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dilluns, 10 d’octubre del 2011

Banqueta visitant. Granada CF

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Visita a Mestalla
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Aprovechando el espacio que nos han cedido dentro de su blog, queremos agradecer a la afición valencianista el trato recibido el pasado sábado, donde se nos respetó y se nos animó de cara al futuro, exceptuando algún que otro individuo, que como en todas partes, le gusta dar la nota.

Desde que aparcó nuestro autobús en las cercanías de Mestalla, a eso de las 16.00 horas, todo fue genial, visitamos en bar de Manolo el del bombo, donde pudimos echarnos algunas fotos con el entrañable Manolo y ver el pequeño museo particular que posee en su negocio. Al mismo tiempo pudimos conocer a diversos aficionados valencianistas con quienes charlamos sobre fútbol amistosamente intercambiando opiniones, material de nuestros respectivos equipos y nos hicimos algunas fotografías para el recuerdo.

Una hora y media antes del comienzo del encuentro partimos hacia nuestra zona en el estadio, al “gallinero” como amistosamente se le conoce por nuestra ciudad, aunque eso sí, a pesar de la visión, el precio de la entradas era excepcional, solo 10€, también suponemos que el rival que recibían tiene poco caché para ustedes, entre otras cosas porque llevaba más de 30 años sin pisar Mestalla además de ser un recién ascendido. En nuestra ubicación disfrutamos de un gran estadio, en el que se intuía las grandes tardes de fútbol que la afición local había podido visitar, es un estadio con aires de grandeza en el que a primera vista se puede apreciar la progresiva remodelación que ha ido sufriendo en algunas de sus tribunas.

Nos resultó curioso observar como en uno de los fondos se podían apreciar las banderas de todos los equipos en función de la clasificación actual, algo que nos recordó al viejo Los Cármenes, ya derruido hace más de 15 años y donde también se tenía esa costumbre.

En cuanto al partido, no tuvo mucha historia, el tempranero gol local decantó la balanza desde los primeros minutos y nuestro Granada, bien ubicado en el terreno de juego durante casi todo el partido, no pudo hacer mucho más por conseguir el empate, aunque sí que tuvo ciertos momentos de dominio en el segundo tiempo que podían haber finalizado con ese ansiado gol que no llegaría.

De esta forma, nos despedimos de una encantadora ciudad, equipo y afición, a la que desde estas líneas aprovecho para mandar un afectuoso saludo con la ilusión de poder volver a visitaros la próxima temporada.


Victor Manuel Fernández Torres
Vicepresidente de la Federación de Peñas del Granada CF
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dijous, 15 d’abril del 2010

Banqueta visitant. Athletic Club

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Dos históricos en Mestalla

Para cualquier aficionado del Athletic nacido a partir de los años 60-70, el nombre de Mestalla evoca el recuerdo de un momento único: el gol de Tendillo que nos dio la Liga del 83, una Liga largamente deseada y anhelada tras más de 25 años sin ganarla, y 10 años después el último título, la Copa del Rey de 1973.

Pero sobre eso ya hay un excelente artículo en este blog escrito por Juan José Martínez Jambrina, cuya lectura recomiendo porque expresa perfectamente el sentir de cualquier aficionado del Athletic.

Reflexiono en esta semana previa al partido y me doy cuenta de algo en lo que nunca había pensado: sólo conozco a un aficionado del VCF. Y curiosamente, es en realidad una amistad cibernética la que nos une, con lo cual podría afirmar que nunca he tenido una conversación cara a cara con un aficionado ché. También pienso en que es extraño que siendo uno de los estadios que más me gustaría visitar, nunca he visto allí un partido. Tendré que poner remedio a eso cuando se presente una ocasión.

Para el Athletic de hoy visitar Mestalla es visitar un estadio difícil, en el que arañar puntos se antoja muy complicado. El potencial del VCF está fuera de toda duda, y la prueba es la situación en la clasificación, terceros y por tanto, ganadores de la otra Liga: la que juegan los equipos que no son favorecidos por contratos televisivos y otras ayudas, aunque eso es motivo para otro debate.

Por otra parte, son tres meses ya sin ganar fuera de casa, y eso es una losa pesada en el equipo, a pesar de que su buena clasificación en la tabla añade un plus de peligrosidad para el VCF. Al estar asegurando los puntos en San Mamés, el Athletic es ahora un equipo más atrevido fuera, aunque desgraciadamente no se esté traduciendo en buenos resultados, bien por la mala suerte (Coruña o Gijón), bien por un exceso de conservadurismo (Sevilla) o bien por enfrentarse a un rival muy superior (Barcelona)

Pero hablemos de Mestalla, y de lo que significa para un aficionado del Athletic: es la casa de un grande, y por tanto a Mestalla se acude con respeto. Es un campo que destila un gran ambiente de fútbol, como no puede ser menos siendo el estadio de un histórico. Y es un estadio al que se acude pensando en que ganar es una proeza…Y además, es un estadio muy especial, en el que se han vivido grandes duelos contra un equipo al que se tiene mucho cariño en San Mamés.

Esperemos ver un gran partido, que gane el mejor, que éste sea el Athletic, y mucha suerte para el Valencia en el resto del torneo liguero.

Amunt Valencia! Aúpa Athletic!


David Domínguez
Aficionado del Athletic Club
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divendres, 15 de gener del 2010

Banqueta visitant. Vila-real CF

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"Puerta grande"

He de confessar que no tinc la tradició futbolera d’alguns il·lustres col·laboradors d'esta pagina. No vaig estar al Mundial del 82, ni puc parlar de partits èpics com alguns companys d'altres equips han fet, ni tan sols el meu equip te un passat lluent (o coent, com vostès preferisquen), però poc m’importa.

Encara que respecte totalment la historia i mística dels equips, jo soc d'aquells que pensen que el present val mes que el passat (si, el Real Union i el Granada van ser molt grans en la seua època… però que els pregunten als seus seguidors si no se canviaven ara mateixa pel Villarreal).

Els meus records de Mestalla no son massa feliços. La meua experiència es redueix als partits de les primeres temporades en Primera del Villarreal, que encara en un equip tendret a Primera Divisió no varen aconseguir bons resultats. En aquells anys érem un equip molt simpàtic per a la gent de Mestalla, que ens veien com el germà menut que s esta fent gran i vol jugar ja amb els majors. Això, i pel fet de que la plantilla que teníem estave plena de cedits pel VCF o exvalencianistes (recordem als Albelda, Angulo, Molina, Serer, Robert…), va fer que sempre em sentire molt ben rebut. Per al record queden eixes paelles de germanor, fotos amb valencianistes… En aquells temps on el Villarreal acabava de arribar i el Valencia estave en màxim esplendor (principis de la dècada del 2000, els anys de les Lligues, UEFA, finals de Champions…), tot eren dies de vi i roses.

Recorde també especialment que em va impactar veure per fi en persona les bandes de música tocant a peu de camp, fent la volteta sencera i parant front als fons, i laterals per fer la interpretació del tema, mentre el aficionat amb el puret a la boca s’alçava i aplaudia emocionat. Per a u que no conega la idiosincràsia valenciana pot parèixer estrany, però poques coses hi han tan valencianes com les bandes de música.

Tot este bon ambient van anar desapareixent quan el Submarí va començar a créixer, i el València a no triomfar tant… i, ah amic! ahí ja no érem aquell equip simpàtic que venia a vore-les vindre i a comprar al Corte Inglés.

Un dels últims records que tinc en persona a Mestalla i de màxima rivalitat, amb els dos ben amunt, es pot ser una de les decepcions mes grans que he viscut com a seguidor del Villarreal. Estic parlant aquella semifinal de la UEFA (encara viurie en persona una decepció encara més grossa en un altra semifinal, però eixa es un altra historia) que amb un 0-0 al Madrigal ens donava certes esperances d arribar a la final. Mes res lluny de la veritat: el meu equip va jugar a res i tirà pràcticament la semifinal, perdent una oportunitat històrica.

Ara ja fa uns anys que visc fora d’Espanya i no he tingut ocasió de tornar a Mestalla, cosa que ha coincidit amb els millors resultats del Submarí (serà que soc gafe?). Avui en dia, afortunadament per a tots, i per a desgracia de alguns valencianistes, els derbis son uns super partits amb dos dels millors equips de Espanya (ara que cap llevantiniste ens llegeix… perquè això ni eren derbis ni eren res!!)

No serà tampoc enguany quan torne a Mestalla, però espere tindre la oportunitat de veure per fi en persona guanyar al meu equip a Mestalla…. O encara que sigue, per veure alguna banda municipal tocar de nou “Puerta Grande”


Diego Tena
Soci del Vila-Real CF
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divendres, 29 de maig del 2009

Banqueta visitant. Athletic Club

·¿Mestalla? ¿Y a mí me lo preguntas?·
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Yo podría contarles que tal vez fue que mi primera leche se mezcló con vino tinto cuando el mundo se me hizo rojiblanco de por vida. Alguna explicación neurobiológica y solvente tengo que darme para poder entender porqué ya en mis primeros recuerdos leoneses e infantiles aparezco vestido de rojiblanco bilbaíno. Yo, que lo más cercano que conozco a San Mamés son los garitos de la calle del Licenciado Pozas. Nunca fui más allá. Porque el caso es que yo nunca he estado en San Mamés. Tal vez por acotar bien los hechos habría que recordar el gran respeto que el Bilbao se había ganado en León tras inaugurar el viejo estadio Antonio Amilivia, allá por 1955, contra la Cultural de César, Calo e Isaac “el gitano”. Aquel Athletic del que siempre oí contar que lo ganaba todo de la mano de Telmo Zarra y Piru Gaínza. Aquel Athletic pasó por León como un ángel y hechizó a unos cuantos. Pues de ese hechizo quiero pensar que nos vino a mi hermano y a mí un traje del Bilbao y un balón de reglamento en las navidades del año 1970. ¡Y qué podría contarles de una infancia en rojiblanco! Alguna final de Copa ganada y alguna otra perdida y con dolor. O los llantos tras el gol de Roberto Bettega que se llevó una UEFA para Turín en 1977. Casi nunca ganábamos nada aunque de vez en cuando nos dábamos algún revolcón. Y es que sólo un relato muy poco real basado en la épica o el cuento podría explicar aquella contumaz militancia.

Pero yo podría hablarles de un primero de mayo de 1983 y de un gol que adoran ustedes los chés: el gol de Tendillo. Aquel balón templado al área que Miguel Tendillo cabeceó para batir al portero del Real Madrid, un sorprendido Agustín, ante la resignación de Sandokán Juan José, Camacho, Metgod y Paco Bonet. Esa foto cazada en el viejo Mestalla por el celebrado Finezas es para mí como La venus del espejo, un mural que repaso con la yema de los dedos cuando quiero recordar qué coños son el arte y la gloria.

Aquel gol de Tendillo al Madrid, hizo campeón al Athletic. Porque yo podría contarles que supe de aquel gol por la garganta rota de Butanito. Me recuerdo acneico, furtivo y solo en la terracilla de la habitación del Colegio Mayor. Porque todo Salamanca tenía el alma blanca. Allí, con la cara vuelta al sol y al Tormes, aún puedo escuchar los gritos de alegría que Sarabia, Dani y Javier Clemente dejaron en el viejo estadio Insular. El Athletic, mi Athletic, había ganado una Liga en Las Palmas. Recuerdo aquella tarde salmantina con la misma precisión con que ahora me tiento las rayas de la mano. Y es que yo quería contarles que fue en Valencia donde ví por primera vez a mi Athletic vestirse de importante. Y conste que yo nunca he estado en Mestalla.


Juan José Martínez Jambrina
Seguidor del Athletic Club

PD. Quede constancia de mi gratitud a Vicente Chilet Y Francisco Gisbert por los brillantes retratos que han hecho en este blog de tan celebrado evento: el gol de Tendillo. El Gol.
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divendres, 8 de maig del 2009

Banqueta visitant. Real Madrid CF

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El día en que dejé de ir a Mestalla

Me pide un amigo que escriba un artículo sobre el Madrid, que este sábado visita Mestalla, y acepto, pero después me hago el remolón. La soberana paliza en el Bernabeu y la falta de expectativas en lo que queda de Liga no invitan a sentarse a reflexionar sobre un equipo necesitado de cambios tan importantes que se acercan a la refundación. Sospecho que a ello se suma otra preocupación. He visto al Madrid ganar y perder en Mestalla. Lo he visto alzar su última Copa del Rey frente al Zaragoza (también recuerdo que esa victoria no logró quitarme el sabor amargo de una temporada, la 1992 / 1993, perteneciente al reinado del dream team de Cruyff, a esa larga travesía por el desierto del madridismo). He comprobado que el Madrid puede ganar en Valencia, pero también que para conseguirlo debe jugar con máxima intensidad porque, salvo excepciones, la exigencia del encuentro es absoluta. O se impone con claridad, o resulta arrollado, lo he visto muchas veces. Me cuesta creer que un equipo sin posibilidades de ganar títulos, que huele a renovación masiva, y en el que buena parte de la plantilla se pone repentinamente enferma, vaya a sacar pecho ante un Valencia que se juega la Champions, y que ha demostrado, a pesar de su temporada irregular, ser capaz de plantarle cara a cualquiera.

Es una lástima porque esa falta objetiva de interés desde el lado madridista (sí, es cierto, conviene salvar el honor dentro de lo posible; y sí, es cierto, la humillación puede provocar una reacción en los blancos que, por cierto, le sacan 20 puntos al Valencia) devalúa considerablemente el partido. Un choque que para un madridista valenciano es, en cierta forma, el más importante del año. ¿En qué forma? En el de la rivalidad directa. Un madridista valenciano descubre pronto, a qué colegio vaya ni en qué círculos se mueva, que la mitad de quienes le rodean (y están interesados por el fútbol) son del Valencia, y la otra mitad, digamos que a partes iguales (aunque esto daría para una tesis doctoral) del Barça y del Madrid. Resulta imposible escapar al magnetismo del clásico, y a la exagerada cobertura que despliegan los medios de comunicación madrileños y, en menor medida, de Barcelona. Pero a escala personal, la de llegar el lunes por la mañana a clase o a trabajar, la que importa, el Valencia-Real Madrid resulta mucho más importante.

No hace falta extenderse sobre el sentimiento anti-culé de buena parte del valencianismo. Pero personalmente creo que se habla poco del sentimiento antimadridista de, probablemente, el conjunto del valencianismo. Yo lo descubrí en toda su extensión la última vez que fui a Mestalla. Tenía unos 15 años, mi vecina de asiento se acercaba a los 60, el Madrid ganaba 0-1 y en un visto y no visto el Valencia remontó (escribo de memoria, pero creo que Nando, marcó el 2-1). Fue el delirio. En medio de los rugidos, la señora de mi izquierda me señaló con el dedo y me preguntó a gritos que por qué yo no lo celebraba. Me gusta recordar que aguanté estoicamente sentado, rodeado de la hinchada rival, desafiante, reivindicando mi derecho a no alegrarme. Pero ya saben cómo tiende la memoria a construir los recuerdos, así que probablemente sí que me levanté, y más tarde abandone con discreción el campo la última vez que visité Mestalla.


Ignacio Zafra
Seguidor del Real Madrid CF
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divendres, 24 d’abril del 2009

Banqueta visitant. FC Barcelona

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De la distancia al cariño por las tardes de sexo sin amor

Era como el presentador del telediario, como la señora que te cruzas todas las mañanas a las 8,47 en el ascensor, como la cajera del banco... Para mi el Luis Casanova era sólo una referencia más de esas que programan el gps para las rutinas. Era un rectángulo imperfecto que salía en Aitana todos los lunes, entre las broncas matutinas y vespertinas de don Tomás, el maestro -en sentido bíblico- de aquella escuela pública. Don Tomás, por si alguien tiene curiosidad, repartía ostias en jornada partida y no era salesiano, ni marista ni siquiera jesuita. De hecho, por aquel entonces (finales de los setenta, principios de los ochenta) no sabía yo de la existencia de curas-maestros. El campo que salía por la tele era un rectángulo doblemente imperfecto: era el único en el que detrás de la portería de la derecha de la pantalla se veían sillas blancas en vez de gente. Pero, sobre todo, porque ningún otro tenía una enorme visera de gorra que proyectaba sombra e impedía ver un trozo del terreno de juego por la tele. El tío Juanito, que era el único de por allí del Valencia CF, o al menos el más militante, decía que lo que salía era un balcón. Con el tiempo, cuando en una de esas excursiones al médico lo vi, entendí que de imperfección nada. Todo lo contrario. Los valencianos, los del cap i casal quiero decir, habían diseñado el estadio con un refinamiento estético que compendiaba dos estilos, no ya arquitectónicos, sino filosóficos y artísticos. Es el equilibrio del jin y el jan. La exquisita elegancia de don Santiago Bernabéu (en gloria esté como prestatario que fue) ahormada en el molde de la monumentalidad fallera. Ese estadio encajonado entre cuatro calles es, sin duda, de especial. Y el balcón del tío Juanito, un remate a la altura de la falla. Si estará bien puesto ese balcón que, a diferencia del que años más tarde añadieron en el otro lado y bautizaron como grada de la mar, en el de tribuna no hace falta arnés de seguridad ni piqueta para escalar. Mestalla es, además, un homenaje a lo mas genuino que tiene nuestro ex país y ex reino: la naranja... Cualquiera que provenga del mundo rural observa que ese campo no es otra cosa que una bassa de regar, antecedente de la piscina. La diferencia estriba, además de en la entidad del sujeto que se remoja, en que en la balsa, a diferencia de la piscina, no hay medio centímetro enterrado. El Camp Nou seria técnicamente piscina con una línea de flotación a la altura del primer anfiteatro.

La segunda referencia en la distancia que del Valencia CF se tenía era Ángel Castellanos. Un futbolista con barba. Un tipo de lo más curioso y honesto. Siempre lo veías de cara. O de culo. Más que nada porque recorría el campo a lo ancho. Con esos mimbres y la incomunicación de la Marina Alta con la capital -102 km que peregrinaba la Unión de Benissa, si no tens pressa, agarra la Ubesa- era imposible ser del Valencia CF a poco que el determinismo social funcionara mínimamente. En los paritorios y en las casas llegaba la matrona con dos capazos. Si era niño del Barça y si era niña la apuntaban a las hijas de María. Había una estrecha vía redentora. Si uno tenía la suerte de tener como vecino a algún ingeniero de los que vinieron para construir la autopista o tus padres chapurreaban el castellano como signo de distinción (siete u ocho en todo el pueblo) siempre podías pasarte al Madrid. No nos apuntaron al Barça por caballo ganador, desde luego. Lo cual no quiere decir que por aquel entonces no empezaran a despuntar ya cualidades técnicas que anticipaban la finura que más tarde llegaría con Aloisio, Bogarde, Amunique y tantos otros. Quién no recuerda a aquel ramillete de estrellas que, tras once años de sequía liguera, conquistó el título cuando el acné empezaba a poblar nuestro cutis: Tente Sánchez, Alexanco, Migueli, Julio Alberto, Víctor, Calderé, Rojo... ¿Iniesta y Xavi son estratosféricos? No seré yo quien lo niegue, pero conviene tener memoria histórica.

No pensaba recordarlo porque la experiencia me traumatizó pero el psiquiatra que me trata desde entonces me ha recomendado que expulse mis sentimientos. De pequeños tuve una mala experiencia en Mestalla y no fue directamente sexual, aunque freüdianamente seguro que sí. Resumo: niño ir con bufanda y camiseta Barça, hombre blanco grande insultar niño y acompañantes y robar prendas. Hombre blanco amenazar con romper la crisma. Era físicamente un capítulo hostil entre tantos. Las cosas como son y aunque a algunos les sepa mal que se diga. Hubo un tiempo en el que se predicaba que esta ciudad tan moderna vivía de espaldas al mar. ¿Al mar? Al mar y a la tierra situada dos milímetros más allá de la punta de la nariz de más de uno. Y dejémoslo aquí. Tardé muchos años en volver con la frente marchita que diría el tango. La energía de un significativo sector del campo, que con el tiempo mutaría en valencianismo de conciliación, haciendo pedagogía como don Tomás por los aledaños del campo la percibía por terceros. Culés que me contaban experiencias clandestinas en Mestalla. Pero ver un gol y no poderlo celebrar es como cagar con discreción, un imposible inconveniente. Como ir a un puticlub sin despedida de solteros como coartada. Aviso al lector: en este último apunte me limito a trasladar la sensación de inquietud, temor a ser descubierto que un amigo me trasladó que sintió. Obviamente no lo cuento por experiencia propia.

Pero el tiempo y las circunstancias cura todas las heridas en esas relaciones de amor-odio que derrapan en todas las curvas. Aquel 3-4 en el último suspiro me reconcilió con Mestalla. Y las kilométricas carreras en diagonal de Stoickov que por la tele nunca se apreciaron, y aquellas palabras amables de Eusebio a escasos cinco metros... No era ninguna estrella pero uno siempre ha tenido querencia por quienes entre tanta vacuidad y niñato de medio pelo, malcriats de collons, ponen en valor la normalidad, la sensatez y el saber estar.

El juramento de no pisar jamás ese campo creo recordar que se rompió con ocasión de aquella final épica (en fútbol, dícese de todo partido del siglo que no acaba 0-0) que disputaron el Real Madrid y el Barça. Lo más destacado, goles de Amor y Salinas al margen, fue el espectacular abucheo de una parte importante de la afición culé al himno en presencia del Rey y ciudadano Juan Carlos. En dos palabras: la mentable. Como contrapunto cabría recordar el majestuoso silencio de Croke Park con ocasión del Irlanda-Inglaterra de rugby cuando sonó el Dios salve a la reina por vez primera desde los desgraciados sucesos del domingo sangriento (el llamado bloody sunday) de noviembre de 1920 cuando escuadrones probritánicos asesinaron a tiros a doce personas en ese estadio como represalia por una acción terrorista del IRA. Ochenta y siete años después, sonó el Dios salve a la reina, y no se escuchó una mosca en unas gradas abarrotadas con 82.000 espectadores. Comparen con la final de Copa del próximo 13 de mayo. Precisamente en otra final de Copa, la de 1998, tuve de nuevo una experiencia religiosa en Mestalla, pero nada comparable con la del día del Real Madrid.

A poco que escarbes, te das cuenta de que en esto del fútbol el grado de tensión es proporcional, además de a la entidad del título que se disputa, al grado de animadversión con el rival. Chincha perder con el Mallorca, pero infinitamente más con el Madrid. Hay equipos que, por su encuadre en el imaginario colectivo o por íntimas vivencias, son percibidos como complementarios del tuyo. El Barça se formula, por pasiva, como Madrid. Y el Valencia que intuí en mi infancia y etapa de estudiante parece que era el reverso del Barça o viceversa. Correlación que de un tiempo a esta parte se establece con el Madrid, dicho sea en vísperas del 25 d'Abril y en homenaje a Batiste Basset.

El camp de Mestalla ha sido tremendamente generoso con todo el mundo. Con el Valencia CF, por supuesto, y con todos sus feligreses, de todos los pelajes y tribus, con el Barça... hasta con el Español, que mira que es complicado, con aquella picardía copera de Tamudo. Pero, además de ser espléndido como una madre, ese estadio ha tenido la enorme suerte de vivir un momento único que vale una vida. Uno no es nada mitómano ni tiende a la trascendencia, pero reconozco que vivir algunas experiencias es tocar el cielo. Llegar al máximo. Te podrías morir inmediatamente después y no pasaría nada. Lo que queda de vida, desde el punto de vista emotivo, es sólo dar vueltas al mismo circuito cerrado. Si acaso te cambian alguna pancarta publicitaria en alguna curva y poco más. Mestalla, como ser vivo, tuvo la suerte de tocar ese cielo el último día de febrero de 1996. Febrero revolucionario en el que nuestro campo, perdon por la confianza, albergó la revolución popular de una nueva mayoría liderada por Jose Maria Aznar, el Bigotes genuino, el auténtico. Soy de los pocos que no estuve en mayo del 68, ni conocí personalmente a Jean-Paul Sartre, pero puedo prometer que aquella tarde de 1996 yo estuve allí, en el césped, que años antes tractoreó Castellanos. Como Vivien Leigh podria gritar que a Dios, o sea a Aznar, pongo por testigo que escuché al cabeza de lista por Valencia Francisco Camps y al presidente Zaplana, perdón por la cita, jurar que iban a valencianizar España. No puedo decir que no lo hayan conseguido porque no tengo datos. Habría que preguntar a Jaume Part el de la Agrupación de Peñas. Un año antes de trasladar el gobierno de la República a Valencia, un 6 de noviembre de 1936, el presidente Manuel Azaña dio un mitin en Mestalla. A los que estuvimos en el de Aznar nos vale por los dos. No en balde, Aznar interpretó a Azaña en versión libre y liberadora de González, quien, por cierto, llevaba una mala racha. Conste que personalmente no tengo nada contra González, sino todo lo contrario. ¡Qué gran noche nos hizo pasar a los de la Penya de Gata en el Camp Nou cuando le atrapó el penalti a Djukic aquel sábado del 94!

Lo dicho, después de aquel macromitin, Mestalla respiró con honda satisfacción. Ya estaba preparado para recibir la extrema unción y a la retro de Derribos Mateo. El gran legado de Paco Roig no es solo haber valencianizado el club y haber mirado a las comarcas con el rabillo del ojo. Su gran testamento es, sin duda, haber tenido el suficiente sentido de la responsabilidad para ceder gratis el estadio. Leyó la historia como Xavi, Iniesta y Silva leen el futbol. Como los angelitos del cielo.


Francesc Arabí
Soci cofundador de la Penya del Barça de Gata.
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divendres, 17 d’abril del 2009

Banqueta visitant. Sevilla FC

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Dos pasiones y un mismo color

Sevilla, Valencia.
Valencia, Sevilla.

Dos grandes ciudades en enclaves de ribera, mediterránea la una, multicívica la otra.

Contrastes de la que se mantuvo sumisa, durante siglos, a la dominación musulmana, dejándose querer…

Y la que impuso su ley, poderosamente, en los múltiples pleitos medievales que marcarían su carácter para siempre.

Valencia, Sevilla.
Sevilla, Valencia.

Dos ríos vertebrales, dos puertos famosos, dos mares detrás.

El pueblo volcado en dos fiestas cumbres, marzo y abril.

Sevilla, Valencia.
Valencia, Sevilla.

Nombres también que suenan redondos, clásicos, apasionados… para nosotros, los futboleros.

Nombres que anuncian aromas antiguos de linimento, habanos, pipas, caramelos de eucalipto …
Marcadores simultáneos y carruseles…

Estampas de viejas botas, calzón largo y camisetas blancas, blanquísimas, sin mácula a la vista (ni publicidad invasora).

Señorío, caballerosidad.

Alta tensión.

Y goles, muchos goles.

Resultados abultados cada uno en su casa, y por esta regla general, Mestalla como lugar de temidas goleadas. Pavor histórico del sevillismo, afortunadamente venido a menos en estos últimos tiempos que tan felices vivimos por Nervión.

Evocar Mestalla, desde la lejanía, es pensar inevitablemente en grandes figuras míticas de todos los tiempos.

Los que me tocó vivir en mi infancia, con el gran Mario Alberto Kempes (nadie celebraba un gol como él) en el principio de la fila, seguido por Johnny Rep, Saura, el equilibrista Daniel Solsona, y los tirazos de aquel alemán de hierro, Rainer Bonhoff, único que podía hacerle sombra en cuanto a potencia de disparo a nuestro Héctor Horacio Scotta…

El Valencia que vi proclamarse campeón de liga en mi casa, el Ramón Sánchez-Pizjuán, yo estuve allí, como muchos de vosotros, aquella noche en que un muro infranqueable comandado por nuestro Carlitos Marchena propulsó a aquel equipo granítico para hacer morder el polvo a los poderosos de siempre. Aquella noche sentí envidia, viendo lo grande que se hacían otros, cuando ni siquiera adivinaba lo que me esperaba apenas a la vuelta de unos años. Envidia grande, sana, que rompió en ovación cerrada en mi estadio, homenaje sincero para los campeones…

Y aquellos otros a las que no vi jugar, pero de los que escuché hablar a mis mayores: Mundo, Puchades, Guillot, Badenes, Faas Wilkes, etc.

Figuras legendarias de ayer y hoy.

Inolvidable también, cómo no, el recuerdo de aquella tanda de penalties sin fin en la Recopa contra el Arsenal, el partidazo de aquel pequeño extremo bigotudo, Pablo, las paradas de Pereira…, antecedente de nuestro grandísimo y venerado Andrés Palop, valencianista, sevillista, en la mágica, para nosotros, noche de Glasgow del 16 de mayo de 2007.

Andrés Palop Cervera, talismán deportivo donde los haya, que hizo ascender al Villarreal a primera, se hinchó a ganar títulos con vuestro Valencia, liga, uefa, supercopa, subcampeonatos “champions”, etc., se vino a nuestro Sevilla, para encontrar la llave de la vitrina de trofeos, que la teníamos perdida desde hacía medio siglo… Capaz de hacer un gol inverosímil a la salida de un corner en el minuto 94 de una eliminatoria europea … Y que remata la faena (esperemos que solo por ahora), nada más y nada menos, que haciéndose campeón de Europa el verano pasado con la selección española en Alemania, en su única concentración con la roja.

Sevilla, Valencia.
Valencia, Sevilla.

A veces los grandes éxitos vienen de la mano de personas humildes y semidesconocidas. ¿Cuánto sabemos de eso, verdad?

Vengo a acordarme con ello de aquel gallego sabio llamado Ramón Encinas, el gran “Moncho” Encinas, que une a ambos equipos en la conquista de su primera –en nuestro caso, única (hasta ahora)- corona en el Campeonato Nacional de Liga.

1942, Valencia.
1946, Sevilla.

Cuentan que Encinas, hombre callado y sencillo, pero tan listo como el que más, poseía algo así como un hechizo casi invulnerable con el color blanco, pues en su carrera hizo campeones a los equipos que vestían con esta indumentaria.

Se lo dedico a él, al gran Andrés Palop, a todos los valencianistas, al sevillismo en general…

Y al viejo Mestalla…

Permíteme que te tutee.

Cuánto te echaremos de menos.

Este año, después de que nuestros equipos disputaran esa igualadísima eliminatoria copera de cuartos que olía a final anticipada, soñé por un momento que mi Sevilla pudiera competir por un título nacional sobre tu hierba.

Pensé en una invasión sevillista de tu ciudad, cariñosa, amigable, como aquella vez que los tuyos, hace ya diez años, vinieron a mi tierra para alzar la copa de aquella final contra el Atlético de Madrid en el Estadio de La Cartuja.

Hubiera podido ser además nuestra particular revancha de un choque del que posiblemente ya no te acuerdas. Acaba de hacer ahora cincuenta años, cuando ante ti, el 19 de diciembre de 1948, mi equipo disputó la Copa Eva Duarte Perón, antecedente de la actual Supercopa de España, contra el FC Barcelona, encuentro que perdimos por un gol a cero.

Se nos fue la oportunidad…

Muy pronto sólo nos quedará tu recuerdo, un recuerdo lejano, color sepia…

También hondo, orgulloso…

La nostalgia de tu grada irreductible, que ha vivido tanta gloria difícil de superar.

Valencia CF, admirado y respetado.

Nos vemos el domingo en Mestalla. Que gane el mejor.


Ayer y Hoy Sevillista
http://ayerhoysevillista.blogspot.com/
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divendres, 3 d’abril del 2009

Banqueta visitant. Getafe CF

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Dolor y sufrimiento

Es para mí motivo de honda satisfacción haceros llegar mi mensaje de cordialidad en una fecha tan entrañable como la víspera del partido que disputarán el Valencia y el Getafe en el estadio de Mestalla. Como todos los años, no quiero dejar de expresar hoy mi cariño, cercanía y comprensión hacia la familia valencianista, sumida ahora en el dolor, el sufrimiento y la soledad por culpa de la difícil situación económica que padece.

Hoy el equipo que perdió el otro día, mi equipo favorito, os visita y eso nos debe tomar conciencia de lo mucho que mi equipo y el vuestro hemos avanzado en las últimas décadas y el enorme potencial que, trabajando unidos, el fútbol español encierra para nuestro futuro. Pero no debemos ni podemos dar por sentados los avances que juntos hemos logrado con gran esfuerzo y sacrificio, atravesando incluso momentos de intenso dolor y sufrimiento. De ahí, una vez más, mi apelación a los jugadores y aficiones para que contribuyan, mediante la cordialidad y el buen comportamiento, a asegurar el mejor espectáculo futbolístico, siempre en el marco de las reglas del juego. Es hora de redoblar esfuerzos en esa dirección, desde el respeto mutuo, con un comportamiento educado y responsable. Eso es lo que la gran mayoría de los aficionados espera de ambos clubes y sus representantes.

El año pasado nuestros equipos vivieron un enfrentamiento deportivo de enorme relevancia y magnitud con ocasión de la final de la Copa. Desde la diversidad y la riqueza de ambas aficiones, todos dimos ejemplo de respeto y convivencia para asentar los valores de nuestro sistema futbolístico. Hoy es el día en que podemos refrendarlas. No se trata de renunciar a nuestras propias convicciones, sino de concentrarnos en todo lo que nos une para buscar un acuerdo en lo esencial, siempre al servicio de un futuro cada vez mejor para el fútbol español. Un futuro que merece una dedicación diaria por parte de todos y cada uno de nosotros. Soseguemos la rivalidad balompédica y trabajemos con espíritu integrador. Profundamente convencidos acerca de nuestras posibilidades, respetuosos con nuestra diversidad, sin perder nunca la unidad que nos da la fuerza y dimensión necesarias para el progreso.

No obstante, quiero expresar mi seria preocupación por los problemas deportivos que atraviesan ambos equipos. Me preocupa especialmente la falta de resultados que permita a Valencia y Getafe vivir en una situación desahogada en la clasificación, con el objetivo de aspirar a las metas que cada uno de los dos conjuntos se ha marcado. Juntos podemos vencer problemas y dificultades si actuamos con realismo, rigor, ética y mucho esfuerzo, anteponiendo siempre el interés general sobre el particular, buscando variantes tácticas y soluciones con generosidad, responsabilidad y amplitud de miras. No es tiempo para el desánimo. Hemos logrado salir adelante con fuerza de periodos complejos y reemprender el camino aún con mayor dinamismo.

A todos los valencianistas, especialmente a quienes acudirán a Mestalla el domingo, así como a los que verán el partido por televisión, reitero de corazón mi mayor afecto y mis mejores deseos para que disfrutéis de un partido de sana rivalidad en el que gane el mejor.

J.C.B.B.
Aficionado del Getafe CF
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divendres, 13 de març del 2009

Banqueta visitant. RC Recreativo de Huelva

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El Decano tomará San Villasburgo

Importa no estar dormido
Tirso de Molina. Burlador

Al llegar a casa paso por el jardín junto al azulejo rajado de aquíviveunodelrecre y al banderín del Atleti. Él está esperando en pijama con la pelota en la mano, un pañuelo en la garganta y la alfombra del salón sin arrugar para dar unos toques. Es un poco tarde y hace frío para jugar afuera entre arriates de geranios y belladonas. Llego cansado del trabajo pero me gusta este ratito. Le digo que este sábado nos toca el Valencia (lo veremos en el brasero) y me pregunta que quien querrá Uberto que gane mientras ya jugando él es Villa (y pone cara de estar muy concentrado, como cuando colorea de amarillo el círculo del sol para no salirse) y yo pienso quien soy al ponerme las babuchas. Hoy yo soy Camuñas y Uberto Stábile es un vecino poeta valenciano que prepara un guacamole que ya querrían los ahoritas. Los triangulitos de la alfombra hacen de porterías y cuatro pinzas de la ropa de banderines de córner. No ni ná, vaya golazo que me ha metido Villa. La pelota roza la oreja de su madre que al devolverla con cara de aficionada energuménica (árbitro cabrón) mueve su sillón y arruga un poco la portería y el área de mi Recre mientras el pequeñajo se va corriendo con alegría feroz a la cocina cantando gooool y remueve el cajón de los cubiertos con sonido de semanasanta y de fallas que animan a la lavadora a cambiar de humor y hace ruidos como gritos de cohetes en las gradas del Luis Casanova (¿o Mestalla?). A mi hijo (¿tú también te llamas Carlos como yo?) lo que más le gusta del Valencia, aparte de Villa, es el escudo chulísimo, su pegatina favorita entre los escudos que colecciona de las bolsas de pipas saladas que me paso pelándole (y también pelándome de frío) cuando vemos al Recre en el Colombino. A mí también siempre me irradió simpatía ese escudo con el murciélago que parece un dragón. ¿Y quién querrá que gane Lauri? Lauri es su tío valenciano que se gana la vida de heladero artesano en Málaga y hace los mejores helados de mantecao de Tartesos. Ahora él es Silva y yo soy, un suponer, Colunga, pimpollo de Villa, que se va por la banda izquierda regateando las figuritas geométricas de la alfombra y dejando flequillos de césped antes de chutar a lo Alzugaray y empatar el partido. La ha clavado por la escuadra derecha, por el mismo sitio donde mi cartel del Trofeo Colombino del 72 tiene un ángulo suelto despegado de la pared del sótano. Fue mi primer Colombino en el viejo Estadio Municipal: Fluminenense, Slovan de Bratislava, Atlético de Madrid y Valencia FC. Desde ese momento soy colchonero y he visto esa preciosa Carabela de Plata en sus vitrinas. Mientras me pilla distraído mi hijo saca rápido (nos vamos calentando) y al intentar una bicicleta le pego una rasquilla (fue sin querer) y Villa sufre una torcedura de tobillo. Jeje, me río con regodeo y con esa emotividad tan sucia del fútbol y él se cabrea (ajá, con que así, ¿no?) y la Guruceta se quita del pelo una horquilla roja y me saca tarjeta (escucho el pitido de llamadas perdidas en el blackberry) y deja al Valencia con “numerioridad supérica” en homenaje al ex jugador-comentarista-vecino de Puntumbría Poli Rincón. Y pita el final de la primera parte y nos ponemos a merendar mandarinas y chocolate. Me pregunto si también en Mestalla (¿o en el Luis Casanova?) la barra del bar en el descanso está tan llena de gente para pedir una cerveza y un pepito de lomo. Siempre me pierdo los últimos minutos de la primera parte para no coger cola. Aprovechamos para comentar lo que va del partido y me pregunta que cuándo iremos a ver a jugar al Recre al campo del Valencia y le digo que sin falta el año que viene, que seguro que el Recre sigue en Primera. Y le hablo de un pelúo fantástico que se llamaba Kempes y de Tendillo (sólo me gustaba asiasí) y del Lobo Diarte y de los ricitos de pachorra elegante de Solsona y de Botubot y de Subirats y de Sempere (le cuento de pe a pa que vi en directo y adormilado por la biodramina machacada con azúcar para no marearme en el autobús y empapao por la lluvia y el viento que dejó el paraguas como un murciélago roto, pues eso, le contaba como ese portero le paraba a Zambrano un penalti en un partido de Copa del Rey) y de ese alemán Bonhof que me salió repetido un montón de veces y nos vamos abajo y encontramos mi viejo álbum de cromos. ¿Seré yo más viejo ahora que esos jugadores? Atizada su curiosidad infantil, quiere ver también las del Recre y entonces le enseño estampas de fotomatón de los guarros Isabelo y Sivianes, de Lapi (clavao al pequeño de los hermanos Calatrava), el mejor extremo de la historia del Recre, del gordito de Lora (y le cuento cómo en un partido entró y salió quemao a los diez minutos en una segunda parte) y del espárrago de Espárrago. Recuerdo que en el maletín me esperan tres informes obesos que están pendientes de revisar (qué fastidio, mañana sin falta me ocuparé de esos asuntos) y subimos al salón y nos encontramos a mi hija tumbada en el centro ajedrezado del campo haciendo sus tareas. Con la ayuda del árbitro y algunos puntapiés cariñosos la devolvemos a su sofátribuna entre la algarabía de su hermano. Me doy cuenta de que hay un foco del estadio que tiene una bombilla fundida (bueno, mañana me pasaré por el Leroy) . Comienza la segunda parte y ahora él es Kempes y yo soy Lapi. Mi equipo, con uno menos, nota el desgaste de la primera parte y de lo de antes de la primera parte (ha ganado estómago y calva y papada y chifladura y arrugas de alfombra) y quiere que el partido acabe ya. En la siguiente jugada, junto a los flecos del córner (yo creo que la pelota ha salido joder) Kempes me pega un codazo y me deja un arañazo. Le protesto airadamente a la árbitro (que esas uñas hay que cortarlas ya, que a la cama temprano ya con el jodío niño de padres viejos, que está cegata coño que la pelota había salido) pero ni pío enfrascada en la tele con el rosco final de pasapalabra. Dejo de protestar y sigo jugando no vaya a ser que se quite la otra horquilla. Aprovechando el barullo el pelúo tunante con nariz goteante griposilla (pero sólo treinta y seis y ocho) se enjuga el sudor y los mocos con la manga del pijama y de repente pega un chutazo, visto y no visto, y dice que ha sido gol claro que yo no veo como suele ocurrirme en el campo y me quedo pasmao como esperando la repetición que no podré ver hasta llegar a casa. Prefiero no protestar el gol, pongo cara de sauce llorón por perder en el último minuto, le digo que ha tenido una suerte del copón y él me da un beso siesquereresmumalopapá y yo le levanto bichoniño por los sobacos cosquilleros y le despeino con una caricia a contrapelo que sabe que significa que por hoy ya está bien. Antes de marcharse con el árbitro-mamaíta a la cama le han entrado ganas de hacer caca y yo me acuerdo noséporqué del hotel ché Inglés. Mientras va subiendo a su habitación cantando oeoeoé, a mí me toca tirar de la cadena. HastamañanasiDiosquie… re, buenasno…ché, le conceden sus hermanos que se adelante a contestar el primero. Se ha quedao frito en un plisplás. El árbitro (qué bien le sale el choco a la plancha) y yo (qué bien pongo la mesa y traigo el pan de la despensa) vamos a cenar. Está a punto de empezar House. Hinchando: viva er fúmbol.


Carlos Fernández
Socio del RC Recreativo de Huelva
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divendres, 27 de febrer del 2009

Banqueta visitant. Real Valladolid CF

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El viejo Zorrilla

Y estoy condenado a recordarlo cada mañana de verano.

Ahora lo sé. Sin duda fue culpa de la televisión. De la televisión en blanco y negro de mi infancia. Aquella de los cambios de equipación por la coincidencia de colores. Aquella de las repeticiones con la misma cámara y una R parpadeante en una esquina de la pantalla. Sin duda fue entonces, antes del año 76, pues ese año vimos ya en color los Juegos Olímpicos de Montreal (en mi casa jaleábamos a Juantorena a falta de material patrio).

Pero fue eso. La tele en blanco y negro. Recuerdo que fui al Viejo Zorrilla por primera vez con mi padre. Cuando el Valladolid estaba en Segunda División, quizás fuese el año tras el que ascendieron de su infernal paso por la Tercera. Llegabas hasta allí, pasabas la plaza de toros de color ladrillo, dejabas a un lado el campo de tierra marrón clara donde jugaban las categorías inferiores y otros equipos de Valladolid y entrabas en el pequeño estadio. Y un fogonazo verde te colocaba en un mundo distinto, más real, que instalaba dentro de tu pequeño cerebro un sano sentimiento de desconfianza en el aparato ese de casa donde veíamos esas imágenes desvaídas de la Primera División. Ese verde era real. Y casaba bien con el morado y blanco. Los otros equipos siempre iban de rojo o de azul, de un triste rojo o azul.

Pero no sólo eso. También llamaba la atención, de inmediato, sin empezar el partido, el ruido del golpeo del balón, algo irreproducible desde la televisión y que en el José Zorrilla, por ser pequeño, sonaba nítido y cercano desde la tribuna a la que iba con mi padre. Era un campo muy parecido al viejo Atocha, a esos campos vascos atrapados entre tribunas cubiertas, pero con la general sin techo (allí iba con mi hermano) donde te caían las palabrotas (entonces se llamaban así) desde cualquier lado.

Un estadio que tenía un tiempo mítico que contaban los mayores. Un tiempo en el que jugaron futuros internacionales y amantes de faraonas; de Lesmes I y II, Coque y Matito, en el que mi padre, vestido de militar, saltó en una ocasión jugando contra el Madrid a, según él, felicitar al árbitro, antes de que la policía le detuviese con los buenos modelos que su uniforme de oficial exigía.

Aquel fue un tiempo lejanísimo de Primera División que durante mi infancia parecía irrecuperable a pesar de Cardeñosa. El muchacho frágil y genial que se veía que llegaría lejos y al que se le recuerda por lo que no se le debe recordar. A Cardeñosa, a pesar de aparentar ser casi un niño, le daban leña por todos los lados. Cuando la entrada era dura de verdad en el estadio (en los fondos de general, sobre todo) empezaba a resonar un grito; ¡Docal! ¡Docal! Docal era un central rocoso al que el público reclamaba venganza, que él solía satisfacer con una de esas entradas por detrás, tras la cual se levantaba inmediatamente corriendo hacia su área, sin mirar hacia atrás, como si nada hubiese sucedido, mientras el damnificado se retorcía de dolor en el suelo. Eran tiempos de Llacer, Salvi, Lizarralde, Álvarez, Lorenzo, Puig-Viñeta (me encantaba ese nombre), jugadores que llevaban el estigma de la Segunda en sus botas, uno y otro año, una década entera. Porque los otros enseguida se iban, los De la Cruz, Cardeñosa, Landáburu (que un día nos enseñó que goles se pueden meter desde cualquier parte del campo, por muy lejos que se esté de la portería). Y frente a la sobriedad castellana, la locura de un joven Rincón que al vallisoletano de pro nunca terminó de convencer.

Y recuerdo la maestría absoluta de un Gilberto al que un Solsona, valencianista para más señas, casi desbarata para siempre. Pero en ese tiempo, la cosa empezaba a oler a otra cosa. Y con Moré y con Gail la cosa fue más para arriba, tan para arriba que terminamos subiendo: Pucela de primera. Y creo que subimos para disfrutar, sobre todo, de ese momento en que Juanito desbordaba su alegría allí en el Viejo Zorrilla creyéndose campeón de liga; mientras en su gemelo Atocha, Zamora marcaba un gol que significaba una Liga.

Ahí se terminó el Viejo Zorrilla. El campo se quedo pequeño, vino un Mundial. Gail marcaba el último gol a Basauri y todos nos fuimos a pasar frío, otra clase de frío más frío al Nuevo Zorrilla. Y allí donde había un viejo estadio, allí donde el fogonazo verde me cautivo un día, se construyó aquello que determina sin ninguna duda la modernidad plana e igualitaria de cualquier ciudad española. Valladolid tenía el Nuevo Zorrilla y El Corte Inglés. Y quizás solo unos pocos niños de aquella época de la Segunda perpetua añoramos ahora aquel Viejo Estadio.

Quizás solo yo estoy condenado a recordarlo, cada verano, cada mañana, cada vez que voy a la piscina de mi urbanización y allí con un nadar torpe y bonachón esta él, y la cabeza que metió el último gol en el Viejo Zorrilla asoma por encima del agua. Y en una ocasión, convertido de nuevo en el niño que le veía gobernar el medio campo, me atreví a preguntarle sobre todo aquello, sobre su gol, sobre aquel pequeño y viejo estadio que a mí me gustaba tanto en mis lejanos recuerdos. Solo me dijo una frase: Eran otros tiempos.

Prepárense, amigos valencianistas, precisamente para eso. Ni más ni menos. Sin remedio. Otros tiempos.


Fernando Terreiro
Socio del Real Valladolid CF
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dissabte, 14 de febrer del 2009

Banqueta visitant. Málaga CF

Pes·
Pescaíto frito

A mí me gusta el pescaíto frito. Y tengo la costumbre, desde hace muchos años, de pasear por la playa de La Malagueta después de haber degustado mi más amado manjar. Pero aquel día de 2002 era imposible hacerlo. La playa, sus alrededores y toda la ciudad estaban infestadas de unos tipos que daban un poco de miedo. Se dedicaban a encender tracas y petardos por toda la ciudad como si Málaga fuera Valencia en Fallas. Ellos tenían sus razones para hacerlo, pero yo no las entendía muy bien.

Al día siguiente me di cuenta de que aquellos energúmenos pirotécnicos tenían una razón para estar tan eufóricos. Aquel día, un Valencia deslumbrante ganó la liga en La Rosaleda, el viejo campo del Málaga que se encontraba en pleno proceso de reformas. Y empezaron a caerme simpáticos, pese a que no soporte ese horrible ruido que producen los petardos.

Soy del Málaga desde que nací, hace más de 40 años. Pero tampoco he sido un seguidor fanático de mi equipo y sólo me acerco a La Rosaleda unas diez veces al año. He de decir, antes que nada, que ser del Málaga es como degustar un plato de pescaíto frito. Gusta, da placeres breves, pero luego produce una digestión bastante pesada. Yo me crié futbolísticamente viendo a Viberti, aquel centrocampista melenudo que tenía un guante en los pies, y a Migueli, aquel Tarzán racial que luego se llevó el Barcelona. Y, muchos años después, hasta vi a mi Málaga en la Copa de la UEFA, donde eliminamos al Leeds United y llegamos a cuartos de final. Pero también he vivido el infierno de la desaparición del club, el descenso a tercera división y una travesía en el desierto que, en el fondo, acaba haciéndote de otro equipo además del de tu ciudad. Por una cuestión profiláctica: no vale la pena perder siempre.

Por eso yo era también del Barcelona hasta aquel día de 2002. Supongo que porque allí habían jugado Migueli o el Bokerón Esteban. No sé qué me pasó, pero aquel día descubrí un equipo que podía haber sido mi Málaga y que, para colmo, ganaba algo. Un equipo normalito que jugaba un fútbol primoroso y que, aunque yo siempre lo había considerado perdedor, aquel día ganó la liga.

Mi definitiva conversión al Valencia como segundo equipo se produjo dos años después. El Valencia visitó La Rosaleda y puedo asegurar que nunca en mi vida he visto a un equipo jugar tan bien al fútbol. Nos metieron seis y el gol de Salva, que por cierto estaba cedido por el Valencia, en los minutos finales de aquel partido, encerró una curiosa contradicción: aquel equipo era tan bueno que hasta el gol del Málaga lo marcaba un futbolista que a ellos les sobraba. Aquella noche salí de La Rosaleda con una sonrisa. Estúpida, porque soy malaguista, pero sonrisa al fin y al cabo.

Sigo siendo del Málaga. Mi segundo equipo sigue siendo el Valencia. Y me sigue gustando el pescaíto frito. Qué le voy a hacer. Y este año que el Málaga se codea con el Valencia en los puestos altos de la tabla tengo doble motivo de satisfacción. Triple, porque los pescaítos fritos me perforarán el estómago, pero cada vez me gustan más.


Pedro Molina Marín
Aficionado del Málaga CF
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divendres, 30 de gener del 2009

Banqueta visitant. UD Almería

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Yo inventé el desodorante rolón

La primera vez que fui a Mestalla, el campo de fútbol se llamaba Luis Casanova, y acudí con mi padre al certamen de Iberflora, que se celebraba junto a la Alameda, en un recinto ferial bastante feo. Aprovechamos para ver un partido del Valencia un sábado por la noche. Y para mi, Mestalla y el Valencia siempre fueron sinónimo de partido nocturno. En aquel tiempo no podíamos ni soñar que el Almería fuera capaz de competir con el Valencia, porque ni siquiera nosotros como modestos empresarios de la flor cortada nos sentíamos al mismo nivel que la ciudad que visitamos, y a la que desde aquel momento siempre tuve un cierto cariño.

Mestalla me gustaba, era cómodo y se veía todo bien. Era un campo muy familiar, con niños y trenkas y programas de mano que todavía conservo. Para nosotros, la cita anual con Iberflora y el partido de fútbol significaba mucho. Yo era un chaval con un futuro prometedor, en una empresa y un sector, el hortofrutícola, que con el tiempo acabaría por tener un gran impacto en la economía de Almería. El milagro almeriense, los campos de plástico, y todo lo demás, han revolucionado Almería. Pero yo no tuve tanta suerte. Me encantaba viajar. Los hoteles con mi padre, los desayunos, el zumo de naranja y las camareras sirviendo las tostadas en el Hotel Rey Don Jaime de la Avenida de Baleares (¿todavía existe?). Y por la noche al fútbol desde la entrada del Hotel, que olía a levadura, porque al lado había una fábrica de levadura junto al río. Con el tiempo comencé a generar fobias. Acumulaba sucesivamente fobias. Comencé por los gusanos. Continué con la ergofobia, o sea el miedo al trabajo. La cometofobia. La dromofobia, y así sucesivamente. Como si mi organismo siguiera de forma sistemática todos los trastornos y mi mente dispusiera una especia de menú degustación de las fobias. Hasta que me quedé con la fobia a dormir fuera de casa. Y ya todos mis desplazamientos tuvieron que realizarse para viajar en el día. Ir y volver y dormir en casa.

Pero a pesar de eso me encantan los viajes. Por eso en estos momentos soy redactor de contenidos de folletos de viajes. Míos son títulos y resúmenes como Viena Imperial, Roma Maravillosa, Egipto misterioso, Lisboa otoñal, París eclético o Bilbao y su ría. Una literatura exigente, nada fácil, que yo aprendí en el difícil mundo de la publicidad farmaceútica: condones, ibuprofenos, frenadol, juanolas, tiritas, potitos,...

De hecho, mi momento de gloria aconteció después del ascenso del primitivo Almería a primera, en 1979. Ese equipo jugaba en el Franco Navarro. Mi ídolo era Rolón, un delantero centro rompedor al más puro estilo Ansola, al que yo había visto en Mestalla. Comenzaba entonces en una agencia de publicidad de desodorantes, asimilando el hecho fatal de la ruptura con la empresa de mi padre y mis fobias cuando me encargaron una palabra, una sola palabra para el nuevo formato de limpieza axilar. En homenaje al tanque almeriense ideé Rolón. Ya ven, de la nada futbolera surgió un invento casi casi tan potente como la coca-cola: el desodorante rolón. Con el tiempo supe que esa palabra era algo más que un designio. Lo importante era el recorrido hasta esa palabra mágica. Un viaje místico donde estaba mi descubrimiento del fútbol en Valencia, el recorrido a Mestalla por la Alameda, las flores, la paella en la Pepica..., todas las fobias que empezaba a acumular y que nunca hubo manera de concretar bajo terapia.

Ahora que sólo soy un pobre fóbico de 53 años y medio atrapado en la nostalgia del invernadero que nunca tuve, sigo pensando en aquel partido en que por fin cumplí mi sueño de ver al Valencia jugar en mi ciudad. Fue en mayo de 1980. Ganó el Almería. Y marcó Rolón. Cada mañana, cuando se atufen los sobacos (así les llaman ustedes), piensen en mi. Soy del Almeria. Y un poquito del Valencia. El inventor del rolón. Ya saben: No diga gol diga Rolón.


Fermin Maroto, de Mojácar
Seguidor de la UD Almeria
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dissabte, 10 de gener del 2009

Banqueta visitant. Vila-real CF

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Evocación de una manta a cuadros

Empecemos por el principio. Recuerde el pueblo de Mestalla aquella entrevista que Cayetano Ros realizó a Fernando Roig, en la que éste se jactaba orgulloso de haber desactivado a los ultras del Villarreal. Pues bien, yo Paco Badenes, y mi amigo Quique Fabregat, fuimos dos de las víctimas del proceder del Presidente. Yo no dejaba de ser un espectador privilegiado de lo que pasaba en el fútbol. Me daba un poco igual. Era otro partido de fútbol, a pesar de los líricos y de los aficionados a tocar el violón con la semántica del enfrentamiento y la retórica de la “germanor”. Un trasunto de una pelea escolar entre los de 8º D contra los de 8º C. Si aquellos gritaban Villarreal, aldea subnormal, nosotros les llamábamos “mig-ouets”. A mi me tiene sin cuidado. Tengo exactamente cuarenta y ocho años. Esa edad que te ha permitido conocer y sobrevivir al conocimiento de El Titi, de Bruno Lomas y los Hermanos Tonetti. La edad en que ya sientes nostalgia de aquellas verbenas con la Orquesta Mancy de Vinaròs, después de hacer recortes en las fiestas de Artana, Onda o Betxí.

Entonces Mestalla era la oportunidad de ir, primero a Las Divinas, y luego a El Romaní. El caso es que soy también “purisimero”, devoto de San Pascual Bailón, y fidelísimo asiduo a los partidos de Mestalla con el Villarreal. Cuando nuestro equipo ascendió a primera toda la relación normal que se producía entre las dos aficiones, los dos equipos, y las dos presidencias, de repente se transformó en complejos, de superioridad, de inferioridad, complejos participados por todos.

Había que inventarse una mística, señores, y unas banderas y unos lemas glosando el amarillo, y una historia de víctimas, y claro hubo que convocar una tormenta de ideas en un local del que no diré el nombre, cercano a uno de los polígonos, en el que cada uno de los que íbamos a liderar una de las curvas del estadio, a las que íbamos a poner grandes hitos cerámicos, la Curva Gresite, la Curva Tau, etc. fue lanzando sus ideas. De allí nació lo del Submarino Amarillo y tantas otras ideas que fueron abortadas un día, cuando el Presidente nos desmanteló. El día que nos lo creímos, creímos que esto iba en serio, y realizamos unas declaraciones críticas contra su gestión. Allí se acabó todo. Y aún recuerdo el día en que desmantelados tuvimos que acudir a un bar de la periferia a canjear nuestras bengalas y nuestras banderas por globos amarillos y mantas a cuadros para ver el fútbol en El Madrigal.

Yo quise ser un hincha fanático del equipo de El Madrigal. Ahora acudimos a Mestalla como cualquier otro equipo.


Paco Badenes
Seguidor del Vila-real CF
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dimecres, 31 de desembre del 2008

Banqueta visitant. Club Atlético de Madrid

La publicació del següent post ha estat possible gràcies a la mediació dels amics de www.checheche.net, als quals agraim la seua col·laboració en la nostra iniciativa.

No debería decir la verdad

No debería decir la verdad puñeteramente cruda de lo que fue aquella noche en Mestalla porque en el asiento contiguo se sentaba la tía que más me ha gustado en los últimos diez años y en la fila de atrás dos imbéciles vistosos que se dedicaron a disfrutar con la victoria de su equipo, que no era el Valencia sino el Espanyol, y con las estupideces del mío, que no era el Valencia sino el Atlético de Madrid, de todas las penas y todos los dolores. Los dos pijos empezaron a tocar las narices desde el primer silbatazo y aún antes. Desde que el Aleti recién descendido a segunda se puso a calentar. La tibia atardecida valenciana dejaba su aroma sobre el estadio, etc, etc. La táctica del enemigo se manifestó sin disimulo: somos los pericos más guapos de Viladecans y tú, pequeña, vas a saber esta noche lo que vale un peine blanquiazul, perdona que te he dado con el pie, creo que no te he manchado pero ha sido, en todo caso, el mejor punterazo de mi vida y mi mejor gol; para compensarte mi amigo que es muy voluntarioso va a ir a por unas cervecitas que aunque no tienen alcohol pasan bien y quien iba a traer dos trae tres y prou. La madre que lo parió. Yo sonreía con la falsa disposición del demócrata bien educado mientras dirigía a mis troncos, ocupantes de los seis asientos de mi izquierda, eruditos comentarios del tipo de: y que este burro no me ponga a Molina... y que deje a Solari en el banco… (ignoraba yo por entonces que Santiaguito andaba en veleidades con el mal y que le faltaban tres minutos para entregarse). Anda que se cortaron el pavo y su socio: con todo el morro trajeron las tres birras y continuaron el asedio, pues sí, hemos distraído el día para venir: estamos liadísimos con el final del iese, el master ya sabes, ni hemos podido ir a Alpes este invierno, fíjate qué ritmo, este verano nos desquitaremos entre Marbella y Palma, ¿dónde irás tú?, perdona yo soy tal, este de las cervezas pascual y la final ha empezado tan bien que no podemos perder.

Esa fue la noche en la que al ex españolista Toni le dio un ataque de daltonismo luciferino y se puso a botar el balón ante la barba de dos días de su primo Tamudo. Lo que vino después ya lo sabéis; no me hagáis recordarlo. Os diré, sí, que los guapos de atrás añadieron al festejo un sonoro ¿qué tal si te vienes a celebrarlo con la hinchada campeona, preciosidad? Y que ahí se juntó todo, la rabia incontinente, la derrota sobre la derrota, el resabio guerrero de barrio con dreas y, joder, algo tan parecido a lo que te provoca por dentro el amor en riesgo multiplicado por dos (dos amores en riesgo) que sin andarme en medir cuanto había de amor futbolístico y cuanto del otro, me volví al propio y le dije, sin calma ni previsión ¿por qué no te vas con tu puta madre, cam-pe-ón? Añadamos para hacer la fotografía perfecta que entre mi media docena de compinches había un par de pesos pesados, tres con aire perdulario y seis dispuestos a resolver cualquier contencioso por vía directa; no tuve ni que recordar al Cardenal Cisneros: “estos son mis poderes”. Ni hizo falta explicarles nada. Bueno, hombre, no es para ponerse así, esto no es más que fútbol. ¿Fútbol? ¿estamos hablando de fútbol? Encima, tontos. Anda, ya os estáis pirando allá enfrente antes de que la celebración os pille en el lugar equivocado.

El viaje de vuelta fue en dos coches, uno se dejó los bajos en una rotonda a mitad de camino, justo donde quedamos a cenar. Nos amontonamos en el mío y seguimos. El cachondo de Jorge quedó bautizado como la madre del rey por la postura en la que quedó embutido en un rincón del asiento trasero. Los dos pringaos fueron convenientemente machacados durante 200 kilómetros, los que quedaban hasta el foro. Las risas nos hicieron ganar el tercer tiempo. Al llegar fui dejando a mi ejército corrupio en las zonas aledañas a la marcha. Excepto una, que se fue con el conductor. Mira por donde, al final de la batalla iba a ganar el Aleti.

Luego se casó, con otro naturalmente, que es sevillano y encima me cae bien. Tiene dos niños, dos gemelas para cuadrar la información. Y tiene un trozo de mi nostalgia sentada sobre el tiempo en la grada de Mestalla.


José Antonio Martín Otín "Petón"
Seguidor del Club Atlético de Madrid
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divendres, 12 de desembre del 2008

Banqueta visitant. RCD Espanyol

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El falso agravio

Prolegòmens a Mestalla de la final de l'aigua entre el Real Madrid CF i el RDC Espanyol

La mañana del 1 de mayo de 1983 la hinchada madridista tomó Valencia al mando de los peñistas catalanes (¡iba a ser de otro modo, habiendo más madridistas en Tarrasa que en Carabanchel!). Por entonces, yo ya era socio del Español (Feste’n soci), pero mi padre y yo nos dimos el gusto de acompañar a mi amigo Benito, en cuya mirada despuntaba un imperial aleteo de banderas y, por qué no decirlo, un mohín de desprecio hacia la realísima posibilidad de que el Real Madrid perdiera la liga. El desenlace de la liga constituyó, como sabéis los valencianistas y debiera saber cualquier aficionado al fútbol, una suerte de maracanazo a tres bandas. El Real Madrid perdió el título en un Mestalla atestado de merengues, el Valencia salvó el pellejo y el Athletic campeonó en Las Palmas. Mi padre, nieto de La Valldigna y simpatizante del Valencia, coreó el gol de Tendillo sin arrebatos histéricos, con la misma parsimonia con que yo recuerdo a mis muertos. Tengo grabadas en la arena de una playa las palabras con que Benito coronó la tarde:

-No es por nada, pero tu padre es un cabrón.

El lunes, ante la risotada legionaria de los culés, Benito no se escudó en el árbitro ni en el infortunio. Para mi perplejidad y la del todo 8ºB, compuso un gesto atildado y sostuvo la puya con firmeza:

-El padre de Pepe se portó como un cabrón.

Con el paso del tiempo, comprendí la lógica de su certera, infrecuente aversión hacia mi padre. En cierto modo, Benito seguía emboscado en Mestalla, a semejanza de esos militares estadounidenses que anduvieron extraviados en Corea creyendo que la guerra era una mentira insobornable.

Yo regresé a Mestalla en otras siete ocasiones. Se trataba de un desplazamiento que, como los de Pamplona, Zaragoza o Logroño, solía movilizar a muchos españolistas. Como sabréis, una de las grandes diferencias entre los españolistas y los culés radica en que los españolistas somos animales de carretera, mientras que los culés tan sólo se despegan del sofá cuando la historia les debe un título. [Rewind.] No me andaré, a estas alturas, con falsas heroicidades: la historia también le debía un título al Español y el 27 de mayo de 2000 nos lo cobramos en Mestalla. (En nuestro caso, la deuda se remontaba a 1988 y llevaba por nombre Leverkusen.) Aquel día de primavera, en Valencia, el jolgorio de cervezas comenzó sobre el mediodía y no terminó hasta la caída del sol. Sea como sea, no me detuve a leer qué localidad ocupábamos en Mestalla y, debido a ese extravío y a un feliz encuentro en los aledaños del estadio con David y Tote, llegué tarde al gol norte a pie de césped; lo suficientemente tarde como para ganarme el reproche de buena parte de Siberia (Siberia era el sobrenombre de quienes ocupábamos la grada alta de Montjuïc, la más desapacible del planeta fútbol). La reprensión, más o menos colérica, no tenía que ver con que mi presencia fuera inexcusable para organizar un tifo o con que la hinchada me tuviera por un talismán. No; la causa abierta contra mí (no precisamente liviana) se debía a que yo llevaba la pancarta que nos acreditaba como siberianos. Decir “pancarta” es decir mucho: se trataba de una lengua blanquiazul de los Stones de 2 x 1,5. Al cabo, y ya una vez claveteada y exhibida tipo “mamá estoy aquí”, barrí el estadio. A mi izquierda, en lo alto de la grada, rugían los Ultrasur. En el gol opuesto, la afición del Atleti se rebozaba en su propia penitencia, ese fatalismo de postal. Entonces reparé en que la tribuna quedaba a mi derecha y remonté el río: en efecto, diecisiete años antes, Benito y yo habíamos ocupado la localidad en la que ahora asomaban la lengua de los Stones y mi borracha algarabía. Llamé a mi padre y la cerveza hizo el resto:

-Gracias por habernos regalado aquella peripecia en Mestalla. Gracias, sobre todo, en nombre de Benito.

No es que hablara el vino sino el mismísimo Vila-Matas.

La llamada coincidió con un sobresalto general y, cuando aparté el móvil de mis labios, el balón ya se mecía en el ángulo derecho de la portería de Toni. (El dato es crucial: para los pericos, esa portería sigue siendo la de Toni, no la del Atleti. ¡Lo que puede el remordimiento!) Nadie supo describirme lo sucedido. Nadie salvo mi padre, que seguía al teléfono y me relató, con galantería de narrador alemán, el lance más rufianesco de la historia del balompié. Sergio amarró la victoria, levantamos la copa y, en general, nos ceñimos al ritual orgiástico de las grandes ocasiones. Mas, ay, la vuelta de honor no fue de mi agrado. No en vano, e incomprensiblemente, la hinchada del Atleti (que tanto alardea de su propio desgarro melancólico y que con tanto esmero lo cultiva) no soportó la derrota y abandonó el estadio. ¡El pupas! Ese tontuno orgullo del boxeador caído se reveló tan falso como el de esos escritores que fingen escribir para sí mismos y para la posteridad. ¿Acaso no se envanecían de su forma de palmar? ¿Qué mejor ocasión para hacerlo que perdiendo la copa al tiempo que descendían a segunda?

Faltaba una hora y media para que partiera el autocar y me arrellané en uno de los asientos de la última fila del gol norte, la misma fila en que presencié la derrota del Madrid. Bajo la techumbre recordé a Tendillo, a Metgod, a Di Stefano. Y recordé, sobre todo, la refulgente serenidad de Benito, que parecía seguir a mi lado confiando en que el Madrid, al fin, marcaría el gol del empate.

(Después de la consecución de la copa tuve la impresión de que la deuda histórica se había saldado. ¡Craso error! Seis años después, y antes de la final del Bernabéu, la pericada volvió a agitar el fantasma de Leverkusen. Y aun en 2007, en Glasgow, todavía balbuceábamos el histórico impagado. Mi certeza, a este respecto, era ya desapacible, amarga, insoluble. Nuestro quebranto no se llamaba Leverkusen, sino Sarriá.)


Pepe Albert de Paco
Hincha del RCD Español
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divendres, 28 de novembre del 2008

Banqueta visitant. Real Betis Balompié

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Verde que te quiero verde
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Foto: Penya Valencianista Ciberche

Aviso para navegantes: no esperen chistes, ni sevillanas, ni tampoco una faena de Curro Romero. Soy un bético sin pedigrée, nacido y educado en pleno Ensanche de Valencia. Un bético sin gracia. El rarito de turno. Un bético de L'Horta para romper con todos los tópicos del viva er beti manque pierda.

La culpa la tuvo Esnaola, o peor aún, el televisor Telefunken en color que mi padre compró en la primavera del 77. Nuestra primera tele en color. Yo tenía 9 años y me enamoré del verdiblanco, del pelucón de Megido, de aquella final única entre Iríbar y Esnaola. Esa noche descubrí que el cesped era verde de verdad. Verde que te quiero verde. Y que era posible ser de un equipo con una camiseta original y distinta. La primera final de la copa del rey. Un día histórico.

Claro que en 1977 yo no sabía donde me metía. Que más da. Sólo tardé un año en descubrirlo. 12 meses después de aquella noche mágica el Betis firmó su sentencia de muerte precisamente al lado de casa, en el Luis Casanova. Fue la primera vez que estuve en Mestalla y también la primera que ví en directo al Betis. Mi Betis güeno. Ganó el VCF 4-2 y un tal Kempes jugó su último partido en Valencia antes de irse a la Argentina para consagrarse como máximo goleador del Mundial. Recuerdo que llovió bastante. Y también que mi padre, granota de salón, maldecía en silencio verse en la obligación de ir a Mestalla en calidad de padre de un bético. A la semana siguiente, el Betis bajó a segunda.

Después seguí siendo del Betis. Que remedio. Siempre llevaba medias verdes en los partidos del colegio y en primero de BUP me hicieron el ser más feliz del mundo: ponerme en la "D". Que en lenguaje marianista significa llevar camiseta verde en Deporte. Con las medias a juego el Betis empezó a jugar bastante bien al fútbol. Gordillo, Calderón, Poli Rincón, el inglés Peter Barnes. Un día le metimos 5 al Athletic de Clemente en mi debut en Heliópolis. 1982-83. Y al poco, enlacé 3 victorias seguidas en Mestalla. 84-85, 85-86 y en copa de la liga del 86, con el Valencia ya descendido.

Pero como todo parece volver, en junio de 1989 el Betis volvió a escoger Mestalla para despeñarse de nuevo. Y en la penúltima jornada de aquella liga perdimos 3-0 y nos fuimos a segunda vía promoción. Fue una noche de sábado muy del país. Casi veraniega, llena de color y buenos augurios. Ese día tuve la extraña sensación de que hubiera sido más feliz pudiendo ir más a menudo al fútbol. Cumpliendo, en definitiva, el ritual casi cotidiano de acudir cada dos semanas a ver a tu equipo. Pero para entonces ya había leído "La Marcha verde" un par de veces y el Betis formaba parte de mi ADN.

De alguna manera, ser del Betis en Valencia ha sido para mi una forma de aceptar el peso de las anécdotas en mi propia vida. De aquella televisión en color que mi padre compró en 1977 a esta inesperada participación en un blog amigo han pasado más de 30 años. Por el camino se quedaron aquellas medias verdes con las que me creía Cardeñosa y muchas visitas clandestinas a Mestalla cada temporada. El destino, que es caprichoso, me ha convertido en padre de un xotito. Un niño de 9 años que sueña con ser Villa. Ni siquiera la final de copa de 2005 contra Osasuna me sirvió de argumento. Se parece a su madre. Y yo, verde que te quiero verde, quizás lo prefiera así. Con un excéntrico en la familia es suficiente.

pd; Gracias a este blog es la primera vez que de manera más o menos pública he podido contar mi vida de bético en Valencia. Con Mestalla de trasfondo, ese campo que veía cada mañana camino del colegio... y del que nunca supe que decir.

Victor Almunia Seguí
Seguidor del Real Betis Balompié
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dijous, 13 de novembre del 2008

Banqueta visitant. Real Sporting de Gijón

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Lágrimas en la lluvia
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Entre los hábitos menos saludables de Osvaldo Soriano, estaba el ser hincha de San Lorenzo: un “Cuervo Carasucia”. Y todo niño –no importa si tiene 50 años- que le guste el fútbol, después de encontrarse con su ídolo, lo primero que hace es salir corriendo a contarlo a los amigos. En una carta, Soriano le describe a Eduardo Galeano sus andanzas por un Carrefour; donde antes estaba el estadio del San Lorenzo, en compañía de su héroe de infancia: José Sanfilippo. Entre cabeceras de góndola, quesos, ristras de chorizos y driblando gordas que arrastran carritos, recuerdan un gol a Boca. La pelota acaba entrando por la escuadra, entre las pilas y las hojas de afeitar; mientras los clientes y las cajeras aplauden. “Casi me pongo a llorar”, termina Soriano. Rara vez lo que vemos tiene la fascinación de lo que imaginamos. Y rara virtud la de Soriano: saber cuándo llorar. En la noche del exilio parisino, buscando la solidaridad en la desgracia y la complicidad en el sufrimiento, intentó contarle a su socio y amigo el descenso a segunda del “Ciclón”. Cortázar nunca entendió de qué hablaba.

El gol del Carrefour argentino, viene a cuento de Mestalla. Me explico. Todos tenemos nuestra particular forma de ver el fútbol: personal e intransferible; como las corbatas, el DNI, y la vida. Luego volveré sobre ello.

Después de lo mucho que aquí se ha escrito, y bien, sobre la muerte de Mestalla, no es que ya no sepa uno qué escribir, sino que sabe que poco se puede aportar más a la mística. En tiempos de sátrapas del desierto y mafiosos rusos con dotes precognitivas, resulta hermoso y valiente, darles a los figurantes su verdadero valor en la historia. Parafraseando a Galeano, crecimos creyendo que sólo era un hermoso deporte espectáculo y resulta que también, es un cochino negocio. Y son esas miradas fugaces a nuestros recuerdos, lo que nos anima a seguir enfermos. Porque sólo estando enfermos, se le puede dar el valor que le damos al fútbol en nuestras vidas.

Descartada la mística, por agotada, qué decir –sin ser novelista o tertuliano- de un estadio que no conozco, en una ciudad que apenas intuyo. Podría adoptar el tradicional papel otorgado al pobre en el entierro del rico: plañidera. Va a ser que no. Escribir unas líneas sobre nuestros vínculos (Eloy, Pasieguito, Abelardo, Villa, Zurdi, L. Flores…). Contar algo de nuestra última victoria en Valencia, en la última jornada de liga, con el último gol de L. Enrique, nuestra última UEFA, (0-1; 9/6/91). No haré tal cosa. Podría acogerme a las estadísticas y analizar nuestros partidos en Mestalla. Lloraría yo solo: en treinta y cinco partidos de Liga, ganamos sólo en tres ocasiones. En fin, que cada uno sabe lo suyo, y el equipo visitante juega como le da la gana, o como le dejan. Por mi parte, lágrimas las justas. Ya que estamos, hay algo que ustedes nunca tendrán: al mejor equipo de su historia inmortalizado en una película Óscar.

Y la verdad sea dicha, sin gota de ironía: no creo en la mística de los templos. Ni del Molinón, ni de Anfield, ni La Bombonera, ni siquiera de Wembley. El viejo Wembley, ya se fue. Anfield desaparecerá en el 2011. Tener el más antiguo de España (100 años), le da a uno margen para ciertas licencias. Porque es ley de vida, nada es para siempre y no hay perfume eterno. Siempre he preferido los fieles a los templos y, mientras haya de los primeros, la reafirmación, la comodidad, las aclamaciones y el bienestar de los templos conocidos, son secundarios. Lo único esencial son los recuerdos, el presente y los figurantes. No sé si sobre Mestalla se levantará un hiper o un casino de alguien fugado de “Uno de los nuestros” ¡Qué más da! ¿Acaso importa? Dentro de treinta años le darán la importancia que hoy tiene para los culés el campo de Les Corts: ninguna. Ésa es la verdad: penosa, desfallecedora, casi siempre en contradicción con la realidad felizmente soñada y la imagen que tenemos de nosotros mismos. Pocas cosas más humanas que mentirnos a nosotros mismos y ninguna mentira mayor que afirmemos admirar la verdad.

Vuelvo al inicio, al gol en el hipermercado. A la personal manera de cada uno de ver el fútbol. Mucho se ha escrito, y de diversas maneras, sobre el porqué del fútbol. Desde la antropológica –sustitutivo de la guerra-, hasta la que aporta Valdano: mezcla de darwinismo y expansión de imperios -los mejores de la calle, los mejores del barrio, de la ciudad, del país- . No sé, quizá tengan razón. Creo que todo es más sencillo: una vuelta al partido siempre inacabado, aquel que no terminamos nunca porque nuestra madre nos llamó a cenar. Aquello que escribió Dylan Thomas: “La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque aún no ha tocado el suelo”. Una espera, un rezo, una ilusión para que la pelota nunca baje, para no pensar en que fuimos cumpliendo años y dándonos cuenta que la vida no era tal como habíamos esperado. De que muchos sueños se nos esfumaron. Y, quizá sea lo peor, siendo conscientes de que los únicos culpables fuimos nosotros.

Ya no lo pienso, ya no. Pero como Soriano y Sanfilippo, durante años, mientras los demás veían edificios, yo veía un viejo campo de arena. Allí estaba la pequeña barandilla en la que se apoyaban los espectadores. Aquella, era la banda izquierda, llena de barro hasta los tobillos todo el año. Justo más allá estaba la portería. Y veía aquel gol por la escuadra al pequeño de los Castro, y hubiera dado cualquier cosa por ver a H. celebrarlo como un loco. Ver a H. de nuevo. Con vida.

Termino y no he dicho nada sobre Mestalla. Lástima. Pero no importa. Mientras ustedes recuerden, todo estará bien. Porque ustedes son Mestalla. Carpe diem ches. Carpe diem. Y lo demás, lágrimas en la lluvia.


Miguel A. P.
Hincha del Real Sporting de Gijón





divendres, 31 d’octubre del 2008

Banqueta visitant. Real Racing Club de Santander

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Yo, señores, no soy ni malo ni soberbio

Yo, señores, no soy ni malo ni soberbio. Ni soy el sustituto de Álvaro Pombo ni un personaje pintoresco de la localidad. Mi único defecto es el rencor. Desempeño un alto cargo en cierta entidad educativa de Santander, que quisiera mantener en el anonimato para no aflorar tanto mi nombre como el de la entidad que contribuye religiosamente al pago de mi hipoteca. Aunque sepan que se encuentra en una península y tiene que ver con magdalenas. Vivo en una de las colonias de chalets con vistas al Cantábrico, los Chalets de la Tierruca, entre la Colonia Cisneros y la Colonia Santa Ana.

Paseo todos los días por las playas de la ciudad. Baños de ola de mar. Traineras. Colmados y edificios de madera. La estatua de Franco y el recuerdo momificado de Menéndez Pelayo. Y qué es Santander sino eso: los Botín, los tópicos sobre los indianos, cafeterías burguesas y tiendas de ropa con aire británico. Sé que ustedes no lo entenderán, porque yo a ustedes no les entiendo. Tienen títulos. Se ríen de si mismos. Han triunfado y fracasado. Si quieren elegir mística eligen mística. Si quieren impostura cuentan con ella a raudales. Puestos a ser singulares lo son a carta cabal. Les confesaré que ser del Racing es una estúpida inercia burguesa que se reduce a permanecer. Porque aquí todos somos bien del Madrid o del Barcelona. Por eso en el fondo admiramos sus cuitas, querellas y rencillas. Porque demuestran una profunda vocación y un compromiso del que nosotros carecemos. Ni siquiera el blanco y negro nos une. Todos los blancos y negros son diferentes. El nuestro es un blanco y negro verdoso y céltico como se demuestra en nuestra segunda equipación. El suyo es un blanco y negro anaranjado, mediterráneo y un poco austriaco. A mi me gustaría ser su corresponsal cantábrico, aunque no tengo más blasones que conocer a tres de las personas responsables de este blog.

Si llevo años y años acudiendo a El Sardinero con mi viejo sueño de convertirme en directivo. Años de lucha por la permanencia. Tardes de burdel y sobaos pasiegos. En una de esas tardes conocí a los tres perpetradores de esta bitácora. El Panata Lahuerta, el Chafa Charcos de Miquel Nadal, y el Ingeniero González. El primero jugando a esconder su cultura. El Panata me contó que tenían ustedes un directivo amamantado en la cultura del club rival, cuyo padre, en el bar levantinista que regentaba, obsequiaba los lunes con sardinas a los clientes del Valencia, cuando el Valencia había perdido en El Sardinero. El segundo, ese tontorrón lector de Paul Auster, amigo de los judíos y del Torino, no me cayó bien, porque ha sido la única persona expulsada de la entidad académica en toda la historia. El tercer día de curso sobre “La responsabilidad patrimonial de la Administración: nuevos retos y perspectivas”, se levantó solemne y mandó a la mierda a su compañero de pupitre, coruñés y del Deportivo, después de que este volviera a sacar la sonrisa de GIner y el penalti de Djukic. Y el ingeniero, porque de los tres, con su paciencia y su insistencia fue el que hizo posible aquel viaje pintoresco. Su único objetivo era la “Operación Campos”. Acudir con el Valencia a Santander, localizar a José Campos con su raqueta y en pantalón corto, y soltarle “Com té la figa la neta de Franco?”. Siguiendo una falsa pista acudieron a La Maruca, en donde las chicas malas y en donde te hacen la torpe broma con el sobao y el pasiego. Y allí se quedaron sin Operación Campos, sin ver el partido, y escuchando por la radio en Internet a un tal Rovira.

Sé que a ustedes les resultaba difícil encontrar una persona de pro para colaborar en su adiós a Mestalla, decidí enviarles esta carta. Y aquí estoy yo. Mestalla es toponimia, como El Sardinero, La Rosaleda o El Molinón. Para nosotros significa tardes de carrusel y puntos difíciles. Nosotros no tenemos títulos, pero tenemos la recia raigambre. A ustedes les dio por hermanarse con la afición riojana, y es lógico. Entre las aficiones cantábricas existe una cierta hermandad de lluvia, de novela de Zunzunegui, Chiripi, de terno de corte inglés, merienda burguesa y pastelillos. Ustedes son otra cosa. Les pierde la estética pero también salen ganando. En Santander tienen un amigo. Que no es malo ni soberbio. No soy el sustituto de Álvaro Pombo. Soy rencoroso. Me hubiera gustado ser directivo del Racing. Y les admiro por su despedida a Mestalla. Qué cabrones, “la figa de la neta de Franco”…

P.D. Pueden ustedes firmar mi artículo como “El duende de La Magdalena”, o “El pupilo de La Maruca”.


El duende de La Magdalena AKA El pupilo de La Maruca
Socio del Real Racing Club de Santander
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