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dijous, 23 d’agost del 2018

SAORET EL MALAENO




Foto sin autor que aparece en el artículo publicado por la Redaccion para Prisma Informativo el día 13 de julio de 2012, de unas declaraciones recogidas por Fernando Bellón.

Salvador Seguí Planes ha fet de tot en esta vida per a tirar endavant, entre altres coses ser distribuïdor de magdalenes. Per això tots el coneixen com Saoret el Malaeno.

Saoret el Malaeno és de Daimús, un poble prop de Gandia, a la comarca de La Safor. Saoret comentava per a l’extinta Canal 9 les partides de pilota que es jugaven al també desaparegut trinquet El Zurdo de Gandia. També cobria quan calia alguna notícia o esdeveniment important per la contornà, i li passava el reportatge a Canal 9 o a les televisions locals.

Un dia va vindre David Villa a Gandia, a la desapareguda tenda que el Valencia CF tenia prop de l’estació de Renfe (ja no queda en peu res del que conte, estic fet un uelo!). Era l’estiu en què Villa va ser portada del Marca vestit del Madrid, i es parlava molt de la seua eixida del club de Mestalla. Es va armar un rebombori de por, va vindre molta gent i la policia va haver de posar tanques i acordonar el carrer.

Una vegada finalitzat l’acte, Saoret es va acostar a entrevistar al Guaje, i, amb eixe accentàs valencianot que té, li va preguntar “Villa, es verdad que te vas a ir del Valencia para fichar por un grande?”. Villa li va contestar: “Hombre, yo creo que ya estoy en un grande. 

¿Para ti el Valencia no es un grande?”. I Saoret, més ample que llarg, li va contestar: “Hombre, para mí el Valencia es LO MÁS GRANDE “.

Sempre he tingut la sensació que el Valencia era un club que els de “la capi” gastaven per a lluir-se, però qui el feia gran i li donava eixe múscul que necessiten els clubs que són transversals i transcendents, era la gent de les comarques.

Supose que aquesta mirada es deu al fet que sóc de Gandia, i per a mi Mestalla era una espècie de tòtem que veia a la tele (sobretot a Canal 9), però al que tenia difícil accedir. Eixa visió de símbol que ens pertanyia, però que a la vegada era llunyà i estava reservat per a gent amb diners que es podia traure el passe i permetre anar i tornar cada 15 dies a València “a veure a la tia Clemència”.

Ahir va ser el meu primer partit a Mestalla com abonat. M’he tret el passe més barat, al sector 732 (Gol Xicotet Alt), antepenúltima filera. Fa 10 mesos que visc a València capital, i l’any del Centenari havia de viure’l a Mestalla. L’estrena va ser molt especial: el camp estava ple, l’ambient era espectacular per a ser un dilluns 20 d’Agost, vaig veure moltíssimes camisetes del Centenari… I la companyia a les graderies era de categoria! Darrere de mi s’assentava un grup de xicons joves, per l’accent diria que de la Ribera, i tenien un malnom per a cada jugador: Gayà era “Metxeret”, Neto era “Norbertito”, Batshuayi un “morlanco”…

Supose que aquestes són les coses per les quals Mestalla és un lloc especial, i ser abonat, un sacrifici que molts fan llevant-se altres vicis o estalviant com poden. Perquè sembla que anar a Mestalla enganxa, i molt. I és que ser del Valencia és molt gran. Com diuen els amics de Tardor al seu himne oficiós “Nosaltres som el Valencia, no hi ha res més gran”. Ja ho deia fa anys Saoret el Malaeno, que d’això en sap prou.

Jordi Sapena


dilluns, 6 de febrer del 2012

Pena máxima

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La ejecución del penalti ha simbolizado en el universo futbolístico el alfa y el omega del juego, la suerte suprema y, en definitiva, todo un ritual metafórico, trasunto sobre el césped del baile entre la vida y la muerte. No en vano, abundan las traslaciones literarias y cinematográficas de este lance, el más poético del fútbol con diferencia.

La singladura del Valencia C.F. no ha resultado ajena a los avatares acaecidos desde el punto de penalti. Sin ir más lejos, el momento culminante de toda esta historia se produjo en aquella tanda milanesa que propició el duelo en la cumbre de dos gigantes de la escena: Kahn y Cañizares. Más allá del duro encaje de la derrota, abogamos por la revisión optimista de aquel desenlace. El tiempo y los triunfos venideros, sin margen para una frustración paralizadora, evidencian que nuestra divisa es vivir al día.

Y por ese filo de la navaja se deslizan las luces y sombras de una trayectoria cuajada de catarsis. Que se lo pregunten al Flaco Pellegrino, que meses después de fallar el postrer penalti en San Siro tuvo que convertir el más decisivo en el infierno de Celtic Park. O al Deportivo de La Coruña, al que nuestro reserva González le inoculó una maldición fatalista asociada a nuestro club.

Sin estos sinsabores, no concederíamos el valor suficiente a gloriosas paradas como la de Pereira a Rix en Heysel´80.

No obstante, del tiempo de la mercantilización galopante del fútbol a esta parte, se ha trivializado el arte del penalti; no así sus efectos, igualmente letales. A principios de los noventa, previamente a la introducción de toda la mercadotecnia relativa al fútbol-negocio, resultaba sencillo identificar a los lanzadores de penaltis de los equipos punteros. Esta seguridad iba ligada a un elevado porcentaje de acierto y rara vez marraban alguna pena máxima jugadores como Koeman o Garitano. Siempre pensé que figurar en el listado del entrenador como el especialista en la materia te eximía de la responsabilidad que la discrecionalidad y las arbitrariedades interponen entre el punto de cal y el guardameta. Con el tiempo, se ha ido imponiendo entre la doctrina la máxima de que debe patear el que mejor predisposición psicológica muestre, sin establecer tantas gradaciones a priori entre los favoritos. Indiscutiblemente, aunque no deberíamos soslayar las variables analítica y tecnológica, se fallan más penaltis que veinte años atrás. Incluso, futbolistas reputados como especialistas y que marcaron una época en sus clubes (Tamudo, Torres, Raúl), no destacaban por su infalibilidad en estas lides.

Pero volvemos a nuestro Valencia para incidir en que, precisamente nuestra mejor escuadra contemporánea, la que aleccionó Rafa Benítez, fue quizás la que erró más penaltis, debido al ejercicio coral de esta suerte. Como ejemplos de esta desdicha, aquella eliminación copera contra el Alicante, las dos penas máximas que el celtista Caballero atajó en el mismo encuentro a Baraja o el fallo de Rufete en las postrimerías de un VCF-Athletic de Bilbao, como frustrado desagravio tras su gol de Cardeñosa de la jornada anterior en Anoeta.

Afortunadamente, tenemos ejemplos recientes en los que rastrear la pauta del éxito. Como Gaizka Mendieta, que aprendió de Salenko a hipnotizar cancerberos, con unas brillantísimas marcas y un estilo heterodoxo, lánguido pero efectivo, como su carácter. David Villa también demostró una resolución implacable. Ambos se erigieron en la garantía que se precia en este crucial apartado.

Desde el prisma defensivo, Cañizares fue el último gran cerrojo, todo un dragón que acomplejaba al rival con su avasalladora personalidad. Otro de nuestros imprescindibles coetáneos, Zubizarreta, quedó siempre estigmatizado por no despuntar especialmente en esta disciplina. Sin embargo, Andoni, un tipo sereno y garantía de rendimiento, guardó para la afición tres hermosos regalos con doble de retranca en forma de penaltis parados: Klinsmann, Penev y Mijatovic.

Durante las últimas temporadas, ni César Sánchez, ni Moyà, ni Guaita nos han deparado la alegría de detener una pena máxima en partido oficial, así que hacemos votos por el dichoso estreno de nuestro guardameta autóctono y nos congratulamos por el final de este particular maleficio, felizmente roto por los felinos reflejos y la sangre fría de un Alves que aspira a seguir doctorándose desde los once metros a costa de nuestros contrincantes.

Entretanto, que los once metros nos sean leves.

Amunt València!


Simón Alegre
Socio del Valencia CF
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dilluns, 6 de desembre del 2010

Idolatría

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Las calles de Buenos Aires pertenecen a Maradona. El Diego. El 10. Paredes, escaparates, puestos de venta ambulantes, quioscos y la mente de los porteños son los altares de adoración de El Pelusa. El icono del modo de ser argentino hecho carne en la persona del gran jugador de fútbol. Un dios, el Zeus del panteón futbolístico. El fútbol, ese culto pagano de ritos precisos, conocidos, seguidos por millones de seres a lo largo de todo el planeta. Un culto que, como todos, no se entiende sin dioses, santos o mártires que lo sustancien y lo conviertan en realidad. Convirtiendo el pan y el vino de nuestros anodinos días en carne y sangre de vida digna de ser vivida.

Si algo hay en el mundo con la memoria más corta que un pez es el fútbol. Los malos resultados se esfuman sin dejar rastro ante una victoria, las tropelías de los dirigentes se minimizan u obvian si esos mismos dirigentes contratan a un crack, las leyes pueden ignorarse, cambiarse o reescribirse si benefician los intereses de nuestro equipo del alma. Igual ocurre con los jugadores que nos han hecho disfrutar, gritar extasiados un gol o asombrarnos con sus carreras, regates y pases imposibles. Cuando se van, cuando nos dejan por un mejor contrato o por caprichos de las leyes insondables del mercado, son olvidados rápidamente y sustituidos por un nuevo paradigma futbolístico, por un nuevo ídolo. O así suele ocurrir. Cuando Kempes tuvo que irse a River Plate, tras finalizar su primera etapa en el Valencia, me sentí mal. No me encontraba, no me entendía. Mestalla no me decía nada sin “El Matador” en el terreno de juego. No fui capaz de encontrar un nuevo héroe. El mío lo había sido tanto, significó tanto, lo quise tanto que una suerte de duelo presidió aquellas temporadas que vinieron. Temporadas irregulares, lidiando con el descenso, sin lugar en mi memoria. Me quedé sin santo al que rezarle y el santoral, amplio como era, no me podía consolar.

La temporada 2010-2011 me trae sensaciones familiares, ya vividas y no precisamente agradables. Las peanas están vacías. Los dioses han sido transferidos, aunque leo en la prensa que el nuevo dios se llama Mata y que Soldado es un santo al que se le puede rezar con confianza. Mi culto hacia Villa era intenso y me dio muchas alegrías. No sé si esa memoria, ligera como el pedo de una lagartija, que es inherente al fútbol se materializará en esta ocasión. Tal vez, Tino Costa nos haga olvidar a Baraja en un par de jornadas o Topal haga deseable la despedida del gran Albelda, incluso una racha goleadora de Soldado nos ponga tan contentos como unas pascuas; ojalá fuera así. Sabemos lo que nos espera, seguiremos apoyando al equipo, nuestro orgullo valencianista no se verá mermado, pero el templo de Mestalla, al menos para mí, tendrá hornacinas por llenar, los de los dioses y santos que hagan de nuestro rito futbolístico una verdadera profesión de fe. No puedo imaginar los muros de nuestras calles pintadas con la efigie de Unai Emery.


Francisco García
Socio del València CF
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dimecres, 24 de juny del 2009

Acoso y derribo

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Article publicat a l'edició valenciana del diari El Mundo.

El Valencia CF. se merece un respeto. Parece algo obvio aunque a la vista de la feroz campaña orquestada desde Madrid conviene empezar por pedir lo evidente. La entidad de Mestalla se ha hecho acreedora a la máxima consideración por su trayectoria a lo largo del tiempo. Sin embargo, ese tratamiento ha brillado por su ausencia en el enfoque informativo que la inmensa mayoría de los medios nacionales han demostrado con el posible fichaje de Villa por el Real Madrid. La desconsideración ha estado a la orden del día y, salvo algunas contadas excepciones, al Valencia se le ha ninguneado sin miramiento. Todo recurso era lícito, desde informaciones tergiversadas hasta reportajes ofensivos con tal de ayudar a Florentino, empeñado en llevarse al jugador por un precio irrisorio. No se recordaba semejante acoso y derribo en los anales del fútbol español ni en el periodismo deportivo. Una vergüenza de tal calibre que merece la respuesta adecuada. Cuestión de dignidad.

Se han traspasado tantos límites y se han vulnerado tantos principios que han provocado una reacción airada entre el valencianismo, herido en su orgullo, y un replanteamiento de la estrategia. Florentino se ha puesto la piel de cordero y ha mostrado su cara más amable, consciente de que estaba jugando con fuego. En una maniobra repleta de cinismo ha asegurado que la culpa es del entorno mediático, el mismo, por cierto, que le ha hecho la campaña electoral a coste cero y le ha llevado en andas hacia la presidencia. No es la primera vez que recula el máximo mandatario madridista. Ya le tocó hacer marcha atrás en los actos del Centenario de su club cuando pretendía que todos participáramos del acontecimiento como si fuero de obligado cumplimiento. Logró como ahora el efecto contrario y la impopularidad de su figura y de la entidad del Bernabéu se disparó. El Valencia ha de mantenerse firme en la defensa lícita de sus intereses, de su reputación y en los derechos de sus aficionados. Lo único positivo de este asunto es que los valencianistas han cerrado filas y han tomado conciencia de la realidad, además claro, de ver cómo todo el mundo ha quedado retratado.


Paco Lloret
Socio del Valencia CF
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