movía la cabeza con un claro gesto de negación.
-    En efecto, tienen cinco vocales, pero debe contener las 5 vocales. Seguid pensando un poco más.

Después venía el puente de madera…

… y al lado la estación, con el campo de Vallejo detrás,

 …los Jardines del Real…


…hasta llegar al Palacio de Ripalda, que era un edificio neogótico de toque romántico, coronado por una elegante torre redonda, que le hacía concebir el aspecto  de un chateau francés, sin precedente en Valencia, su construcción se situaba entre los años 1889 y 1891, y su demolición en 1967, en su lugar se construyó el edificio conocido como La Pagoda.

No habíamos avanzado ni doscientos metros cuando, al fondo vi aparecer un trozo de edificio extraño y pintoresco, no parecía la Plaza de Toros, ni tampoco un mercado, ni un edificio oficial, lo que sí que se apreciaba con claridad era el continuo movimiento de personas de un lado para otro, era como un hormiguero.

A medida que nos acercábamos, sentí un escalofrío, acompañado de un dolor abdominal, eran los nervios, cuando me di cuenta de donde estábamos y donde íbamos…. a Mestalla. A ver a mi Valencia C.F.

El estadio continuaba en fase de remodelación, aún así, el aspecto era espectacular y majestuoso.

Miré a los demás chicos que venían, tenían una cara entre sorprendidos y alegres, me vi reflejado en ellos, tiritábamos todos de los nervios y la emoción.

En las afueras del estadio habían “paraetas” ambulantes, en los cuales habían castañas, panochas de maíz, boniato, cucuruchos de chufas, de altramuces, y de pipas, también había regaliz y trozos de coco rancio, y las castañeras, con su delantal blanco voceando -¡a la rica castaña calentita!

Sin perder la formación, Navarro nos guió hacia una de las puertas de acceso al campo, de su abrigo extrajo un fajo de entradas, que se las enseñó al portero, este preguntó si teníamos todos 12 años, después de la afirmación del director, comenzó el recuento de entradas, las contó dos veces, y en ambas el número se repetía, dieciséis, acto seguido fuimos entrando uno a uno, mientras el portero nos contaba en voz alta.

El Director, esperó a que todos entráramos y se puso en cabeza, nos fue guiando con cierta soltura por dentro del estadio.

No recuerdo si subí o bajé escaleras, ni cuantas, que creo que fueron muchas, ni por donde, las piernas me iban solas, estaba flotando, lo único que conscientemente mi cerebro podía controlar eran los ojos, los cuales no se perdían ningún detalle de aquel laberinto, finalmente llegamos a la última escalera, y al asomarnos, nos quedamos petrificados y boquiabiertos, ninguno de nosotros estaba preparado para ver una imagen de aquella alfombra verde, era hipnótico, yo no había visto nada igual en mi vida.

 Mientras avanzábamos por el frío cemento, hasta nuestra ubicación en la General de Pie Sur, me fije en otro detalle que me llamó mucho la atención, era la visera que le estaban construyendo a la Tribuna, aquel voladizo de hierro era enorme, una auténtica obra de ingeniería, aunque todavía estaba por terminar.

Y bueno, allí estaba yo, dentro del Mestalla, por primera vez, apenas podía creer que yo formara parte de aquel partido, con mi equipo el Valencia C.F., era como un sueño, que en la época que me tocó vivir, se hacía inalcanzable.

El partido se jugaba pronto, sobre las 4 de la tarde, puesto que había que aprovechar la luz natural, al no existir la luz artificial.

El duelo era un Valencia-RCD Español, jugaban por el Valencia, López, Díaz, Paquito, Sócrates, Pasieguito, Puchades, Seguí, Wilkes, Gago, Fuertes y Buqué. La jornada era la número 28 de 30, eran las postrimerías de la Liga de la temporada 1953-54, y ambos equipos luchaban por la tercera plaza de la Liga.

Ni que decir tiene, que me sentía un afortunado de poder ver jugar juntos a un grupo de jugadores extraordinarios, y de reconocido prestigio. El sistema de juego seguía siendo un 1-3-2-2-3, conocido en la época como la WM, una copia del sistema de juego que había puesto de moda el San Lorenzo de Almagro, que lo utilizó en su gira de partidos amistosos por toda la geografía española, allá por el año 47.


 Cuando el Valencia, de un blanco inmaculado, hizo su aparición, toda la Tribuna se puso en pie aplaudiendo a rabiar, igual que el resto del estadio, los que estábamos en la General de Pie, no nos incorporamos, puesto que era una evidencia, que ya lo estábamos. Yo estaba nervioso, pero cuando vi aparecer a mi equipo, mi corazón parecía que iba a salirse del pecho, fue algo inolvidable que recordaré mientras viva.

Del partido, no lo recuerdo todo, lo que sí recuerdo, es que fue un partido vibrante, de ida y vuelta, lo más importante para nosotros, era distinguir a los jugadores favoritos de cada uno, el rubio era Tonico Puchades, ese era inconfundible, hay que ver lo que imponía en el campo, estaba en todas partes, a su lado siempre Pasieguito, en la parte de arriba cinco jugadores de lujo, Fuertes, Buqué, Gago, Seguí y Wilkes.

Yo sólo tenía ojos para un jugador, Servaas Wilkes, alto, fino, que iba al trote cuando no tenía la pelota, pero, ay amigos, cuando le llegaba la pelota a sus pies, el público lo acompañaba con un murmullo de admiración, eso era lo que le diferenciaba de los demás, que era un jugador distinto, único e irrepetible, se pasaba la pelota de un pié a otro con una rapidez endiablada, el público contaba los driblings que hacía en cada jugada, sentaba a los defensas que salían a su paso, uno… dos… tres…. cuatro…, un regate en seco, una finta, un centro, un chut, su juego de cintura era un desafío a las leyes de la física.

 En el descanso, el estadio parecía que iba a arder, venga a fumar puros, nosotros lo aprovechamos para escuchar las opiniones de los más mayores.

El último gol del partido fue imborrable, faltando unos minutos para acabar el partido y con 3-1 en el marcador, Wilkes cogió la pelota y avanzó como una flecha hacia la portería rival, empezó a regatear rivales, hasta tres o cuatro, se paraba, arrancaba, avanzaba, los defensas no sabían cómo pararlo sino era con faltas, definitivamente enfiló hacia la portería, y de tiro colocado puso el 4-1 en el marcador.

 El público, como un resorte se levantó de sus asientos, y comenzó a sacar pañuelos blancos agitándolos al aire, era algo insólito en la época, pues el flamear de pañuelos estaba reservado para los toreros en las tardes de gloria.

Cuando marcó el gol todos sus compañeros fueron a abrazarlo, y una vez lo dejaron libre, me pareció que miraba hacia donde estábamos nosotros, y creí por un instante, que nos dedicaba el gol, fueron un par de segundos mágicos.


 Uno de los chicos preguntó que quien era ese, y yo le dije que era el holandés Wilkes, entonces el chico, en voz clara dijo:
-    Pues es como un mago, el Mago de “Holandia”.
Creo que nos pasamos un par de minutos riendo todos a carcajada limpia.

Al acabar el partido, la ovación pues atronadora para los dos equipos, pero especialmente para nuestro Valencia.

El viaje de regreso, pese a las continuas indicaciones de Navarro de ir en formación, fue un jolgorio, estábamos extasiados, contentos, no parábamos de comentar y gesticular las incidencias y situaciones del partido, con las piedras con las que nos íbamos topando por el camino, intentábamos copiar los imposibles regates de Wilkes.

En un momento del viaje, los ojos de Navarro se encontraron con los míos, quería darle las gracias, pero no me salían las palabras, él se dio cuenta, y con una satisfecha sonrisa, entrecerrando los ojos, asintió con la cabeza, un gesto que fue su forma de expresar, que sabía lo que quería decirle.

La verja del orfanato se cerró detrás de mí, volvía a la dura realidad del internado, giré la cabeza, con la única e ingenua idea de que la puerta se volvería a abrir, y escapar de mi realidad, pero ya no se abrió, necesitaba que pasaran quince días más, para que, con un poco de suerte, estuviera entre los elegidos para otro paseo en domingo por la tarde.

Todos los demás niños que no fueron al partido, se arremolinaban alrededor nuestro y nos preguntaban cómo había sido el partido, nosotros contábamos muchas cosas del partido, las jugadas, los goles, los remates, las paradas, y que por supuesto las exagerábamos, así nos hacíamos los importantes, por unos momentos éramos el epicentro de sus sueños.

Después de la cena, y cuando apagaron las luces del internado, me acurruqué en la cama, y no tengo reparos en contar que lloré en silencio, mis pequeñas manos, secaban las lágrimas, no en vano había sido el mejor día de toda mi corta vida, y necesitaba dar las gracias a quien fuera, pero no sabía muy bien a quien dárselas, si al caprichoso destino o azar de un celador legionario, a la escasez económica de mi padre zapatero de profesión, que le hizo internarme, o tal vez a mi madre, a la que nunca llegué a conocer, pero me gustaba pensar que me guiaba, cual Ángel de la Guarda.

Abrí muchas veces más, junto a Navarro, la verja de la entrada del internado, los domingos por la tarde, para volver al Mestalla, repitiendo el mismo camino, exactamente hasta 1960, año en que a la edad de 16 años, se acababa nuestra formación, así que lo de entrar gratis al Mestalla se acabó, y fui yendo de vez en cuando a ver a mi equipo, no todo lo que me hubiera gustado, pero ahorraba para verlo varios partidos al año.

Los Puchades, Pasieguito, y Wilkes, dejaron paso a los Waldo, Guillot, Sánchez Lage, Paquito, Roberto Gil, y estos dejaron paso a Claramunt, Abelardo, Sol, Valdez, y estos a Roberto, Saura, Solsona, Bonhoff, Kempes… y así cíclicamente, hasta tres décadas. Que se solapaban con mi boda, el nacimiento de mis hijos y un trabajo estable y absorbente.

Hoy, ya casi han pasado 58 años de aquel primer partido en Mestalla, y aunque la vida inevitablemente se me va escapando, entre hojas de calendarios, casi puedo respirar aquel día, el ambiente de Mestalla, la salida de los jugadores, la celebración de los goles, en aquel partido en el cual Faas Wilkes se vistió de “Mago de Holandia”, y de cómo fui testigo en primera persona de la calidad de un único y extraordinario jugador.

Curiosamente el último partido al que acudí al viejo Mestalla (en un trofeo Naranja contra el FC Barcelona, justo en el verano del 87), fue el primero de mi hijo, que tenía la misma cara que yo, entre alegría y sorpresa, que en aquel frío y lejano abril de 1954.

A nosotros, que llegamos tarde a todo: a la infancia,
a la adolescencia, al sexo, al amor, a la política…
A nosotros, que nos quitaron, año tras año,
el significado de cuanto nos rodeaba,
aunque fueran las cosas más pequeñas,
menos importantes…
Y a quienes nos hicieron así: nuestros
padres, que también llevaron lo suyo; (José Luis Garci)

A Roberto Alcázar y Pedrín,
al Guerrero del Antifaz,
el Capitán Trueno, El Jabato,
a los seriales radiofónicos,
a las anónimas cantantes de copla
de patios y plantas bajas.

A los desconcertantes y terribles secretos de familia,
a Navarro, a la hermana Pilar, y a mi tío María,
a la banda de cornetas y tambores,
a Luis, Matías, Bartolo, Pepín,
Clemente, Lucio, Zúñiga, Faustino
y Caballero, los últimos del internado.

A las Revistas Musicales con sus “varietés” en el Teatro Alkazar,
al cine Boston, y en verano a la terraza Rosaleda.
a los ansiados domingos por la tarde,
a los guateques y los discos de vinilo,
a los primeros bailes agarrados, gracias al son de
Los Milos,  Dúo Dinámico, Pantalones Azules,
Antonio Machín, Gelu, Lita Torelló, Los 5 Latinos,
Juan Pardo, Adriano Celentano, Enrique Guzmán, Adamo,
Los Beatles, el gran Elvis y por supuesto a Bruno Lomas.

A los primeros amores, y todo lo que ello conlleva.
A la juventud….la mejor época de nuestras vidas.
A la peseta, el céntimo y los duros.

A Abel, Onsurbe y Luisito, y el significado de la amistad.

A los que luchamos en silencio por la libertad,
y a los que silenciaron por luchar por ella.

A mi Valencia Club de Fútbol, y a los jugadores que
nos hicieron disfrutar, Wilkes, Puchades,
 Waldo, Guillot, Claramunt, Paquito, Roberto Gil,
 Kempes…y mi Liga del 71. Esa no me la quita nadie.

Y por  supuesto a mi esposa y nuestros descendientes,
que recuerden y no se olviden de sus pasos,
 pues también forman parte de los míos.

A mi cuñado Toni, nos vemos en tu montaña.
ANTONIO AGUILAR FERRER, el padre de PEPELU.

José Luís Aguilar, “Pepelu”
Socio del Valencia CF 
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dilluns, 11 de maig del 2009

Campions de Copa a Mestalla. RCD Espanyol

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Una noche de mayo, en Mestalla

Debo ser de los pocos que vieron la jugada completa. No sé por qué giré la cabeza hacia la izquierda (si total era un saque de puerta) y entonces le vi. Estaba detrás de la portería atento al más mínimo detalle, arrancó desde la línea de fondo, esperó a que su ex compañero botara el balón y en ese preciso instante, metió la cabeza para robarle la cartera a quien hacía menos de un año había sido su portero, era en aquel momento su rival, y desde ese momento su enemigo manifiesto. Después sólo hizo falta un pequeño regate y empujar el esférico hacia el fondo de la red. Todo esto, que parece mucho, ocurrió en apenas 5 segundos. En ese breve espacio de tiempo Raúl Tamudo acababa de perder un amigo, mientras nosotros entrábamos en éxtasis. Era el 27 de Mayo de 2000, en Mestalla y nunca lo olvidaré.

Nací, me crié y crecí en un ambiente perico, sin fanatismos, pero muy espanyolista. Siendo un crío me llevaron a Sarrià y allí descubrí un mundo nuevo. Eran tardes de marcador simultáneo Dardo, de transistores pegados a las orejas, de ‘rico bombón almendrado’... Vivía convencido de que aquello era la normalidad, que Barcelona, España y el mundo entero eran sólo blanquiazules. Muy pronto me di cuenta de que estaba equivocado. Ser del Espanyol supone sentirse forastero algunas veces en tu propia tierra, despreciado muchas más y ridiculizado casi siempre. Fuera de Catalunya ese problema no existe y dejas de sufrir las bromas de los compañeros, simplemente se te ignora o, como me ocurrió a mí al llegar hace 15 años a Valencia, pasas a convertirte en el bicho raro del grupo.

Habían transcurrido sólo 2 minutos y allí estaba yo, abrazado a mi buen amigo Fernando, ilicitano y también perico, en uno de los laterales de Mestalla. Sólo 2 minutos y ya ganábamos 1-0, dos minutos y una eternidad por delante. Ser del Espanyol conlleva asumir un grado de masoquismo extremo. Somos sufridores por naturaleza, la experiencia nos ha demostrado que el dicho:”poco dura la alegría en casa del pobre” en nuestro caso se cumple y, para muestra más evidente, la vuelta de la Final de la Copa de la UEFA de 1988: una ventaja de 3 goles a 0 desperdiciada en apenas 20 minutos. Ahora quedaban 88, ¡cómo no íbamos a estar nerviosos! Ni el hecho de que el Atleti fuera carne de Segunda ni de que hubiera llegado a esta Final de la Copa del Rey por descalificación del Barça en la semifinal nos tranquilizaban. Aun así, pero con muchos nervios, llegamos al descanso.

La Final del 2000 me pilló en una época de convulsa relación sentimental y después de un largo período de apatía futbolística. Era tal mi falta de motivación que, a pesar de la posibilidad de ganar un título, de tratarse del año del Centenario, y de que familiares y amigos se trasladaban a Valencia para presenciar el partido, ni siquiera había tenido la previsión de comprar una entrada. Y además necesitaba dos. Así que, cuando aquella mañana de sábado llegué a las taquillas de Mestalla y las encontré cerradas, el pánico se apoderó de mí. Deambulé como alma en pena por los alrededores del Estadio y ni siquiera encontré a los reventas, removí cielo y tierra, busqué entre todos mis contactos, quemé el móvil, incluso apalabré un pase con un viejo conocido, periodista de TV3, pero al final, casi a la hora de comer di con la persona adecuada. Pagué el precio justo, adquirí mis dos entradas, respiré aliviado y me enfundé la bufanda del Espanyol

La ubicación era casi perfecta, a media altura, frente a la grada principal de Mestalla, en una zona que podríamos considerar mixta, en la que nos encontrábamos mezclados con otros muchos ‘pericos’ y otros tantos ‘colchoneros’. El clima era de relativa cordialidad y respeto mutuo, pero quedaban 45 minutos y podía pasar de todo. Y pasó casi de todo. El Atleti salió a dejarse la piel y puso a prueba en más de una ocasión a Cavallero y a los nervios de los 23 mil espanyolistas desplazados a Valencia. Para más inri, en el minuto 77, nos quedábamos con 10 por expulsión de Nando y, de nuevo, el pesimismo que nos caracteriza se hizo más patente que nunca. Fueron los peores momentos, lo reconozco, el reloj parecía detenerse y no querer avanzar. Una vez más volví a pensar en todas las injusticias del fútbol y de la vida, y entonces, cuando todo presagiaba la desgracia, llegó el gol de Sergio y con él pareció acabarse el mundo. La rabia del eterno perdedor estalló de repente. Sólo el 2-1 consiguió enmudecer nuestras gargantas y apagar nuestros cánticos por unos instantes. Afortunadamente, era ya el minuto 90. Aquella noche de mayo, no queríamos abandonar Mestalla, tuvieron que echarnos de allí. Gritamos, reímos y también lloramos y mucho, porque éramos unos afortunados, porque pudimos vivir aquel momento después de 60 años sin títulos, porque nos dolía tanto (siempre nos dolerá, al igual que la de Glasgow) aquella final de Leverkusen, porque muchos de los nuestros se quedaron en el camino sin sentir jamás lo que nosotros estábamos sintiendo, porque aquella noche de mayo, en Mestalla, el mundo, mi mundo, volvía a ser blanquiazul.


Txema Millán
Periodista y Socio del Espanyol
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divendres, 12 de desembre del 2008

Banqueta visitant. RCD Espanyol

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El falso agravio

Prolegòmens a Mestalla de la final de l'aigua entre el Real Madrid CF i el RDC Espanyol

La mañana del 1 de mayo de 1983 la hinchada madridista tomó Valencia al mando de los peñistas catalanes (¡iba a ser de otro modo, habiendo más madridistas en Tarrasa que en Carabanchel!). Por entonces, yo ya era socio del Español (Feste’n soci), pero mi padre y yo nos dimos el gusto de acompañar a mi amigo Benito, en cuya mirada despuntaba un imperial aleteo de banderas y, por qué no decirlo, un mohín de desprecio hacia la realísima posibilidad de que el Real Madrid perdiera la liga. El desenlace de la liga constituyó, como sabéis los valencianistas y debiera saber cualquier aficionado al fútbol, una suerte de maracanazo a tres bandas. El Real Madrid perdió el título en un Mestalla atestado de merengues, el Valencia salvó el pellejo y el Athletic campeonó en Las Palmas. Mi padre, nieto de La Valldigna y simpatizante del Valencia, coreó el gol de Tendillo sin arrebatos histéricos, con la misma parsimonia con que yo recuerdo a mis muertos. Tengo grabadas en la arena de una playa las palabras con que Benito coronó la tarde:

-No es por nada, pero tu padre es un cabrón.

El lunes, ante la risotada legionaria de los culés, Benito no se escudó en el árbitro ni en el infortunio. Para mi perplejidad y la del todo 8ºB, compuso un gesto atildado y sostuvo la puya con firmeza:

-El padre de Pepe se portó como un cabrón.

Con el paso del tiempo, comprendí la lógica de su certera, infrecuente aversión hacia mi padre. En cierto modo, Benito seguía emboscado en Mestalla, a semejanza de esos militares estadounidenses que anduvieron extraviados en Corea creyendo que la guerra era una mentira insobornable.

Yo regresé a Mestalla en otras siete ocasiones. Se trataba de un desplazamiento que, como los de Pamplona, Zaragoza o Logroño, solía movilizar a muchos españolistas. Como sabréis, una de las grandes diferencias entre los españolistas y los culés radica en que los españolistas somos animales de carretera, mientras que los culés tan sólo se despegan del sofá cuando la historia les debe un título. [Rewind.] No me andaré, a estas alturas, con falsas heroicidades: la historia también le debía un título al Español y el 27 de mayo de 2000 nos lo cobramos en Mestalla. (En nuestro caso, la deuda se remontaba a 1988 y llevaba por nombre Leverkusen.) Aquel día de primavera, en Valencia, el jolgorio de cervezas comenzó sobre el mediodía y no terminó hasta la caída del sol. Sea como sea, no me detuve a leer qué localidad ocupábamos en Mestalla y, debido a ese extravío y a un feliz encuentro en los aledaños del estadio con David y Tote, llegué tarde al gol norte a pie de césped; lo suficientemente tarde como para ganarme el reproche de buena parte de Siberia (Siberia era el sobrenombre de quienes ocupábamos la grada alta de Montjuïc, la más desapacible del planeta fútbol). La reprensión, más o menos colérica, no tenía que ver con que mi presencia fuera inexcusable para organizar un tifo o con que la hinchada me tuviera por un talismán. No; la causa abierta contra mí (no precisamente liviana) se debía a que yo llevaba la pancarta que nos acreditaba como siberianos. Decir “pancarta” es decir mucho: se trataba de una lengua blanquiazul de los Stones de 2 x 1,5. Al cabo, y ya una vez claveteada y exhibida tipo “mamá estoy aquí”, barrí el estadio. A mi izquierda, en lo alto de la grada, rugían los Ultrasur. En el gol opuesto, la afición del Atleti se rebozaba en su propia penitencia, ese fatalismo de postal. Entonces reparé en que la tribuna quedaba a mi derecha y remonté el río: en efecto, diecisiete años antes, Benito y yo habíamos ocupado la localidad en la que ahora asomaban la lengua de los Stones y mi borracha algarabía. Llamé a mi padre y la cerveza hizo el resto:

-Gracias por habernos regalado aquella peripecia en Mestalla. Gracias, sobre todo, en nombre de Benito.

No es que hablara el vino sino el mismísimo Vila-Matas.

La llamada coincidió con un sobresalto general y, cuando aparté el móvil de mis labios, el balón ya se mecía en el ángulo derecho de la portería de Toni. (El dato es crucial: para los pericos, esa portería sigue siendo la de Toni, no la del Atleti. ¡Lo que puede el remordimiento!) Nadie supo describirme lo sucedido. Nadie salvo mi padre, que seguía al teléfono y me relató, con galantería de narrador alemán, el lance más rufianesco de la historia del balompié. Sergio amarró la victoria, levantamos la copa y, en general, nos ceñimos al ritual orgiástico de las grandes ocasiones. Mas, ay, la vuelta de honor no fue de mi agrado. No en vano, e incomprensiblemente, la hinchada del Atleti (que tanto alardea de su propio desgarro melancólico y que con tanto esmero lo cultiva) no soportó la derrota y abandonó el estadio. ¡El pupas! Ese tontuno orgullo del boxeador caído se reveló tan falso como el de esos escritores que fingen escribir para sí mismos y para la posteridad. ¿Acaso no se envanecían de su forma de palmar? ¿Qué mejor ocasión para hacerlo que perdiendo la copa al tiempo que descendían a segunda?

Faltaba una hora y media para que partiera el autocar y me arrellané en uno de los asientos de la última fila del gol norte, la misma fila en que presencié la derrota del Madrid. Bajo la techumbre recordé a Tendillo, a Metgod, a Di Stefano. Y recordé, sobre todo, la refulgente serenidad de Benito, que parecía seguir a mi lado confiando en que el Madrid, al fin, marcaría el gol del empate.

(Después de la consecución de la copa tuve la impresión de que la deuda histórica se había saldado. ¡Craso error! Seis años después, y antes de la final del Bernabéu, la pericada volvió a agitar el fantasma de Leverkusen. Y aun en 2007, en Glasgow, todavía balbuceábamos el histórico impagado. Mi certeza, a este respecto, era ya desapacible, amarga, insoluble. Nuestro quebranto no se llamaba Leverkusen, sino Sarriá.)


Pepe Albert de Paco
Hincha del RCD Español
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