Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris reforma Mundial'82. Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris reforma Mundial'82. Mostrar tots els missatges

dissabte, 31 de juliol del 2010

Uña de gañán

·

“…me parece que soy de la quinta que vio el mundial 78…”
-Andrés Calamaro-


En casa nunca se utilizaba la palabra Mestalla. Ni tampoco Luís Casanova. En casa, Mestalla era el “Campo”, o a lo sumo, el campo del Valencia. Estaba demasiado cerca como para imponernos su nomenclatura solemne y mayestática. Estaba ahí, a la vuelta de la esquina, y poseía el mismo aire familiar y doméstico que el patio del colegio.

Lo he visto con claridad estos meses de inventarios y escrituras. Una cosa es la memoria real y otra la forma de plasmarla años después. Intuyo que la elaboración literaria del escenario ha sido un elemento algo impostado, nacido a cuenta de la enfermedad poética que busca concretar el rumor de azares, anécdotas y glorias en una hermeneútica propia y conmovedora.

Con franqueza, la mirada de un niño puede ser muy voraz pero su discurso es simple salvo que se llame Léolo y se apellide Lozone. Sin duda, en esa distancia que media entre el niño y el adulto se cobija el impostor de la voz engolada que nos hace pontificar. Cuando en realidad, y como pasa siempre, todo es mucho más sencillo.

En verdad, por aquellos días en que yo me asomaba a la esquina de la calle Gorgos, Mestalla era sólo eso: el Campo del Valencia, un lugar donde mi padre y yo compartíamos la espuma de los domingos. Después, la memoria y la solemnidad de los muchos libros le han otorgado galones sagrados pero sólo desde la invención lírica de una voluntad mística. Y la mística, es importante acotarlo, es la menos objetiva de las miradas. Está hecha, ante todo, de esencialismos y grandilocuencias: estiércol de metáforas lacrimógenas para vindicar ausencias y prolongar en tono narrativo el hechizo de lo inabarcable.

Lo he aclarado, por suerte, gracias a mi madre, que siempre fue realista y poco dada a las efusiones religiosas. Un día, y hablo de la primavera de 1978, fuimos a El Corte Inglés a comprarme los clásicos mocasines con borlita para una comunión, aquellos jodidos zapatos que tanto detestaba. Era sábado y a media tarde debutaba España contra la selección austriaca de Krankl y Prohaska en el mundial de Argentina. La ida la hicimos en el autobús de la entonces SALTUV, pero a la vuelta mi madre me convenció para regresar a pie. Su argumento fue el más eficaz que podía utilizar: pasamos por el campo del Valencia y así ves lo bonito que lo están dejando, me dijo. Accedí, que remedio. Caía el solano con fuerza pero la tentación de pasar por ese Mestalla en obras merecía la pena. Fue, ahora lo recuerdo, la única vez que vi la acequia al descubierto. El campo estaba en plena fase de remodelación para el mundial 82 y era ese momento puntual en que no había rastro de la grada baja: ni la vieja ni la nueva. Sólo un solar.

El actual segundo anillo del graderío flotaba en el aire, sostenido por las columnas que aún hoy tienen residuos tiznados de carbón. La visión era entre apocalíptica y esperanzadora. No había mucho césped y sólo la fachada de tribuna permanecía inalterable como seña estética de identidad. Mi madre le pidió permiso al vigilante para asomarme al abismo de grúas paradas que descansaban sobre el espacio donde unas semanas antes Kempes había logrado el pichichi goleando al Betis. Lamento decepcionarles pero no recuerdo sentir ninguna revelación mariana. Tampoco Dios me habló al oído ni hubo repentinas brisas que elevaran al cielo papelitos festivos. Nada. Sol y moscas. Y el vigilante. Uno de aquellos hombres hoscos y sucios. Piel morena y curtida, con uña extralarga en su dedo meñique a modo de herramienta indispensable para pasar la jornada laboral indagando nuevas rutas.

32 años después de aquella tarde he intentado fórmulas para explicar la fascinación que entonces fui incapaz de sentir pero que ahora me tensa la garganta de forma incomprensible. Ese secreto es el que cada partido del Valencia me obliga a imaginar el graderío previo a la reforma del 78’, como si en ese escenario se concretase alguna verdad digna que metabolizara el temblor y la alegría. Como si sólo aquel Mestalla fuera digno de ser el verdadero Mestalla. Pero intuyo que eso sólo es inercia sentimental y autocompasiva. Sinceramente, ya no espero grandes cosas de la milonga que alega que la patria es la infancia. Creo, más bien, que un hombre atrapado por ese rumor es un hombre enfermo que no hace más que contarse a si mismo una película donde la realidad ha sido abducida por el relato acomodaticio que suelen otorgar las frases enmarcadas en el colchón de la tradición narrativa que adopta toda evocación más o menos veraz.

El tiempo juega con nosotros para convertir lo anodino en algo mágico. Parece nuestro destino: contar y que parezca interesante lo contado. Pero aquella tarde todo fue prosaico y elemental. A sabiendas, un solar en obras, un niño curioso y la necesidad fisiológica de llegar a casa lo antes posible para sentarme en la taza y oír por el deslunado como Austria le marcaba a España su primer gol. No es que me decepcionara la acequia…es que sólo era una acequia custodiada por un tipo cuya uña explica mejor que nada la historia de un país donde la manicura todavía era un deporte para minorías.


Rafa Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF

·

dimecres, 3 de juny del 2009

Antes del Mundial de Argentina

·

Esta es la grada que asombró al primer maoísta de la historia del fútbol cuando visitó Mestalla después de fichar por el Madrid. El maoísta se llamaba Paul Breitner y dice, cuenta, afirma, que sintió algo parecido a la intimidación cuando se asomó al túnel de vestuarios y se topó con aquel muro repleto de talibanes de la huerta. No había otra grada igual en España. Posiblemente tampoco en Europa. La numerada de mar: la misma que Alfredo Di Stefano hacía subir a sus jugadores en las matinales del 71. La grada que le dio carácter volcánico y menestral al VCF durante dos décadas. Una grada vertical, sin voladizos ni dobles anillos. Un rampa de piedra y mampostería ceñida al césped. Arquitectura racionalista al otro lado del río. Las vías, la huerta, la Tabacalera. Mestalla. Esa otra ciudad de caminos, pequeños campos de cultivo y solares desnudos. La Valencia sin relato. Una menestra caótica de facultades universitarias, paseos al mar que no llegaban al mar y barrios dejados de la mano de dios: L'Amistat, San José, La Isla perdida, Beteró. Barrios extrañamente orgullosos de su orfandad.

Lo que ahora viene es una boutade estética, pero para eso sirven los blogs: para divagar. Sostiene nick bar Torino que la decadencia del club en los 80' empezó con esa reforma despersonalizadora y clasista que rompió la unidad de la grada y creó dos universos anillados donde antaño sólo había una y emocionante lanzadera de pasiones. Se quebró un mundo y se agitó la cocktelera del desastre. Un antes y un después visible en esas estampas de los años 80', con las primeras filas de los fondos casi siempre vacías, en clara contraposición con las imágenes del graderío de antes de la reforma. Esa estampa no le hacía justicia a Mestalla. Las generales de pie seguían llenas y la numerada, aunque mutilada, seguía resistiendo como bastión del valencianismo más castizo, pero la sensación que se emitía era de cierto desamparo. Fue un error mayúsculo no mantener esa vieja disposición del graderío; o a lo sumo, no aprovechar la reforma para ubicar las generales de pie a ras de campo. Doy por hecho que con la presencia de los más animosos tras las porterías el Valencia no hubiera bajado a segunda: una grada enchufada te da al menos 5 puntos al año, suficientes para aquel equipo.

Durante esas temporadas posteriores al 78' Mestalla fue un recinto entristecido a ratos, algo lúgubre, como esos matrimonios que se compran un piso nuevo y pronto descubren que se han equivocado en la distribución de los espacios. Era triste ver las sillas verdes que sólo se llenaban cuando venían culers y madridistas. Esa tristeza se redoblaba en los resúmenes televisivos, cuando la ubicación de las cámaras impedía ver más allá del primer anillo. La aspiración de ver la general de pie a ras de campo se mantuvo durante años. Y es extraño que nadie reparara en esa necesidad. Un detalle que revela la falta de carácter institucional con que se hizo aquella reforma.

En el Mestalla previo a las obras del 78' sólo estuve de manera consciente 2 temporadas. Las 2 últimas. Apenas tenía 5 y 6 años pero el recuerdo se mantiene vivo de una forma muy potente. En los grandes partidos la peña se estrujaba y de nada servían las fronteras pintadas a mano que sugerían el espacio físico de una localidad. A la mínima, la gente se levantaba para seguir las evoluciones del partido y se oía el clásico: "SENTEU-SE COLLONS SENTEU-SE". Sin duda, todo parecía más intenso. La distribución era muy primaria pero la cercanía al campo y la presión eran mayores. Algo que sólo se recuperó muchos años después, especialmente cuando el buñuelo roigista se concretó de manera definitiva.

El último partido de aquel graderío de estructura clásica fue un Valencia-Betis. Ganamos 4-2 y Kempes jugó por última vez en Valencia antes de consagrarse en su mundial. En algunas fases del partido llovió. Lo más sorprendente es que nadie parecía saber que ese día se quebraba un modelo. En mis sueños, sin embargo, Mestalla siempre aparece con ese rostro anterior a la reforma. Como si en cada microrelato onírico regresara lo esencial de aquella grada donde en mi opinión residía el espíritu más preclaro del pueblo de Mestalla.


Rafael Lahuerta Yúfera
Socio del Valencia CF
·