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dissabte, 19 de març del 2016

19 de març de 1972

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Aquella temporada tenia 10 anys. Havíem guanyat la lliga la darrera temporada i encara estava en el menú record el gol de Forment al Celta o el d’Anton en la Nova Creu Alta. Aquella temporada arribàrem a dos punts del Madrid. Un dia amb pluja i tormenta. Darrer dia de falles. Unes falles en blanc i negre, grises com l’època, orfa de llibertats en el tardo franquisme. Els xiquets d’aleshores no teníem mes que una televisió - grande y libre- i els partits del diumenge a la vesprada a Mestalla eren de lo poc en color que desfruitàvem. Eixe dia després de dinar aní amb mon pare -que sempre ha mantingut el seu passe- a Mestalla, general del gol gran, a veure el partir. El resultat ja el sabem: VCF 1- Sánchez Ibañez 2 ( portada del dia següent al diari Deportes).

Malgrat total sempre en quedarà el record de Mestalla , de xiquet amb mon pare i el d’un sentiment indescriptible, que ara continua amb el menú fill.


Rafa Bejar (Tavernes Blanques, L’Horta Nord)
Soci del València CF
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dilluns, 9 de desembre del 2013

19 de març de 1972

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Aquella temporada tenia 10 anys. Havíem guanyat la lliga la darrera temporada i encara estava en el menú record el gol de Forment al Celta o el d'Antón en la Nova Creu Alta. Aquella temporada arribarem a dos punts del Madrid. Un dia amb pluja i turmenta. Darrer dia de falles. Unes falles en blanc i negre ,grises com l’època, òrfena de llibertats en el tardo-franquisme. Els xiquets d'aleshores no teníem mes que una televisió -grande y libre- y els partits del diumenge a la vesprada a Mestalla era de lo poc en color que desfruitàvem. Eixe dia després de dinar aní en mon pare -que ja ha complit 89 anys i encara manté el seu passe- a Mestalla, general del Gol Gran, a veure el partit. El resultat ja el sabem: VCF 1- Sánchez Ibáñez 2 ( portada del dia següent al diari Deportes). 

Malgrat total sempre en quedarà el record de Mestalla, de xiquet amb mon pare i el d’un sentiment indescriptible, que ara continua amb el menú fill. 


Rafa Béjar 
Soci del València CF 
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dijous, 14 de gener del 2010

Xafant Mestalla. Àrbitres: Manuel Díaz Vega

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Mis recuerdos de Mestalla serán imborrables por el extraordinario ambiente futbolístico que su afición crea entorno al equipo; Es una presión excitante, sin fisuras, apasionada en defensa de los colores valencianistas. Los primeros recuerdo ya muy lejanos, se remontan al año 1986 en segunda división, se jugaba el Play-Off para ascender a primera división contra el Logroñés, recuerdo que el Entrenador era ni más ni menos que Don Alfredo Di Stéfano. Por supuesto que como siempre en el Estadio no cabía ni una persona más, era un ambiente único. Más tarde llegaría la ampliación de las gradas, y aunque rompía arquitectónicamente con aquella caja de resonancia que era el viejo Mestalla, seguía siendo atractivo.

He de reconocer que siempre tuve una gran admiración por la afición valencianista y sus dirigentes, he compartido con ellos muchas tardes de éxitos en Mestalla y fuera de Mestalla, y aunque en alguna ocasión las decisiones equivocadamente les haya perjudicado, siempre he vuelto a Mestalla con la ilusión de ir a uno de los lugares reservados para las grandes tardes de fútbol. Desde Don Arturo Tuzón, gran Presidente, hasta Espanyeta, símbolo valencianista durante muchos años, pasando por una legión de grandes jugadores como mi paisano Eloy, Giner, Roberto, Fernando, Cañizares, Mendieta, etc, etc, etc. Salvando los momentos puntuales que el fragor de la competición produce, la relación siempre ha sido excelente. Recuerdo lejos de Mestalla el gran partido de Sevilla en la final de la Copa de S.M el Rey frente al Atl. de Madrid, que el Valencia resultó campeón. Inolvidables serán muchas tardes noches de fútbol en Mestalla, frente a otros grandes clubes españoles, donde el ambiente y la presión, comulgaban conjuntamente para crear una excelente atmosfera.

Y no quisiera acabar sin mencionar la capilla que hay a la salida del vestuario arbitral y al Padre espiritual del Valencia CF. Son uno de mis grandes recuerdos de ese Estadio.

Mi gratitud para Mestalla, el Valencia y todos los valencianistas.


Manuel Díaz Vega
Árbitro internacional, Director Técnico del Comité Técnico de Árbitros de la RFEF
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dimarts, 23 de setembre del 2008

La culpa es del burro

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Tengo un amigo que, cuando quiere insultar a alguien, simplemente lo llama tonto. No recurre a los socorridos cabrón, hijoputa o lindezas de mayor sonoridad, sino solamente tonto. Un día le pregunté el porqué de esa extraña perversión lingüística que convertía a un calificativo tradicionalmente considerado como blando en el grado máximo del insulto. Es el insulto más real que existe, me contestó. Tenía razón. Cuando llamas a alguien cabrón no está probado que su pareja le ponga los cuernos o cuando lo llamas hijo de puta lo haces sin corroborar que su madre ejercía la profesión más antigua del mundo. Ni cuando mandas a alguien a tomar por el culo sabes si, entre sus apetencias sexuales, está el sexo anal pasivo. Mucho me hizo pensar la respuesta de mi amigo. Y un día, en un partido en Mestalla, acabé por entenderlo. Ante un flagrante penalti contra un delantero del Valencia, el árbitro no sólo no castigó la entrada del defensa con la llamada pena máxima (que es una expresión con connotaciones funerarias o psiquiátricas), sino que amonestó al damnificado con una tarjeta amarilla. Mestalla entero comenzó a entonar buuuuuuurro, buuuuuuuuurro.

Yo también lo hacía, pero aquel día me dio por pensar el porqué. En todos los campos del mundo, los improperios contra los árbitros suelen ser insultos del calibre de los relatados en el párrafo anterior y que mi amigo se resistía a emplear. En Mestalla, no. En Mestalla la gente le grita al árbitro que no está suficientemente capacitado desde el punto de vista intelectual para dirigir un partido de fútbol. Es un insulto infantil, de los que humillaban de verdad en el colegio. Allí, al menos en mis tiempos, nadie era cabrón o hijo de puta, más que nada porque, al no saber nadie lo que significaban esos improperios, no estábamos demasiado seguros de si era un insulto de verdad. Allí, tus enemigos eran burros. Y al torpe de la clase se le decía burro. Como en Mestalla. Ese coro recuerda al juez que, como decía Galeano, el árbitro es un intruso cuya misión es estropear la fiesta. Y que sólo a un tipo con escasas luces se le ocurriría estropear esa fiesta que se monta en Mestalla.

Lo curioso del caso es que esa unanimidad en las cualidades solípedas del colegiado es algo que se ha transmitido de generación en generación sin que nadie haya reparado en ello. A mí, mi padre no me enseñó cómo había que insultar al árbitro si no estaba de acuerdo con sus decisiones en el campo, pero, cuando lo vi llamándole burro a un trencilla, supe que aquella palabra reunía licitud y tradición. Los cánticos han cambiado, han ido renovándose con los años, mas la forma de herir al colegiado tras un presunto error es la misma desde que tengo uso de razón.


Burro es, con diferencia, mi tópico favorito de Mestalla. Y eso que, en ese aspecto, hay buena competencia. Una Champions League de frases del año. Me encantan dos que tienen la misma raíz: la marcha de Pedja Mijatovic al Real Madrid. El cántico personal más longevo que recuerdo en Mestalla es Pedja, jódete, una especie de Te chinchas, que como aquí no estabas en ningún sitio pero en versión bruta. Pedja empezó a joderse por cualquier nimiedad en la temporada 1996-97 y ha seguido haciéndolo hasta hace menos de cuatro años. Lo raro es que, ahora que es director deportivo del Madrid, nadie haya recuperado el grito de guerra. Será porque ya debe de estar bastante jodido en el Madrid.

Derivado de ese deseo de que el montenegrino practique un acto sexual no consentido está una frase que más que proclama pública, ha sido un común privado. La culpa es del Judas servía igual para justificar una derrota que para relativizar una actuación arbitral. Para perdonar que un futbolista no rinda porque se bebe todo el stock de los bares pijos de la ciudad o para rebajar los errores tácticos de un entrenador. Para no echar a un presidente o para no protestar cuando alguien se está forrando a tu costa. Era como la confirmación de que existe el demonio y, tras un doloroso exorcismo, ya no está con nosotros, aunque intente hacer el mal desde la capital de España. Parecía tan real como lo burro que podía llegar a ser el árbitro.


Paco Gisbert
Socio del Valencia CF
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dilluns, 15 de setembre del 2008

El eco de las almohadillas

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[19 de març de 1972; València CF 1 - Real Madrid 2: Llançament de coixinets davant l'actuació de l'àrbitre Sánchez Ibáñez.]

De nano siempre me fascinaban los aspectos más colaterales del ritual. Ganar o perder eran sucesos que ateñían a los mayores y por los que yo aún pasaba de puntillas. Por una extraña querencia a los callejones, heredada quizás de la calle Zurradores donde nací, el corazón se me desbocaba cuando entrábamos a Mestalla y recorríamos los pasillos interiores hasta nuestra localidad en el sector 6. La estrechez de los vomitorios dejaba ver jirones de verde pero lo que de verdad llamaba mi atención era la humedad algo hosca de las tripas interiores de aquel Mestalla anterior a la reforma de 1978. Pasillos atestados que impelían a las oscuridades subterráneas de las bodegas. Y el eco furibundo que provenía de golpear las almohadillas contra las paredes. Era como una costumbre anticipatoria: un ruido seco y cavernoso. Una especie de clave sonora que daba la bienvenida a los indígenas y servía para marcar el territorio frente a los forasteros.

Las primeras almohadillas que recuerdo eran azules con cordel y se alquilaban jornada tras jornada como un ritual previo dentro del propio ritual del partido. Después llegaron las marrones con la publicidad de Vifasa, que eran más plásticas y rectangulares y cuyo tañido contra las paredes resultaba mucho más potente. Pesaban lo suyo y caían a plomo desde las localidades más altas con el consiguiente peligro. Duraron 4 ó 5 temporadas. Eran momentos de cambio en lo social y la autoridad de los grises ya no imponía el pavor de antaño. Cada lance conflictivo acababa con lluvia de almohadillas, en un periodo fronterizo que convirtió en costumbre local lanzar naranjas al árbitro. También en eso Mestalla desarrolló su propio carácter, a medio camino entre la nostalgia rural y la metáfora reivindicativa. Lo cierto es que las almohadillas de Vifasa tuvieron su apogeo al son del mítico orfeón que se extendía cada vez que el Matador se disponía a lanzar una falta: aquel estremecedor y acompasado grito de Keeeeeeeeeeeeempeeeeeeeeees, Keeeeeeeeeeeeeempeeeeeeeeeees. Posiblemente, el rugido más atemorizante de cuantos ha escuchado Mestalla a lo largo de sus casi 90 años de historia.

[Empleats del València retiren els coixinets amb la col·laboració del fotògraf Manuel Sanchis "Finezas". Al fons apareix Luís Vidal amb la seua màquina.]

Con el tiempo, las almohadillas-orquesta de Vifasa dejaron paso a unas más livianas de color verde que volaban sin llegar nunca al campo. O que sólo llegaban de uvas a peras. Esas almohadillas sin 'chicha ni llimonà' ya no hacían ningún ruido al golpearlas contra la pared. Una señal de que el carácter bronco de la parroquia se desintegraba. Esas nuevas y fofas almohadillas sintetizaron el periodo más gris del VCF, como una metáfora siniestra de lo que se avecinaba, dando paso a una época aséptica e incolora de fundas y almohadillas de tono cada vez más light que todavía perduran para desdicha de quienes crecimos en tiempos de almohadillazo limpio contra todo lo que se movía. Sin duda, ese espíritu del almohadillazo y su degradación es un espejo que va más allá de lo anecdótico. Las estanterías de los supermercados se han llenado de productos sin sal, sin azúcar, sin grasas. Los niños ya no juegan en la calle ni llevan rodilleras en los pantalones y el mundo en general se ha convertido en un escenario de pieles tan sensibles y anodinas que cuesta entender como hemos podido llegar hasta aquí atravesando guerras, penurias y epidemias. La blandenguería y la mojigatería son emblemas de los nuevos tiempos, señas identitarias donde todo ha de ser políticamente correcto.

Quizás, defenestrar las almohadillas sólo fue un primer paso. El siguiente fue la prohibición de los festejos pirotécnicos en las gradas. Sin duda, en ese mismo instante debimos sospechar que acabarían echándonos de Mestalla en aras de la modernidad, las comodidades innecesarias y la vocación glamourosa de nuestra clase dirigente. Nos faltaron reflejos. Y ahora ya es tarde. Sólo nos queda este blog. Y el lejano eco de las almohadillas haciendo temblar los cimientos del viejo Mestalla.

Rafael Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF
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